Bonaire: sal en la tierra, oro en el mar

Es una de las islas de Sotavento junto con Aruba y Curaçao. Los españoles la abandonaron por improductiva en otro siglo y en éste, los holandeses le encontraron el moderno filón del turismo
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2 de diciembre de 2001  

Las cosas cambian con el tiempo. Lo que ayer tenía algún valor hoy ya no lo tiene. ¿Qué podían saber de turismo aquellos aventureros de Castilla, cuyo único objetivo era acercar los nativos a Dios y su oro al rey? Tampoco lo sabían los holandeses. Pero cuando los españoles abandonaron las islas de Sotavento -Aruba, Bonaire y Curaçao, por considerarlas poco útiles a la corona-, a los navegantes flamencos que no necesitaban oro esa vez, sino un puerto intermedio entre Nueva Amsterdam y Pernambuco, Bonaire les venía de perillas. Después vino la explotación de la sal.

Poco cambió en tantos años.

Las noches siguen frescas y los cielos, despejados gracias a esa brisa que sopla y permite soportar un calor de otra forma agobiante. Las ramas arqueadas de los divi-divi -arbustos típicos- son testigos del viento. Las lluvias son escasas y los flamencos (esta vez las aves) continúan pasando la noche en Venezuela y volviendo cada madrugada a teñir de rosado el cielo isleño.

Un pueblito perdido en la llanura ayudará a recordar cómo era la vida en el pasado. Unos obeliscos de colores seguirán mostrando cómo hacían los holandeses para guiar los barcos hacia los muelles, a falta de faros. Eso sí, ya no están los esclavos de las salinas. Sólo quedan algunas casillas donde se adivinan las noches de hacinamiento y calor de los tantos que allí compartían sus miserias. Pero las blancas pirámides del Sur permiten imaginar un pasado de riqueza, donde una vez se cambió el oro por la sal.

Hoy, los recursos se encuentran bajo el mar. El turismo ha descubierto otro Bonaire, y los holandeses saben aprovecharlo.

Su gente, una mezcla de nativos y europeos que se pone en evidencia al escucharlos, está acostumbrada a los visitantes y éstos se sienten como en casa. Aunque el idioma oficial es el holandés, ellos hablan papiamento. Mezcla caprichosa de vocablos indígenas con español, portugués, holandés e inglés, el papiamento ha madurado con el tiempo. Y si bien no es fácil seguir una conversación, la mezcla alcanza para entender lo que se dice y sobrevivir al intento. De todas maneras, su cercanía al continente hace que el español sea moneda corriente, y el omnipresente inglés ayuda cuando las palabras no salen.

El parque submarino

Sólo dos pueblos hay en la isla. Kralendjik, la capital, concentra la mayor actividad. Todavía es posible ver algunas casas de estilo colonial holandés, pintadas con colores pastel.

Rincón, un pueblito perdido en el centro-norte de la isla, es un caserío digno de una tarde fotográfica. Ranchos de color ocre, caminos de tierra, cactos y burritos bajo un sol abrasador. Rincón forma parte del paseo por el Washington-Slagbaai National Park, al que se llega buscando flamencos y playas perdidas.

Observadores de pájaros son asiduos concurrentes al parque. Pero no son éstos los responsables del boom turístico de la isla. Hubo alguien que sumergió su rostro en el mundo submarino y se encargó de diseminar la noticia. No importó lo áridas que fueran sus llanuras. Desde entonces, la llegada de acuanautas no cesó. Vienen sólo a bucear. Poco les interesa lo que hay arriba. No buscan vida nocturna, casinos o discos. Si existieran hoteles submarinos, allí irían ellos.

Bonaire es un paraíso para los buceadores, y aunque a este edén entren justos y pecadores, todavía hay reglas para que el paraíso subsista. Lo hace como Parque Nacional, que comprende los arrecifes de Bonaire y la pequeña Klein Bonaire. Es uno de los primeros parques subacuáticos del mundo y los holandeses se lo toman muy en serio.

