Bioy, Silvina y el museo que no fue

Aquí vivió la pareja de escritores más fructífera de la literatura argentina. El tríplex de 300 metros cuadrados está ahora en venta
Joaquín Sánchez
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22 de febrero de 2015  

Silvina Ocampo y Bioy, un amor que sobrevivió desventuras y aventuras
Silvina Ocampo y Bioy, un amor que sobrevivió desventuras y aventuras

Miércoles 24 de agosto de 1949

Para festejar el cumpleaños de Borges, vinieron a comer Wilcock, Estela, Marta Mosquera,

Haydée Lange, Peyrou, Elsa Molsser y, por cierto, Borges. Elsa Molsser cantó admirablemente canciones francesas, norteamericanas, inglesas, alemanas (de la Ópera de Tres Centavos, etcétera). Alegría, pero también sensación de impending disaster (desastre inminente), debido a que

Haydée quería cantar tangos y hacía comentarios hoscos sobre el canto de Elsa.

De los diarios de Adolfo Bioy Casares sobre Borges

Hay algunas cosas maravillosas que pasamos la vida persiguiendo. El rostro de una mujer; la libertad para quien está preso; un cambio de luz después de la lluvia, que infunde intensidad en los colores de la tarde; una música; un poema; y para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia. Son algunas de las cosas maravillosas que Adolfo Bioy Casares enumera en un texto publicado en marzo de 1999. Es el mismo año en el que muere, en la clínica Cemic de la avenida Las Heras, a los 84 años. La eternidad –o vivir hasta los quinientos, porque 100 más no me alcanzan– no fue parte de esa lista, pero quienes lo conocieron sabían de su apetito inagotable de vida. Bioy era, en su voraz deseo de belleza, un cazador de momentos sublimes. Por eso me fascino cuando de pronto, al girar por la escalera, me encuentro con una biblioteca fabulosa diseñada por él mismo. Me quedo en silencio. El hombre de la inmobiliaria, atento a la estocada, prolonga la pausa dramática. Luego sí, describe la extensión de los estantes, hace el chiste de que ahora hay que conseguir los libros para llenarla, y orienta mi vista hacia la chimenea, "que es verdadera, con salida real, eh…", dice. Abre las cortinas, luminoso por donde se lo mire, y al señalar una pequeña mancha de humedad en el techo dice que hay que ponerle unos pesos encima, por eso el precio tan bajo, pero que el valor del departamento está en su importancia histórica. Yo sigo sin decir nada, y el hombre me pregunta si me gusta la literatura, si sé quién fue Bioy Casares, si valoro lo suficiente la cultura como para ser consciente de lo que me está mostrando. Y nada, yo no digo nada por estoy actuando de comprador casual para esta nota, pero por dentro lo imagino un poco todo.

Acá mismo, en el ascensor del edificio, Borges se enamoró de Estela Canto y la acompañó al subte D aunque su casa quedara para otro lado. Acá Sabato se quejó de las correcciones que le hizo una lectora descarada, indignado porque quisiera tocarle sus diálogos... Acá, piso siete, piso ocho, piso nueve, se bailó con brío para celebrar el estreno de una película basada en el cuento El perjurio de la nieve, de Bioy. Acá, Santa Fe 2606, esquina Ecuador, pleno Barrio Norte, Silvina Ocampo cerraba las persianas para no escuchar la marcha peronista, que venía en coro de la unidad básica más cercana. Acá, donde la foto retrata pura actualidad, pasaron algunos de los momentos más importantes para la literatura argentina del siglo XX. Y aunque no viene amueblada de recuerdos, la casa en que vivieron Silvina Ocampo y Bioy Casares durante diez años hoy se vende en 340.000 dólares.

Pasó entre el año 1943 y 1953. Silvina y Adolfo, joven matrimonio por aquel entonces, se mudan a vivir a los últimos tres pisos de este edificio. Adolfito, en sus treinta, aún lamenta su destino frustrado de tenista, pero ya es el autor de La invención de Morel, El perjurio de la nieve, La trama celeste y Plan de evasión, entre otros. Silvina se dedica a pintar, escribir poemas y, principalmente, adorar a su marido. Juntos, ya escribieron Los que aman, odian (1946), relato que este año será llevado al cine por el director Alejandro Maci con las actuaciones de Leonardo Sbaraglia y Luisana Lopilato. Juntos, ya eran la pareja literaria más distinguida del país.

