Clase 12: arrullar nuestros enojos

Eduardo Chaktoura
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15 de marzo de 2015  

Fuente: LA NACION - Crédito: Eva Mastrogiulio

¿Qué es eso que tanto te enoja? ¿Podés identificarlo? O, acaso, ya llegaste a la instancia en la que todo resulta molesto por demás. El que se enoja, pierde, supo advertirme un amigo, por consejo de un hombre sabio que supo sobrevivir a más de un naufragio existencial. Así como recomiendo registrar frases preventivas como éstas, acepten también la recomendación saludable de quien hoy se dispone a reflexionar en torno del aspecto positivo de nuestras aparentes insatisfacciones. Sobran los testimonios de quienes han sabido sortear hasta la peor de las tormentas, e incluso han salido fortalecidos.

Por definición, el estar enojado es una emoción fuerte que puede estimular una acción agresiva. Es una reacción fisiológica y psicológica al dolor, el sufrimiento, la amenaza o el peligro. Algo que pasa o que dicen nos pone en alerta. Y frente a lo que se impone como amenaza, el cuerpo se prepara para el ataque o la fuga. ¿Sos de los que le hacen frente al vendaval o de los que se retiran, enojados, en medio de la contienda? Cuando no logramos detectar los porqués, es cuando esta emoción negativa corre riesgo de enquistarse, al extremo de creer que estamos condenados al naufragio. ¿Quién dijo que no estamos a tiempo de salir a flote?

La violencia, así como la peor de las tempestades, suele fundarse allí, donde mueren las palabras y el estado de temor y enojo se convierte en rasgo; en una maldita costumbre. El reconocer a tiempo nuestros enojos nos motoriza hacia la meta saludable. Si bien lo recomendable es hacerlo antes de que el mar no haya inundado el barco o devastado la playa, aquel viejo lobo de mar también supo decirle a mi amigo: "Hazte cargo de tus broncas, echa la red en la profundidad y distingue la pesca".

Para desandar el embrollo, lo mejor será detenernos a pensar cuáles son los verdaderos motivos de cada malestar. Más allá de las condiciones del tiempo, sean buenas o malas, siempre resulta saludable pensar qué nos ha traído hasta acá. Incluso hasta el hartazgo saludable (porque también hay un enojo positivo o un sentido positivo del enojo), el tránsito por la vida a conciencia plena implica reconocer, aceptar (sin por eso resignarse) en qué aguas estamos nadando. Y, de este modo, revertir todo aquello que nos ha llevado hasta el enojo extremo de vivir enojados en la más solitaria de las islas. Intentemos ser concretos y positivos, sin más juicios que el darnos cuenta y el hacernos cargo de la situación.

Así como con los miedos, con los enojos no hay otra más que surfear las olas que nacen con la brisa de una queja y terminan rompiendo con la bronca que alcanza lo que no resulta como esperábamos. ¿Cuáles son nuestros niveles de tolerancia a la frustración? Resulta necesario revisar todo lo que nos llevó a pilotear la nave de esta manera, y operar bajo este mecanismo de defensa y afrontamiento, esta forma destructiva (y autodestructiva) de comportamiento y comunicación.

¿Cómo es que todo, hasta lo más simple, puede alcanzar semejante furia devastadora? ¿De dónde viene tanta bruma? Tal vez, un cambio de dirección en nuestra mirada crítica pueda amainar el tormento y hacer que el mar recobre su naturaleza de arrullo y serenidad. Ayuda tomar lápiz y papel, así como cualquier otra herramienta que nos permite recorrer el mapa en busca de otra dirección: ¿Qué nos enoja? ¿Cuánto? (si les sirve, utilicen la escala del 1 al 10 para cada situación). Una vez cubierto el primer paso (incluso, cuando no logremos identificar la causa aparente de tanto incordio) atrevámonos a dar un paso más allá: ¿por qué creemos que nos enojan tanto los motivos que hemos identificado a primera vista?

Cierren los ojos e intenten conectarse con ese mar de calma. Si no logran conectar con la imagen y la sensación, no se enojen. Conecten con la respiración, suavicen los vientos interiores y relean con más pausa la clase de hoy. Si no es hoy, será mañana.

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