
Carnaval, una historia de locura
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"¡Sólo los muertos son viejos!", gritó un anciano en las calles grises de la Venecia del 700, mientras los irrespetuosos jóvenes de la época, disfrazados de viejos sabelotodo, trataban de adueñarse burlonamente de aquella sabiduría de los más ancianos.
Con un cambio de personalidad extrovertida, ajena a las buenas costumbres y de un día para el otro, el mundo se ponía al revés. Por un breve período, gente alocada olvidaba sus problemas y personificaba la parte opuesta de su espíritu. ¿Qué había sucedido? Simplemente, había llegado el Carnaval.
Antropólogos, psicólogos e historiadores tratan desde hace mucho tiempo de desentrañar tanta locura colectiva, convulsa y liberadora. Una historia atrapante y controvertida, llena de prohibiciones, una fiesta increíble que sigue viva también en la Argentina, a pesar de que tantas veces se anunció su muerte, con fuerza demoledora y sorprendente, llena de murgas y corsos hasta en los pueblitos más remotos del país.
"El Carnaval es una fiesta que, a decir verdad, nadie le ha otorgado al pueblo, sino que el pueblo se dio a sí mismo", afirmó Goethe en su libro Viaje por Italia , después de haber presenciado el Carnaval de Roma en 1878.
Ser antojadizamente irrazonable y bufón ha sido una constante de la leyenda carnavalesca de casi todos los pueblos de Occidente, desde los más remotos y oscuros albores de la historia.
Inofensivas batallas de agua, tirar papel picado, pasearse con el corso y admirar al Rey Momo significa estar en pleno Carnaval. ¿Pero de dónde vienen todos estos símbolos?
Para Carlos Gerard, historiador, "los orígenes del Carnaval no son para nada felices; más bien han sido crueles y trágicos".
El rey del Carnaval, Momo, es un buen ejemplo. Descendiente directo del Rey Sustituto o el Rey Pelele, cuyo nacimiento se remonta a unos 2000 años antes de Cristo, Momo es simbólicamente quemado los martes de cada Carnaval. Sin embargo, su original antecesor era de carne y hueso y su final, siempre trágico, estaba marcado por acontecimientos religiosos, esotéricos o políticos.
Documentados en tabletas de arcilla y en escritura cuneiforme, los primeros elementos carnavalescos nacieron en Babilonia, hace 4000 años, entre los ríos Tigris y Eufrates, donde el dios Marduk era reverenciado en su colosal templo junto a los jardines colgantes que hicieron famoso a este reino. En este templo y durante el inicio de cada primavera se celebraba un rito que, se puede asegurar, fue el comienzo del mito básico que hoy sostiene toda la actividad y las fantasías carnavaleras.
Durante estas celebraciones babilónicas, que duraban cinco días y empezaban en julio, todas las jerarquías y las autoridades del reino eran subvertidas, al punto de que los sirvientes llegaban a darles órdenes a sus amos, con lo cual comenzaba la verdadera esencia del Carnaval: una especie de aceptación pública, permitida y permisiva de la sustitución de la realidad donde se invertían -conflictivamente- todos los roles.
Así, un prisionero condenado a muerte era sacado de la cárcel y solemnemente revestido como rey con todas las ceremonias, con gran pompa y boato, para que ocupara, literalmente, el lugar del soberano. Durante la celebración de este rito, el reo disfrutaba de los mejores manjares, se acostaba con las esposas del harén y se exhibía públicamente en su trono, para ser ejecutado durante la fatídica tarde del quinto día de Carnaval. Antes de eso, era azotado y condenado a la muerte por traidor y apóstata.
Este rey sustituto era elegido entre lo peor del pueblo. Con su ejecución se redimía al soberano y, por extensión, a su pueblo, liberándolos de toda la malicia, impureza y soberbia. Con la muerte del rey sustituto, el verdadero soberano comenzaba un nuevo período de su reinado, limpio y reconciliado con los dioses.
