
Con la casa a cuestas
El autor y director encabeza una de las compañías argentinas ovacionadas en el mundo. De gira con su nueva obra, habla de sus piezas teatrales como disparadoras de aventuras. "Únicamente en Miami nos fue mal", asegura
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Una casa rodante en medio de la nada. La escenografía de Dínamo, la nueva obra de Claudio Tolcachir en coautoría y dirección con Lautaro Perotti y Melisa Hermida, que protagonizan una cantante de rock en decadencia (Marta Lubos), una tenista que ha perdido a sus padres y cree ver muertos (Daniela Pal), y una inmigrante que vive en las alacenas (Paula Ransenberg), sirve para llevar a Tolcachir hacia otros sitios. O hacia otros temas, que no tienen que ver con la incomunicación ni la soledad que propone este montaje de texto exiguo, y que en el público provoca alabanzas y críticas encendidas.
Es alto, de pelo rojizo, pestañas largas y charla amena. En el creador de las también aplaudidas La omisión de la familia Coleman, Tercer cuerpo, El tiempo en un violín y Emilia aún persiste la mirada del nene tímido que soñaba con la imagen de la casa rodante que veía en las series de TV estadounidenses y que nunca tuvo. Sus recuerdos de aquellos tiempos se dividen entre una aversión por el colegio, en que no encajaba, y un amor por el teatro que descubrió gracias a que sus padres lo llevaban a ver espectáculos al Teatro Colón y al San Martín. Luego vinieron el Instituto Vocacional de Arte Labardén y la escuela de teatro de Alejandra Boero, donde, a los 12, terminó por enamorarse de su oficio; a los 16 se convirtió en asistente de profesores y asistente de dirección, y a lo largo de varios años conoció a algunos compañeros que se convertirían más tarde en parte de su compañía y de su sala llamadas Timbre 4.
Hijo menor de tres hermanos (el mayor es director de la Orquesta Sinfónica del Neuquén; el del medio, administrador de empresas), su fascinación eran los viajes en carpa. "Con mis viejos nos íbamos bastante al Sur, alguna vez también a Villa Gesell o a Escobar. Éramos de carpas de caño, que tenían hasta living", cuenta. Pero fue gracias al teatro que comenzó a viajar en serio. "Yo no había viajado nada en mi vida hasta Coleman, porque no tenía plata. Había ido a Uruguay, y a Santiago y al sur de Chile. El primer lugar al que viajamos como compañía fue Nueva York: un salto muy grande."
¿Fuiste derecho a Broadway?
Hicimos todo lo que pudimos, tratando de aprovechar el tiempo desesperadamente, porque, aparte, muchos de nosotros somos amigos desde los 14 años; algunos del colegio, otros de teatro. Entonces, que te toque viajar con tus amigos a Nueva York, con una obra de teatro, es un regalo. La excitación era enorme. El problema era dormir, porque no podíamos bajar…
¿Cuál es el lugar más lejano al que te ha llevado el teatro?
A Shanghai, China, territorial y culturalmente. Fue en 2013, creo, por una invitación de la embajada argentina, que quiso mostrar algo distinto al tango. Es genial cuando estás en un lugar donde no reconocés nada… También estuvimos en lugares raros, desde escenarios al aire libre, en Galicia o Lisboa, o teatros romanos, hasta canchas de básquet, no recuerdo si en una escuela de México, Perú o Bolivia, donde los chicos se encontraban con nosotros cuando sonaba el timbre y salían de la sala. Esa es la vida del actor trashumante…
¿La reacción cambia de un público a otro?
En China, como culturalmente es tan distinto, se quedaron más impactados por el comportamiento de los actores, la forma en que se tocaban y se trataban los personajes, que por la obra en sí. Allá son muy respetuosos con el contacto físico: cuidan del espacio de uno y del otro, aunque sean muchísimos, y esto era muy invasivo para sus costumbres. Por suerte, en general, la reacción fue muy buena. Únicamente en Miami nos fue mal. Ahí fuimos con todas las obras, pero no es el tipo de trabajos que ellos, por ahí más acostumbrados al teatro de entretenimiento, quieren ver. Fue desconcierto en Miami…

¿Y hacés turismo teatral?
