
Chabán: "El varieté es una porquería"
El director de Cemento acaba de estrenar Clásico amoral , un espectáculo para el cual convocó a 120 personas y "quedaron los que tuvieron pujanza: llegaron los más fuertes"
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Factótum, junto a Katja Alemann, de las movidas en el café Einstein, al principio de los años 80, y más tarde en Cemento (Luca Prodán, Batato Barea, la Organización Negra, fueron algunos de los más célebres habitués artísticos de sus espacios), Omar Chabán es, además, un estudiante compulsivo de cuanto curso sobre teatro y sus adyacencias se dicte en la ciudad.
Fibroso, inquieto, escéptico de "lo que se entiende", parece aprender de todo para después poder romperlo con conocimiento de causa.
Quizá porque detesta lo que se entiende es que optó por presentarse ante el ojo de la cámara fotográfica con ese atuendo compuesto por sacón y pollera negros, sombrero turco, mochila azul eléctrica, pantuflas de cuero azules y ananá en mano, mientras un antifaz le cubría la cara. "No me gusta tener una imagen lineal", argumentó.
Entonces no sirve pedirle explicaciones sobre el título del espectáculo de cabaret que acaba de estrenar en Cemento, Clásico amoral. Mejor no hablar de ciertas cosas. "La cosa empezó así: nosotros, en 1981 , hicimos en café Einstein un espectáculo que se llamaba Bulbos jopo show. Ese fue el único éxito que tuve en mi vida. Y fue el principio de lo que después implicó la movida del Parakultural", recuerda Chabán.
Con el paso del tiempo y la acumulación de tecnología cree que ahora el público necesita otra cosa. "La gente no le cree mucho a Internet, al cine, al video y necesita el contacto de persona a persona -afirma-. En este sentido, el teatro está de moda otra vez. En este país en el que todo es imposible, lo único que queda es la dimensión pobre y mísera del otro."
Dice que por eso volvió a hacer un tipo de teatro de relación con la gente. Y también dice que piensa que las estructuras del cabaret están viejas. "Aunque es cabaret, Clásico amoral es desde otro lugar. Siempre apoyo el sin sentido porque no me gusta lo que se entiende. Nada de lo que hago se entiende".
Y así fue como todo se construyó a partir de una convocatoria a actores desconocidos. "Con Carlos Lorca, que es el otro director, nos pareció que era el momento de llamar a gente para ver si aparecían actores nuevos, para apadrinarlos y, por otro lado, para que tuvieran la posibilidad de trabajar sin tantas determinantes y crear desde ellos mismos."
-¿Se les pusieron condiciones?
-Sí. Cada uno tenía que traer tres sketches. Y además hicimos como un Dogma 95: prohibimos la onda travesti, transformista y clownesca, que me parecen viejísimas; prohibimos toda referencia a la televisión, lo costumbrista y la parodia de estilos.
-Prohibieron buena parte de los recursos de que se nutre el género.
-Sí. Estoy harto de ver eso en discotecas y en lugares nocturnos. No me gusta lo que tiene una referencia a lo real, prefiero las lecturas oblicuas. Salvo Jean Francois Casanovas con Caviar, todo lo demás me parece una porquería. Las pobres vertientes existen todavía en las disco.
-¿Y entonces?
-En general tengo una línea más brechtiana, creo en el distanciamiento.
-¿Qué es Clásico amoral ?
-Estamos tratando de no repetir la onda kitsch underground. Parecería que hay una estructura de cabaret, algunos sketches repiten lógicas del género con la utilización de capocómicos, por ejemplo, otros tienen cosas muy naïf. Por otro lado, hay muchos tipos de humor. Buscamos que hubiera ensoñación en el juego y hay un criterio de work in progress: hay que seguir investigando.
-Durante el casting, ¿la gente entendió lo que planteaste?
-No. Hice tres reuniones por las que pasaron alrededor de ciento veinte personas y nadie entendía lo que planteábamos. De la primera reunión, en la que habían sesenta, volvieron cuatro. La gente está acostumbrada a una mecánica: van, pagan el profesor, después están a la expectativa de que pase algo, más tarde entran en un proceso ridículo con directores que no saben nada, que no tienen la sala, todo un desgaste. Aquí fue todo directo: estaba el lugar, dijimos que estrenábamos en dos meses y sólo nos pasamos una semana. Lo que más sorprendió es que se cumplió todo lo que habíamos dicho.
-¿Quiénes quedaron?
-La verdad -es medio j... lo que voy a decir-, llegaron los que tuvieron pujanza. A mí no me gusta la onda yanqui, pero entendí, en E! Entertainment, que los actores que no cejan en sus objetivos terminan consiguiendo lo que buscan. Eso no es negativo. Podemos entender el fracaso: creo que el mundo es mísero, que el teatro es mísero, que conjuga miserabilidad con miserabilidad, pero la pujanza tiene que estar. Por eso quedaron los más fuertes. Sobre todo si se tiene en cuenta que todos traían este vicio teatral de creer que el escenario es un mundo paralelo a éste. Yo apoyo lo artificioso. No creo en Stanislavski, no creo en la lógica de la verdad escénica, no creo en las emociones, no creo en el conflicto escénico y soy obsesivo con el tema del cuerpo y el vacío.
-Tampoco creés en Dios.
-No.
Clásico amoral. Miércoles, a las 20.30. Cemento, Estados Unidos 1238. Entradas, $ 8.
Oh, cabaret
Cemento busca volver a convertirse en generador de nuevas propuestas teatrales. Y por eso su director, Omar Chabán, a partir de un casting con actores provenientes mayoritariamente del Gran Buenos Aires, estrenó Clásico amoral. El espectáculo dura tres horas, con dos intervalos, y una veintena de actores, en apenas tres minutos, tiene que producir un acto fuerte, en el que el humor es el eje.
Esta experiencia tiene puntos de contacto con las que caracterizaron, en los años 80, la programación de Cemento y del Parakultural. Entonces, el cabaret y el varieté se imponían de la mano de una nueva generación de actores para definir una vanguardia que pisó fuerte.
Los jóvenes intérpretes de Clásico amoral , tal vez sin saberlo del todo, muestran algo del histrionismo y el desparpajo de aquellos actores. Aunque también ellos tienen un compromiso: no quedarse demasiado en aquella formalidad. Se trata de provocar en una nueva instancia político cultural, aunque el mismo aburrimiento de entonces domine la cartelera teatral.






