
Carlos Ruckauf ¿Cómo que no hay modelos?
El vicepresidente y candidato a gobernador se siente muy sólido, dueño de una conducta irreprochable. Dice que le fastidia cuando ponen a todos los dirigentes en la misma bolsa, y ofrece su propia trayectoria como prueba de que en política los buenos también existen
1 minuto de lectura'
Denostado por el menemismo y repetidamente marginado de las reuniones de gabinete, el vicepresidente de la Nación, Carlos Federico Ruckauf (de 54 años, casado, 3 hijos y ya abuelo), obtuvo recientemente la posibilidad de pelear por la gobernación de la principal provincia argentina luego de doblegar en las internas a Antonio Cafiero, su antiguo compañero en el gabinete de Isabel Perón en 1975. Disconforme con la ambigüedad y banalidad políticas del puesto de vicepresidente, siente que donde pudo desarrollar acciones consensuadas fue desde la presidencia del Senado.
Asegura no tener contados los días exactos en los que reemplazó a Menem, pero recuerda que el tiempo más prolongado ocupando el sillón de Rivadavia -9 días- fue durante el reciente viaje del presidente a Japón. También asegura que nunca (pero nunca, como alguna vez se chismoseó) durmió siesta en el aposento presidencial en la Rosada.
-¿Cuál es el cuento preferido de su nieta?
-Agustina tiene 2 años. Todavía no escucha cuentos. Pero tal vez empiece a contarle el que era el cuento preferido de mis hijos, el del león feliz. Es la historia de un leoncito abandonado, adoptado por una familia, que crece y pasa a ser un animal enorme, que molesta en todos lados y, al final, tienen que llevarlo al zoológico.
-Además de contar cuentos, ¿fue un buen padre?
-Siento que sí. La relación que tengo con mis hijos es muy buena. Nunca dejé a la familia por la política. Cenaba siempre con los chicos. Una vez, un dirigente político de aquellos tiempos me dijo que así yo no iba a llegar a ninguna parte, porque ¿vio que la política se hace mucho de noche?
-Me quedé pensando: con esas cosas tan tristes que le pasaban al león, ¿por qué el cuento se titula El león feliz?
-Porque también tenía partes optimistas. Como la vida.
-¿Su nieta ya sabe lo que es un vicepresidente? ¿La vida de un vicepresidente aquí es la de un leoncito feliz o la de un león enjaulado?
-Ser vicepresidente en un sistema como el nuestro no es nada. Muchas veces me preguntan si me gusta ser presidente, cada vez que reemplazo a Menem, y yo respondo que, en realidad, uno nunca es presidente. Tiene la formalidad de la firma, pero el sistema es tan estrecho en posibilidades y la obsesión de Menem por la conducción es tan alta que uno jamás llega a tomar decisiones porque, aunque se vaya de viaje, Menem continúa perpetuamente conectado con Buenos Aires y tomando decisiones desde el exterior. Realmente, el vicepresidente de la Nación no tiene ninguna tarea. Mi verdadera actividad es la de presidente del Senado. Alguna vez firmé decretos, discutí otros, pero siempre referidos a instrucciones del presidente.
-Pero, si quisiera, usted como vice tendría la atribución de remover a un ministro...
-Pero sería absurdo. Lo saco, vuelve Menem y lo repone. Sólo significaría un nuevo escándalo en la sociedad.
-En su carácter de presidente interino, ¿tuvo ganas de cambiar a algún ministro?
Se ríe. -Por supuesto. A más de uno. Y más de uno, seguro, me quería sacar a mí.
-Alsina, Madero, Pellegrini... Hoy son todas calles, pero alguna vez fueron vicepresidentes...
-Mi destino es una calle...
-También Perón fue vicepresidente de Farrel...
-Pero de ese momento lo que más se recuerda de él es su cargo de secretario de Trabajo y Previsión.
-Y hubo otros que llegaron a ser presidentes. Pero no es su caso, porque leí que usted no tenía ese sueño.