Viernes 15 de septiembre de 1950

Por la noche, para celebrar mi cumpleaños, comen en casa Borges, Estela Canto y Wilcock. Regalos: de Borges, una Anthologie raisonnée de la littérature chinoise, de G. Margouliés; de Wilcock, el tomo II de la History of Reign of the Emperor Charles V de William Robertson (edición de 1796); de la madre de Borges, un alfajor de dulce de leche.

La escritura del departamento ahora en venta
La escritura del departamento ahora en venta

Es el segundo hogar del matrimonio. Se casaron por puro impulso en 1940 (estaban en el campo y se les ocurrió, según consta en varias memorias), y se mudaron juntos a un departamento alquilado en Coronel Díaz y Libertador. En 1943 decidieron instalarse en el tríplex de Santa Fe, que pertenecía –no sólo los últimos pisos, sino todo el edificio–, a la familia de Silvina, hermana de la célebre y excéntrica Victoria Ocampo. Allí, según cuenta Jovita Iglesias, colaboradora de la familia por casi cincuenta años, Silvina tenía una pileta de natación privada en el primer piso, un atelier para ella sola, y un jardín con árboles y hamacas en la terraza. Adolfito iba todas las mañanas al Lawn Tennis Club, almorzaba en la casa, iba al cine y todas las tardes dormía una siesta de exactos veinte minutos. Luego, se dedicaba a escribir. Su mujer y Borges ya le habían dado la sentencia: si querés ser escritor, no te dediques a nada más que a escribir, y él hacía caso. Casi todas las noches (así lo registra Bioy en sus diarios), Borges llegaba al departamento y comían juntos. Después, se retiraban al pequeño estudio privado en el mismo nivel de la biblioteca y trabajaban en sus textos en colaboración: Seis problemas para don Isidro Parodi, Dos fantasías memorables, y otras. Las crónicas de Bustos Domecq, las más famosas, comenzaron también por ese entonces. Eran tiempos de producción. También escribieron guiones y celebraron con una fiesta a todo trapo el paso al cine del cuento El perjurio de la nieve, llamado El crimen de Oribe en su versión fílmica dirigida por Torre Nilsson.

Una nota de la revista Vea y Lea del 7 de agosto de 1947 retrata el espíritu cultural de esa época. Recuperada y generosamente compartida por Daniel Martino, la nota muestra a un Bioy de 33 años parado frente a su magnífica biblioteca, la misma que hoy se ve –idéntica–, al entrar al octavo piso del departamento. El reportaje, firmado por César Raza (que aparece en una de las fotos junto a él), está titulado: "Adolfo Bioy Casares, Asesor Literario, Escritor, Argumentista Cinematográfico, Autor de Novelas Policiales", y comienza así: "En el 8º piso de un monumental edificio que levanta su mole bermeja en la calle Santa Fe, toco el timbre en una puerta blanca que parece pintada al laqué". El edificio hoy sigue siendo esa mole bermeja y su puerta, blanca también, ahora se abre con una llave magnética. Por lo demás, ya no está Bioy parado junto a su mapamundi pero sí, acaso, recorriendo los anaqueles de la biblioteca que él mismo diseñó junto a su primo, el arquitecto Guillermo Lemos.

Borges, presente en los estantes del departamento 
de Santa Fe y Ecuador
Borges, presente en los estantes del departamento de Santa Fe y Ecuador

Sábado 3 de mayo de 1952

Cuento a Borges mi cuento del joven exiliado y de la Revolución de los Libres del Sur (1839): lo aprueba.

