Chicas de tapa: reales somos todas

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1 de agosto de 2020  

Es probable que la princesa Amalia no haya leído la tapa de la revista que, al exponerla, puso otra vez en el centro del debate al cuerpo de las mujeres, siempre sujeto a escrutinio de los medios y de la opinión pública. Sí la vieron, sin embargo, miles de adolescentes que crecen con el mismo mensaje que el body positive no pudo desterrar: el cuerpo como valor de mercado y aquel "si no sos flaca o linda nadie te va a querer" que escuchábamos como mantra las chicas de los 90.

Lo señalaba por esos años Naomi Wolf en El mito de la belleza, desde que las mujeres lograron traspasar la barrera de la estructura de poder, se multiplicaron los deso´rdenes alimenticios y la cirugía pla´stica se volvio´ la especialidad me´dica de ma´s ra´pido crecimiento. "Se duplico´ el gasto consumista, y treinta y tres mil mujeres norteamericanas confesaron en las encuestas de una investigacio´n que su meta ma´s importante en la vida es perder entre cinco y diez kilos". Las cosas no cambiaron mucho desde entonces: muchas mujeres tenemos ma´s poder y reconocimiento del que jamás soñamos, pero respecto de cómo nos sentimos acerca de nosotras mismas fi´sicamente, puede que estemos peor que nuestras abuelas no liberadas. Mujeres atractivas, exitosas y duen~as de si´ mismas llevan una subvida secreta que envenena su libertad con ideas sobre la belleza: "Es una vena oscura de odio hacia si´ mismas -dice Wolf-, una obsesio´n con el fi´sico, un terror de envejecer y un horror a la pe´rdida de control."

En los últimos tiempos vimos al patriarcado tradicional debilitarse en las calles y en los hechos, pero también cómo el mito se fortalece para apoderarse de la funcio´n de sometimiento social que los mitos sobre la maternidad, la domesticidad, la castidad y la pasividad ya no pueden ejercer. Y pasa algo más: pese a la revolución, a las revoluciones, las mujeres no pudimos liberarnos del estereotipo que nos pone a competir contra nosotras mismas en la misma batalla que hoy encarna el debate sobre los cuerpos hegemónicos frente a los que supuestamente son reales. "Mujer real" señalaba desde una supuesta línea inclusiva la tapa de la revista Caras que no casualmente dirige una mujer y cuyas lectoras son, en gran medida, también mujeres. No es un debate menor, porque el papel que nosotras mismas ejercemos como carceleras -tanto de nosotras mismas como de otras mujeres a las que señalamos- muestra una vez más cómo el patriarcado o sus elementos de dominación pertenecen a una construcción que es necesariamente colectiva.

No se trata sólo de indignarnos frente a una publicación -que, hay que decirlo, hizo su mea culpa-, sino de ver qué rol jugamos en la reproducción de los estereotipos que propone. "Un hombre puede ponerse el mismo traje azul marino cien veces, pero si yo repito un blazer, comienzo a recibir cartas de queja", dijo recientemente una de las mujeres más poderosas del mundo, la canciller alemana Angela Merkel. El hecho de que para las mujeres haya un modelo que encarna el éxito, un modelo monetizable que sostiene a las industrias de cosmética, moda, cirugías estéticas, y a la misma industria editorial que promueve tapas como la que nos indignó la semana pasada, muestra la huella de la dominación masculina. Es el costo extra con el que cargamos las mujeres para poder competir en el mercado: nuestro valor también se asigna de acuerdo a normas físicas que para ellos se relajan porque son quienes todavía lo dominan. Quedó claro con el chiste por el que Lanata jamás le pidió disculpas a la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti: a los varones no se los burla por su "look" en el prime time.

Susan Sontag dijo que la belleza es poder para varones y mujeres, pero a las mujeres -incluso a las futuras reinas, como Amalia, o a las jefas de Estado, como Merkel- se nos sigue alentando para creer que esa es la única forma de poder que podemos perseguir.

¿No deberíamos ya correr del juicio público al cuerpo de las mujeres? La reacción frente a la tapa de Caras parece un pequeño avance en el camino de romper con las obligaciones de género: que nadie nos diga cómo debemos vernos y mucho menos encarnando supuestos valores positivos. Al fin de cuentas, reales somos todas.

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