-No es así. Una cosa es soñar y otra tener conciencia del momento histórico. En cuestiones de Estado siempre pienso qué es lo mejor y trato de no poner el carro delante del caballo. Cuando al comienzo de su segundo mandato Menem dio una serie de nombres de presidenciables, incluyó el mío y yo me acerqué para decirle que me sacara de la lista porque iba a apoyar a Duhalde.
-Y lo sacó. De la lista y de las reuniones de gabinete...
-Sí, es cierto, ahí hace rato que no me invitan.
-Aquel diálogo, ¿fue así de tranquilo?
-Sí, porque para hablar con él, Menem es un tipo bárbaro. Que nadie se equivoque. Jamás trata mal, nunca lo escuché insultar. Ni siquiera da órdenes: sugiere, escucha, deja trabajar... Después hace lo que se le ocurre, pero primero escucha.
-Y con semejantes virtudes, ¿por qué usted eligió quedarse con Duhalde?
-Eso no significa que no pueda reconocerle todas esas cosas y que valore su capacidad de conducción.
-Entonces sí quisiera ser presidente. ¿A quién elegiría como vice?
-Seguramente elegiría a un gobernador y que a la vez tuviera ambiciones de algo más. Ahora, en la provincia de Buenos Aires llevo a un muchacho (N. del R.): se refiere a Felipe Solá) que quiere ser gobernador y a mí eso me parece bárbaro. Con respecto a ser presidente, sí me gustaría, pero no sé si la historia me va a dar ese lugar. Yo no me voy a desesperar.
-Vice quiere decir "hacer las veces de", o sea que, por definición, el puesto de vice es casi una impostura. ¿Habría modo de darle más entidad?
-Aparentemente, Duhalde está pensando en una solución al estilo Clinton-Gore, darle a Ortega el control completo e intensivo de un área, en este caso la social.
-¿Se podría decir que Menem no tuvo suerte con los vicepresidentes que eligió?
-Al contrario, al contrario. También se podría pensar que Menem es un hombre de tanta personalidad y convicciones que elige vicepresidentes de alto nivel de exposición y que tienen sus propias aspiraciones. Más allá de que a veces se enoje conmigo o con Duhalde...
-¿No me dijo hace un ratito que Menem nunca se enojaba?
-No, le dije que Menem nunca maltrataba. Lo que le quiero decir es que él es de los que creen, y lo dice permanentemente, que a los tibios los vomita Dios. Por eso respeta a los tipos con personalidad y que le plantean las cosas de frente. Ninguno de nosotros dos hizo algo con lo que él pueda sentirse herido. Hemos seguido nuestros propios designios y discutimos aquellos temas en los que pensábamos distinto. Por ejemplo, acompañé la política de transformación económica, pero discutí con Cavallo por la injusticia social.
-¿Alguna vez Duhalde le contó alguna situación de él como vice o le dio algún consejo en esa condición?
-Nunca hablamos de eso... Ah, sí... Un día comentamos un chisme que apareció en La Nacion, que yo utilizaba la cama de Menem en su despacho. Yo le dije que no la usaba y Duhalde me comentó que él sí y que era muy cómoda.
-Así como de De la Rúa se dice que es aburrido, de usted se comenta que se ríe demasiado...
-O todo lo contrario, porque a veces estoy en medio de un tema conflictivo y me para algún señor o alguna señora por la calle y me dice: Ayer lo vi por televisión y no se sonreía. ¿Qué pasó? Y entonces le tengo que explicar que si estoy hablando de un tema que me indigna tanto como el de las jubilaciones de privilegio nadie me puede pedir que sonría. Respecto de Fernando, no creo que sea aburrido. Creo que es, digamos, durito, aunque en la intimidad es una persona muy cálida. La verdad es que no creo que sea malo ni importante que un presidente sea aburrido.
-¿No tiene jubilación de privilegio?