También cuando el reino estaba amenazado por algún peligro inminente, como una guerra, un oráculo que vaticinaba la muerte del rey o un temido eclipse de Luna, se recurría a un rey sustituto, pero en esta oportunidad se tomaba a un ciudadano simple: un inocente extraído del pueblo al que se le confería el uso del manto rojo y blanco del rey, así como su corona, su cetro y sus armas. También se le daba una esposa y una joven virgen, que oficiaba de efímera reina durante su breve mandato. Durante la vigencia del peligro, el verdadero rey pasaba a convertirse en un simple paisano para regresar a su trono luego de que finalizara el peligro. En ese momento, el pobre diablo que había ocupado el cargo del soberano era ejecutado -cruelmente- en una plaza pública.
En la antigua Roma, las carreras de caballos se realizaban sin jinetes en unos alargados terrenos en forma de pista.
Este terreno era aprovechado como escenario natural para organizar los desfiles carnavalescos cuando llegaba el tiempo del desenfreno. Los deslucidos corsos que hoy se celebran en la Argentina también tuvieron su pasado romano.
En un Carnaval romano del siglo XIX, una damisela que paseaba en un carruaje por el corso de Roma le arrojó a un joven peatón un puñado de los confites que estaba saboreando. El muchacho, para retribuir la atención, recogió los confites caídos y los relanzó hacia el carruaje de la niña. La idea pegó en la desenfrenada gente del corso como un verdadero descubrimiento y todos salieron disparados a comprar confites hasta agotar los stocks y obligar a los comerciantes a traerlos desde otras ciudades. En el resto de los corsos de Europa se organizaron verdaderas batallas de confites, ahora entre bandas de disfrazados y de hombres y mujeres, creándose una nueva industria.
Años más tarde, en la Costa Azul francesa, en los carnavales de Niza y en la Riviera italiana, se sustituyeron los confites por pétalos de flores, dando lugar a elegantísimos y perfumados festejos; pero las eternas restricciones económicas hicieron que pétalos y confites se convirtieran en papel picado, una tradición que llegó hasta nuestros días.
Languidez y refinamiento estético son las características de los carnavales actuales en Venecia. El fuerte de la fiesta en esta ciudad siempre fue la ficticia igualdad entre ricos, pobres, jóvenes y viejos
Nadie puede negar que alguna vez ha lanzado agua en el Carnaval. Pero nadie se pregunta por qué. Tal vez la razón de ello, al menos en el hemisferio sur, esté escondida tras la justificación de que estamos en verano. Pero la costumbre se remonta a la Venecia del siglo XVIII, donde las temperaturas invernales suelen ser rigurosas.
El juego nació cuando los venecianos trataban de mantener una vela encendida caminando por las calles durante el martedi grasso , el martes de Carnaval. Quienes lograban tenerla encendida hasta que aparecían los primeros rayos del sol, atraían -según la creencia- la buena suerte.
Los venecianos, astutos y supersticiosos, comprendieron que la suerte nunca puede ser para todos y se las ingenieron para desplegar mil argucias y apagar las velas del prójimo, mientras seguía encendida la propia. Alguien aguzó el ingenio y puso sobre su cabeza un gran sombrero con una enorme cantidad de velas, procurando llegar hasta el amanecer con alguna encendida. Pero al pasar debajo de los balcones de un palazzo , otro más astuto que él le apagó las velas, la suerte y la fanfarronería con un simple baldazo de agua.
Con los años, el baldazo se multiplicaría en todo el mundo con encarnizadas pero inofensivas batallas de agua, en certeras bombitas infantiles, en inocentes pomos de agua florida o en el escalofriante chorro helado del lanzaperfumes.
Salir con los muchachos en la época medieval tenía sus atractivos: una banda disfrazada con pieles de animales, cabezas de cerdo resecas, cuernos, trapos sucios y deshilachados vestidos de mujer para ir disfrazados a recorrer las aldeas vecinas y asustar a los lugareños; arrancarles un beso a las casaderas y, lo más sabroso, robarse los mejores jamones, lomos y embutidos para comérselos secretamente a la vera del camino, tras la espesura del bosque.
A este grupo de muchachones, mezcla de bandoleros y energúmenos, la historia les hizo honor y lo convirtió en las civilizadas murgas barriales o universitarias que hoy vuelven a la Argentina. Ellos organizaron definitivamente el Carnaval como un desfile, una mascarada y una competencia de ingenio y creatividad. Al principio, burdo y descarado, y más adelante, galante y gentil. Luego se deslizó a las grandes ciudades. El teatro aceptó el desafío y le hizo un lugar a las farsas carnavalescas, entre sus severos repertorios. Los poetas lanzaron su inspiración, los artistas desplegaron sus habilidades y, de una manifestación vulgar y grosera, se convirtió en una particular forma de interpretar en farsa a la realidad.
