
Chernobyl barrenderos de radiación
En el último mes del siglo se apagó el reactor que aún permanecía en funciones, pero eso no significó el fin de la actividad en la trágica central nuclear. Lo que continúa, dentro y fuera del sarcófago que apenas protege, es la peligrosa tarea de limpieza
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Cuando Oleksandr Yelchishev, el técnico jefe de la planta de energía nuclear de Chernobyl, oprimió un pequeño botón negro con la inscripción BAZ, el 15 de diciembre último, muchos sintieron que ese gesto señalaba el final de uno de los peores capítulos de la historia de la energía atómica. El gesto de Yelchishev deslizó barras de contención en el centro del último reactor en funcionamiento de Chernobyl, deteniendo las reacciones en cadena que se producían en su interior. Lo que no se ha detenido es la tarea de limpieza de la averiada planta ucrania: un trabajo gigantesco que no se ha interrumpido desde el 26 de abril de 1986, cuando una prueba de mantenimiento salió catastróficamente mal en uno de los cuatro reactores, ocasionando el peor accidente nuclear que el mundo ha conocido hasta el momento.
No se sabe exactamente el número de personas que han participado en la limpieza, pero es posible que llegue a 800.000. Dónde están, y en qué estado, tampoco se sabe con certeza, y probablemente nunca se sepa. En la primera época, los trabajadores eran llamados liquidadores, término que en ruso significa eliminar las consecuencias de un accidente. La mitad procedía de las fuerzas armadas de la entonces denominada Unión Soviética, que se encontraba en plena decadencia, gran parte del personal técnico y científico venía de otros estados del Soviet. Desde entonces, han sido dispersados casi a tanta distancia como la emanación radiactiva que surgió del averiado reactor número 4 durante dos semanas después de la explosión, extendiéndose hasta el oeste de Europa. Muchos liquidadores militares fueron más tarde reasignados al extremo este de Rusia, con nuevas funciones. Se han realizado pocos estudios, pero los que existen indican altos niveles de suicidio, enfermedades ocasionadas por stress, altos porcentajes de cáncer y anomalías neurológicas.
Oficialmente, el desastre de Chernobyl causó 31 muertos. Esa noche, un hombre resultó vaporizado, otro murió de un ataque cardíaco. Otras víctimas fueron algunos integrantes del personal de la planta y los bomberos que no sobrevivieron a la intensa radiación a la que estuvieron expuestos mientras combatían las llamas, que ardieron durante veinte días. No oficialmente, se estima que el desastre causó miles y miles de muertos durante los años siguientes, a medida que la exposición a la radiación hizo efecto. Esa estimación no toma en cuenta a las personas que vivían allí, sino tan sólo al personal que sobrevivió a la explosión, y a los que realizaron la descontaminación de emergencia, construyendo el refugio de hormigón y acero -el sarcófago- que recubre al reactor 4, y a los que retiraron el material radiactivo.
Constantin Rudya estuvo allí la noche que explotó Chernobyl. "Es un libro entero en sí mismo, toda una historia. En realidad, la segunda noche fue peor. Las unidades 1 y 2, que eran sistemas muy importantes, estaban en peligro por lo de la unidad 4. La primera noche... bien, no entendíamos qué estaba ocurriendo. Sólo lo entendimos a la mañana, cuando pudimos ver. Los ingenieros no podían creerlo."
Abundan las historias horrorosas acerca de la situación en que se encontraron los operarios durante los primeros años después de la guerra, como se designa al accidente. "Desafortunadamente, la preocupación por la gente no ocupaba el primer lugar de la agenda", dice Vince Novack, director del Chernobyl Shelter Fund, establecido por el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, encargado de investigar otros modos de contener el material radiactivo.
Aunque ahora se emplean robots con mejor éxito, los primeros intentos fallaron: tenían niveles muy bajos de tolerancia a la radiación. De ese modo, se enviaron grupos de personas en misiones potencialmente suicidas: para explorar, limpiar y hasta para rescatar a los robots. Esos grupos recibieron rápidamente el apodo de biorobots.
"Los robots se rompían, así que entraban allí hombres que podían sacar las cosas en sus manos... aunque al menos no con las manos desnudas", dice el doctor Alexander Sich, un ingeniero nuclear que se contó entre los primeros científicos occidentales que llegaron a Chernobyl tras el accidente.