-¡No! Hace 11 años que abrí ese debate en un programa de Neustadt y Grondona, y presenté un proyecto de derogación de esas leyes que, por supuesto, no me votaron, y casi me matan. Al año siguiente me nombraron embajador en Italia y Santiago de Estrada me notificó que yo, con 44 años, podía jubilarme como ministro. Lo rechacé. Y, como yo, hay un montón de gente que también lo rechazó. Pero anoche mismo, en televisión, Grondona decía que en este país no había modelos en la política. ¿Cómo que no hay modelos? Yo no cobro jubilación de privilegio, viejo. Es bueno que esta sociedad materialista reconozca que en diez años de jubilación yo podía haber cobrado 400 lucas. No pido que me aplaudan por eso, pero al menos no digan que todo el mundo es igual.
-Volviendo a lo de la sonrisa suya: un publicista se vuelve medio loco y lo elige como imagen del relanzamiento del dentífrico Odol. Incluso con un jingle, aggiornado, que diga: Qué lindos que son tus dientes, le dijo Duhalde a Ruckauf... ¿Qué dice frente a esa propuesta?
-Si no fuera más funcionario, podría ser, pero ahora sería incompatible. Uno puede ir a un programa cómico e igual mantener el rol, uno puede hacer chistes sin perder la investidura. Pero hacer un aviso... Podría hacerlo si sirviera para hacer una obra benéfica, para el Hospital de Niños.
-Hablando de la sonrisa, muchos se preguntan si los dientes son todos suyos
-Sí, todos míos. Como el chiste aquel que dice: son míos porque ya los pagué...
-Usted admitió en alguna ocasión que nunca fue profundamente nada: ni peronista ortodoxo, ni peronista renovador, ni menemista. ¿Es así?
-Que no era menemista lo dije antes de que Menem me nombrara ministro de Interior. Por eso, cuando Fernández Meijide dice que yo no puedo renegar de mi pasado menemista miente.
-¿Sí es ahora profundamente duhaldista?
-No, yo soy peronista. Duhalde y Chiche saben que siempre digo lo que pienso. No me voy a volver ahora síeduardista.
-¿Conoció a Perón?
-Había mucha distancia entre él y yo. El era un gigante y yo una hormiga, me resultaba casi imposible intercambiar una frase con él. Estando a su lado se me llenaban los ojos de lágrimas y no podía hablar. Pero soy evitista: el gran personaje de mis entrañas es Evita.
-Usted lanzó el tema de las jubilaciones de privilegio. ¿Le provoca inquietud observar lo que eso es capaz de provocar, como la renuncia de Erman González?
-¿Miedo? Yo no soy un tipo miedoso. Tengo la conciencia tranquila. No me van a encontrar en temas de corrupción, ni aprovechando el poder público. Yo puedo explicar todo lo mío. Si no pudiera, debería renunciar. No soy necio, sé que existen riesgos cuando uno se opone a que Lino Oviedo se afinque en el país o cuando uno lucha para que Ramón Saadi no se convierta en senador. Pero miedo, verdaderamente miedo, tuve durante el gobierno militar. Después de esa época, con mi mujer, cualquier portazo de Falcon lo sentíamos como un recuerdo del pasado. Cuando vino el golpe de 1976 yo pasé un año escondido en un departamento aquí, en Buenos Aires. Y reaparecí impulsado por un episodio familiar, cuando a mi hijo mayor le tocó dibujar a la familia en el colegio y la dibujó sin mí. Ahí le dije a mi mujer que iba a reaparecer. Y entonces yo, que estaba borrado del mapa, fui a una fiesta por el 25 de mayo.
-Además de éste, usted integró el gabinete de la señora de Perón con López Rega...
