
Llegan los últimos capítulos de la serie que logró que nos pusiéramos del lado del malo más malo. Breaking Bad y el quiebre de la moral de los espectadores, que terminaron adorando el lado oscuro de Walter White.
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La excitación es mayor: Breaking Bad llega a su fin, y al cierre de esta nota solo hay un par de teasers rebotando en internet que adelantan, amarretes, lo que se comenzó a ver este 11 de agosto. Eso y la frase que les da cierre a ambos: "Todas las cosas malas deben llegar a su fin". Y así como resulta escaso como aperitivo ver un primer plano de Hank, el cuñado de Walter White –protagonista de esta historia–, manejando con los ojos inyectados de furia, y luego al mismísimo Walter, en bata y perplejo en el estacionamiento de su casa, el hambre que se viene acumulando hace casi once meses nos lleva a intuir que lo que sigue es un banquete superior.
El tránsito de Mr. Chips a Scarface que experimentó Walter White llevó 62 capítulos y cinco temporadas, pero solo un año y poco más en la vida del oscuro profesor de Química. Ahora es Heisenberg, su álter ego calculador y brutal, el que tiene las riendas del asunto. ¿Dónde habrá quedado Walt, ese "buen hombre que tomó malas decisiones", como lo definió alguna vez Vince Gilligan, creador de la serie? Tal vez en el antihéroe que cosechó demasiada simpatía y que, con esas decisiones, puso en jaque el sistema de creencias de cada espectador. Porque muchos de los que miran Breaking Bad quieren que Walter White termine saliéndose con la suya. Aunque haya fabricado metanfetamina mortal, envenenado a un niño, mentido descaradamente y aprendido a ser un cínico de precisión quirúrgica. En suma, aunque haya abandonado el capullo y hoy sea, definitivamente, Heisenberg. Muchos lo desean, pero no todos, porque él también es la piedra en el zapato del biempensante, un tipo común que saltó la vara moral que tantos juran tener como regla.
Cuando le preguntaron a Bryan Cranston –el maravilloso actor que lo encarna– los motivos de la simpatía que irradia su criatura, dijo simplemente, en sintonía con Gilligan: "Es un buen tipo que trató de hacer lo correcto". Pero también ensayó una explicación de por qué esa simpatía perdió adeptos en el camino: "Walter puso a prueba a la audiencia en varios puntos de la trama. Algunos lo abandonaron en la segunda temporada, otros cuando dejó que la novia de su socio se ahogase en su propio vómito, y algunos a medida que fueron sucediendo cosas más pesadas. Personalmente, creo que él se perdió desde el primer episodio, cuando trató de ser alguien que no era y entró en una pendiente resbaladiza". Ahora, Walter está en la encrucijada: su cuñado Hank, agente de la DEA, descubrió que ese pelele al que ha visto llorar por nada es el zar de la droga a quien estaba persiguiendo; su esposa, Skylar, enloqueció ante sus altos estándares gangsteriles, y Jesse, su socio, comprendió que el calibre del mal que anida en Mr. White es demasiado para sus propios imperativos morales.
Breaking Bad comenzó en enero de 2008, después de que AMC se jugara por un proyecto del creador de X Files que había sido rechazado por numerosas cadenas. No fue fácil aceptarla: la historia de un cansado profesor de secundario con esposa dominante e hijo discapacitado, que al enterarse de que tenía un cáncer de pulmón inoperable decidía ponerse a fabricar metanfetamina de alta calidad junto con Jesee Pinkman, un ex alumno, parecía de una densidad impenetrable.
Pero los pronósticos fallaron, las críticas la pusieron por las nubes, el público le dijo sí y, a lo largo del tiempo, Breaking Bad se alzó con siete premios Emmy y varias nominaciones a los Globos de Oro. La explicación está en cómo hizo equilibrio sobre una cuerda tensada por el humor negro, la sordidez y una trama policial que se entrelazó con la familiar de modo ejemplar. La química entre los dos protagonistas (Cranston y Aaron Paul, ese Jesse que se fue abuenando acorde pasaron los capítulos) hizo el resto, apoyada por personajes secundarios bien escritos y construidos, como Saul Goodman (Bob Odenkirk), el abogado inescrupuloso que en un futuro –según aseguró Gilligan– tal vez tenga su propio spin-off. La ayudó, claro, el estar inmersa en los nuevos tiempos televisivos, esos que consagraron a las series y les ofrecieron el refugio que ya no encontraban en el cine, sobre todo desde el lado de los protagonistas masculinos, hombres complejos de borrosas fronteras morales. Ellos, más que nadie, son los responsables de esos cambios. Vean, si no, el pesar causado por la muerte de James Gandolfini, la entronización de Jon Hamm como sex symbol melancólico, el baño de oro que recibió nuestro Bryan Cranston a mediados de julio, cuando inauguró su estrella en el Paseo de la Fama. Herramientas filosas –sus personajes– de lo que el periodista Brett Martin cataloga como "tercera edad de oro de la televisión" en el libro Difficult Men, de reciente aparición. Sin ellos, este nuevo estado de las cosas no existiría.






