
Ceferina González: dar pelea
Denunció a su violador hasta lograr que le dieran la pena máxima aplicada en la provincia de Buenos Aires para un caso de este tipo: 28 años de prisión. Todas las veces que pudo, apareció en los medios de comunicación para incentivar a las víctimas a que denuncien este delito, del que hoy se habla más que nunca
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María Elena Leuzzi, la mamá de Ceferina, salió del Tribunal Oral Nº 3 de San Isidro desencajada, arrastrada por dos policías y gritando: ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca te voy a perdonar, Posadas!
Posadas es Javier Emilio Posadas. Tiene 29 años y admitió haber violado a Ceferina y a 24 chicas más. Frente al tribunal que lo juzgaba, en junio último, como quien se disculpa por empujar en el colectivo, Posadas pidió perdón por las "molestias ocasionadas".
A Ceferina Paula Valeria González todos la conocen como Candy. Tenía 22 años, el pelo largo hasta la cintura y la ilusión de ser abogada cuando el camino se le hizo astillas. Ahora preside una fundación: Ayuda a Víctimas de Violación (Avivi) y en las primeras 48 horas recibió 439 llamadas de chicas, mujeres, nenas y nenes violados.
Muchos ya la conocen: se presentó en los medios de comunicación decenas de veces, y piensa hacerlo muchas más. Quiere que todas las víctimas dejen la vergüenza y el temor, y denuncien a los violadores.
A la entrevista con la Revista -para la que acepta una vez más que le saquen una foto- trae otra fotografía que pocas veces se vio: la última que alguien le tomó antes del horror que € marcó su vida. La que en esta página la muestra sonriente.
Una mujer con coraje
La información oficial es contradictoria: según la Dirección Nacional de Política Criminal del Ministerio de Justicia, durante el primer semestre de 2002 se cometieron, en promedio, ocho violaciones por día en todo el país. Para la Policía Federal, en lo que va del año hubo 141 violaciones en la ciudad, lo que da un promedio de un caso cada un día y medio.
Para la diputada María José Lubertino, autora de trabajos sobre el tema, las estadísticas son apenas la parte visible del problema. Porque, en el nivel internacional, sólo se denuncia el 10% de los delitos sexuales.
Con Ceferina, la lupa se apoyó sobre un tema del que, hasta hace poco, nadie tenía el coraje de hablar en primera persona.
-Estaba llena de tierra, pasto, barro, sangre. Las personas que le abrieron la puerta ni se dieron cuenta de que estaba desnuda. Tenía la vagina destrozada totalmente, la médica forense no se animaba a hacerle los isopados porque cada vez que quería tomar una muestra salían partes de piel -cuenta mamá María Elena en la cocina de su casa, en la localidad bonaerense de Virreyes.
-Mi hermano extendió las manos para recibirla y gritó: Dios mío. ¿Qué te hicieron? Yo le pregunté: ¿Respira? Hasta el día que me muera, si cierro los ojos así, veo esas casas del Tigre, con escalerita, la puerta que se abre y el hombre que la sacó envuelta en unos trapos.
La parte blanca de los ojos se le pone morada, salvaje.
-Pensé que se moría. Si luché todo este tiempo fue porque no me puedo borrar esa imagen.
En la cárcel de Sierra Chica, en Olavarría, Javier Posadas deberá pasar los próximos 28 años. Su condena fue la más alta dictada contra un violador en la provincia de Buenos Aires. Una recompensa agria, pero recompensa al fin, para Ceferina y otras 11 chicas que denunciaron su violación.
El 9 de abril de 2001, Ceferina se había puesto un pantalón negro, camisa, campera de jean, zuecos y el anillo de plata con una piedrita de strass rosa en el dedo anular. Estudiaba Derecho en la UBA y ese día había salido más temprano.
-Me tomé el colectivo y después el tren, y mi papá me esperaba todas las noches en la estación de acá, de Virreyes. Quise hablar por teléfono para decirle: Papá, ¿qué hago? ¿Me tomo un remise, un taxi de la estación o te espero? Pero no llegué a hablar, porque me puse a buscar monedas y fue cuando él me pegó, me envolvió la cabeza con mi campera y me puso el revólver en el estómago -cuenta, sumergida en un suéter al que le sobran dos talles.
En su declaración, el único testigo, el hombre que atendía el quiosco frente a la estación, dijo que pensó que era el novio que le estaba haciendo una broma.
-No era una broma, porque él tenía un revolver -dice Ceferina. Ella declaró que su violador la empujó boca abajo en el auto que ya tenía el asiento del acompañante reclinado.
-Me empezó a pegar porque yo le decía que me dejara. Me pegaba con el revólver, me lo pasaba por la espalda y me lo ponía en la nuca, en la cola. Le quise dar mis libros para que me dejara ir, pero no. Le quise dar el mensual de tren. Tampoco. Me decía que me iba a prender fuego. Pensé que no volvía a casa.
Al principio, Ceferina odió haber nacido mujer. Después pasó horas en la ducha tratando de pulirse la piel con esponja y jabón. Un día se cortó el pelo al ras, "para ser fea". Y ahora creó la fundación para hablarles a otras víctimas de igual a igual.
-Quiero que la gente no lo esconda. Si mamá hubiera escondido mi problema quizás él estaría libre y detrás mío podría haber muchas más Cefes.
Por cábala, por miedo, por las dudas, Ceferina nunca más se puso un pantalón negro. Tampoco volvió a viajar en auto sola con otra persona. Todavía no se anima a tomar el tren. Ni hablar de salir de noche. Se altera cuando escucha ruidos fuertes. Tiene taquicardia cuando alguien se para detrás suyo. No puede dormir boca abajo. Ni con la luz apagada. No pudo volver a ser Ceferina.
-Ceferina murió. No soy la misma. Cambia la forma de pensar, no te reís igual. Trato de olvidar, pero a veces te vienen flashes sin que pienses en eso y vivís con un fantasma, con una persona que está con vos aunque vos no quieras. Duerme, come, vive con vos en tu casa, sale con vos.
Unos 20 minutos fueron. Fueron demasiado. Veinte minutos a merced de un violador que, según las pericias psiquiátricas, es de alta peligrosidad.
-Yo pienso que no es un violador más que está preso: es uno menos que camina por la calle -dice María Elena-. Y eso me sirve. Aprendimos que tenemos derechos que cada uno debería conocer y no esperar a que pase algo para participar. n
Para saber más
- Avivi: 4837-9471
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