
Comer bien, vivir mejor
Conocer las propiedades de los alimentos es tal vez la estrategia más eficaz para combatir las enfermedades y evitar las visitas al médico. Las últimas investigaciones están dirigidas a que cada persona mejore su dieta y sepa lo que se está llevando al estómago, tan estresado por estos días
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“Hemos visto el futuro y el futuro está en los alimentos”, declaró el oncólogo Mitchell Gaynor, jefe del Centro Strang de Prevención del Cáncer en Nueva York, declaró a la revista Newsweek dos años atrás, cuando se le preguntaba por las novedades en la lucha contra esta enfermedad. La frase sonaba algo extravagante en boca de un científico, pero Gaynor es un hombre reconocido en su medio, y sus palabras tuvieron aún más crédito cuando declaró que ni él mismo imaginaba cuánta influencia tenían los hábitos alimentarios en la vida de las personas hasta que, en 1986, ingresó en la Universidad Rockefeller para cursar un doctorado en Biología Molecular y encontró que sus compañeros no hacían otra cosa que hablar de las virtudes del repollito de Bruselas.
Después de pasar una década diseccionando comestibles, Gaynor se convirtió en un acérrimo defensor de la idea de que las enfermedades están estrechamente relacionadas con los productos que nos llevamos al estómago. Posturas como la suya han contribuido a la importancia de que goza hoy la nutrición dentro del campo de la medicina moderna.
La anécdota viene a cuento porque ésta es una época adecuada para tomar conciencia del tipo de dieta que llevamos. No existen estadísticas fehacientes, pero en clínicas, centros y hospitales, públicos o privados, los médicos ya dan cuenta de un fenómeno que va en aumento, y que marcará un hito cuando en el futuro se revisen las estadísticas sanitarias del 2002: se multiplican las internaciones por trastornos cardiovasculares (infartos, en su mayoría) y las consultas por hipertensión, estrés y depresión. El grueso de esos casos son consecuencia directa de la crisis que castiga al país. En ese sentido, vale aclarar que replantearnos el contenido del próximo almuerzo no nos ayudará a recuperar el trabajo o los ahorros, pero es probable que a la larga nos sirva para controlar el impacto que provoca en el organismo la angustia de saber que están acorralados en un banco.
Durante las últimas cinco décadas, los investigadores de todo el mundo civilizado han estado estudiando docenas de sustancias químicas que poseen los vegetales y las frutas comunes, y gracias a las numerosas pruebas de laboratorio se ha podido comprobar que estos compuestos tienen, por ejemplo, una notable capacidad para interrumpir la formación de tumores y evitar trastornos cardiovasculares. Claro que nadie puede asegurar que el tomate o el ajo son la panacea, o que el té verde es tan benévolo como dicen los chinos. Si conviene pasar al extremo de evitar el asado con amigos sólo porque nos hemos vuelto unos fanáticos de las albóndigas de tofu. No, nada nos garantiza que las enfermedades se detendrán con solo ingerir los productos recomendados. Pero lo cierto es que desde que se divulgaron los primeros descubrimientos, los profesionales más convencidos intentan orientar a sus pacientes hacia regímenes especialmente ricos en vegetales, frutas y semillas, ya que éstos parecen constituir una fórmula capaz de potenciar nuestras defensas y mantenernos a salvo de las patologías fatales. "El problema de la alimentación actual –asegura Elba Albertinazzi, médica clínica especialista en nutrición y alimentación naturista– es que comemos calorías en exceso y el gasto calórico es mínimo: subimos en ascensor, vamos en auto a todas partes, hoy todo funciona a botón, es decir, no hay desgaste físico y, como consecuencia, hay una cantidad de calorías acumuladas que a la larga son dañinas para el organismo. Encima de todo eso, la incertidumbre puede llevarnos a situaciones de estrés y depresión, que causan más inmovilidad. La medicina ha logrado probar que el envejecimiento, por ejemplo, está íntimamente relacionado con la cantidad de alimentos que ingerimos: envejecen menos quienes llevan una vida alimentaria moderada, llegan a