-El de Isabel sí, pero cuando López Rega era ministro yo no estaba. Llegué al gobierno siendo un mocoso de 29 años, después de haber participado en la movilización de junio de 1975, que ayudó a voltear al ministro de economía Celestino Rodrigo y a López Rega. Treinta días después de su renuncia, asumí como ministro de Trabajo, el mismo día que Cafiero en Economía y Aníbal Demarco en Bienestar Social. En ese gabinete conocí a una personalidad extraordinaria de la política, Angel Federico Robledo, y también traté a Luder cuando fue presidente interino. Y vale la pena recordar que Isabel nos pidió la renuncia a Cafiero y a mí dos meses antes del golpe de marzo de 1976, después que en una reunión de gabinete objetamos su idea de nombrarlo embajador a López Rega.
-¿Qué pasa si en octubre pierde la gobernación?
-Sería una gran desilusión, porque pienso que podría gobernar mejor que Graciela.
-¿Le transmitió esta impresión a ella?
Sonríe. -Ella lo sabe. Nos conocemos lo suficiente como para saber que no tenemos diferencias en lo ético, pero ella tiene plena conciencia de que yo administraría mejor que ella.
-¿Usted dice que Graciela no es buena administradora?
-No. Lo que digo es que no tiene experiencia suficiente en administrar y que le cuesta mucho pasar del slogan a la acción. Escucha mucho a quienes la asesoran, pero cree que gobernar bien consiste en rodearse adecuadamente. Y con eso no basta, hay que poder controlar al que te rodea.
-¿Se lleva bien con las mujeres? Esa referencia a Graciela sonó un poco machista.
-No, para nada. Ella ya me ganó una vez en las elecciones a estatuyentes en la Capital Federal y lo acepté y la saludé muy afectuosamente y después colaboré mucho con ella. No coincidí ni con su actitud ni con la de su partido en muchos temas que se trataron en la Estatuyente y que luego formaron el Código de Convivencia. Me llevo bien con hombres y con mujeres, sin diferencias. Y diría que la mujer es más apasionada y a veces más eficiente que el hombre cuando tiene responsabilidades. Advierto que son muy duras entre ellas. Compiten mucho más entre ellas que lo que lo hacemos los hombres. Con respecto a ganar o perder, creo que vamos a entrar en el siglo mucho más maduros, entendiendo el camino de la alternancia. Gane Duhalde o gane De la Rúa, lo que va a ganar es el tiempo de las reglas de juego civilizadas sobre las épocas de los enfrentamientos sin límites.
-En una ocasión, usted admitió que había tenido errores. ¿A cuáles se refería?
-Cuando gobernaba Illia, todos creíamos que su lentitud era intolerable y nos pusimos muy fuertemente en su contra. Yo fui uno de ésos, y con el tiempo lo lamenté mucho.
-¿Ya era peronista?
-No sé si lo era. Era, seguro, un militante de los sectores populares y acompañaba al peronismo sin saber muy bien qué era ese movimiento. Era muy chico, y como muchos sentía que la solución era que Illia se fuera del cargo. Así llegó el golpe de Onganía, sin que muchos nos enteráramos qué era una democracia y qué era una dictadura. Al poco tiempo, cuando nos tocó ver la noche de los bastones largos, empezamos a preguntarnos por qué habríamos peleado tanto contra Illia.
-Bueno, pero eso sucedió hace más de 30 años. ¿Algún error un poquito más cercano?
-Realmente, no. Todo el mundo se equivoca, pero errores de aquella magnitud no he vuelto a tener.
-Siendo ministro del Interior, le tocó el tema del atentado a la AMIA. Cinco años después, ¿tiene alguna hipótesis?
-Siempre tuve la misma. Que se trató de un acto terrorista, financiado por una potencia extranjera, con complicidad nacional y con un tipo que se inmoló, que era el que manejaba la camioneta. Nunca creí en la hipótesis de la lucha interna de la colectividad judía planteada por los sectores de la derecha, ni la que sustentaba la idea de que no se usó un auto bomba. El tema me trastornó, pero cuando unas dos semanas después recibí a un equipo de la inteligencia norteamericana y pude ver de cerca lo que son los movimientos terroristas fundamentalistas, todo me pareció más terrible. Este fanatismo, estas guerras étnicas y religiosas son uno de los temas de fin de siglo.