Sich habla fluidamente ucranio y llegó a conocer a muchos de los trabajadores. Como ocurre con casi todos los dedicados a trabajos de alto riesgo, se consideraban una casta aparte y a veces se arriesgaban por divertirse. "Ucrania todavía estaba bastante aislada... era el enfoque fatalista de la vida típico del Soviet. La protección de los trabajadores no era la mejor, pero por otro lado no eran tantos los que entraban en las peores áreas ni con demasiada frecuencia. No eran exactamente inconscientes, pero también es cierto que hacían algunas cosas estúpidas". Los operarios solían tenderse sobre un montículo llamado La Pata de Elefante, y Sich vio fotos que lo prueban así. Es un área muy restringida, con niveles de radiación tan altos que la gente no debe permanecer allí ni un minuto. El montículo de combustible radiactivo, cemento y acero es uno de los varios creados por la lava derretida que salió del núcleo del reactor y llegó hasta el sótano.
La gente no sólo corría riesgos para jactarse de su coraje, también lo hacía por dinero. Aunque Ucrania era un estado comunista en desintegración, por una vez el dinero no faltó. Los salarios civiles se quintuplicaron: antes del accidente, un operario de la planta ganaba 350 rublos por mes; después, solían recibir 2000 rublos por un solo trabajo, como instalar un detector o sacar desechos radiactivos. Pero no todos estuvieron tan bien remunerados. Los soldados corrían los mismos riesgos -y pagaron el mismo precio con su salud- por su salario habitual, que con frecuencia apenas llegaba a 12 rublos mensuales.
Sich ha vuelto a vivir y trabajar allí desde 1997. Es gerente de proyectos de una empresa estadounidense que forma parte del esfuerzo cooperativo internacional destinado a recuperar la seguridad de Chernobyl. La seguridad de los operarios ha mejorado y, según dice, sus propios dosajes de radiactividad están bien.
Chernobyl ha sido lenta para revelar sus secretos más peligrosos. Durante las reparaciones de emergencia que se hicieron en el sarcófago en 1998, hubo algunas sorpresas indeseables: los niveles de radiación eran mucho más altos de lo esperado. "Había sitios en los que las piezas del núcleo del reactor estaban incrustadas en el cemento del techo -dice Novack-. El refugio está lleno de sorpresas así. Vemos cada vez más polvo. Y ése es otro punto: con cada reparación, con cada intervención, se generan también desechos radiactivos."
Los niveles de radiación eran tan altos que sólo permitían un par de minutos diarios de exposición, por lo cual se contrataron 400 operarios más. Todavía hay muchas zonas a las que no se puede acceder, y el polvo radiactivo, en mayor cantidad de la esperada, ocasiona problemas a todos los que están involucrados en el siguiente paso: envolver el sitio dentro de un enorme refugio de acero -con un costo de 250 millones de dólares- de larga duración. Pero a pesar de todos los riesgos que implica, el personal de Chernobyl, compuesto por 800 personas, se ha opuesto fervientemente a su clausura.
Muchos usaron brazaletes negros el día del cierre, en señal de duelo por la pérdida de una planta nuclear que, según se dice, es ahora la más segura del mundo. En un país tan pobre, un trabajo con un salario cuatro o cinco veces más alto que el de un funcionario, y con vivienda, transporte y seguridad social es un empleo de privilegio. Muchos trabajan allí para asegurarles a sus hijos un futuro mejor... aunque eso les acorte la vida.
La vida en un mundo siniestro
Los médicos de algunas zonas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia ya no se sorprenden si en los hospitales locales nacen cada vez más bebes con labios leporinos, retraso mental, insuficiencia cardíaca u otras anomalías. De hecho, en esas áreas las malformaciones entre los recién nacidos se han duplicado en los últimos años, y nada indica por ahora que vayan a aplacarse.
Casi quince años después del accidente de Chernobyl, la verdadera magnitud de los daños de la peor tragedia nuclear en tiempos de paz aún se está conociendo. Hasta el momento, el horror del "infierno nuclear" alcanzó a tres millones de personas, mató a 300.000 y contaminó 200.000 kilómetros cuadrados de territorio.
Entre los más afectados están los menores de 14 años, tristemente conocidos como los niños de Chernobyl. Sólo en Gomel, una región bielorrusa enclavada en la frontera con Ucrania, ya se detectaron 50 mil casos de cáncer de tiroides en niños. Algunos perdieron el pelo, otros tuvieron que ser operados para extraer tumores y muchos de ellos sólo se desplazan en sillas de ruedas.
Según expertos, el 40 por ciento de los niños expuestos a altos niveles de radiación cuando tenían menos de un año desarrollará cáncer de tiroides dentro de los próximos 30 años.
Mientras tanto, cerca de 375.000 personas no han podido regresar a sus hogares. Pripyat, la ciudad que contaba con 50.000 habitantes antes del accidente, hoy parece un pueblo fantasma. Las casas de madera se caen a pedazos, y en algunos edificios aún cuelgan carteles que ostentan lemas del Partido Comunista. Los alambres de púa, los puestos de control y los anuncios de advertencia alertan al inusual visitante acerca de que está a punto de entrar en un mundo siniestro.
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