
Bender Bielinsky: una mirada cierta
Los dos rondan los 40 años. Sus películas fueron óperas primas y exitosas. Se admiran mutuamente. Son dos directores tan nuevos como maduros del cine argentino actual
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Termina Felicidades y sobre los títulos del final, blanco sobre negro, hay un claro ejemplo de nepotismo cinematográfico: Catalina Bender (la hija) es la ayudante de arte de la película de Lucho Bender (el padre). El rostro de Catalina Bender aparece, además, en varias fotos fijadas con imanes a la puerta de la heladera de su casa. Allí se puede ver a Catalina Bender en varias versiones: con la boca abierta, con las mejillas encendidas, recostada y desnuda en una cama, llorando. Y la verdad es que en todas puede apreciarse que Catalina Bender es una belleza.
Y que tiene cinco meses. -Mi mujer, Micaela Puig, fue asistente de arte y ambientadora de la película, y como estuvo trabajando hasta los ocho meses de embarazo, la pusimos a Catalina en los créditos.
Dice Lucho Bender, fumando con boquilla en el living de su casa que por ahora, hasta que se muden a la hectárea que compró en Luján, queda en Palermo Viejo. Dentro de un rato, lo llamarán para avisarle que su película, Felicidades, se mantiene una semana más en un cine del que creía que iban a sacarla. En las primeras semanas ya habían visto Felicidades algo así como treinta mil personas.
-Necesito más de doscientos mil espectadores para recuperar el dinero, y ya sé que no los voy a lograr. Sabemos que vamos a perder bastante plata. Aunque yo esperaba no solamente no perder, sino ganar y producir otra película, estaba preparado para esto. Con salir hecho estaba feliz. Si hubiésemos estrenado en otro momento del año nos hubría ido mejor, porque ahora se estrenan siete películas por semana y eso no da tiempo al boca a boca. Así como sacaron otras películas para estrenar la mía, sacan la mía para estrenar otra. A Nueve reinas le está yendo bárbaro y a mí eso me encanta, porque es una gran película, es buenísima, pero también es difícil que la gente vaya a ver dos películas de cine argentino al mes.
La productora de Bender, Bendercine, puso el 70% del capital para realizar Felicidades y Lucho supo, desde el principio, que iba a ser una película difícil y cara. Las películas corales no son hueso fácil de roer para un público masivo.
-Tenía que ser una película coral, con muchos personajes y varias historias. Pero yo ya sabía que no era una película para todo el mundo. Hay gente que me dice: "Muy linda, eh, pero tiene muchos personajes". Ja.
En 1976, Bender llegó desde Rosario con la idea de estudiar cine. Durante la dictadura se fue a vivir dos años a Los Angeles, donde ascendió hasta mozo de coffe shop, y después emprendió un viaje por América latina en ómnibus y tren con una novia francesa de por entonces.
-Volví a la Argentina para volver a irme, pero justo fue lo de Malvinas, vino la democracia y me quedé. Yo adoro la Argentina. Hace poco estuve con la película en Venecia, en la Semana de la Crítica, donde nos fue muy bien, pero yo no veía la hora de volver.
Antes de recibirse de director de largometrajes, Bender se graduó con diploma de oro en la dirección de publicidades. Recuerden, por ejemplo, aquel spot de YPF en el que José Luis Olivier y Marcelo Mazzarello interpretaban a playero y cliente delirantes. O el del niño down de las galletitas Oreo.
-Mi destape en la publicidad fue cuando empezaron a hacerse estos comerciales que contaban una historia, que permitían hacer cine dentro de la publicidad. Antes, cuando no podía hacer lo que sabía dentro de la publicidad, yo era un director de cuarta. Nunca hice Gancia, nunca hice cosas fashion.
En 1991, decidió que ya estaba bien de películas de treinta segundos y empezó a buscar guiones. Puso avisos clasificados en busca de ideas y leyó al menos setenta historias. Nada lo convencía. Entonces habló con su amigo, el actor Pablo Cedrón, y Cedrón le contó una historia que le había contado, a su vez, un amigo. La historia, oscura, humillante, sucedía un 24 de diciembre por la noche. De ahí en más Cedrón y Bender y el guionista Pedro Loeb se pusieron a trabajar en lo que terminó por ser Felicidades, un día difícil que transcurre entre la nochecita de la Nochebuena y la medianoche de la Navidad, en el que varios personajes muestran los huesos de sus vidas e insinúan sus miserias.
