
Colorista de celebrities
Christophe Robin creó en París el primer salón únicamente dedicado a la tintura. Teñirse con él cuesta 350 euros. A los 37 años, se ha dado el gusto de atender a Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Penélope Cruz, Brad Pitt... y siguen las estrellas
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SAN PABLO, Brasil.– Es el colorista más famoso de París. Creador del primer salón únicamente dedicado al color. Un auténtico mago a la hora de transformar latinas morenas en rubias platinadas o de lograr que una cabeza resista tres coloraciones en una misma semana. Trabajó (y aún lo hace) para actrices, actores y directores famosísimos (ver recuadro). Y, a los 37 años, siente que le queda mucho –o casi todo– por hacer.
Su nombre es Christophe Robin. Teñirse el pelo con él cuesta no menos de 350 euros.
Mide cerca de 1,90 m. Usa un traje de lino fresco y veraniego, con esas arrugas características pero elegantes, con las mangas a mitad del antebrazo. Para caminar, zapatillas blancas con tres tiras, informal pero chic en su look de pelo castaño corto, peinado para atrás con gel. Y detrás de los vidrios de sus anteojos de armazón oscuro, estilo retro, a lo Clark Kent (es miope, de 3 dioptrías), sus ojos verdes brillan, vivaces y atentos.
Visita esta ciudad para presentar un nuevo producto de la conocida firma para la que investiga y crea coloraciones desde hace más de 17 años: L’Oréal de Paris. Se trata del Casting Creme Gloss, una coloración sin amoníaco que llegará antes de fin de año a la Argentina.
Christophe Robin nació un 15 de agosto en Bar-sur-Aube, un pueblo francés de 7000 habitantes en la región de Champagne. Por supuesto, es un buen bebedor y fuma sin ninguna culpa, uno tras otro, sus American Spirit.
Su familia, compuesta de padres y un hermano, se dedica al cultivo de la deliciosa bebida burbujeante. “Donde yo nací –bromea– nos dan dos gotas de champagne cuando nos destetan. Pero no hay alcohólicos allí.”
No quiso seguir con la tradición familiar, pero recibió todo el apoyo de los suyos. Su hermano prefirió quedarse en el campo y sigue produciendo champagne. Christophe llegó a París a los 17 años haciendo dedo, después de haber trabajado tres años junto a Dominique, una mujer que tenía un salón de peinados en su pueblo. “De ella aprendí”, recuerda.
Ya en París, se desempeñó durante dos años en el salón de Jean-Louis David. Era asistente de un colorista. Pero un día su jefe se enfermó y tuvo que reemplazarlo. Ahí empezó su carrera.
En forma paralela, creó un equipo de estudio e investigación para producciones de moda y publicidad. Después lo llamaron para una publicidad con una modelo. Y a los 24 años armó su primer salón especializado en color.
Se ocupa de todos los temas con pasión, pero hay algo que suspende cualquier otro interés: hablar de sus mascotas. En realidad, de Mumum, su gato. “Porque el perro, Gastón, que tenía 15 años, murió en septiembre –recuerda–. Nada, de ninguna raza: todos mis animales han sido siempre callejeros.”
Mumum hizo un duelo de más de tres meses después de la muerte de Gastón. “Eran inseparables –cuenta Christophe–. Se habían adoptado mutuamente. Gastón olfateaba y Mumum iba atrás, husmeando lo mismo.”
Ahora, en su piso de más de 200 m2 que mira al Sena, todo es para el gato. Y él promete que perros no tendrá nunca más. ¿Será para creerle? Después, inevitable y casi terapéuticamente, la charla se desliza hacia su tema: el color.
–¿Por qué cada vez más las mujeres (y algunos hombres) se tiñen el pelo?
–Hasta hace 20 años la coloración era o para taparse las canas o para ser rubia. A partir de los años 80, con las top models, hubo un fenómeno que la impuso entre la gente más joven como un verdadero accesorio de moda, como un tono de rouge o un par de zapatos.
–¿Es mejor teñirse en casa o en el salón?