Todo lo que puedo. Más allá del problema del idioma, porque no hablo idiomas, en Francia, por ejemplo, trato de ir al Teatro de Soleil, de Ariane Mnouchkine. Con ella somos un poco amigos. Para El viento en un violín usamos escenografías de ellos. Nos abrieron los galpones. También han venido a ver obras nuestras. Cuando pasan por América latina, aun si no presentan obras en Buenos Aires, vienen a Timbre a dar talleres y a saludarnos. Siempre que puedo, más allá de los festivales, veo el trabajo de algún grupo independiente parecido al nuestro. Es interesante también la posibilidad de dar clases en el exterior. Socialmente permite otras cosas.
¿Qué tipo de cosas?
No hablo francés, aunque estoy estudiando y avanzo de a poco. Recuerdo que me tocó dar un taller de actuación de quince días en París. Y por mucho que se trate de París, si uno está solo, es un poco solitario. Tenía una traductora que se iba cuando la clase terminaba. Después de clases se armó la costumbre de ir a tomar algo con los alumnos, y yo ya con dos copitas hablaba francés (se ríe). Hasta me encontré a mí mismo explicándoles el peronismo, que no se puede explicar ni en castellano; en francés y entendiendo lo que ellos me decían.
Tolcachir era muy infeliz en el colegio, porque no había forma de que se interesase en los contenidos. "No prestaba atención, no recordaba lo que decían. Tenía problemas con la ortografía, con las matemáticas. En cambio, cuando iba a teatro, me acordaba de todo y me entusiasmaba." Era un chico con mucha imaginación, que jugaba solo. "No tenía mucha necesidad de jugar con otros. Jugaba con un palo, con un perro. Bailaba solo, sin música, porque escuchaba internamente la música, entonces en la escuela era un bicho raro. Ahí me costaba más comunicarme con los otros. Al descubrir el teatro, descubrí que contar historias tenía un sentido y que no estaba loco. El teatro me ayudó a aceptar quién era. Todo se ordenó y me fui encontrando con gente que me quería como era."
Él ha formado a mucha gente, por más de 20 años, en el país y también en España y Chile. Lo que más le interesa es la habilidad de descubrir qué tipo de actor es el alumno. "Tener la mirada suficientemente aguda para descubrir cuál es la estrategia que necesita ahora ese actor es lo que más me fascinaba de los profesores que tuve y es lo que uno va adquiriendo con los años: la observación y la intuición para descubrir qué le conviene al otro."
¿Qué te entregan diferente la dirección y la actuación?
La dirección es la excitación de todo, porque vos componés: con los actores, con la música, con la luz, con el espacio, con la sala. Son un montón de elementos que están en tus manos para construir una verdad o una magia. Eso es un desafío y una responsabilidad muy grandes. Como actor, la decisión es de otro. Uno tiene que darle verdad al personaje, lo cual es ya un montón de trabajo, pero el actor lo que tiene de maravilloso, que nunca lo tiene el director, es que se mira a los ojos con el compañero, piensa, le pasan cosas. El director siempre está afuera, mientras que el nivel de comunicación que tienen dos actores en el escenario no se tiene en ningún otro plano.
Querías ser cantante. ¿Es verdad?
Sí, y no me resigno. Quería ser rockstar, como todo el mundo. Soy tenor. Siempre estudié canto, desde la adolescencia. Un día me voy a animar.
¿Cantás en familia, con amigos...?
Canté en una obra mía, haciendo un reemplazo. Estaba con peluca y maquillaje, así que cantaba de lo más relajado. Y como estaba disfrazado, nadie me reconoció. Me gusta mucho el bolero, la música brasileña, el tango, el jazz.
A los 40 años, dice que si llega a tener alguna crisis de edad, probablemente se refleje en su próximo montaje. También dice que le atraen, sobre todo, las debilidades de las personas. Y eso se nota en sus obras. "Nos veo a todos nosotros como cachorritos destetados que nos largaron al mundo y estamos ahí viendo cómo carajo se hace. Ese lugar vulnerable me interesa mucho, tanto de las personas como de los personajes: la orfandad que nos atraviesa y que cada uno descubre cómo llevarla adelante, taparla, a través del humor o la inteligencia", enumera.