-A mí hay cosas que no me gustan nada del cine nacional. De modo que me encontré con una paradoja. Porque cuando íbamos a escribir el guión dijimos: "Vamos a hacer una película de cine nacional, no nos va a gustar". De modo que analizamos qué no nos gustaba del cine argentino. Primero, el sonido. Odio las películas en las que no se entiende nada. Entonces hicimos un sonido que puede competir con cualquier película americana. Otra cosa que yo no me creo del cine argentino son los diálogos. La gente no habla como hablan en el cine. Estoy cansado de la avenida 9 de Julio con un tango de Piazzolla. Por eso me gusta Nueve reinas: es una película buenísima, tiene la inteligencia de que es exactamente para todo público, la pueden ver desde el intelectual más retorcido hasta la persona más elemental y les gusta por igual. Pero me juntaba con Bielinsky antes del estreno, y comentábamos que la gente que salía de las funciones privadas nos decía: "No parece una película argentina". Cuando uno preguntaba por qué, decían: "Porque es muy buena, tiene buen sonido, está bien dirigida, es entretenida, no es pretenciosa". Y eso es lamentable: que no parezca argentina porque es buena.
La Buenos Aires que filmó Bender no coincide con los clichés habituales del cine de estas pampas. Es pesadillesca y caliente, un poco inquietante, pero nunca obvia.
-Patricia Pernía, la directora de arte, me trajo un día un cuadro abstracto, todo en rojos, y bordó, y me dijo: "Yo creo que la emoción de la película es ésta". Miré el cuadro y le dije: "Síi, adelante con eso". No me mostró algo concreto. Me mostró una emoción.
En Felicidades se construyeron locaciones desde cero y se transformó la calle Anchorena, en el Abasto, en una feria imposible con puestos de choripanes, jugueterías añejas y un clima de agobio dispuesto a aplastarlo todo. Como en publicidad ya tenía su estilo, Bender se impuso una sequía durante el rodaje: por un año no fue al cine y sólo vio compulsivamente películas de Fellini de la década del ´50.
-Para cuidarme de las influencias.
Filmaron durante nueve semanas, siempre de noche. Varios de los actores (Alfredo Casero, Marcelo Mazzarello, Carlos Belloso y Pablo Cedrón) estaban haciendo televisión mientras filmaban la película. Los demás (Luis Machín, Gastón Pauls, la española Silke) aceptaron dar vuelta su vida durante enero, febrero y marzo de 2000. -Hubo gente que se quedó sin dormir. Venían de grabar para la televisión, directo al set. Cedrón, cuando hizo una escena que es un plano secuencia de tres minutos en el que va caminando con Silke por el Abasto, hacía 48 horas que no dormía. Yo me enteré después. El no parecía nada cansado y no se equivocó nunca.
La película destila calor y color rojo, muchos papás Noel berretas y nostalgia espantosa, brindis con sidra caliente y pesadumbre. Nada que no le suceda a varios cuando llega el momento de morder el turrón haciendo de cuenta que algo verdaderamente importantísimo ha pasado; sí señores, feliz navidad. Felicidades contiene, además, a Cacho Castaña interpretando a un policía imperdible (con remerita estampada con la cara de Mahatma Gandhi incluida y cadenas de oro por doquier).
-El cana tenía que ser una mezcla de Dolina, Cacho Castaña y Sandro. Primero hicimos un casting, pero ningún actor daba el tipo. Entonces pensé: "¿Y si lo llamamos a Cacho?" Dijo que sí enseguida. Y la verdad es que está magistral. Yo creo que con esta película me recibí de director. Siento que ya estoy en el gremio. El cine publicitario es una industria. Uno vive de eso y a mí me encanta, pero el largo es... mi lujo.
Felicidades es una historia donde un pesebre y un reactor nuclear forman parte de la misma pesadilla. Es la historia de un padre joven en busca del regalo perfecto, y la de una mujer y un hombre que buscan, pero no encuentran. Es la historia de las felicidades de todos y las miserias de muchos.
-A Catalina la tuvimos en casa, porque lo quisimos así, y durante el embarazo yo había estado muy nervioso, pero cuando nació yo tenía una gran tranquilidad, como si hubiera asistido a mil partos. Esa hormona de paz, que me salió cuando nació Catalina, fue la misma que yo tenía durante el largo. Yo estaba feliz. Por eso te digo, yo tuve mellizas: Felicidades y Catalina. Me compré un terreno en Luján. Plantamos un bosque de tilo. Yo siempre me prometí hacer una película, y la hice. Ya me puedo ir en paz de este mundo.
En su segunda semana de exhibición, ese cuento de construcción perfecta llamado Nueve reinas tuvo un crecimiento de espectadores del cincuenta por ciento con respecto a la primera. Traducido, eso quiere decir que es posible que en un mes la vean más de quinientas mil personas. Que no es raro que llegue al millón.
-¿Querés una pastilla?
Dice el señor director Fabián Bielinsky. El señor director es un hombre barbado que pasó apenas los 40 y que chupa una menta; lo de los espectadores todavía no se lo puede creer.
