
Chavo Fucks: duro de callar
Periodista deportivo y panelista del programa Duro de matar, que conduce Roberto Pettinato, asegura que el soltero progresista que hace en televisión es sólo un personaje
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Cuando Diego Fucks era chico –y todavía no era periodista deportivo, ni panelista de un programa exitoso de televisión, ni se había separado, ni tenía dos hijos, ni había paseado por el planeta transmitiendo mundiales, ni fumaba, ni había dejado de fumar, ni tenía fama de mujeriego, ni le decían Chavo– quería ser jugador de fútbol y vivía con su hermana tres años menor y sus padres (Vilma, Antonio) en una casa de Dock Sud. El mismo barrio donde su abuelo, el aviador alemán José Fuchs, había conocido a los 34 años a la que sería su mujer, una entrerriana de nombre Silvia González que tenía 14.
–Mi abuelo venía de Colonia, Alemania, y llegó a la Argentina el 22 de diciembre de 1924. Trabajó en una panadería que estaba en Alem y Núñez, en Dock Sud, con un paisano que se llamaba Müller.
Es mediodía y el bar, sobre la avenida San Juan, parece demasiado chico para ese hombre desbordado que con vozarrón eficaz enumera hitos con el tic preferido de los periodistas deportivos: rápido, cortito y al pie, desnudo de adjetivos para no dejar espacio a la duda, propia o ajena.
–Yo vivía en una calle que ahora se llama República de Cabo Verde, pero se llamaba Progreso. Había mucho alemán en Dock Sud; entre ellos, mi abuelo paterno que tiene el apellido con hache, no con k. Mi viejo nació en la casa de mi abuela, donde todavía vive quien se casó con mi abuela después de la muerte de mi abuelo, que murió cuando yo tenía un año. El segundo marido de mi abuela se llama Chichín. Me enseñó a manejar, me llevaba a la cancha. Es una época de mi vida que extraño, sobre todo ir a la cancha. Mi abuela hacía unas milanesas increíbles.
Entre milanesas increíbles, boxeo por parte de padre y fútbol por parte de abuelo creció primero en Dock Sud, después en Sarandí, después en Berazategui.
–Igual, el lugar emblemático era Sarandí, la casa de mi abuela. Ella vivía detrás de la cancha de Dock Sud; la tuve mucho tiempo; murió a los 80, cuando yo tenía 33.
Dice que dejó de fumar hace unos meses, y que eso tuvo algunos efectos colaterales: lo hizo engordar, acabó con su vida nocturna –no va a bares y aledaños por no tentarse con el humo ajeno– y lo llevó a emprender una dieta estricta-
–Mi vieja laburaba en una cosechadora y mi padre, en la petrolera Shell. Pero se quedó sin laburo en el ’78, nunca supe bien por qué. Y después laburó de portero, de vigilancia. Un tipo culto, hablaba alemán, inglés. Siempre esperaba que viniera la buena. Mandaba currículum. Lo tengo muy claro eso. Es un recuerdo complicado acerca de mi viejo. Por eso siempre trato de guardar dinero para mis hijos, para mí. Lo vi a mi papá sufrir mucho, no tanto por el dinero, sino por no poder desarrollar lo que sabía. Y después le pasó lo que le pasó con la pirna.
–¿Qué le pasó con la pierna?
–Hubo que cortarle la pierna, en octubre de 1990, por una trombosis. Y después, murió casi a la misma edad que mi abuelo, su padre. A los 62 años. Fue horrible. Un día me fui a laburar, y cuando volví ya estaba en terapia intensiva y se murió. Entró a operarse de próstata, y hubo un prequirúrgico mal hecho. Los factores de coagulación de la sangre estaban ocupados en una infección renal y se fue en sangre. Lo operaron un jueves a las cinco de la tarde y murió un sábado a las diez de la mañana. Yo estaba en el sanatorio y fui el primero en enterarme. Una mina fue. Salió, dijo: "¿Fucks?", "sí, soy el hijo", "bueno, falleció". La piña así me comí. La piña de frente. "Lo siento", dijo la mina. Me fui caminando, muy aturdido, y se lo tenía que decir a mi vieja, que estaba sentada ahí. "Qué pasó", me dice. Ese, creo, fue el momento más terrible de mi vida.
