
Caracoles del mundo
Treinta mil caparazones de nácar, muestra inobjetable de diseño, eficacia y lujo para vivir en el agua, es el tesoro que exhibe el Museo del Mar marplatense
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El océano tiene otro lugar en el mundo, y queda a dos cuadras de la orilla, del lado de la tierra, en Mar del Plata. El Museo del Mar alberga peces de la zona en más de 130 mil litros de agua de mar y 30 mil caracoles provenientes de todo el mundo. La extraordinaria variedad de carcasas de moluscos fue coleccionada por Benjamín Sisterna, uno de los fundadores de la fábrica de alfajores Havanna. Un millón y medio de inversión y una buena dosis de ingenio completaron la muestra permanente.
Seguramente, el chico humilde que vendía tortitas negras en las calles de Jobson Vera, en Santa Fe, nunca sospechó que llegaría a montar un imperio dulce que sería sinónimo de la ciudad de Mar del Plata. Es probable que ese chico, Benjamín Sisterna, tampoco imaginara que llegaría a dar veintiséis veces la vuelta al mundo en busca de caracoles, su chifladura, como a él le gustaba llamar a la pasión que se despertó cuando un hermano le envió una caja repleta de esos caparazones marinos desde Puerto Madryn. Y tampoco debe haber sospechado que un hijo suyo, Pablo, completaría su obra: la colección, expuesta gratuitamente durante 15 años en el primer piso de un local comercial en el centro de la ciudad, hoy es mucho más que un museo.
Ejemplo de ingenio, esfuerzo y trabajo en equipo es el Museo del Mar, que -sobre la avenida Colón, en la loma Stella Maris- también agrupa otros intereses culturales distribuidos en cuatro niveles, con sala de exposiciones, ciclos musicales, microcine, biblioteca, cibercafé y un mirador con vista de privilegio sobre la ciudad y su porción de Atlántico. También está la confitería donde -curiosamente- no se sirven alfajores Havanna, pero sí las mejores medialunas de Mar del Plata.
"La idea fue darle movimiento al museo, para que no sea monótono", explica Jorge Proazzi, del estudio Proazzi & Sureda, a cargo del proyecto y dirección de obra, cuya propuesta se basó en la revalorización del chalet de Joaquín Pérez Peña (declarado bien de interés patrimonial) y la construcción de un nuevo volumen edilicio en un terreno adyacente. Desde afuera, el conjunto mantiene un aspecto tradicional y cede protagonismo a las construcciones vecinas existentes: la Villa Ortiz Basualdo (ahora Museo de la Ciudad) y la Villa Normandy, donde funciona el Consulado de Italia.
Afuera, en un breve jardín, siguiendo la pendiente de la barranca Stella Maris, se armó un curso de agua entre grandes piedras que desemboca en un estanque, el mismo que forma una de las paredes interiores del bar del subsuelo.
El acceso principal se resolvió en la planta baja de la vieja casa, donde también se armó la tienda de regalos y el auditorio. A esa construcción se anexó un nuevo edificio de cuatro plantas, unidas entre sí por un hueco central con iluminación cenital, para darle unidad y movimiento al museo. Así, desde la confitería del subsuelo, también suben los acordes del piano de cola que suele ir a tocar Hebert Gallet: después de haber vivido en Europa y de tocar junto a Tony Bennett, el pianista acude a teclear su jazz como un vecino privilegiado.
En el nivel de acceso, dos estanques marinos, exposición de caracoles y confitería con sector de cibercafé. Hacia abajo, la pendiente del terreno permite tener un subsuelo con vista a la calle por medio de otro estanque, y una pileta central con peces y rayas es eje de atracción también por el sonido ambiental que genera: una ola artificial revuelve sus aguas cada 15 minutos. Allí también desemboca un hilo de agua que cae desde el piso más alto. En el tercer nivel, los espacios mantienen la privacidad necesaria para contemplar la colección marina, mientras que el cuarto piso se abre como galería de arte circular, con acceso hacia la terraza y mirador.
Por aquí y por allí, barandas, lámparas y ceniceros de pie y un mueble con aire pop -que contiene la vajilla hecha exclusivamente para el lugar- recuerdan la contorsión de las olas. Entre otros detalles, las setenta y seis mesas creadas por Fernando Argibay protegen con tapas de vidrio una versión marina de jardines zen: se trata de piezas que simulan trozos de playa, con piedras, estrellas de mar, hipocampos y caracoles sobre arena. Aunque en realidad no es arena, sino un perfecto simulacro: más práctico, asegura que la obra de arte no desaparezca al mover las mesas de lugar.
"Probamos con arena, pero la marplatense es muy oscura y tiene un grano grueso, no nos gustó como quedaba; ésta es una mezcla de laca, resina, marmolina y tintas; logramos un tono natural, que combina perfecto con el lugar", explica Argibay, autor, también, de varios murales y decoraciones con hierro oxidado en las columnas que fueron trabajadas con martillo neumático para darle textura rugosa.
Entre caracoles con formas y colores exóticos -que incluyen verdes, amarillos y naranja flúo-, algunos cuadros con motivos de naturalezas muertas y pájaros hechos con caracoles, conchillas y corales, traídos en las valijas de Benjamín Sisterna.
¿Otro detalle? Los teléfonos. Decorados con formas alegóricas en masilla plástica, merecerían comunicarse en línea directa con Poseidón.
Pero el verdadero tema de fondo (del mar) está en las vitrinas, donde brilla el nácar de 30 mil piezas, provenientes de 3500 especies de caracoles, atesoradas por don Benjamín Sisterna, un enamorado del mar que buceó hasta los 75 años.
Museo del Mar: Avda. Colón 1114, Mar del Plata.Entrada $ 3, abierto de 9 a 21.
http://www.museodelmar.com
Tridacna squamosa
En una vitrina de ubicación privilegiada, el cartel explicativo relata lo siguiente: "En Zamboanga conocí, en 1977, a un anciano matrimonio de coleccionistas que hablaba español. Grande fue mi sorpresa al descubrir un gigantesco ejemplar, era una tridacna squamosa. Inmediatamente les manifesté mis intenciones de intercambiar la pieza por alguna otra de mi colección que pudiera despertar su interés. Pero no aceptaron.
Unos años más tarde volví al lugar, y reiteré el pedido; tampoco tuve suerte esta vez. Durante mi tercera visita, la amistad con el matrimonio ya se había fortalecido, por lo que fue muy honesta la invitación que les hice al enterarme de que uno de los sueños de Ignacio era conocer París. Pero él estaba muy enfermo, y no aceptó el ofrecimiento. Para la cuarta visita, les llevé unos caracoles como obsequio, y ya había olvidado la pieza que dio origen a nuestra amistad cuando, años más tarde, recibí un paquete de regalo en casa: era la gigantesca tridacna squamosa".