-¿Y por qué no se aclaró, por qué no se hizo justicia?
-El tema de la responsabilidad de la potencia extranjera creo que lo tenemos claro todos. Pero de tenerlo claro a probarlo, hay un trecho. Estoy seguro de que no se hizo justicia porque hay una cadena de responsabilidades locales, apoyada en la existencia de un nazismo que nunca terminó de irse de aquí.
-En una ocasión declaró que no quería mudarse de su casa del barrio de La Paternal porque temía desclasarse. Pero no hace mucho fijó domicilio en Ezeiza, según se entendió, para poder presentarse como candidato a gobernador. ¿Eso está bien?
-Es una típica apreciación opositora. Yo nací en Ramos Mejía, tengo derecho a ser candidato a gobernador de la provincia. Lo que vale es el origen. Yo me mudé a Ezeiza por otras razones, que no tienen nada que ver con la gobernación. Dos de mis hijos dejaron de vivir con nosotros y la casa nos queda grande.
-¿Cuál es el costo real de que un político hoy apoye a alguien y mañana se cruce a la vereda de enfrente?
-En mi caso, siempre defendí las mismas ideas, por momentos sustentadas por un hombre y en otros casos representada por uno distinto. La otra cuestión es que en la Argentina alguna vez va a haber que permitirle a la gente que elija y que no opte. Hoy, con las listas sábanas, en la Argentina no se puede elegir. En algún momento, la clase política va a tener que hacer algo para no seguir deteriorándose. Cuando uno plantea este tipo de cuestiones lo miran como a un bicho raro, como diciendo: pobre, está alterado, ya se le va a pasar... Pasaron 11 años desde que yo plantee por primera vez el tema de las jubilaciones de privilegio y todavía estamos como entonces, o peor, forcejeando. Los políticos tenemos que asumir una posición diferente, pero realmente todo va a empezar a cambiar cuando la sociedad empuje el cambio.
Con olor a limón
Esta entrevista se realizó en dos partes, en dos jornadas y lugares distintos. La primera, un mediodía, en una especie de caluroso jardín de invierno, en la casa del barrio de La Paternal, el mismo día en que, luego de algunas declaraciones de Ruckauf y denuncias periodísticas sobre las jubilaciones de privilegio, tuvo que renunciar el ministro Erman González. El encuentro concluyó una semana más tarde, al principio de la noche, en el bar Malasartes, de Palermo Viejo. En ambos casos estuvo presente su encargada de prensa, Sandra Rojas. En la segunda se sumó el coordinador de la imagen pública del vice, Julio Macchi. En la primera ocasión, por el fuerte calor, los periodistas fueron invitados con soda fresca cortada con limones del limonero del jardín que Ruckauf cuida personalmente. En la segunda hubo café y gaseosas.
Los Ruckauf, familia unita
María Isabel Zapatero: esposa de Carlos y madre de sus tres hijos. Abogada, jueza nacional del trabajo en 2ª instancia. "En este momento, ella trabaja más que yo", confiesa Ruckauf.
Carlos Germán Ruckauf: 28 años, músico y fotógrafo. Termina sus estudios de cine y maneja un estudio de compaginación de video.
María Laura Ruckauf: 26 años, ingeniera industrial. Casada y madre de la primera nieta de los Ruckauf.
Guadalupe Ruckauf: 25 años, estudia Filosofía y Letras. Es cantante y en esa condición trabaja entreteniendo a los bebes de la guardería del Senado.
Agustina: 3 años, la nieta de los Ruckauf. En el 2015, aproximadamente, votará por primera vez. Los viernes, Carlos ayuda a su hija, que trabaja: llevan a la niña al despacho del vicepresidente y allí, o en su casa, pasan la tarde juntos.






