
Con espíritu inmigrante
Tiene una tradición que se remonta a la época de la colonización y que se afianzó, más tarde, con la llegada de los friulanos. En la cordobesa Colonia Caroya y sus alrededores, los jesuitas plantaron los primeros viñedos y, en los últimos años, una reconversión la orientó a la elaboración de vinos finos. Del lagrimilla a los nuevos varietales
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COLONIA CAROYA.– Créase o no, hasta el siglo XIX, en todos los departamentos del norte, centro y oeste de la provincia de Córdoba existían viñedos.
Pero fue Colonia Caroya, una localidad ubicada en el faldeo de las sierras Chicas, fundada en 1878 por laboriosos inmigrantes friulanos, donde con el tiempo se desarrollaría una pujante industria vitivinícola.
Porque aunque aquí también se cultivan durazno, manzana, batata y maíz, se fabrican chacinados –los salames de la Colonia son famosos, y con razón– y se preparan dulces y conservas, los vinos son el boom de esta pintoresca localidad ubicada 55 km al norte de la ciudad de Córdoba y en cuya avenida principal los centenarios plátanos carolinos forman un amplio, alto y largo túnel de 11 kilómetros.
Claro que no conviene confundirse. La vitivinicultura no sigue aquí una moda ni busca asociarse rápidamente al crecimiento que experimentan los vinos de regiones típicamente vitivinícolas, como Mendoza o San Juan.
Colonia Caroya tiene una tradición que se remonta a laépoca de la colonización española y que se afianzó siglos más tarde con la llegada de los inmigrantes italianos provenientes de la región del Friuli, impulsados por una ley del presidente Avellaneda destinada a fomentar la inmigración europea en estas tierras.
Reconversión
Durante los últimos 125 años, hacer vino casero ha sido una tradición de toda familia asentada en la zona. Los pobladores más antiguos recuerdan que si en Colonia Caroya había 300 familias, había también 300 bodegas familiares, porque cada casa tenía la suya para la elaboración del vino que se tomaba cotidianamente. Con el paso del tiempo comenzó a surgir la iniciativa de producirlo no sólo para el consumo personal, sino también en forma comercial.
La necesidad de maximizar esfuerzos llevó a los minifundistas a unirse en cooperativas, y así nació, en 1930, La Caroyense, con 34 socios fundadores, todos friulanos o descendientes.
Santiago Lauret, enólogo de la bodega, recuerda que en esa época las variedades que se plantaban eran uva francesa, frambua y, en menor escala, verduch y cuatroyé, todas para la elaboración de vino común. Este perfil de producción masiva, en el que se privilegiaba la cantidad sobre la calidad, duró décadas, pero hacia 1990 estaba agotado.
En 1992, Lauret presentó un proyecto de reconversión vitivinícola de Colonia Caroya. Con el apoyo de la Secretaría de Agricultura de la Provincia de Córdoba se compraron 1000 plantas de 4 variedades (cabernet sauvignon, ancellota, merlot y sauvignon blanc) en Raucedo, provincia de Pordenonne, en la región del Friuli.
Se hicieron pruebas de cultivo que demostraron que las plantas se adaptaban muy bien al clima y suelo locales, y en 1996 el municipio compró 70 mil cepas, que distribuyó gratuitamente a 74 productores. Luego trajeron otras variedades, como malbec, chardonnay, malvasia y syrah.
Esta reconversión cambió el carácter productivo de la región, que destina hoy 300 hectáreas a viñedos, distribuidas entre 178 productores.
Desde 2000, La Caroyense no es más una cooperativa. Fue comprada por inversores privados que aportaron equipamiento técnico para la elaboración de vinos de calidad destinados al consumo interno, si bien han comenzado a incursionar en mercados externos, como el peruano. Santiago Lauret, siempre al frente de la bodega, comenta que también produce jugo de uva en gran escala y hasta champagne.
Pero uno de sus grandes orgullos es ser propietario de la marca Lagrimilla, como bautizaron los españoles al primer vino producido en estas tierras hace 400 años, hoy utilizado como vino de misa.
Claro que La Caroyense, con su típica fachada que imita la de la catedral de Udine, de donde provienen muchos de los fundadores de la Colonia, es la historia de la producción vitivinícola de Caroya, pero no toda la historia.
Otras bodegas que elaboran vinos con uvas propias y compradas a minifundistas locales son Campana, fundada en 1923, y Nannini, de 1920.
Alberto Nannini, enólogo y actual director de Bodega Nannini, recuerda que su bisabuelo, en los primeros tiempos, llevaba en carros tirados por caballos el vino que elaboraba hasta la ciudad de Córdoba, donde lo vendía en barriles de 200 litros. Pero fue su abuelo quien le dio un impulso industrial a la bodega, si bien la reconversión de vinos artesanales a finos comenzó en 1997. Nannini SA vende el total de la producción en el mercado argentino, siendo Córdoba el principal comprador, con el 75 por ciento.
Para saber más:
www.lacaroyense-sa.com.ar
www.friulanos.com.ar
www.coop5.com.ar/mueso
De pura cepa
Grande fue la sorpresa de las familias fundadoras, que traían entre sus humildes pertenencias algunas cepas de su Friuli natal para ver si prendían en América, al comprobar que en estas tierras cordobesas ya había plantaciones de viñedos y bodegas en funcionamiento, tanto en la Casa de Caroya, que dio albergue a los primeros inmigrantes, como en la cercana estancia jesuítica de Jesús María, ubicada a 5 kilómetros. No se trataba, además, de una historia reciente: las plantaciones de vid en esas tierras fueron las primeras y más importantes asentadas en el actual territorio argentino durante la conquista y colonización española. Hay constancias de que los primeros pobladores de la ciudad de Córdoba plantaron 10 mil cepas de vid en 1574, o sea, al año siguiente de la fundación de la ciudad. La bodega de la estancia jesuítica de Jesús María fue la de mayor volumen en todo el territorio del Río de la Plata.
El museo
En la casa Copetti, hoy convertida en museo, vivió una de las familias friulanas fundadoras de Caroya, los Copetti. Se trata de una típica vivienda rural, con características propias de la arquitectura popular italiana, que fue construida en 1890. La intención del museo es mostrar cómo fue aquel estilo de vida, de fe en el progreso y de laboriosidad, donde todo lo que se consumía, desde el pan hasta los chacinados o el vino, se fabricaba en la familia.
Hoy, en Colonia Caroya, wla mayoría de los descendientes de inmigrantes friulanos sigue viviendo así. Como si el tiempo no hubiera pasado...
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