
Código del infiel
El discurso del infiel está plagado de angustias imprecisas. Los varones están aburridos, estresados, deprimidos, abrumados por tanta rutina, estancados en un momento de sus vidas en que lo tienen todo (familia, hijos, casa, auto), pero sienten que no son nada. El hombre que dice estas cosas seguramente tiene amante oculta en departamento clandestino, busca la escapatoria para salir de su vida "burguesa".
La mujer se toma más tiempo para la infidelidad. Acusa a su marido de pecados imaginarios. Se siente descuidada. Gorda. Va a la peluquería. ¡Atención, se cambia el corte de pelo! Esto es el prolegómeno de un gran cambio existencial. Ella busca, busca, busca.
La mujer infiel tiene poco interés en el sexo (con su marido). Distraída, soñadora, entra de pronto en unos silencios prolongados mientras mira al infinito.
Tanto él como ella prestan brusca atención al teléfono celular, que llevan muy apretado en el bolsillo o la mano. No quieren que nadie los espíe. Miran el celular como si el aparatito les fuera a hablar... Y a veces chequean las llamadas a solas, en el baño.
Detalle: la mujer infiel se encierra largamente en el cuarto de baño. Para hablar por el celular, para repasar su agenda, para bañarse como Cleopatra, o para no ver la cara de su marido por unos 40 minutos.
El hombre infiel envía mails indicativos. No como la mujer, que escribe torrentes, sino mensajes cortos que firma siempre con una inicial: d. Y el puntito después.
El puntito significa: hay secretos entre vos y yo, hay cosas no dichas en esta breve carta, hay un mundo oculto que no puedo volcar aquí por escrito, ya que no sé si tu marido no lee estos mails. De modo que lo no dicho ya te lo imaginás.
A los infieles les resulta difícil explicar dónde estuvieron hoy. Suelen hacer relatos confusos sobre la compra de un par de medias, la reaparición de un viejo amigo, la enfermedad de una tía que "no está bien". Algo desagradable sin horas precisas.
El cónyuge del o la infiel no ve las cosas tan graves, y se inclina a consolar a su pareja, que viene de un día horrendo. "Bueno, mi amor, no es tan grave. Ya estás en casita."
El detalle cardinal en el discurso del infiel es su repudio aparente a todo aquello que le gusta. Cuando un hombre habla mal de cierta mujer ("demasiado pintada; está llena de siliconas; me parece casi enana; se la ve tan bronceada que debe vivir en una cama solar; no la veo seria en su manera de manejarse"), esto significa que ella le gusta, y mucho. La infiel hace lo propio, incluso con mayor virulencia: "¡Qué tipo más ordinario! Me parece que es afeminado. ¿No te parece? Sí, seguro, tiene todas las características. Además, cada vez que hablaba de un tema emocionante se le llenaban los ojos de lágrimas. Es un pollerudo".
El pollerudo le gusta. Más aún, ya tiene su tarjeta con el teléfono en la cartera. Y toda mujer atraída por un hombre se pone en su línea visual y ejecuta maniobras para que él no pueda dejar de verla. Como si llevara una pancarta diciendo: MIRAME.
Uno lo explica con humor porque los cuernos son lo más cómico del mundo, mientras no lo adornen a uno mismo. Todo es infinitamente divertido, como una comedia francesa, mientras la historia no sea, ay, nuestra historia.
En realidad, la infidelidad es trágica: importa fallar gravemente al respeto y la lealtad que nos obliga en una pareja. Más allá del matrimonio religioso o civil, laico o informal, heterosexual o gay, las personas se aman y respetan o se usan como instrumento.
Ultimo detalle, el peor: el o la infiel que están a punto de abandonar a su pareja, piden siempre algo más. Ella exige un auto, un vestido, un anillo, un viaje. Posiblemente, en el esfuerzo de recuperar la imagen del marido-proveedor que se le cae a pedazos. Y él solicita platos especiales, mimos, una noche canalla en un hotel de parejas... Ese tipo de cosas.
Esta necesidad de exigir una ofrenda final es la puñalada más grave del infiel. Porque el cónyuge traicionado no tarda en hacer sus cuentas. "Me pide la luna, se la bajo con sangre en las manos... ¿y después me abandona?" . Es así, y resulta especialmente doloroso porque el infiel, al partir hacia otras playas, se lleva la luna. No la reintegra honradamente al cónyuge para ahorrarle un disgusto, unos pesos, o acercarle un mínimo gesto de consideración. No lo hacemos. No.
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El autor es periodista y escritor







