
Comenzaron a vender bicicletas en una casa de artículos para el hogar y en los años 80 explotaron gracias a los bicivoladores. Hoy, sus ventas se reparten entre las de fitness y las callejeras.
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Por Cicco / Foto de Ignacio Sánchez
Antes de convertirse en una de las fábricas de bicis más importantes de la región, y la razón de ser de esta crónica, Olmo era un nombre más en los libros de registros y marcas de la Argentina. Eso y solo eso. Un nombre de fantasía, con un número único que lo apuntaba en un libro muy grande, entre tantos otros nombres. Olmo era una idea en la cabeza de cuatro importadores del rubro que hace 50 años decidieron que ese nombre corto, fácil de memorizar, que remitía a un árbol bien argentino, podía generar un buen negocio si se daban las condiciones.
Pero hasta 1980, ese registro quedó flotando en el aire. Uno de los cuatro importadores que tuvieron la idea de la marca tenía su propia fábrica de bicis. Una sociedad llamada Mariló. Allí fabricaba las bicis Gala y Mini Gala. No le iba mal pero tampoco la levantaba en pala. Por esa época, las bicis en el país se hacían 100% con materia prima nacional. Eso sí: eran de acero, pesadísimas, toscas y poco prácticas. Mariló ya tenía el circuito cubierto de bicis con esas dos líneas, pero el dueño quería ir por más. Al gerente general, Ángel Berman, se le ocurrió una idea: “¿Y por qué no recuperamos la marca Olmo y lanzamos una línea con ese registro? Así entramos al mercado con un nombre y una línea diferentes”. El dueño le hizo caso. Pagó un valor equivalente a US$ 5.000 y se quedó con el nombre y solo el nombre. Porque Olmo, para entonces, carecía de modelos, de planos, de todo. Era —ya lo dijimos— un registro en un mar de registros. Y así sacó Olmo a la calle y empezó a rodar esta historia.
El gerente, Ángel, no era del palo: venía de trabajar en distribuidoras y su último empleo había sido en una fábrica de televisores. Tenía muchos contactos en casas de artículos para el hogar, pero en el rubro bici, estaba en llanta. Sin embargo, ese desconocimiento y ese origen fueron los que hicieron que hoy contemos la historia de Olmo y no la de cualquier otra fábrica.
Imagínese el rubro de los bicicleteros en plena década del 70. Un mercado cuyos representantes entraban en una mesa de cualquiera de bar; ninguno de ellos tenía grandes luces, ni grandes ideas ni grandes aspiraciones; pero Ángel —ya lo dijimos— era distinto. Hasta entonces, las bicis en la Argentina se vendían, como corresponde, en bicicleterías. Nadie lo cuestionaba ni se metía con él. Pero el último trabajo de Berman, vendiendo televisores, lo había empapado de códigos de venta distintos. Él vendía televisores sin importar el comercio ni el qué dirán. Es así como Ángel le fue con la idea al dueño: “¿Y por qué en lugar de vender las nuevas bicis de Olmo en bicicleterías no probamos en las casas de artículos para el hogar?”. La idea era osada y sin precedentes. El dueño, de nuevo, puso la oreja y aceptó el desafío.
Tuvieron suerte: en los años 80, el cine les dio una mano. El estreno de Los bicivoladores, sobre un grupo de chicos bikers que desbarataban una banda de asaltantes de bancos, fue un boom y un salto meteórico para los fabricantes de rodados. Las BMX que usaban los protagonistas se transformaron en el nuevo capricho de niños y jóvenes del mundo.
Con bicivoladores por cada esquina, buscando atrapar malhechores y rompiéndose las rodillas, el mercado del rodado se revolucionó de la noche a la mañana. Y Olmo picó en punta. Se transformó en el emblema local de la bici BMX. Además, auspiciaba a la estrella del momento, el gran Marcelo Alexandre, campeón mundial juvenil de ciclismo de ruta y parte del equipo Olmo.
En ese tiempo, Olmo era líder en los dos segmentos del mercado: cross y ruta. Pero llegado 1989, por diferencias con el dueño, Berman dio un paso al costado. Y, en siete años, vaya a saber por qué razones, Olmo se fue a la quiebra. Berman, con todo el conocimiento a cuestas, creó su propia compañía de rodado junto con un socio –Alberto Tandecarz–, y la llamó Junior.
