
Chiloe, isla la mitos
La naturaleza bravía y siglos de aislamiento la convirtieron en un mundo aparte, donde gozan de buena salud quimeras y brujas. Allí flameó el pabellón español por última vez en América del Sur y pueden verse algunas típicas iglesias de madera, entre las más cautivantes que existen en el planeta
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Miles de años atrás, Caicai-Vilu -la mítica serpiente de los abismos oceánicos- lanzó el mar contra los dominios terrestres. Tentén-Vilu -diosa de la tierra y protectora de la humanidad- respondió el ataque creando cerros y promontorios, donde hombres y mujeres encontraron refugio (quienes no alcanzaron las alturas se convirtieron en peñascos, mamíferos marinos y peces, razón por la cual los mapuches de la costa chilena aún rechazan esos animales como alimento). Cuanto más crecía el nivel marino, más se elevaba el terreno. La titánica lucha duró una eternidad. Pero finalmente Caicai-Vilu se cansó de pelear y emprendió la retirada. No ocurrió lo mismo con las aguas que había soliviantado. Y donde verdeaban valles quedaron golfos, canales y fiordos. Las tierras elevadas por Tentén-Vilu, en cambio, engendraron un reguero de islas. Así, cuentan los veliche, nació el archipiélago de Chiloé.
La versión de los geólogos no resulta muy diferente. El choque entre las placas oceánica y sudamericana produjo fallas contrarias al discurrir de los meridianos. Por ellas bajaron de las alturas andinas los glaciares que socavaron y hundieron el Valle Central de Chile, y partieron la Cordillera de la Costa. Cuando el hielo retrocedió, las aguas del Pacífico ocuparon el deprimido valle -generando una suerte de mar interior- y se adentraron en los Andes a través de pintorescos fiordos. Mientras tanto, la desmembrada cadena costera daba origen al dédalo isleño que desfleca el mapa chileno al sur de Puerto Montt. Sobre este escenario impar reina Chiloé, segunda isla de América del Sur después de Tierra del Fuego. Los chilotes, con toda razón, la llaman Isla Grande. En sus 8394 kilómetros cuadrados caben 42 ciudades de Buenos Aires y dos mundos. "El Norte y la costa oriental la ocupan chilenos y nativos -anota Benjamín Subercaseaux, en Chile o una loca geografía-. Es en esta parte que están las únicas ciudades: Ancud y Castro; ahí se encuentran también los cultivos, las aldeas, las caletas. La otra costa, la que mira al océano, la ocupa el Reino de la Selva... Aquí los chilotes viven mirando el muro de sus bosques, donde se ocultan la leyenda y la otra cosa, esos peñones solitarios sobre los que viene a estrellarse con furia el oleaje del Sur." En otras palabras, al Oeste hay un Chiloé salvaje y al Este uno domesticado. La explicación reside en los despojos de la cordillera de la Costa, que erizan el flanco oriental de la isla. Rondan apenas los mil metros. Sin embargo, detienen los húmedos vientos del Pacífico, propiciando tanto una cerrada vegetación sobre sus faldeos -protegida hoy en parte por el Parque Nacional Chiloé- como un benigno microclima a orillas del mar interior, que atrajo la colonización. El reparto no es definitivo. Y no sólo porque, día tras día, el avance tecnológico permite incorporar a la explotación nuevas parcelas de naturaleza indómita. El pleito entre Caicai-Vilu y Tentén-Vilu tampoco está liquidado. En 1960, por ejemplo, un maremoto devastó la costa chilena de Temuco a Chiloé, sin apiadarse de caleta o puerto alguno. Para evitar que el mar volviera a desmadrarse, según dicta el mito, la machi (shamán) del poblado chilote de Collileufu ordenó el sacrificio de un niño. Entonces, la tradición mapuche entró en conflicto con las leyes de Chile y la machi debió enfrentar un tribunal. "¿Qué pasará cuando la serpiente marina arremeta de nuevo, si nos impiden las ofrendas? -se preguntan los veliche-. ¿Será el fin de nuestro pueblo?"