También comenzó el camino de la crítica política a través de los carnavales.
En 1349, estalló una revuelta en Nüremberg, Alemania, donde los gremios se sublevaron contra el emperador y su Consejo de Patricios. El único gremio que permaneció fiel fue el de los carniceros. Y una vez que las cosas se calmaron, el emperador los recompensó para que organizaran el desfile de máscaras que tenía lugar en el Carnaval. En sólo diez años, el desfile se convirtió en un deslumbrante y espectacular show de carrozas, con iluminación y ornamentos finamente diseñados a los cuales, como siempre, se le sumaron las máscaras.
Gracias a esta oportuna posición política, los carniceros fueron los orgullosos protagonistas del jolgorio y conservaron sus privilegios y posiciones durante siglos.
De allí que en Italia se denomine al martes de Carnaval martedi grasso y en Francia mardi grass , en alusión a aquel acontecimiento que marcó el inicio de la gran comilona de los despreocupados carnavaleros unida a la superabundancia de las carnes gordas, antes de entrar en la abstinencia obligatoria de la Cuaresma.
La palabra Carnaval deviene del latín carnem levare , que significa levantar o suspender la carne. Una tradición obligatoria y con severísimas sanciones en la Edad Media para todo aquel cristiano que no cumpliera durante la vigencia de la Cuaresma.
Todos los festejos carnavalescos, mascaradas, desfiles y transfiguraciones admiten su origen pagano en las saturnales, aquel período fuerte del año ceremonial romano.
Con la conversión del Imperio Romano al cristianismo, las reglas del juego cambiaron drásticamente y dentro de la nueva creencia, los doctores de la Iglesia dictaron severas restricciones para quienes, con el patrocinio de Saturno, invirtieran los roles. Las máscaras fueron las más penadas y se buscó su definitiva abolición, aduciendo que eran instrumentos inspirados por el Demonio y que no debía alterarse el rostro humano, hecho a imagen y semejanza del Creador.
Pero las mascaradas sobrevivieron a esta nueva corriente y llegaron hasta la Edad Media, en la que sobrevino el renacer de los carnavales, aunque esta vez con un controvertido conflicto entre los pueblos y las autoridades, conflicto heredado hasta los umbrales del siglo XXI.
Si usted cree que hoy las cosas están caras y tiene ganas de protestar... proteste, y sepa que esto ya se hizo durante el elegante Carnaval de Niza en 1931, cuando las carrozas se pasearon con carteles... repudiando el alto costo de la vida.
Aún hoy las murgas porteñas, que recobran su viejo protagonismo, hacen oír sus protestas. Ya no es posible concebir una alegre murga sin críticas.
Fue en Venecia donde se presentaron los carnavales más largos, lujosos e imaginativos del mundo, allá por el 700. Su importancia se debe, principalmente, a que comenzaban el 15 de octubre de un año y terminaban el primer día de la Cuaresma del año siguiente. Como si esto fuera poco, le adicionaban 15 días más durante agosto, por la festividad de la Virgen. Casi seis meses de permanente jolgorio y diversión bufa, a los que había que sumarle los festejos políticos, sociales y artísticos con mascaradas; festividades que aprovechaban en la ciudad lagunar los turistas de todo el mundo provenientes de sus rígidos reinos, donde tanta diversión estaba prohibida.
Sólo en un Carnaval de finales del 700, Venecia recibió la visita de siete testas coronadas. Pero el fuerte del Carnaval veneciano era en realidad su pueblo, disfrazado y enmascarado, lanzado a las calles y donde la similitud de las máscaras produjo una suerte de ficticia igualdad entre ricos y pobres, entre jóvenes y ancianos, y entre mujeres y hombres. Esta rara cruza hizo pensar al joven Wolfgang Amadeus Mozart, un ilustre participante del Carnaval, que en realidad el enmascaramiento producía una suerte de democracia ficticia, no pactada oficialmente, que fortalecía la alianza social entre dominantes y dominados.
Pero los alegres y esplendorosos festejos se apagaron cuando Napoleón invadió Venecia en 1797 y aplastó los fuegos de artificios con el retumbar de sus fusiles. La noche carnavalesca fue muriendo, pero felizmente Napoleón no destruyó Venecia, tal como lo había jurado antes de su invasión.