Es sabido que su amistad con Borges nació gracias a Victoria Ocampo, que los presentó en una de sus famosas reuniones en Villa Ocampo. Es sabido también que juntos se divertían como nadie, y que se prodigaban un enorme respeto mutuo. Así también, que eran cultores de una amistad inglesa, "que no se rebaja a la confesión", según definió Borges alguna vez. Sin embargo, esa amistad sí habitaba los rincones de la malicia. Aunque no sorprenda –la inteligencia suele estar acompañada de cierto de nivel de cinismo–, algunos de los rasgos más crueles de su personalidad se descubrieron con la publicación de Borges, los diarios de Bioy sobre su amigo, un libraco de 1600 páginas al cuidado de Daniel Martino, que contiene puras anotaciones sobre el mayor genio de nuestra literatura. Allí están relatadas muchas de las comidas y reuniones que tuvieron lugar en Santa Fe al 2600. Ya desde entonces, por ejemplo, mitad del siglo XX, ni a Borges ni a Bioy les caía demasiado simpático Ernesto Sabato, que con los años se alejaría definitivamente de la dupla. Algunas de las entradas del diario lo dejan claro. El lunes 12 de enero de 1948, mientras vivía en este departamento, escribe Bioy: "Come en casa Borges. Me cuenta que a la tarde estuvieron en Sur Sabato y González Lanuza y que él de pronto comprendió que los aborrecía y se fue"; luego, el 10 de julio de 1950: "Comen en casa Borges y Sabato; éste, groseramente elocuente, con indiferencia a la escasa calidad de lo que dice"; y un día después: "Come en casa Borges. Comentamos el carácter de Sabato. Según Borges, lo que está mal en él es que su conversación es demasiado anecdótica; se parece demasiado poco al pensamiento", y luego cita una frase de Borges, indignado porque el autor de El túnel no quiso aceptar una crítica de una lectora desconocida: "¿Quién escribe tan perfectamente que nunca convenga corregirlo?"

No son, sin embargo, las únicas charlas que tenían. También, aunque sin caer en la confesión, hablaban de lo que, se dice, hablan los tipos. "Borges oyó en el Uruguay esta frase que, según le dijeron, circula en Montevideo: «Ponerle a pupilo el nene a una mujer» por «entrar en ella»", escribe Bioy el 4 de octubre del 50. Era la misma época en que el autor de El Aleph –que aún no lo escribía– había sido despedido de su cargo como director de la Biblioteca Municipal Miguel Cané por el peronismo, que en 1946 lo nombró inspector de Aves, Conejos y Huevos. A propósito de esto, Jovita Iglesias dice en sus memorias sobre la vida con los Bioy: "Iba a Santa Fe y Ecuador casi todos los días; lo albergaban porque era un amigo muy querido y estaba pasando un mal momento". No fue, según Jovita, el único que sufría. "Silvina no siempre la pasó bien. Temía que secuestraran a Adolfito para pedir rescate. Eran tiempos de Juan Domingo Perón y en Santa Fe y Pueyrredón, muy cerca del departamento, había un comité. La marcha peronista se oía todo el día, sonaba eternamente. La señora cerraba las ventanas porque le hacía mal estar oyendo todo el santo día esa música. Y cuando él tardaba en llegar, ella se imaginaba lo peor: que no iba a verlo más, que lo habían matado. Uno de esos días me dijo: «daría todo lo que tengo, me gustaría ser pobre como vos, a cambio de que él fuera nada más que para mí»… A pesar de todo, con el tiempo yo caería en la cuenta de que aquel tiempo en Santa Fe y Ecuador fue la mejor época de sus vidas".

Bioy, a fines de los años cuarenta, junto a un amigo.
Bioy, a fines de los años cuarenta, junto a un amigo.

Lucila Frank, nieta de Adolfo, dice a La Nación revista que, si bien ella no llegó a conocer ese departamento, la imagen de su abuela Silvina esperando a su abuelo se extendió durante todo el matrimonio: "Vivíamos todos juntos en Posadas, en diferentes pisos. Y a veces yo subía al departamento de mis abuelos y estaba Silvina sentada en una silla esperando a Bioy. Eso fue siempre así", dice. Su historia es particular: es la menor de los tres nietos de Bioy, tuvo que lidiar de muy chica con las complejidades de la herencia y a menudo la historia de sus abuelos va por caminos que no le interesa saber. Hoy se dedica al cine y a difundir la obra de Silvina, que le gusta más que la de Bioy. La llegada de su madre, Marta Bioy, fue de hecho uno de los principales motivos para que el matrimonio dejara el departamento de Santa Fe.