Y, en 1998, llegó el momento esperado: se lanzó el remate judicial de la empresa Mariló, que incluía la preciada marca Olmo. Ángel Berman y su socio Alberto pidieron prestado, rompieron todos los chanchitos habidos y por haber y se quedaron con la compañía. El costo de semejante apuesta: un millón de dólares.
Valía la pena. Olmo ya no era más un nombre. Era una fábrica hecha y derecha, con una planta de 1.500 metros cuadrados en Morón, con máquinas propias que no dejaban pieza de bici sin producir.
Tardaron seis meses en quitar el polvo y volver a poner esa fábrica en funcionamiento. El día que desembarcaron aún había herramientas en el suelo, ropa en los lockers de los operarios, la sensación de que más que una quiebra, todo estaba empapado de un espíritu de pausa y paréntesis. Un paréntesis de unos seis años.
Había materiales oxidados, sucios. Hubo partes que se tiraron y partes que se vendieron a gente del gremio. Se trajeron repuestos de Italia para el tren de armado: la famosa cinta transportadora donde se ensambla la bici. Se colocó una computadora asociada al motor para medir los tiempos, las unidades que se fabrican cada día. Se pagaron € 50.000 por una máquina de armado de ruedas traída de Francia. Y otros € 50.000 para importar una máquina de mano y de corte made in China y Taiwán.
En 1999, se relanzó Olmo Bikes. Fueron astutos: hasta entonces, el mercado de las bicis era bien estacional. Se vendía para las fiestas y para el día del niño. Luego era una larga y miserable espera. Berman, para revertir la tendencia, creó la línea de bicis de fitness, con una venta estable a lo largo del año. Y así, aprovechando la flotación que tenía la marca en el inconsciente colectivo de la muchachada argentina, Olmo volvió al mercado.
El comienzo fue duro, en plena recesión. Primero, el efecto Tequila; luego, el desmadre de 2001. El primer año fue a pérdida. Y, en poco tiempo, tuvieron que llamar a concurso preventivo. Tenían 15 operarios y muchos proveedores a los que no podían rendirles cuenta. Se sentaron con todos y negociaron un plan de pagos. Para la mayoría de las empresas locales, el concurso preventivo es el paso previo a la quiebra. Pero Olmo salió a flote. O, mejor dicho, rodando.
En 2002, salieron del concurso. Apostaron en grande en publicidad y el resto confluyó para rescatarlos del lodo de la crisis. Para no quedar atados a la fijación del precio unilateral de los hipermercados, decidieron venden sus bicis por otros canales y poner ellos mismos los precios que consideraban justos.
El mercado, con el tiempo, se estabilizó. Y Olmo generó una cartera de 1.000 clientes a lo largo y ancho del país. Estableció una fábrica a todo trapo de 3.000 metros cuadrados en Morón, el mismo lugar que los vio nacer.
Hoy, fabrican y venden 40.000 bicis al año y 30.000 bicis fijas de fitness, que ellos diseñan y luego importan. Tienen 25 operarios a full en la cadena de producción y otros 25 en diversas áreas de la fábrica.
Hoy en día, las cosas han cambiado puertas adentro. Todo lo que es transmisión de la bici, como cambios, cadena, piñón, plato, es importado. Y las piezas vienen de China, de Japón o de Malasia. El resto, cámaras, cubiertas y rayos, se fabrica en el país. Trabajan los tres elementos: acero, aluminio y carbono, de competición.
Olmo incorporó a Sergio Berman, hijo de Ángel, y a Martín Tandecarz, hijo de Alberto, quienes viajan todos los años a exposiciones en Alemania y Taiwán para ver en qué anda la cosa. Hoy el equipo Olmo de mountain bike tiene seis corredores: Palito Macías, cuádruple campeón panamericano, es el glorioso capitán.
Mientras en el rubro ya hablan de bicis cada vez más tecnológicas, Olmo no es más un nombre de fantasía dormido en el registro de marcas. Es la bandera de un fenómeno que, por más crisis que lo atraviese, siempre saldrá andando sobre ruedas. Dos ruedas.
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