A sus marcas

Una ruta costera recorre la isla de Norte a Sur. Con avidez, los visitantes buscan pequeños mojones amarillos a los lados de la ruta. Son las marcas de algún lugar sumergido a pocas brazadas de la playa. En el Norte, cerca del parque, llegar al agua cuesta un poco. Sin playas, hay que acercarse en barco o rebuscárselas en los pequeños acantilados. Bajar es fácil. Subir es otra cosa. Pero el premio es atractivo. En las aguas costeras abundan las tortugas y los peces pequeños, que ocultos en los escondrijos esperan llegar a la edad madura para salir a mar abierto.

En el Sur el acceso es más fácil. Arenas rosadas, un corto trecho a nado y mirando hacia el azul se descubren arrecifes impecables, o un enorme barco. El Hilma Hooker confiscado por el gobierno por transporte de drogas se pudrió en el puerto esperando a un dueño que, obviamente, no se presentó. Cuando empezó a escorar lo remolcaron hacia el Sur y sobre un parche de arena rodeado de corales, declararon su tumba.

Klein Bonaire es un pequeño islote deshabitado frente a Kralendjik donde se practica buceo de paredes, y Karl´s Hill es probablemente el sitio más impresionante. Cerca de la superficie, enormes corales duros soportan los embates del escaso oleaje. Bosques de ramas que se elevan al cielo sirven de escondite a especies más indefensas. Más abajo, comienza la pared tapizada del cada vez más escaso coral negro. Una pared vertical que se hunde en el abismo.

Un mundo bajo el muelle

Bucear en Bonaire es fácil. Todo está cerca. Cerca de la costa y cerca de la superficie.

La única preocupación es, ¿qué elegir? ¿Un buceo tranquilo jugando con pequeños camarones limpiadores o descubrir jadeando que bajo el agua, una tortuga es cualquier cosa menos un animal lento? ¿Nadar desde el hotel hasta el arrecife en sólo cinco minutos o embarcarse para cruzar el canal y llenarse los ojos con los grandes corales de Klein Bonaire? En todo caso, sólo hace falta contar con algunos días y llenar todos los casilleros.

No se puede pedir más, ¿o sí? En otras islas, la noche se llena de ruidos y luces. En Bonaire... también. Bajo los pilotes de un antiguo muelle, los buzos esperan que la noche cerrada traiga la oscuridad que necesitan. Entonces, comienzan los ruidos y las luces.

El Town Pier concentra la vida nocturna de la isla. Bajo sus aguas, los desperdicios arrojados desde los barcos que allí amarran han formado una suerte de arrecife artificial. Y si de día se llena de peces que esperan algún bocado que caiga del muelle o de los pesqueros, de noche la vida se transforma en un espectáculo de color.

A la luz de los faroles callejeros, los buzos se van equipando y luego, lentamente, se introducen en el mar para bucear bajo el muelle. Un laberinto de pilotes cubiertos de esponjas y corales les abre un mundo diferente. Entonces empieza el ballet de flashes. Hay poca profundidad y cada centímetro es aprovechable. El muelle es uno de los lugares más buscados para la macrofotografía. El esfuerzo es mínimo y el buceo es largo, pero la mayoría agota el rollo en los primeros minutos. Sólo los avisados y los expertos saben controlar su ansiedad, y guardan unas pocas fotos para el final. Hay una ley no escrita que dice que la mejor oportunidad fotográfica aparece después de haber disparado el último cuadro. Su paciencia será premiada, o guardarán esa foto para la próxima vez.

Y todo sigue así, hasta que el tanque exhausto no quiere entregar más aire. Entonces los visitantes despiertan de ese sueño para volver a una realidad más seca. Se despiden de los peces dormidos, de las esponjas rojas y los corales naranja, y vuelven sobre sus pasos. Mientras regresan a la superficie, sus linternas siguen buscando como si no quisieran resignarse a perder un solo palmo del paraíso.

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