Se hace un silencio. Corto. Los silencios son algo que no tolera bien.
Con aire
Creció entre mudanzas, casi un satélite de esa familia nuclear formada por papá, mamá y hermana menor. Desde los 13 años, ocho meses de la vida se le fueron en una ocupación de tiempo completo: sobrevivir a su paso por el Liceo Naval.
–Lo pasé realmente mal. Fui ahí porque era la obsesión de mi vieja, que decía que la educación era buena. Me echaron. Era un lugar horrible, una isla a la que se accedía sólo en barco, Río Santiago, pasando La Plata. Antes de entrar me había fracturado una pierna jugando al fútbol, y estaba enyesado, con lo cual, si el mejor negocio en un instituto militar es pasar desapercibido, yo era un cartel luminoso. Pero bueno, salí de ahí y terminé el colegio en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, un colegio de Quilmes, mixto, donde lo pasé muy bien.
–¿En tu adolescencia, salvo el Liceo, no hubo más padecimiento?
–Había un padecimiento, sí: no tener auto. ¿Vos estás con auto acá?
–No.
–Tengo mucho calor. ¿Podemos ir a mi casa, que tengo aire?
La cueva del Chavo
La camioneta de Diego Fucks huele a perfume de Dior con mucha vainilla. En el equipo suena Creedence y él lo dice: "Estamos escuchando Creedence Clearwater Revival", mientras cruza Constitución y enfila para San Cristóbal. La puerta del garaje del edificio donde alquila un departamento en un piso muy alto se abre y él da la bienvenida: "Esta es mi baticueva". Después, antes de subir, advierte, en un tono que no es de disculpas, que no tiene casi muebles, que se separó hace poco, después de quince años de matrimonio, de la madre de sus dos hijos, Patricio y Luciano, y que además de cuatro muebles y una vista increíble, en ese departamento hay pocas cosas y un bien preciado y precioso: el aire acondicionado.
–Pasá.
En efecto: pocas cosas y una vista increíble. Un futón amarillo, una pila de revistas Superman y El Gráfico, una fila de libros en el piso entre los que se ven firmas como las de Eduardo Galeano, Haroldo Conti, Julio Cortázar. Una mesa plegable pequeña, pilas de CD, una caja de Pink Floyd en lugar destacado, fotos de sus hijos disfrazados de superhéroes americanos, películas de Disney, videos y DVD de la vieja serie Batman, de la relativamente vieja película El Padrino. Desde el balcón, la vista: el puente de La Boca, la Bombonera, Constitución. La ciudad hecha plano, maqueta pura.
–Es buenísima la vista, ¿no? Mirá ese tipo: le puso césped a la terraza –dice, aferrado al alambrado de seguridad.
Después cierra la ventana, enciende el aire acondicionado y se queda ahí, recibiendo ese chorro helado, seco, como una bendición.
El hombre que nunca estuvo
El sistema Fucks. Esa costumbre de enumerarlo todo. De actuar y hablar por acumulación: la precisión en la fecha, el paraguas de datos para que, por detrás, se escape lo que importa: eso que él es.
–Mirá. Con Gatti, con Fillol, con Marce-lo Araujo...
Las fotos se acumulan sobre la mesita plegable: allí está el Chavo –diversas edades, diversos peinados, todos raros– junto a Alejandro Fabbri, Marcelo Araujo, Víctor Hugo Morales, Fillol, el Loco Gatti. A todas, una por una, les canta el epígrafe:
–Año 1987, Montevideo, Peñarol-Independiente. Primer partido del Mundial 1986. Con el Bambino en Villa Gesell. Con el Coco Basile en el hotel Constitución Palace. Yo empecé a laburar en periodismo en 1981, en un diario de Berazategui.