El Carnaval veneciano también incluía espectáculos circenses, saltimbanquis, torres humanas, carreras de caballos y luchas entre hombres y fieras al mejor estilo de la antigua Roma. Luego de este dantesco capítulo de su historia, Venecia asumió su actual look, cuyas características son la languidez y la suntuosidad.
En las calles de los carnavales venecianos, especialmente en la Plaza de San Marcos y en el Café Florian, inaugurado en 1700, hoy se pueden apreciar y fotografiar las figuras estáticas, distantes y espectrales, que envueltas en ropajes finamente diseñados y cosidos, recuerdan los verdaderos orígenes de las máscaras venecianas. Esas máscaras evocaban a los difuntos familiares para que propiciaran las buenas cosechas, de las que dependía la vida o la muerte de todo un pueblo.
Las máscaras: una verdadera pasión
Hacer máscaras y dedicar la vida a dar la vuelta al mundo para conocer cada Carnaval es la gran pasión de Carlos Gerard, el único especialista argentino que tiene en su colección privada más de 800 máscaras venecianas. El amor y la dedicación por este arte le valió la mención del embajador italiano en la Argentina, cuando en un acto público lo felicitó por hacer "mejores máscaras que los propios venecianos".
Hace sólo 15 años, Gerard vagaba por Europa sin conocer los secretos de este arte. Pero sucesivos viajes de estudio lo llevaron a la mejor bottega de mascareros de Venecia, donde aprendió los principales cuatro pasos para que nazca una máscara: hacer la escultura o el molde de arcilla; luego, un molde de yeso tomado de la misma; después, el armado de la cartapesta dentro del molde y, finalmente, el pulido y decorado de la máscara de papel.
"No se trata de papel maché -aclara Gerard-, sino de una técnica italiana denominada cartapesta, que consiste en pegar capas superpuestas de pequeños papelitos hasta obtener la rigidez necesaria."
La colorida colección de máscaras de Carlos Gerard, un especialista en carnavales que comparte sus conocimientos
Y así llegó a las 800 máscaras en las que también participaron sus alumnos del Taller Florian, donde se aprenden estas técnicas y donde también se puede investigar sobre la historia de los carnavales en la exclusiva biblioteca que Gerard consiguió de sus viajes por todo el mundo.
Por el (01) 308-1908 se puede acceder a esta biblioteca y buscar cualquier información durante todo el año, sin costo alguno. También colaboran con El Corsito, el único medio gráfico especializado en murgas y carnavales, que se edita mensualmente.
Los más famosos del mundo
Las Tablas (Panamá).- En este país centroamericano, las reinas de Calle Arriba y Calle Abajo se dan cita en un pueblito de la provincia de Herrera, donde miles de personas casi desnudas bailan al compás de la salsa y el merengue, refrescadas por la lluvia de camiones cisternas. Millones de dólares son invertidos en publicidad por las cervezas Balboa y Panamá, que se disputan el trono de su reina patrocinada. En la ruta que une la ciudad de Panamá con Colón sobre el Atlántico, intrépidos y sorpresivos reyes Momo aparecen a la vera del camino para pedir un impuesto . Si los automovilistas no lo dan, el coche sufre un atentado con aceite, tierra y agua.
Limoux (Francia).- La apertura del Carnaval está a cargo de los tradicionales molineros , agrupaciones carnavalescas de origen gremial, formadas durante la Edad Media. Allí, cada grupo compite con sus bailes y se presentan en las calles de la ciudad tres veces diarias, a las 11, 17 y 21.
Basilea (Suiza).- Este Carnaval se originó en 1379 y durante la segunda mitad del siglo XIX adoptó su actual conformación, organizándose en bandas de pífanos y tambores -en la actualidad existe un centenar de ellas-, que recorren esta ciudad fronteriza entre Francia y Alemania, con su particular mezcla de marchillas de tipo militar.
Quebec (Canadá).- Es el gran de invierno. Empieza a fines de enero y lo más tradicional y exótico de esta festividad son las esculturas en hielo que alcanzan hasta 30 metros de altura y son construidas por equipos provenientes de más de 20 países. Para sorpresa de los argentinos, durante los últimos diez años un equipo de chaqueños obtuvo el primer puesto en tres oportunidades.