edades avanzadas mental y físicamente en condiciones. El desafío de este milenio será combatir las enfermedades que se producen por deficiencias en el sistema inmunológico, como el cáncer, la psoriasis, el lupus, la diabetes, pero también el síndrome de fatiga crónico, el ataque de pánico, las deficiencias hormonales que se advierten en la cantidad de personas que no pueden tener hijos, las infecciones, etcétera. Por eso es importante empezar por entender que nuestro sistema inmunólogico depende básicamente de los minerales y las vitaminas que ingerimos en los vegetales y las frutas." Siguiendo los lineamientos de este principio, quedaría obsoleta la clásica pirámide alimentaria que nos enseñaron en la escuela. Aunque muchos especialistas siguen apostando a los cereales y a las proteínas animales como la base indiscutible. Según Albertinazzi, y varios trabajos realizados en el Departamento de Epidemiologia y Nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard –y que fueron publicados en las revistas American Journal of Clinical Nutrition y JAMA, en octubre y septiembre del año 2000–, la clave para pasar por este mundo lo más íntegro posible está en consumir más alimentos derivados de la tierra, ya que serían los que concentran la cantidad de vitaminas, minerales y ácidos poliinsaturados que, al parecer, son imprescidibles para el organismo. Estos postulados –que ya de por sí suenan bastante desabridos– irían en contra de la pecaminosa dieta occidental, tan extendida en el grueso de la población y tan generosa en carnes rojas y procesadas, postres, dulces y lácteos grasos, granos refinados, que combinados con el tabaco y ciertas bebidas sintéticas, son una amenaza no sólo para la cintura, sino fundamentalmente para las arterias.
A pesar de los efectos negativos de la alimentación desordenada, hoy la realidad indica que las sociedades comen lo que pueden y no lo que quieren. Pero, paradójicamente, el invertir la escala de los valores nutricionales no significa gastar más dinero. El secreto está en no ceder a las tentaciones de la góndola y elegirmás de lo bueno por el mismo precio. Para eso basta una calculadora y, sobre todo, conocer los beneficios de algunos alimentos para aprovecharlos mejor. En estas páginas ofrecemos algunas de las estrategias que ya están introduciendo cambios profundos en la medicina y que apuntan a que las personas comprendan que la consigna de la ciencia sigue siendo prevenir antes que curar.
Tomate
El licopeno es la sustancia que está presente en los tomates y en los ajíes rojos. Como ayuda a neutralizar los radicales libres, es un poderoso antioxidante y se cree que sus virtudes son tan beneficiosas como los betacarotenos, que se encuentran en las frutas y verduras de color naranja. Pero, curiosamente, no basta morder un tomate crudo para hacerse acreedor de sus bondades. Al contrario, parece que sólo cuando los tomates naturales (no en lata) están tibios liberan la sustancia facilitándole al organismo su absorción. Es decir que una buena porción de salsa de tomate es suficiente para cubrir nuestra cuota de licopenos. Según las conclusiones de un estudio realizado en 1995 por el Departamento de Nutrición y Epidemiología de Harvard, se encontró que, de 48.000 mil hombres, sólo los que habían consumido 10 porciones de tomate por semana habían logrado reducir casi a la mitad su riesgo de contraer cáncer de próstata. Otros ensayos sugieren que el licopeno también es un efectivo protector contra el cáncer de seno, pulmones y los trastornos digestivos.
Ajo
Es considerado un elemento vital dentro de la famosa dieta mediterránea. Posee sulfuros de allyl, que también se encuentran en la cebolla, y que sirven para ayudar al cuerpo a procesar con más seguridad los químicos causantes de tumores. Su espectro es amplio: actúa equilibrando el colesterol, es antiséptico, digestivo, disminuye la presión arterial y también mejora la circulación. Pero no es cuestión de masticar un diente entero, ya que sólo ganaremos un aliento pestilente capaz de ahuyentar al más hambriento de los vampiros: los sulfuros de allyl no se forman hasta tanto se parta en pedazos el diente y se lo deje reposar unos diez minutos.