–Son dos cosas distintas: en el salón se busca un experto, un diagnóstico, un consejo. Ir al salón tiene sentido solamente si se busca un consejo o se quiere hacer un cambio importante de color, pero si ya encontró su color, se tiñe y sabe lo que quiere, no es necesario.
–¿Cómo lucir bien las canas?
–Usar el pelo blanco no es sencillo. Hay personas en quienes quedan elegantes, pero a otras las avejenta mucho. Además, hay que esperar normalmente un proceso largo, que el cabello crezca y ver cómo queda… Y esto, sin contar con que el cabello canoso es muy poroso: absorbe muchas sustancias del agua, todos los contaminantes, y eso opaca y pone amarillentas las canas. Muchos utilizan un shampoo con una tonalidad azul para contrarrestar este efecto, pero hay que encontrar una medida exacta, muy delicada, para que el cabello quede realmente blanco. En una palabra: es muy difícil usar canas y que queden bien.
–¿Hay un límite natural para cambiarse el color de pelo?
–Técnicamente, todo es posible. Pero no es lo recomendable y, además, lleva tiempo. Un consejo que daría antes de cambiar de negro a rubio es probar con una peluca para determinar si el cambio puede favorecer.
–¿La coloración es peligrosa?
–Hay muchos fantasmas, algunos de ellos ya perimidos, como que ciertos colores más fuertes podrían causar cáncer. El amoníaco es otro fantasma. Yo hago color hace veinte años, y por lo menos diez por día. Si fuera riesgoso o dañino, algo me tendría que haber ocurrido a mí mismo. También puede ser que arda en algunos casos, cuando el cuero cabelludo es muy sensible. En esos casos se aconseja usar oxidante de menor volumen y aplicar la tintura más tiempo. Pueden haber también alergia al amoníaco; por eso siempre debe realizarse una prueba previa de sensibilización.
–¿Qué colores están de moda?
–La tendencia es utilizar el color natural, que tiene que ver con el aceptarse a uno mismo en lugar de buscar ser otro. Yo mismo me teñí de rubio, de rojizo, de azul… Ahora tengo mi propio color, y es el que más me gusta. Una mujer puede querer ser rubia por muchas cosas, y hay que descubrirlas. Por lo tanto, mi métier tiene mucho de psicología, y a lo mejor puedo sugerirle que el rubio no le quedará bien y aconsejarle otra cosa. Esto hace que uno entre en un circuito de intimidad con las personas que es muy interesante y rico; también se entra en esta intimidad con las estrellas, y nos damos cuenta de que los problemas de las mujeres son siempre los mismos, más allá de que se trate de una celebridad o un ama de casa.
Para saber más: www.colorist.com
De seguros y garantías
La lista es larga –larguísima– e impactante: Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Juliette Binoche, Emmanuelle Béart, Chiara Mastroianni, Nicole Garcia, Julieta Depardieu, Andy Mac Dowell, Isabelle Adjani, Audrey Tautou, Fanny Ardant, Faye Dunaway, Kate Moss, Claudia Schiffer, Penélope Cruz, Céline Dion, Brad Pitt, Karl Lagerfeld, Yves Saint Laurent: todos ellos se han atendido con Robin.
Sin embargo, él es más que discreto a la hora de hablar de ellos. “Si han llegado adonde están es porque tienen algo especial. El colorista establece una relación muy particular: es como formar parte de su familia; se comparte mucho; las habitaciones están cerca; uno está ahí todo el tiempo; en el momento en que están preparándose, es una posibilidad privilegiada.”
Claro que, como en todos los órdenes de la vida, no todo lo que brilla es oro. “Hacer color a las figuras es también un trabajo muy estresante y muy exigente –dice–. Las estrellas tienen un cabello maltratado porque se lo tiñen y peinan en forma permanente; hay que cuidarles bien las raíces, retocarlas una vez a la semana. Cuando el colorista cierra el contrato tiene que garantizar que el color será el mismo durante todos los meses de rodaje. Así que normalmente debe contratar una compañía de seguros: es que si un día el rodaje no se puede hacer porque el color está mal le pueden exigir hacerse cargo de ese día de filmación, y cuesta fortunas.”