{Texto} Otra creencia arraigada entre los chilotes es la brujería. Se apoya en la existencia de una organización indígena, llamada la Recta Provincia, que fundió prácticas brujeriles importadas de Europa y tradiciones mapuches para resistir el dominio político-cultural del conquistador. La secta saltó a la luz pública en 1880, cuando el intendente de Chiloé inició un proceso a más de un centenar de sus integrantes "por asociación ilícita y envenenamiento". A la sazón, servía más a envidias y venganzas personales que a los fines iniciales. Y así quedó en la memoria colectiva creando un generalizado temor frente a llancazos (maleficios) y enyerbaos (venenos).
Se dice que los brujos pueden flechar (causar muerte o daño a distancia), conocer el pasado y futuro, abrir puertas y provocar el sueño, transformarse en el animal que deseen y volar auxiliados por un macuñ o chaleco confeccionado con piel del pecho de una doncella (de ahí que se los llame despectivamente pelapechos). Para acceder a estos poderes deben antes limpiar o raspar el bautismo (renegar de la fe cristiana), mediante sacrificios que van desde pasar cuarenta noches consecutivas bajo una gélida cascada hasta matar a un familiar querido. El proceso de 1880 reveló que celebraban sus aquelarres en una cueva próxima al caserío de Quicaví, custodiada como cuadra por el Ivunche (deforme personaje, que lleva una pierna pegada a la espalda y se alimenta de carne humana). Hoy se ignora la localización de la Casa Grande de la Mayoría. Pero nadie duda de que los brujos existen. Si decide visitar Chiloé, por las dudas, no olvide cargar cebollas en los bolsillos o prenderse un par de alfileres en cruz. Al parecer, no hay mejor antídoto contra maleficios. Los seres sobrenaturales también gozan de buena salud. La lista es tan profusa como preñada de misterios la geografía de Chiloé, con sus brumas, sus selvas sudorosas y un mar de señales desconcertantes. Incluye, entre otras criaturas, al Basilisco -culebrón con cresta de gallo-, la Viuda -pesadilla de los viajeros nocturnos-, el horrendo Cuchivilu -mitad cerdo, mitad culebra-, la Llorona o Pucullén -heraldo de la muerte-, el Camahueto -variante local del unicornio-, la Vaca Marina -que abandona las aguas para seducir toros y volverlos impotentes-, el grotesco Trauco o Ruende de los montes -responsable de todo embarazo adolescente-, la bellísima Pincoya -sembradora del mar, redentora de náufragos- y su padre, el Millalobo -fruto de mujer y lobo marino-, que reina sobre las inmensidades oceánicas en representación de Caicai-Vilu.
En la mitología chilota no falta un buque fantasma: el Caleuche, inspirado en el célebre Holandés Errante (un puñado de piratas de los Países Bajos anduvo entreverado en la historia de Chiloé). El enorme velero aparece seguido en el archipiélago, siempre al amparo de la noche o la neblina. Pero también está el Barcoiche o Buque de la Muerte -especie de paraíso para marineros-, que no agota las supervivencias ancestrales. Tras el culto de los Santos Patronos -que introdujeron los jesuitas a principios del siglo XII-, asoman inocultablemente las mandas (ruegos) del Nguillatún, ceremonia central de la religión mapuche. El almud -medida de volumen llevada a España por los árabes- continúa mensurando las ventas a granel en todos los mercados. En el campo perduran arados de mancera, yuntas de bueyes, molinos de piedra, cercos tejidos con varas de arrayán, carretas de macizas ruedas de tronco.Y en cada minga -sistema comunal de trabajo- resurge la solidaridad precolombina. Súplica de por medio, los vecinos se juntan para dar una mano en siembras, cosechas, destronques o el traslado de casas completas (por tierra, rodando sobre varales; por mar, a remolque). Terminada la faena, el servicio se retribuye con buena comida y alcohol.
¿Cómo llegaron estas tradiciones hasta hoy? La respuesta está en la historia. Se consideran habitantes originarios de Chiloé a los chonos o waytecas, canoeros nómadas de los que los chilotes derivan sus virtudes marineras. Alrededor del siglo XIII, fueron desplazados por una rama del gran tronco araucano: los veliche o huilliche (gente del Sur), que incorporaron al archipiélago la agricultura. A su arribo, en 1567, los españoles se toparon con el producto del mestizaje de estos pueblos. Una población "dócil y abundante", que no tardaron en despojar de tierras y someter a la servidumbre de la encomienda.