-La gente se vuelve militante de la película. Quieren que la vea su prójimo, la sienten como propia. Dicen: "Me gusta la película, y me gusta más porque es argentina". La gente quiere muchísimo al cine argentino. Lo que sucede es que no siente su amor correspondido. Entiendo que se fanaticen con la película, porque a mí me pasó con la de Lucho Bender, Felicidades: salí contentísimo del cine, porque era una buena película, y era argentina. Es una película hecha en puntas de pie.
Ayer nomás, el señor director se metió en un cine donde daban su película. Se paró en un sitio oscuro y clavó la mirada en los rostros de los espectadores.
-La veo en espejo. Es un viaje fabuloso. Ves las caras, los sustos, las risas. Yo no sabía que podía ser tan gratificante.
El señor director no sabía eso y a decir verdad, no sabía muchas otras cosas. Aunque las películas siempre fueron lo suyo -estudió dos años de Psicología para después abandonar y hacer la carrera de cine en el Institu- to-, la realidad demuestra que el señor director se desempeñó hasta hace poco como asistente de dirección. Claro que tuvo un debut de lujo con Carlos Sorín en Eterna sonrisa de New Jersey, una película que se filmó en la Patagonia protagonizada por Daniel Day-Lewis, que nunca fue estrenada en cines. Una epopeya fílmica. Y ahí estaba Bielinsky. El señor asistente de dirección. Epopéyico.
-Filmar en la Patagonia es como estar en medio de un tifón permanente. Después de Eterna sonrisa... hice otra película en el sur, Alambrado, de Marco Bechis, que no se estrenó acá. Oscar Kramer, el productor, había hecho construir un trailer hermoso con mesitas de fórmica. El primer día de filmación empezó a soplar un viento cada vez más fuerte. De pronto alguien gritó: "¡Miren, miren!" La carrocería del trailer voló por el aire, se retorció y cayó en el acantilado.
A pesar de las catástrofes como ésta, a Bielinsky la experiencia de hacer cine le sigue pareciendo entrañable. Después de haber pasado por innumerables sets, asegura que las filmaciones tienen un carácter y que ese carácter es, siempre, reflejo del carácter del director.
-Si es un director nervioso, habrá una filmación nerviosa, si es rígido será rígida. Pero de todas las variantes, la peor es la del director desconcertado. La gente hace un esfuerzo faraónico, y todo esto, si el director no muestra un liderazgo real, ganado, se derrumba. Porque la única razón por la que la gente hace este esfuerzo es porque cree que vale la pena. Porque hay un tipo ahí que sabe lo que está haciendo y todos confían en él, y lo hacen por él. Si eso falla, sonamos. Las filmaciones tienen una mística propia: son cincuenta tipos, cada uno se especializa en una máquina, un arte, y están todos coordinados para que en un momento algo suceda y la cámara esté ahí para filmarlo.
Después de ser asistente de dirección en la Patagonia, ser director en plena Capital Federal fue coser y cantar.
-El director tiene que ocuparse nada más que por cómo y dónde tienen que ocurrir las cosas. El asistente de dirección es la autoridad en términos prácticos. Fue difícil sacarme el vicio de asistente. Los primeros días pensaba: "Necesito una cámara en medio de la calle... Aunque mejor no, es mucho lío". Hasta que me di cuenta de que tenía un asistente para esas cosas. Yo quiero una cámara en medio de la calle. Que alguien se ocupe de ver cómo la ponemos.
Bielinsky fue también asistente de Mario Levin, Eliseo Subiela; colaboró como guionista con Fernando Spiner en la miniserie Bajamar y el largometraje La sonámbula. Pero para conseguir financiación para su propia película peregrinó un año y medio, guión en mano, buscando productor. Se lo rechazaron hasta que lo presentó en un concurso de nuevos talentos organizado por Patagonik Film, Industrias Audiovisuales Argentinas, Kodak, FX Sound y J.Z. & Asociados. Entre 354 guiones, el jurado eligió el suyo.
-Sí, la película fue rechazada por mucha gente que después la vio y le encantó. Pero yo no estuve veinte años peleando para hacerla. La mayor parte de esos veinte años no tuve ningún proyecto. Este es el primero que tengo. Este fue el primer guión que tuve en el que yo creía mucho y salí a pelearlo. El resultado de la pelea es un laberinto minucioso construido con premeditación y alevosía. Como todos saben a esta altura, Nueve reinas es una película de la que no se puede hablar demasiado, a riesgo de destruir ese caracol casi perfecto: su ensamblaje milimétrico. Lo que sí puede decirse es que es la historia de dos tipos que se dedican con más o menos éxito a la estafa callejera y a los que se les presenta la oportunidad de hacer dinero en serio. También puede decirse que transformó en un éxito de público y de crítica casi sin precedente y ha colocado a Ricardo Darín en la posición -más o menos incómoda- de gran actor. Además de catapultar a Bielinsky al olimpo de los buenos directores de cine, mejores guionistas y un etcétera larguísimo que ha dejado a los críticos con la mandíbula caída y al público ni te cuento. Todo, gracias a un cuentito que el señor director escribió en cuatro semanas.