Te verde
En China beben litros de este té, y los japoneses sostienen que diez tazas diarias reducen las posibilidades de padecer enfermedades cardiovasculares. Los misterios de esta poderosa hierba residen en los antioxidantes químicos conocidos como polifenoles, y los investigadores estiman que uno de éstos en particular, un compuesto llamado EGCG, tiene capacidad para reprimir los radicales libres 20 veces más que la vitamina E y 500 veces más que la C. Es un gran sustituto del café, y su valor comercial apenas supera el precio del té común. Los polifenoles también se encuentran en los arándanos, las manzanas y las frutillas.
Frutas secas
Nueces, avellanas, almendras y maníes contienen proteínas y grasas insaturadas de buena calidad, sostiene la doctora Albertinazzi en su libro Alimentación sana. En estos frutos está presente la lisina, un aminoácido esencial, que en algunos casos suele producir herpes en las comisuras de los labios, por lo que debe ser suspendida su ingesta de inmediato. Pero quienes puedan consumirlos sin problemas, sepan que estos frutos ayudan a regular el colesterol y los triglicéridos, además de sus valiosos aportes de calcio, fosfolípidos, vitaminas A y del grupo B. No suelen sugerirse en dietas para adelgazar.
Vino tinto y uvas
Se dice que los franceces son menos propensos a contraer enfermedades cardiovasculares y que esto se debe a los oficios del buen vino tinto. Esta bebida posee un antioxidante llamado resveratrol que, entre otras cosas, redujo la incidencia de tumores de la piel en ratones. De acuerdo con los últimos descubrimientos, el resveratrol inhibe la producción de una sustancia que contribuye al endurecimiento de las arterias. El vino es bueno para el corazón, pero está contraindicado su exceso porque produce cirrosis, síndrome de alcoholismo fetal y posibilidad de contraer cáncer de mama. La consumisión debe limitarse a no más de dos vasos por semana.
Salmón
Los pescados de aguas frías, como el salmón, son ricos en Omega 3, una grasa poliinsaturada (la mejor de todas) que también se encuentra en la linaza que, como los peces que habitan en mares profundos, posee altas dosis de minerales como el fósforo, el cobre, las vitaminas A y D. Según la ciencia, ayuda a reducir el riesgo de contraer cáncer, mal de Alzheimer, artritis reumatoidea, lupus y desórdenes cardiovasculares. El pescado, a diferencia de la carne de vaca y de pollo, puede consumirse hasta tres veces por semana, y necesita poco tiempo de cocción (preferentemente al vapor), de lo contrario puede perder su valor nutritivo.
Soja
La Argentina es uno de los primeros productores mundiales de esta legumbre, pero cuando estalló el escándalo de los transgénicos este poroto blancuzco quedó en la mira de los consumidores más fanáticos. Pero vale recordar que en China y Japón se ingieren parvas de soja, y se comprobó entre sus habitantes la baja incidencia de cáncer de mama y de próstata. El poroto y sus derivados –el queso o tofu, la leche y el yogur de soja– tienen un altísimo valor nutricional y son fácilmente absorbibles por el aparato digestivo. Además tiene la virtud de equilibrar el metabolismo del colesterol. En las dietéticas y casas vegetarianas, una bolsa de porotos no supera el peso con cincuenta.
Semillas
Las delicadas semillitas de sésamo (en todas sus versiones, blanco, integral y negro) tienen mucho calcio en su interior. Las de girasol reúnen el grueso del complejo de vitaminas B y tambien la E, y las de lino son las únicas que poseen abundantes ácidos poliinsaturados del tipo Omega 3, cuyas virtudes impedirían que las grasas nocivas ingresen en las células. Pero tal vez la semilla de zapalllo sea la más recomedable en estos tiempos exigentes, en los que está en juego el equilibrio de nuestro sistema nervioso central: posee altas concentraciones de zinc y, junto con las ostras, es uno de los pocos alimentos que contiene este mineral, fundamental para mantenernos alertas y no caer en depresiones. Las ostras son carísimas, mientras que las semillas de zapallo se consiguen muy baratas en las casas de productos dietéticos
Frutas
"Una manzana por día aleja al médico de tu vida", decían las madres, y algo de razón tenían. Los nutricionistas afirman que a las frutas y las verduras es mejor comerlas dentro de la estación, porque además de evitar consumir un producto que ha sido forzado por los químicos cuestan menos. En el caso de las frutas, éstas son el final del proceso fértil de la planta y debido a su riqueza en agua son muy refrescantes y diuréticas, tienen acción laxante por la gran cantidad de fibras y por lo tanto contribuyen a los procesos de desintoxicación del organismo.