En un momento de la veintena, luego de haber trabajado con directores como Carlos Gandolfo, Agustín Alezzo y Juan Carlos Gené, y de haber incursionado en la TV y en películas como Buenos Aires me mata (1997), Tolcachir se quedó sin trabajo, y con dos gatos, dos perros y un alquiler que pagar. Entonces convocó a sus amigos para armar una compañía y un teatro propios. Así nació Timbre 4 en una ex fábrica de zapatillas de Av. Boedo 640 a la que se accede tocando el timbre 4 y a la que se sumaría otra sala en una antigua fábrica de sillas, a la vuelta (México 3554). En 2002, con la obra Jamón del diablo, de Roberto Arlt, sobre una sirvienta que sueña con recibir una herencia de 300 millones, quedó oficialmente inaugurada la sala.
Si bien para entonces Tolcachir ya había dirigido obras como Chau Misterix (1999), de Mauricio Kartun, y Orfeo y Eurídice (2000), de Jean Anouilh, nada le hacía sospechar el éxito de su siguiente proyecto. La omisión de la familia Coleman (2005), su primera pieza sobre los vínculos disfuncionales, giraría por diferentes ciudades del mundo y se mantendría en cartelera hasta hoy (en el Paseo La Plaza).
Mientras en estos días Tolcachir está con Dínamo en el Festival de Aviñón, hay otras dos obras que dirige en la cartelera porteña: La chica del adiós (Metropolitan Citi), una comedia romántica del estadounidense Neil Simon, con Diego Peretti y Paola Krum, y Tribus, una obra de la británica Nina Raine que acaba de estrenarse en el Paseo La Plaza. La pieza, con actuaciones de Patricio Contreras, Gerardo Otero, Miriam Odorico, Maruja Bustamante, Viki Almeida y Lautaro Delgado, habla sobre el intento de criar a un hijo sordomudo como si no lo fuera. En agosto, él se trasladará a Azul para el rodaje de una nueva película de Juan Bautista Stagnaro. Y volverá a su obra de la casa rodante para llevarla a Nápoles, Girona, Santiago de Chile, Lima y San Pablo.
"Siempre me la pasé haciendo castings, actuando y trabajando, y cuando descubrí que la autogestión era la única forma de no estar sometido a la decisión de los otros, entonces encontré mi lugar. Quería actuar, quería dirigir, pero no tenía una idea de lo que quería alcanzar, que seguro era mucho menos de todas las cosas buenas que me pasaron."
Tus obras son muy esperadas, no sólo en la Argentina. ¿Esto te provoca una presión?
Sí, pero tengo que vivir con eso. Es como un privilegio que se sufre en una medida, pero que a la vez permite contar con ciertos kilómetros de cosas ya ganadas. No hace mucho que sé lo difícil que es que te hagan una nota o que venga gente. La pelea sigue día a día. Es muy difícil, porque los espacios son pocos y lo que se hace es mucho. O conseguir una coproducción o poder viajar. Soy muy precavido y sé que nada es para siempre. Hago el esfuerzo de disfrutarlo y de seguir trabajando como si nada estuviera dado.
¿Seguís especialmente el trabajo de alguien?
De un montón. De acá, primero, todos tenemos que hablar de Kartun, no sólo por su valor artístico, sino por su coherencia personal, y su libertad y su generosidad. Él no segrega. No es que dice: "Esto que yo hago es teatro y lo que hacen los demás, no", como otros maestros. Los trabajos de Veronese me gustan mucho. Para mí son como pilares a seguir. Javier Daulte, también.
Sos de los que opina, como el dramaturgo español Juan Mayorga, que no hay nada más parecido a la vida que el teatro?
Es difícil generalizar... Para mí, el teatro es como un extracto de la vida que tiene un espejo poético que le da otra dimensión. La vida es más aburrida que el teatro. Vos estás en la parada del colectivo y tenés que esperar 40 minutos; en el teatro podés entrar directamente al trabajo (se ríe). Entonces, el teatro es como la vida, pero sin los tiempos de espera… Diría que lo que me fascina del teatro y de la vida es lo mismo: las personas, sus comportamientos, lo que callan, lo absurdo. Pero yo no intento que lo que escriba se parezca a la vida, porque lo que quiero es generar una vida ahí. Es como Beckett, que pone una mujer enterrada en la arena hasta la cabeza, es imposible, pero si eso tiene verdad, se vuelve posible y es terrible. Me atrae el juego de hacer verosímil lo inverosímil y hacer del absurdo una verdad que lo haga posible. Que el público sienta esto no puede ser, pero entro en este juego. Y en ese desafío, estoy detrás de cada obra.