-Lo escribí rápido, pero lo pensé muchísimo tiempo. Siempre quise hacer una película sobre la estafa callejera, ese mundo de delincuentes que usan ardides en vez de armas, inteligencia en vez de amenazas. Me fascina ese mundo donde hay alguien pensando en cada hueco lógico dejado por la actividad humana: "Acá hay una grieta, por acá puedo entrar". Es delito, pero no deja de ser fascinante que ésos sean los instrumentos de un delito: la manipulación psicológica para que vos confíes en un perfecto desconocido. Hablé con víctimas, policías y fulleros. Y lo que no pude averiguar, lo inventé. Pensé: "Es un film sobre farsantes. Yo también voy a ser uno de ellos. Con que parezca real alcanza". El señor director es, también, un estafador. Por eso Nueve reinas es una película sobre la manipulación.
-Hay un tema que me interesa y es el del hombre honesto frente a la frontera de lo deshonesto, del crimen. El rechazo moral por un lado y una sensación de que con sólo pasar la mano al otro lado de la línea podría obtener aquello que quiere. Tengo toda la sensación de que mi próxima película va a tener que ver con esto. Y de algún modo, Nueve reinas tiene que ver con esto, más en relación con lo que pasa entre la pantalla y el espectador. Si uno toma en cuenta que los protagonistas de la película son delincuentes y sin embargo el espectador genera tremenda identificación con ellos y está todo el tiempo deseando "Que les salga, por favor, que les salga", hay una manipulación. Sin que te des cuenta, tu balanza empieza a cambiar. Si en vez de usar armas los delincuentes usan la inteligencia, si te caen simpáticos, los justificás. Tu gran estructura moral no es incólume. Sin embargo, a nosotros nos enseñaron que eso también estaba mal. Pero si yo pongo unas pesitas acá, otras allá, bajo un hilito por ahí, de pronto vos estás del otro lado de la raya. Y no te moviste.
Sorpresa. El señor director siempre supo lo que hacía. En cada movimiento de cámara, en cada gesto de los actores, siempre supo que el resultado final sería una telaraña magnífica y contagiosa. Y eso da miedo.
-Hubo escenas que filmamos con las cámaras escondidas, porque lo que yo quería lograr era la máxima integración de Ricardo Darín y Gastón Pauls con la calle. Hay una escena en la calle en la que Darín habla por teléfono, y ahí el veinte por ciento de la gente que se ve son extras, y el ochenta por ciento son personas que pasaban por ahí. Cuando los extras veían que se corría el riesgo de que alguna persona se les acercara a Ricardo o a Gastón porque los habían reconocido, los alejaban, les explicaban, pero ni te das cuenta porque todo es muy natural. De por sí, la historia era muy artificial, entonces quise darle un entorno natural. Que uno pudiera reconocer la calle, la luz, la gente que ve todos los días. Así, a la vez se diluía el artificio de la historia y se potenciaba la sensación de que esto no es común, pero pasa: cómo no va a pasar si todo lo que rodea a los personajes es real.
Después de siete semanas de seis días y once horas diarias de trabajo, Nueve reinas estuvo lista. Una película argentina sin mate al fondo. Ni un solo tango. Ni una sola vista del obelisco. Ni un poquito así de música chisporroteante salvo un tema -pavoroso- de Rita Pavone. Una película que vino acompañada por la buena suerte y cuya única jornada maldita fue aquella en la que Gastón Pauls y Ricardo Darín tuvieron que realizar pequeñas carreras a toda velocidad un día helado del invierno porteño. Primero fue Pauls. Se cayó y terminó con cinco puntos en la rodilla. Después fue Darín, beneficiado con un tirón muscular que lo dejó fuera de batalla. Lo que se ve en la película es lo que se pudo rescatar y lo que se pudo rescatar es más que bueno: quizá, la única escena de persecución creíble del cine argentino. El señor director chupa su mentita. En algunos meses, supone, empezará a gestar la próxima película.
-Cuando escribí Nueve reinas no estaba influido por nada. Lo hice sin pensar en el público, en la crítica, en si era más o menos comercial. La verdad es que quisiera volver a escribir así. Sé que puedo hacer una muy buena película donde esta reacción de la gente no suceda. No puedo esperar que se dé con todas.
El señor director se recuesta en su silla.
-Cuando veo lo que está pasando, pienso que este entusiasmo fue mucho más allá de lo que yo hubiera podido soñar.
En el jardín se desgrana una lluvia muy cinematográfica, mientras dice el señor director que se dice a veces: -Me digo: "Pero si después de todo... no es más que un cuento".





