
Bondi Beach
El paraíso en Sydney donde rompen las mejores olas para los surfistas
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En verano no hay nada como tener playa cerca. Hay ciudades que se dan estos lujos. Y Sydney es una de ellas. Fundada en 1788, fue el primer asentamiento británico en Australia. La urbe más poblada del país, con casi cinco millones de habitantes, es un verdadero centro multicultural y uno de los principales destinos hoy para la inmigración. Ecléctica y pujante, respira alegría y buena onda.
Siete kilómetros al este del centro se encuentra Boondi o Bondi, que en lengua aborigen significa el lugar donde rompen las aguas sobre las rocas. Con una longitud de un kilómetro, la playa más famosa de la ciudad es uno de los principales spots para relajarse y disfrutar de la arena y agua australianas. Su desarrollo comenzó a mediados del siglo XIX como un reducto de la clase trabajadora para transformarse, con el paso del tiempo, en una de las zonas más buscadas para vivir en el país, junto con Rose Bay y Bellevue Hill.
Para muchos sidneysiders, los habitantes de esta ciudad, el día comienza a las 6 cuando salen a correr, nadar, pedalear en sus bicicletas y surfear. En uno de los lugares para el surf más importantes del mundo, más del 80 % de la población vive a menos de 50 km de la costa, y muchos adoptaron ese deporte. La magia de Bondi Beach reside en su tremendo paisaje, su espíritu y su gente. Son todos muy simpáticos y creen en la camaradería, por lo cual uno se siente cómodo instantáneamente.
Lo importante es saber cómo y dónde rompen las olas. En una escala del 1 al 10, en el extremo norte las olas alcanzan el grado 4, mientras que en el extremo sur el grado de dificultad es de 7 puntos. Hay clubes muy conocidos en el mundo como el Bondi Longboard Club, el Bondi Surfing Club o el Bondi Girls Surfriders Club.
No soy muy bueno para practicar deportes, pero sí voluntarioso. No puedo dejar pasar la oportunidad de tomar unas buenas clases de surf. Para muchos sería un simple y divertido trámite; para otros, una aventura. Para mí, ¡un desafío!
Para demostrar que un novato puede pararse en una tabla como es debido me anoté en la escuela de surf Lets Go Surfing. El trámite es simple: completar un formulario, firmarlo, vestir el wetsuit, el traje de neoprene y elegir la tabla. Una vez en la playa no puedo dejar de admirar el color del mar y la calidad de la arena. Mi instructora me explica los pasos por seguir. Como si estuviese en un centro de alto rendimiento deportivo repito cada uno de los movimientos que son cantados a viva voz por ella: paddle, push, stand. Remar, alzarte y pararte sobre la tabla. Todo realizado en cuestión de segundos. Después de 20 minutos cualquiera termina agotado, ¡y todavía no nos metimos al agua!
Con las ganas de un verdadero amateur tomamos contacto con el agua para desafiar las olas locales y lo que se ve pequeño desde la línea de playa aquí es otra historia. Algunas olas alcanzan los 3 metros. Ola tras ola trato de pararme, intento copiar los movimientos de ella, que con una naturalidad sorprendente rema y se alza sobre la tabla. Ola tras ola me debato entre su fuerza y velocidad. Más resultados negativos.
Al ver mi esfuerzo constante, una sonrisa se dibuja en el rostro de la instructora. No le puedo fallar, no puedo caer en la ignominia de no poder pararme aunque sea una vez. El momento de exaltación llega casi con la caída del sol. Como si todos los astros se alinearan, realizo cada movimiento a la perfección y, casi sin darme cuenta, me alzo y paro sobre la tabla. Veo la playa desde la altura de la ola y, casi de refilón, su cara de felicidad. A esta altura está más contenta por ella que por mí. Pego un grito de alegría y caigo estrepitosamente de nuevo. Nunca tragué tanta agua en mi vida.






