
Beatriz Sarlo, desde el limite
Es una de las cabezas más lúcidas y críticas de un país que vive una crisis sin precedente. Aquí, sus opiniones acerca del papel que hoy les cabe a los intelectuales argentinos
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“Pertenecer a cualquier grupo que hoy se manifieste forma parte de un tipo de militancia que tiene mucho que ver con el discurso de la autoayuda. Este es un signo implacable de la profundidad de la debacle cultural y de identidad argentinas.” Beatriz Sarlo, una de las más conspicuas analistas de la cultura nacional, erudita de la obra borgeana y directora de Punto de Vista –prestigiosa revista de discusión cultural y política– habla sin anestesia: ya no se trata sólo de la protesta como medio para defender derechos o intereses legítimos. En uno de sus últimos libros, La batalla de las ideas (1943-1973), vuelve sobre la modernidad argentina. Allí recoge la intensidad de los debates y discursos que enfrentaron a los intelectuales argentinos a lo largo de tres décadas. El resultado es un testimonio elocuente de que en el país muchos de los planteos medulares de hoy se inscriben en los vehementes postulados de reformas que alentaron los ilustrados de ayer. Sarlo sostiene que en 1955 y 1962 se asistía a momentos que eran a la vez de “clausura e inauguración”, donde “todos los órdenes de la existencia nacional estaban en debate”. ¿Por qué se dice entonces que la de ahora es una crisis inédita?
–Hoy se ha tocado un límite que no se había tocado antes: se han quebrado algunas de las certidumbres que eran el sustento de una identidad argentina. Por eso tenemos la sensación de que este límite es completamente novedoso. En 1955 y 1962 se hicieron grandes replanteos, pero nadie pensaba entonces que la existencia de la Argentina estaba en riesgo. Los proyectos de futuro podían ser utópicos, pero todo se apoyaba en que existía –aunque injusto– un país. Hoy lo que está en riesgo es la idea misma de supervivencia de una nación. Nosotros nunca pensamos que podíamos llegar a compararnos con algunos países pobres de Africa. Entonces, la idea de que hoy se ha tocado un límite que no se había tocado antes no me parece equivocada.
–¿En qué consiste ese quiebre de la identidad cultural?
–Antes, ser argentino significaba: acceso a la escuela pública que garantizaba la alfabetización, tener un mercado de trabajo que era casi un mercado de pleno empleo y gozar de derechos sociales. Esas tres cosas quebraron. Y pulverizaron nuestra identidad. La identidad de hoy hace que uno diga: ya no soy el que fui, ni seré el que fueron otros.
–¿La necesidad de rehacernos como nación es algo que nunca nos animamos a concretar?
–Los países viven revisando su propia imagen; no es un caso exclusivamente argentino. Francia tiene cinco repúblicas, cada uno de sus cambios institucionales se consideraron cambios fundacionales. Pero la idea de refundación que aparece hoy es una idea que tiene la misma urgencia que tenía la Argentina a mediados del siglo XIX, cuando todavía no se había instituido como nación.
Lo que la Argentina necesita hoy es fundar de nuevo un sistema político-institucional con bases económicas del modo radical con que se hizo en el siglo XIX. No con los mismos contenidos, ni actores, ni valores, pero sí con la radicalidad con que se hizo entonces. Y esto es lo nuevo. La diferencia hoy es que, si uno es intelectual y moralmente responsable, es probable que no diga que tiene la solución en la mano.
–¿Apelar a la esperanza es hoy un optimismo estéril?
–Es muy difícil aceptar que uno habla con un discurso pesimista. Hay quienes piensan que las sociedades no soportan un discurso pesimista y es probable que tengan razón. Pero la cuestión, para los intelectuales, no es aquello que las sociedades soportan, sino aquello que los intelectuales piensan que es justo y que es oportuno decir en determinado momento. Por eso, yo no tengo frente a la actualidad un discurso optimista. Sé que si la Argentina puede salir de esta crisis no es simplemente con algunos arreglos menores, sino con una gran refundación institucional. Entonces el discurso optimista me parece esperanzador, pero a muy corto plazo. Creo que quedan por delante décadas de sufrimiento. Y a la gente que inexorablemente le tocará atravesar esas décadas quizá le sirva un discurso optimista. Pero no sé si ése es el discurso adecuado para la tarea gigantesca que la Argentina tendría que hacer.
–¿Los intelectuales han perdido poder e influencia?
–A juzgar por los medios de comunicación, los intelectuales somos personas muy conversadoras. Lo que puede suceder es que no tengamos nada interesante para decir, que no tengamos bien planteados los problemas. Pero habría que ver si las ideas y las propuestas que funcionan como motores de transformación en la sociedad provienen directamente de la boca de los intelectuales. Tiendo a pensar que los discursos que producen los intelectuales necesitan de una fuerte mediación política para convertirse verdaderamente en discursos de la sociedad.
–¿Los intelectuales no tenían un compromiso político más férreo del que hoy se percibe?
–Si uno piensa en las grandes transformaciones de los últimos cincuenta años, no siempre los intelectuales estuvieron cerca del poder político. Perón tenía una desconfianza cerril respecto de los intelectuales. Los intelectuales eran una fortísima oposición cultural. Como oposición, los intelectuales tenemos cierta facilidad para organizarnos. Y eso explica su gran visibilidad como oposición. Lo que deberíamos preguntarnos es por qué a los intelectuales nos resulta relativamente sencillo hacernos escuchar como oposición y extremadamente complicado articular un sistema de ideas que, con mediaciones, llegue a convertirse en políticas.
–¿Y por qué ocurre?
–Esa es la gran pregunta. Porque si hubo una organización política que llamó a sus intelectuales, ésa fue el Frepaso. No sólo los incorporó, los cortejó. También en la primera época de Alfonsín. Pero creo que en ninguno de los dos casos los intelectuales estuvimos a la altura de lo que se requería. Ni produjimos el shock de ideas que se pedía. Creo que esa incapacidad radica en no poder encontrar un sistema de comunicación entre las ideas generales y las ideas políticas. Y ésa es una responsabilidad de los políticos. Son ellos los actores que deberían hacer que una convocatoria a los intelectuales se convierta en un momento vivo de innovación.
–¿Y la tarea de pensar en el tipo de país que queremos ser?
–Esa sí es una tarea de intelectuales y hay quienes tienen hipótesis muy certeras sobre eso, Natalio Botana, por ejemplo. El ha expuesto muy claramente cómo debería ser una reconstrucción de la Argentina, a la cual le asigna una importancia primordial. Pero, para implementar esas ideas en las cuales yo podría sentirme expresada, se necesita un enorme poder político. Por eso, la peor consigna que se puede tener es la de que se vayan todos. Lo que hoy necesita la Argentina es mucha política; posiblemente, no con los mismos actores. Porque las tareas por delante son tareas que sólo una enorme acumulación de poder político puede realizar.
–¿La idea de que las crisis son oportunidades es la contracara de la resignación?
–Me fatiga que me digan que en chino crisis significa oportunidad. Prefiero recordar que cualquier cosa que suceda en la Argentina incorporará un largo y profundo sufrimiento. Esto es lo que hay que tener en la cabeza en primer lugar. Si uno pone en primer lugar la oportunidad, empieza a tener una especie de borrachera optimista. Yo quiero poner en primer lugar el sufrimiento porque aquí hay víctimas que no tienen recuperación. La idea de crisi como oportunidad puede ser muy consoladora, pero lo que tengo que poner en primer lugar al pensar en salidas para el país es el sufrimiento y cómo hacer para paliarlo. Lo demás es una especie de ensoñación.
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