No dice cómo ni por qué, pero sí que una cosa trajo la otra, y en 1984 empezó a trabajar en El Gráfico; pasó al programa de Radio Competencia, junto a Víctor Hugo Morales; hizo una columna deportiva en Red de Noticias desde 1994 y hasta 1998; pasó por Rock&Pop, y luego llegó TyC. En 2003 hizo un salto sin red para un periodista deportivo al transformarse en panelista de eso que empezó llamándose Indomables en América, que ahora es Duro de domar en las medianoches del 13 y que mutó de programa de chimento a programa de culto.
–Cuando empecé, pensé que no iba a durar nada. Debo de haber batido el récord de renuncias. Entré en Indomables un 1° de agosto de 2003 porque estaba sin laburo, y Diego Gvirtz, el productor, me ofreció y fui. Pero cuando yo entré las cosas eran muy personales, me llevaba mal con algunos panelistas y ahora está todo bien. Hoy, con Fernanda Iglesias parece que nos odiamos y es con quien más hablo. Está en las antípodas de todo lo que yo creo y defiendo, pero puedo convivir con las diferencias del otro. A veces me arrepiento de las cosas que le digo, porque yo sé que es en joda y ella... pienso que también. Pero la gente cree todo lo que ve en la tele, y esto es un problema. Todos tenemos claro que esto es un sketch, un programa, casi ficción.
El chorro de aire acondicionado le sopla en la cara y él, ahora, aplica su acumulación de movimientos: se para, se sienta, va al cuarto, mira de reojo su computadora, muestra un disco, muestra un libro, muestra fotos, mira el reloj, mira su computadora. Mira el reloj, mira su computadora.
En esa casi ficción de Duro de domar, Fucks juega un personaje múltiple: un seductor cariñoso con Ursula; un respetuoso compinche de Pettinato; un progresista patotero con Fernanda Iglesias, y para su público, todo el tiempo, alguien con una mirada muy definida sobre el mundo: un hombre que abrazará todas las causas correctas y sabrá, siempre, quién es el enemigo. Una suerte de Bono Vox de este lado del mundo. Alguien políticamente correcto: perfectamente predecible. Casi demagogo. El dice que no.
–Yo creo que es al revés. Que ser políticamente correcto es correr detrás de la clase media. O sea, atender únicamente los reclamos de la clase media argentina, que nos ha llevado al punto donde estamos, con su voto, con su mirar para otro lado. Cuando la gente habla de los piqueteros habla del caos vehicular, del derecho a circular. ¿Y el derecho de comer, más importante que el de circular?
Se aleja del chorro del aire y va a uno de los cuartos. Vuelve con un cuaderno azul.
–Mirá.
Y esto es lo más cerca que estarán del Chavo. Allí, en todas esas páginas, durante meses de su infancia, llevó adelante un campeonato de fútbol inventado, una batalla épica que creció en su imaginación y que jamás salió del papel.
–Yo quería jugar al fútbol. El momento para probar si podía fue cuando terminé de estudiar. Pero me puse a laburar, mis viejos me dijeron que necesitaban la plata y que había que trabajar.
Se acoda sobre la pequeña mesa plegable, se tapa la boca con las manos.
–Pero la verdad es que yo quería ser jugador de fútbol. Podría haber hecho algo. Y era arquero. Pero bueno, no fue.
Después dice que tiene que ducharse. Que en quince minutos debe estar en el canal.
El resto ya lo saben: se para, se sienta, va al cuarto, mira de reojo su computadora, muestra un disco, muestra un libro, muestra una libreta, muestra fotos, mira el reloj, mira su computadora. Mira el reloj. Mira su computadora.
El sistema Fucks.