Pero la rebelión mapuche iniciada en 1598, con la victoria de Curalba, borró de la Araucanía todo vestigio de ocupación hispana y dejó a la provincia de Nueva Galicia -como se llamó a Chiloé- marginada del mundo por siglos. Años después, la destrucción de la ciudad de Castro por corsarios holandeses -con complicidad aborigen- empujó a los conquistadores hacia el medio rural. Allí -huérfanos de España, pobres de solemnidad- debieron arrimarse al campesinado nativo. De esta relación surgió una cultura mestiza fuera de catálogo, que terminó de delinear el apostolado de los misioneros jesuitas.
Durante siglo y medio, la estrategia de la Compañía de Jesús contempló evangelizar en lengua de indios, tolerar las creencias locales, plantar capillas en cada caví o agrupación, formar catequistas nativos -llamados fiscales- y oponerse al abuso de los encomenderos. La orden, además, introdujo sistemas organizativos y técnicas agrícolas que aún perduran. En 1767, cuando fue expulsada de América, la religiosidad chilota tenía ya hechura definitiva.
Entrado el siglo XIX, los isleños seguían viviendo una existencia aparte. Hasta tal punto que se mantuvieron ajenos al proceso independentista. El pabellón de España flameó sobre el fuerte de Ancud hasta 1826 (8 años después de la independencia chilena).
El abastecimiento de buques balleneros y la exportación de durmientes de ferrocarril le otorgaron cierta efímera prosperidad. Y, con el aporte de colonos europeos, su selvático interior fue cediendo paso a la hacienda y el arado. Pero la economía de Chiloé, basada en la pesca artesanal y el cultivo de papas (se dice que son originarias de las islas), jamás sobrepasó un estado primario de desarrollo. La modernidad desembarcó sólo en las últimas décadas con la salmonicultura, los criaderos de ostras y choros, las fábricas de conservas, algunos emprendimientos silvícolas y... un turismo ávido de la cultura y el paisaje que preservaron cuatrocientos años de soledad. En la Isla Grande abundan las maderas nobles. Esta circunstancia impulsó el desarrollo de una peculiar e ingeniosa tecnología, capaz de fabricar con madera desde anzuelos y candados hasta goletas de tres palos, incluyendo el ancla (una piedra enjaulada entre varas que los chilotes llaman sacho). De ella se valió la Compañía de Jesús para llenar de capillas sin clavar un solo clavo. Sus constructores -sacerdotes de origen bávaro- tomaron la arquitectura religiosa de Alemania adaptándola al medio. Chiloé suma hoy más de 150 capillas de influencia jesuítica y conserva un puñado de las originales. A fines del año último, en un acto de estricta justicia, la Unesco incorporó estas joyas arquitectónicas al Patrimonio Mundial. Es pecado perderse alguna de las más añosas (Achao, Nercón, Vilopulli, Quilquico, Rilán, Tenaún, Quinchao). También irse de Chiloé sin probar el curanto. Como los palafitos de Castro, expresa cabalmente la condición anfibia del archipiélago. Su receta, de hecho, resulta una perfecta síntesis de mar y tierra. Incluye pescados como el congrio y la corvina; una variopinta multitud de mariscos; carne de vaca, cerdo o pollo; legumbres surtidas; milcaos y chapaleles (exquisitos panes de papa y harina). Todo se cuece pacientemente dentro de un hoyo -al calor de piedras sometidas a fuego- o en enormes ollas. Los sabores de esta orgía gastronómica evocan cada encanto isleño: colinas cubiertas de cultivos o coronadas por una iglesia de prestigioso maderamen; ferias rebosantes de hortalizas, canastos y tejidos; fiordos surcados de velas; casas revestidas de tejuelas de alerce o apoyadas en zancos; puertos envueltos en bruma y redes que parecen sacados del Báltico.
¿Cómo se las ingeniaron los chilotes para meter tanto en un plato? "Cosa de brujos", dirá usted. Y estará en lo cierto.
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