Malmedy (Bélgica).- Las agrupaciones carnavalescas, con máscaras originadas en los antiguos gremios -especialmente los carniceros y los zapateros- y provistas de un zigzag de madera a la usanza de los antiguos pierrots, tratan de atrapar a las muchachas que participan de la fiesta. El lunes de Carnaval se presentan obras teatrales en valón (dialecto flamenco) que satirizan la realidad local.
Grosselfingen (Alemania).- Este es un buen ejemplo de los múltiples carnavales que se pueden disfrutar en la zona de Bade-Wurtemberg. Todo comienza con una solemne proclamación un día domingo, exactamente diez días antes del martes de Carnaval, pero los enmascarados salen a partir del jueves. Durante toda la fiesta funciona un delirante tribunal que juzga a los ciudadanos: es el tribunal de los locos .
Haití.- A pesar de las difíciles condiciones de vida de este pueblo, cada año resurge un Carnaval urbano que disimula otro Carnaval más rural en el que las alianzas entre el vudú y las máscaras se hacen muy fuertes.
Especialmente en las ciudades de Cabo Haitiano, Puerto Príncipe y Gonaives se puede participar de estas fiestas desde la Epifanía (6 de enero) hasta el martes de Carnaval, previo a la Cuaresma.
Zurich (Suiza).- Es un Carnaval netamente dividido entre los festejos y desfiles organizados y la fiesta de los viejos barrios medievales, donde las máscaras se mueven al compás de las guggen , esos insólitos conjuntos musicales que tocan desafinando a propósito.
Río de Janeiro.- El ritmo de las batucadas moviliza a las decenas de miles de participantes de las escolas do samba, que menean rítmicamente sus cuerpos luciendo espectaculares disfraces con audaces desnudeces y fulgurantes de lentejuelas y plumas. Es la celebración carnavalesca más famosa de la actualidad.
Niza (Francia).- Es la síntesis de todos los carnavales del mundo. Los artistas y artesanos despliegan todas sus habilidades para construir veinte gigantescas carrozas finamente ornamentadas, que desfilan por el corso a los largo del Boulevard Des Anglais, a la orilla del mar, donde todavía se puede participar en encarnizadas batallas de flores, dentro del escenario de la elegante Costa Azul.
Nueva Orleáns (Estados Unidos).- Aquí se organizan creativos y sincopados desfiles de máscaras que marchan y bailan al compás de la música del jazz que todo lo domina. Aunque los festejos privados comienzan aun antes de la Navidad, la fiesta en las calles, en las inmediaciones de la estatua de Louis Armstrong, se concentra en los diez días que preceden al Carnaval.
Venecia (Italia).- El Carnaval resurgió en 1979 y desde entonces anualmente se organizan variados espectáculos que incluyen bailes, funciones de teatro, recitales de música y, por supuesto, desfiles de las suntuosas e inquietantes máscaras. Varias agrupaciones de carnavaleros conservacionistas de las tradiciones subsisten desde hace más de 500 años. Pero el verdadero espectáculo no está oficialmente organizado.
En la Argentina.- La alegría de los carnavales brasileños se contagió al litoral argentino y así nació el Carnaval de Gualeguaychú, que ha tenido un extraordinario crecimiento en los últimos años. En Entre Ríos, además, se celebran grandes fiestas en Gualeguay, Concepción del Uruguay, Victoria, Santa Elena y Hasenkamp.
El Carnaval de Corrientes inauguró hace años en la Argentina la posibilidad de ver los carnavales al estilo carioca, alcanzando elevadísimos niveles de popularidad. Sus espectaculares escolas do samba o comparsas, como Araberá y Beija Flor, tienen reconocimiento nacional.
Mientras tanto, en el norte argentino, en Humahuaca, el Carnaval empieza con el desentierro del diablito que simboliza al Carnaval. Todo se impregna de un ambiente festivo al ritmo de bombos y cajas, guitarras y sikus. Con tradición netamente coya, se produce un verdadero sincretismo con las costumbres que trajeron los colonizadores españoles. Harina y albahaca reemplazan al papel picado para sorpresa y beneplácito de los visitantes.
