
Contra tiempo y marea
En Por qué dura el amor (Sudamericana), Raquel San Martín plantea que, aún con sus dilemas y ribetes, los vínculos a largo plazo nos provocan admiración y hasta cierta envidia. Aquí, un adelanto del libro
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Formar pareja puede ser la idea más descabellada que los seres humanos busquemos concretar. Pensémoslo un momento: que dos personas distintas, de entornos familiares diferentes, con aspiraciones disímiles y que previsiblemente cambiarán a lo largo de la vida, pretendan unirse en un vínculo satisfactorio, que incluye convivir todos los días, mantener fidelidad, unir bienes y ganancias, y eventualmente tener hijos, es un desafío extremo. Si a la descripción agregamos la pretensión de que ese vínculo se prolongue en el tiempo, al compás de los cambios de todo tipo que cualquier persona atraviesa, ya sentimos estar en el territorio de la utopía.
Sin embargo, todos conocemos personas que lo logran. ¿Hay un secreto que se guardan los que llegan a hacerlo? ¿Es posible atravesar las rutinas, los avatares cotidianos y las influencias del resto del mundo con el amor ileso y en buena forma? El amor y el tiempo ¿son compatibles? O, lo que es casi lo mismo, ¿estamos condenados a la ruptura cada tanto y, a lo sumo, a la monogamia serial, o se puede conservar la meta de un amor a largo plazo sin sentirse cursi o inocente?
(...)
El amor es, en nuestra sociedad y en este tiempo, condición esperable y deseable para el matrimonio o para formar una pareja. Nadie se atrevería a confesar alegremente que se casa porque le conviene compartir gastos, para ganar apellido, linaje o nacionalidad del otro, porque quiere tener un hijo antes de que sea demasiado tarde o para sacar un crédito hipotecario con más beneficios, aunque algo de esto tenga en mente.
No siempre fue así. El matrimonio cumplió todas esas funciones a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo; muchas veces se privilegiaron unas sobre otras, y dejaron al amor en un segundo plano o ni siquiera lo incluyeron en el escenario.
Pero en sus telenovelas, en sus revistas, en su marketing matrimonial, en sus canciones, en su literatura, en lo que se les enseña a niños y niñas mientras crecen, en los discursos religiosos, nuestra sociedad ama y busca el amor, y no en cualquier forma. El ideal que se persigue es un amor perfecto, embelesado, sin vaivenes, sexualmente sorprendente todo el tiempo, exclusivo de uno a otro. Un amor, digamos, ideal.
Sin embargo, ese discurso convive tramposamente con un escepticismo creciente, que a veces muta en sarcasmo desilusionado: es obvio y constatable que el amor así no existe y, si se encuentra, no dura. Las parejas que llevan muchos años juntas se explican por una multitud de razones: comodidad económica, amantes ocasionales o estables, la necesidad de criar a los hijos, mandatos familiares irrompibles. El amor por sí solo, el romance, la pasión, los proyectos compartidos, la historia en común, aseguramos con un gesto de suficiencia informada, no alcanzan para vencer el paso del tiempo.
Se asegura que vivimos en una época de individualismo exacerbado y falta de compromiso, de desapego y dificultades para comunicarnos. De valores "posmaterialistas" que se resumen en el énfasis en la autonomía, la expresión de las necesidades personales y la búsqueda de la "calidad de vida" individual (...). Pero atribuir sólo a ese clima de época el escepticismo con el que miramos el amor a largo plazo parece simplificar demasiado.
Es indudable que algo nos hace seguir buscando, escépticos o no, el amor duradero (...). Como sea, hay algunos números cercanos que respaldan la idea de que esta sociedad "divorcista" -como se la ha llamado- sigue apostando por las uniones. Según datos del Registro Civil de la Ciudad de Buenos Aires, durante 2009 y hasta febrero de 2010, se casaron 13.230 parejas. Si a ellas se suman las 607 que optaron por la unión civil y las 12.228 que solicitaron certificados de convivencia, la suma totaliza 26.065 uniones, casi cuatro veces más que las 6702 parejas que se divorciaron en el mismo período. Se podrá contraargumentar que las cifras no incluyen a las parejas que se arman y se disuelven sin dejar registro en el Estado, y es cierto. Pero de todos modos son un indicador de que, aun cercados por el imperio del corto plazo, seguimos buscando armar pareja. Se insistirá en que estos números hablan del inicio de las relaciones, o de su etapa de consolidación, pero no dicen nada de la duración de estos vínculos. Habrá que aceptar ese argumento como posible: seguramente en esta época nos casamos o nos unimos con distintas personas varias veces en la vida, y esa posibilidad social y cultural de volver a empezar puede ser una de las razones de que miremos el amor a largo plazo con sospecha.
El panorama para buscar pareja no podría ser hoy más complicado. Tenemos supuestamente libertad para casarnos con quien queramos, y no con quien corresponde, nos obliga nuestra familia o nuestro origen social, ni siquiera nuestro género. Pero la tarea se ha vuelto ciclópea. Queremos todo de una pareja: la seguridad de la familia tradicional, los hijos, la tranquilidad económica, el vértigo de la pasión, el compañerismo de la convivencia, el interés del otro sobre nosotros en todo momento (...).
Haber incorporado el amor al matrimonio nos ha dejado frente a una contradicción esencial: cómo hacer convivir la intensidad, la idealización y el deseo sexual permanente con la aceptación de los defectos del otro, los renunciamientos personales que supone convivir, las responsabilidades laborales y las necesidades de los hijos. Cómo conciliar la intimidad con el supermercado; el corazón acelerado con compartir el baño temprano a la mañana; la salida romántica con discutir el recorte de gastos necesario para afrontar el colegio de los chicos (...).