La mayoría posee acción alcalinizante del pH sanguíneo por la cantidad de minerales que tienen, aunque no se combinan bien con las proteínas ni con los hidratos de carbono. Como la digestión de las frutas se realiza casi exclusivamente en el intestino, no se aconseja comerlas inmediatamente después de las comidas ya que pueden producir fermentaciones y distensión.
Condimentos y hierbas
Los aportes de los condimentos suelen ser discretos, pero no por eso menos importantes. Además de potenciar el sabor de las comidas, las hierbas y especies tienen valor por sí mismas.
- El jengibre estimula la absorción intestinal de los nutrientes, mejora el sistema inmunológico y es un buena opción para destapar vías respiratorias y aliviar estados gripales. Es una raíz de sabor muy picante, pero en forma de infusión o jugo, suele ser todavía más eficaz.
- La nuez moscada es un antiséptico intestinal y detiene diarreas.
- La páprika o pimentón dulce cumple una poderosa acción antioxidante.
- El anís tiene acción sedante y antiflatulenta.
- El estragón estimula las funciones hepáticas.
Corazón sensible
Comer lo adecuado para vigilar el corazón y mantener a salvo la salud mental, de eso se trata las recomendaciones de la Fundación Favaloro y el Centro de Privado de Psicoterapias, y que son fórmulas de fácil aplicación.
- Para evitar la suba de las grasas en la sangre, es decir, el colesterol alto, abandonar las grasas nocivas: achuras, asado, fiambres, mantecas, evitar frituras y lácteos que no sean descremados.
- Optar por los cuartos posteriores de la vaca, como el cuadril y el peceto, que tienen menos grasa. Del pollo, lo mejor es la pechuga.
- Imponerse una rutina de 30 minutos diarios de ejercicio físico, aunque sea una caminata con ritmo. Recomiendan no hablar ni cantar durante el trayecto.
- Para los que pasan horas frente a la computadora, deben levantarse cada media hora y dar una vueltita para estirar piernas y brazos. Mover el cuello, usar la escalera en vez de los asensores, bajar dos cuadras antes del colectivo y caminar al trabajo.
- No poner sillas ni sillones al lado del teléfono, de modo de no dejar de moverse.
- Dedicarle más tiempo al hobby, o desarrollar uno si es que no se tiene ninguno
- Ir al cine más seguido, pero a ver películas entretenidas.
- Es recomendable reunirse con la familia y los amigos, e intentar contruir un ambiente agradable. Durante ese tiempo, evite tocar los temas de conversación que agotó en la semana: corralito, situaciones laborales, etcétera.
- Dosificar las noticias. No es necesario ver todos los noticieros antes de ir a domir. Si lo hace, no logrará un buen descanso durante la noche.
Asesoraron el doctor Roberto Peidro, Fundación Favaloro, y doctor Hugo Hirsch, Centro Privado de Psicoterapias.
Cómo vivir hoy, y aquí, y no perder la salud en el intento
Salud. Cinco letras solamente, que encierran desde el don de caminar, ver, hablar, pensar, comer o respirar sin dificultades hasta la posibilidad de tener una vivienda con agua potable, red cloacal y condiciones mínimas de higiene; desde el acceso a los alimentos básicos, a un empleo decente y a la libertad de expresión hasta la facultad de manejar las emociones; desde una vida espiritual bien cultivada hasta un sistema sanitario capaz de suplir las demandas de una población heterogénea.
