
Botafogo, el nuevo soho de Río
Dejó de ser un barrio de paso para convertirse en una de las zonas más jóvenes y atractivas
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Podríamos vivir en Botafogo, en el caserón construido por mi padre. Allí hay cuartos enormes, baños de mármol con bidet, varios salones con espejos venecianos, estatuas, techos altísimos y tejas importadas de Francia. Hay palmeras, aguacateros y almendros en el jardín, que se transformó en estacionamiento (...) El barrio está repleto de hospitales y consultorios. De hecho, bien encima de nuestro propio terreno levantaron un edificio de 18 pisos y con esto acabo de recordar que el caserón no existe más. Así comienza a hablarle a una enfermera el viejo convaleciente que protagoniza la novela Leche derramada, de Chico Buarque. Quien avance por la transitada Rua São Clemente, arteria que conecta la playa de Botafogo con los barrios de Humaitá, Lagoa y Jardim Botânico, podrá ver el Cristo Redentor en el cielo y caserones de fines del siglo XIX como el que describe Chico a ambos lados de la calle. En el Nº 134 vivió el escritor y político Rui Barbosa, quien colaboró activamente con la abolición de la esclavitud en Brasil. Desde 1930, la casa funciona como museo, con un jardín ideal para resguardarse del calor y el ruido.
Frente a una de las postales clásicas de Río, el Morro Pan de Azúcar, ese monolito imponente que emerge en plena Bahía de Guanabara, Botafogo concentra 19 consulados –entre ellos, el de la Argentina–, infinidad de colegios, hospitales y clínicas estéticas como la de Ivo Pitanguy. En 1980, el barrio neurálgico de la Zona Sur vio surgir el primer shopping de la ciudad, el Rio Sul, muy cerca del club Botafogo. Desde entonces se asentaron en la zona grandes empresas internacionales, agencias de publicidad, estudios de grabación y productoras de cine.
Las únicas vías que recorren todo el largo de Botafogo –São Clemente, Voluntários da Pátria, Mena Barreto y General Polidoro–son caóticas, con tránsito pesado y escasez de sombra. Es en las calles transversales donde desbordan las buganvillas en flor, las bananeras se mezclan con las higueras, los monos cruzan por los cables, sobreviven las villas de casas coloridas y donde las antiguas residencias de los comerciantes ingleses se transformaron, durante la última década, en restaurantes de autor.
Los vanguardistas

"Botafogo mantiene su identidad de barrio en el medio de una gran urbe", dice Antonio Alcaraz, español y propietario, junto al chef brasileño Jan Santos, de Entretapas, en la calle Conde de Irajá. La señora con el carrito de las compras, la panadería de la esquina, los talleres mecánicos, el bodegón abierto las 24 horas en la esquina de Paulo Barreto, la peluquería unisex, los hipsters de las productoras, las mamás que pasean bebes, los adolescentes y sus perros, el karaoke del Bar da Morena, los niños de 3 años que aprenden capoeira en la plaza Mauro Duarte por las noches y, los de la tercera edad taichi por la mañana forman parte del cotidiano Botafoguense."Me recuerda un poco a Palermo, es un barrio con onda", agrega Alcaraz, entre croquetas de bacalao y gambas al ajillo gloriosas, en un salón con todas las mesas ocupadas, la noche de un martes.
La precursora en animarse a salir del sobrevaluado circuito de Ipanema y Leblon para aventurarse en un barrio de paso, como siempre se consideró a Botafogo, fue la chef Roberta Ciasca. En 2005, junto a Danni Camilo y Steph Quinquis inauguraron Miam Miam en un caserón que era del abuelo de Roberta. El concepto de comfort food y la decoración de las décadas del 50 al 70 enseguida atrajeron a una clientela ávida de otros estilos. Dos años después, el mismo trío abrió Oui Oui, el primer restaurante de la premiada Rua Conde de Irajá, con una propuesta de pequeñas porciones. Y en 2013 siguieron con Mira!, restaurante-café dentro del predio que le devolvió al barrio el halo de elegancia de antaño, la Casa Daros.