Según cuenta la historia, Silvina no podía tener hijos naturales, pero él sí. Un día, al volver de un viaje a Europa, regresaron con Marta, nacida en Francia, a quien automáticamente Silvina adoptó como propia. Era 1954. El departamento entonces les pareció chico. Coincidió, además, con la muerte de la madre de Bioy, dos años antes, a partir de la cual empezaron a ir y venir al departamento de don Adolfo Bioy, padre del escritor, que había quedado solo. En 1954 lograron comprar la casa de la calle Posadas, cuyos inquilinos no querían irse porque pagaban un alquiler bajísimo a causa de las condiciones políticas de la época. El departamento de Santa Fe quedó en manos de Ilve Fernández Blanco durante un tiempo, pero la escritura –con título de propiedad a nombre de Silvina Ocampo– informa que recién se vendió en 1959. La compradora: Alicia Jurado, hija de Ilve y amiga íntima del grupo literario Sur, conformado por Borges, Bioy, Silvina y Victoria Ocampo, Enrique Pezzoni, Guillermo de la Torre, Eduardo Mallea y muchos otros. En manos de Jurado, nieta de Isaac Fernández Blanco por cierto, el departamento mantuvo siempre el nivel cultural: la biblioteca se rellenó con sus libros (más de 4000), y el living continuó recibiendo visitas célebres como Borges, que pasó muchas tardes con su amiga Alicia. Pero entonces ella también murió, porque siempre llegan los cuatro balazos y el olvido, y el tríplex quedó en manos de su hija, Cecilia Tiscornia, que acepta amabilísima que retratemos el lugar antes de que se venda.

"Qué agradable sería la vida si concluyera un poco antes de la muerte"

Adolfo Bioy Casares (de Guirnalda con amores)

Balcón. Baulera. Cocina. Comedor diario. Dependencia de servicio. Sala de planchado. Dormitorios en suite. Escritorio. Vestidor. Lavadero. Living comedor. Terraza. Toilette. Palier (privado). Superficie total: 347 metros cuadrados. Muy buen estado. Trescientos cuarenta mil dólares. Piso de parquet y 93 metros de terraza. En su ascensor, Jorge Luis Borges se cruzó con Estela Canto, uno de sus grandes amores, y la acompañó a la casa de puro caballero. Según reconstruye el historiador Daniel Balmaceda, en diciembre de 1944, Borges salía de la casa de Bioy al mismo tiempo que ella. A pesar de su creciente ceguera, llegó a distinguir su belleza, y le preguntó a dónde iba. Estela dijo que a la estación de subte de Pueyrredón y Borges, ni lento ni perezoso –contra lo que muchos piensan–, dijo que él también. Pero al llegar a la estación, falto absolutamente de su capacidad para urdir tramas más complejas, simplemente le preguntó si quería caminar. Ella aceptó y él la acompañó hasta su casa. Al día siguiente Borges le llevó un libro, de otro autor, de regalo, y a la noche la pasó a buscar para ir, una vez más, a este departamento de la avenida Santa Fe.

Es una más de las tantas historias que imagino mientras, todavía intentando vender, el muchacho de la inmobiliaria me dice que podría tirar abajo tal o cual pared. Son unos minutos nomás en los que coqueteo con tenerlo, con ser el próximo en su trama de amantes. Entonces el vendedor me pregunta si sería para mí. No, le digo, para mi abuela. Y sigo mirando las paredes, las fotos de Borges, las de Silvina, las de Bioy. Hay algunas cosas maravillosas que pasamos la vida persiguiendo: el rostro de una mujer, un cambio de luz después de la lluvia, un poema; y para algunos, por increíble que parezca, la esperanza de escribir una buena historia.

Fotos: Dafne Gentinetta y archivo

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