En el centro de la provincia de Buenos Aires, Los Mascaritas a Caballo de General Madariaga atraviesan el Parque Anchorena a puro galope, mientras otros los imitan en moto, esquivando baldazos de agua y generando una confusa melodía de cascabeles y cencerros que adornan las gigantescas máscaras que disfrazan a los jinetes.
Vuelven las murgas
El Carnaval porteño comenzó a apagarse con el último gobierno militar. La ley 21.329, de junio de 1976, ejecutó a los dos feriados del almanaque. Durante esos años, las murgas fueron silenciadas y desaparecieron de los barrios.
Pero cada vez con más fuerza, desde fines de los años ochenta, comenzaron a surgir talleres y clases de murga en diversos centros culturales, como una actividad más, y muchos jóvenes se subieron a esta movida .
También reaparecen algunas de las grandes murgas tradicionales. Es el caso de la legendaria Los Cometas de Boedo, que en este Carnaval -después de años de eclipse- se va a presentar en los corsos de Burzaco, Longchamps, Glew, Tristán Suárez y Temperley. Los Fantoches de San Cristóbal -integrada por 120 personas- harán su desfile pese a que no está autorizado el corso en el barrio. Memo, el director del conjunto, dice que hay que defender el Carnaval: "Para que el pueblo recupere la alegría que tenían mis abuelos, mis viejos o yo mismo, cuando era chico". También quedan Los Reyes del Movimiento, de Saavedra, y Los Amantes de La Boca.
Pero ahora es la hora de las murgas de taller, nacidas de los llamados nuevos puntos de encuentro (centros culturales, escuelas, universidades). Se diferencian de las tradicionales por haber agregado nuevos instrumentos, nuevos pasos de baile, y por haber tomado recursos expresivos del circo y del teatro. Pero mantienen el desfile y las canciones críticas y pícaras. La mayoría surgió de los talleres dictados por Coco Romero en el Centro Cultural Ricardo Rojas.
Las principales tienen nombres que en nada hubieran sorprendido a las viejas murgas: Los Quitapenas, Los Traficantes de Matracas, Acalambrados en las Patas, Envasados en Origen, Gambeteando el Empedrado, Los Verdes de Montserrat, Los Pibes de Don Bosco.
Estas murgas tienen un objetivo secreto: recuperar el Carnaval. Para conseguirlo, se reunieron en lo que se dio en llamar La Compañía de Murgas Itinerantes. Para pasado mañana, planean una gigantesca marcha por el centro de la ciudad. "Será un primer paso para nosotros. Sabemos que no vamos a conseguir ya que el feriado de Carnaval se resta- blezca, pero con mucho trabajo y constancia lo lograremos", asegura Luciana, integrante de la murga Los Quitapenas.
Para Coco Romero: "El feriado vendrá cuando exista una movida cultural, social y política más fuerte. Ahora tal vez no tuviera sentido, pero nuestro movimiento está creciendo".
Ademar Bianchi -director de la murga teatral La Catalina del Riachuelo- dice que para él y los suyos "la murga es una vertiente del teatro popular, y es una buena arma para desmitificar y aguijonear al poder de turno, por la vía del absurdo.
"La clase media está descubriendo la murga como un elemento por renovar y esto, evidentemente, le da una po- sibilidad de trascendencia distinta de cuando estaba sólo en las clases populares", opina.
Se calcula que este Carnaval saldrán a las calles de Buenos Aires el doble de murgas que hace dos años. Volverán los corsos de la Avenida de Mayo, de Boedo, de Saavedra, de Flores, de Mataderos, de Pacífico, de la calle Canalejas, en Caballito. Habrá un encuentro de murgas en el Parque Chacabuco todos los domingos de Carnaval. En marzo, murgas uruguayas y argentinas se encontrarán para deleite de todos en el Parque Lezama.
Si alguien creyó que había matado al Momo que los porteños llevamos dentro, seguramente se equivocó (como respecto de todo lo demás en lo que creía). El Carnaval está más lejos de la resurrección que de la muerte. El rey -a pesar de los decretos militares- tiene ganas de seguir viviendo.
Texto y Fotos: Fernando Sliarevsky
Informe: Marcos Martínez
Modelos: Verónica Velázquez y Solange Silva. Diseño y producción: Mona Estrecho. Maquilló: Mabby Autino.
Agradc ecemos la colaboración del Museo de Arte Decorativo.