Muchas de las casas de Botafogo son patrimonio histórico, la ventaja es que no las tirarán abajo para levantar otra clínica como en Leite Derramado. La desventaja es la lenta burocracia. El chef francés Damien Montecer –que estuvo siete años al frente de Térèze– demoró dos años en vez de uno para abrir su brasserie La Villa, sobre la calle Alvaro Ramos. El caserón, de 1865, era el bar de Nelson Rodrigues, hijo del famoso escritor y creador del bloco de carnaval Barbas, que desfila todos los años con su camión de agua por las rúas del barrio. Alvaro Ramos está al lado del cementerio São João Batista, donde descansan Carmen Miranda y Tom Jobim, y hasta hace nada era la calle más lúgubre de Botafogo. Fue el Caverna, un bar estilo neoyorquino que puso un ex publicitario en el taller mecánico de su padre, el que irónicamente trajo un poco de luz y movimiento. "Cuando decidí abrir La Villa en esta calle todos decían que estaba loco, pero para mí este es el futuro Soho de Río", dice Montecer, que ya integra el libro del crítico Fabio Codeço Restaurantes cool & trendy da Zona Sul.
El mismo potencial vio el argentino German Olano, dueño de la cadena El Misti, cuando abrió su primer hostel en una calle sin salida de la Praia de Botafogo, en 2002. "Estaba cerca de todo, ya había subte y era mucho más barato que Ipanema o Copacabana", explica German. Hoy hay más de 20 hostels y posadas en BotaSoho –como lo llaman–, entre ellos dos de diseño: Contemporáneo y Oztel. Con precios más accesibles que en el litoral carioca, jóvenes hijos de familias bien cambiaron la costa por el valle. "Con el aumento del costo de la vivienda, Botafogo se fue poblando más por una clase media-alta", dice Lorenzo Piovesan, propietario de Rio Apartment Service. El metro cuadrado de venta en el barrio está a R$12.000; en 2008 costaba R$3500.
Todo se transforma

Cuando Rafael Almeida iba al secundario se juntaba con sus amigos en el Bar do Palinha, final de Botafogo, comienzo de Humaitá. El Palinha reunía adolescentes y perros labradores, que estaban de moda. Rafael hoy es dueño de Barthodomeu, un bar de Ipanema, pero vive desde siempre en una villa de la Real Grandeza, la calle que desemboca en la entrada de la Favela Dona Marta. Nadie imagina que allí adentro hay esas casas, ese parque y ese silencio.
A dos cuadras, un domingo cada dos meses, la diseñadora Carolina Herszenhut realiza O Cluster, un evento gratuito que congrega diseñadores, DJ, chefs y artistas en el Solar das Palmeiras, otro caserón, al lado del Museo del Indio. Botafogo tiene también el Instituto Cervantes y los cines de la Voluntarios da Pátria; la nueva librería Da Travessa y Olho da Rua, una galería de arte urbano que inauguró en Rua Bambina; el conceptuado salón de tatuajes La Casa Hermética, y Comuna, una casa abierta en la que funciona una editora y sirven tragos preparados con esmero y las mejores hamburguesas de la ciudad.
La calle Visconde de Caravelas está repleta de abricó de macaco, un árbol original del Amazonas al que le salen unas bolas marrones que al quebrarse se transforman en flores. Carnosas, fucsias, sin igual. En esa calle de nombre raro hay un local peruano llamado Lima Restobar y está el Alacena, alta cocina española de vanguardia. A la vuelta abrió Tragga, una parrilla de carne argentina y dueños brasileños. Sobre la Paulo Barreto, el chef argentino Eduardo Pretti crea platos mediterráneos en su restaurante Zissou y Dominic Parry se animó a desafiar los hábitos cariocas cerveceros con su Wine House, y pegadito, el bodegón Adega da Velha sirve comida nordestina desde 1981. Todo junto y misturado.
El barrio fue madurando y, como el abricó de macaco, las casas marrones de otro siglo que sobrevivieron a las torres de 18 pisos se transformaron en un destino sin igual.
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