¿Qué duda cabe? ¡La salud es nuestra mayor riqueza! Pero cuántas veces la hipotecamos, y hasta llegamos a perderla en la maratón cotidiana: nos identificamos con nuestro trabajo o con la falta de él; creemos ser lo que tenemos y, sin importar cuánto hemos alcanzado, somos capaces de dejar hasta la vesícula y los riñones por poseer apenas un poco más.
¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿Olvidamos que la salud, acaso por tratarse de una manifestación dinámica, es precisamente el único bien que no puede acumularse?
Claro que sin trabajo no hay salud. Y mucho menos sin comida, vivienda o educación.
Por eso, por más tomógrafos que se compren, por más vacunas que se apliquen, por más hospitales que se construyan, las sociedades sin una buena distribución de ingresos y de oportunidades jamás gozarán de buena salud; la solidaridad es su bálsamo por excelencia. Sabemos que el amor cura y que el estrés mata. Pero, curiosamente, apenas si tenemos noción de cómo apaciguar la actividad incesante de nuestra mente. Y aunque la pregunta pueda sonar demasiado new age, o aparentemente carecer de rigor científico, ¿cuándo tomaremos conciencia del poder curativo del amor y de las relaciones afectivas, junto con la transformación espiritual que a menudo traen aparejados? Sabemos, también, que una dieta de bajo tenor graso puede agregarle un puñado de años a nuestra biografía limitada; pero eso no resulta una gran motivación para quienes se ahogan en la más desoladora de las tristezas.
Se vive repitiendo que las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en el mundo. Incluso en la Argentina. Y a la gente la torturan con las lipoproteínas, con la presión arterial, con los niveles de azúcar en sangre... Hay hasta quienes comentan sus últimas mediciones de colesterol como si se tratase de electrodomésticos. Y es cierto, la salud depende en gran parte de que esos valores se encuentren dentro de los parámetros normales. Sin embargo, no habría por qué poner tanto énfasis en esas cuestiones.
Porque una de las plagas más devastadoras no es la afección cardíaca física, sino la profunda sensación de aislamiento, vacío y soledad que se produce tras el desgaste de los lazos sociales que brindaban sentido de conexión y comunidad. Así, la pérdida de la sensación de pertenencia con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás es uno de los puntos de partida de la desconfianza, la corrupción y la violencia que vivimos actualmente. Solitarios, abandonados y excluidos, jamás estaremos sanos.
Por otra parte, tampoco podemos olvidarnos de la vital importancia de la educación, que disminuye tanto la mortalidad infantil como los accidentes de tránsito y previene una enorme cantidad de enfermedades infecciosas, como el sida, la tuberculosis, el cólera o el mal de Chagas; porque enseñando a alimentarse con los pocos recursos que se tienen y alentando la incorporación de hábitos saludables, se agregan no sólo cantidad y calidad de vida.
Puesto en palabras del filósofo francés Michel Foucalt: "La medicina no es una ciencia pura, sino que forma parte de un sistema económico y de poder; por eso es necesario determinar los vínculos entre la medicina, la economía, el poder y la sociedad para ver en qué medida se puede rectificar o aplicar el modelo”. "Alegría, moderación y descanso dan un tortazo contra las narices del médico", aseguraba, por su parte, Henry W. Longfellow. Y no está de más recordar que las manifestaciones artísticas en cualquiera de sus formas revitalizan el alma, las neuronas y los huesos, y que hasta se ha estudiado que el simple hecho de ejecutar un instrumento aumenta la longevidad.
Teléfonos útiles
- La Fundación Favaloro ofrece charlas gratuitas y abiertas donde un equipo de profesionales enseña técnicas de prevención y control del estrés emocional. La próxima es el 12 de septiembre, de 18 a 20, en Av. Belgrano 1723; 4378-1200 int 1816-1118
- En la Escuela de Cocina Natural se realizan charlas gratuitas sobre temas de alimentación y salud los primeros martes de cada mes, a las 18. Informes: 4781-1738
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