Aun así, no importa qué tan escépticos seamos sobre el amor a largo plazo, cuando lo reconocemos solemos mirarlo con admiración y cierta envidia. Esos vínculos que hacen visiblemente felices a otras personas tienen un dejo de imposible conseguido, de triunfo sobre el tiempo y sus supuestos correlatos de rutina y aburrimiento. Los rodea un misterio apasionante: ¿por qué ellos pueden? ¿Es casualidad, un gen favorable, una lista de consejos seguidos al pie de la letra, mucha comunicación y diálogo, buen sexo, todo eso junto?
Es un enigma, a la vez, perturbador: si ellos pueden, ¿podré yo? Mejor aún, ¿podremos nosotros?
* * *
Vivi y Héctor
33 años juntos
Pocas personas pueden ver su vida casi entera si se asoman a la puerta de su casa. Vivi y Héctor pueden.
Cruzando la avenida, justo enfrente, donde ahora hay una estación de servicio, estaba el mercado del barrio, donde los padres de Vivi tuvieron durante años un próspero puesto de verdulería, donde ella aprendió a andar en triciclo, a acomodar tomates en los cajones, a cobrar a los clientes y a administrar su propio negocio. Aquí, al lado de la casa, conectada por dentro con ella, está la librería de la que Héctor y Vivi son dueños, la que abrieron el abuelo y el tío de él hace setenta y cinco años, la que ellos heredaron, ampliaron e hicieron producir hasta dejar fuera del negocio a su principal competidor. Unas cuadras al sur está el pequeño departamento donde vivieron después de casarse; a la vuelta, el que ocuparon unos años después. Aquí, en el living, el espacio que refaccionaron a gusto cuando Héctor heredó para sí mismo la casa en la que había nacido.
Para Vivi y Héctor, sin embargo, la vida no es continuidad.
Hay una separación que incluyó un viaje de miles de kilómetros para poder resolverse, una decisión de tener hijos que se tomó despacio y con dudas, un primer bebé que no pudo ser, una atracción desde el comienzo que también trajo tormentas.
Podrán vivir en el mismo espacio en que se vieron por primera vez hace treinta y siete años, pero Vivi y Héctor se las arreglan para no estar en el mismo lugar.
* * *
Javier y Laura
32 años juntos
Laura quería ser vedette. A los 13 años, hubiera dado todo por cambiar las clases obligatorias de danza clásica y piano por un rato de plumas, glamour y escaleras bajadas con estudiada elegancia. "No te da la altura", sentenció la mamá, y ella estudió fonoaudiología.
Javier quería ser futbolista. Dos veces se fue a probar en distintos clubes, pero una patada y una lesión inesperada lo dejaron fuera de carrera antes de empezar. Javier es arquitecto.
No han abandonado esas pasiones: Laura se arregla, se mira y trata su cuerpo como si estuviera en exposición; Javier respeta religiosamente su cita semanal con el fútbol, que lo trajo anticipadamente de la luna de miel y a veces lo hace interrumpir por unos días una obra en marcha.
Es la misma pasión con la que han atravesado casi treinta y dos años juntos, en los que tuvieron conflictos con la familia y los amigos de él, con la madre de ella, con el momento del casamiento, con la crianza de los hijos y la decisión de tener uno más, con el manejo del dinero. La misma pasión con la que, cuando hablamos juntos, se miran entre ellos:
-Ella cambió mucho. Se banca cosas que antes no se bancaba.
Es más tolerante, más diplomática, más sabia.
-El es más comunicativo de lo que era. Es más demostrativo, tiene más en cuenta al otro.
-¿A vos?
-No sólo a mí. A los chicos.
-Siempre tuve en cuenta a los chicos.
Es, parece, la misma pasión que hace seguir ese aparente desacuerdo de una sonrisa que es un código, un brazo sobre el hombro, una caricia en la cabeza, un regreso a algún lugar del que el resto del mundo está excluido.
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Carolina y Manuel
20 años juntos
La película no había sido la mejor elección. Cementerio de animales significó dos horas de escenas terroríficas, sangre y aullidos, que Carolina y Manuel soportaron entre avergonzados y divertidos, casi sin mirarse. Tenían 17 años, era la primera vez que estaban totalmente solos, pero cada uno se quedó pudorosamente en su butaca, sin aprovechar el miedo y la oscuridad para dar el paso que entonces lo cambiaba todo.
Cuando salieron, Manuel no dejó pasar la siguiente excusa. Para cruzar la ancha avenida Cabildo le dio la mano a Carolina pero, tímido, se la soltó apenas alcanzaron la vereda opuesta. Ella lo miró extrañada por un segundo, sin decirle nada. Y él entendió: ya no tenía que soltarla.
Como ese día de hace casi veintiún años, hoy también, a veces, Carolina y Manuel se sienten raros: pasaron más años de sus vidas juntos que separados; esperaron años para tener relaciones, y aún hoy creen que la primera vez en serio, la que significó algo, fue la noche de bodas; él evita las invitaciones de sus compañeros del banco para divertirse a espaldas de su mujer después de la oficina; ella escucha extrañada las historias que le cuentan sus clientas sobre parejas que se crean y se disuelven tan rápido que uno se confunde quién estaba con quién.
Se ríen cómplices cuando lo dicen en la cocina de su casa -ella hamacando a la beba de tres meses, él pasándole un mate-, y uno piensa que en cualquier lugar puede armarse un refugio a prueba de oscuridades y de dudas. Sólo hay que ponerse de acuerdo.
Más datos Periodista de LA NACION, San Martín observa que a través de los años los vínculos se convierten en un desafío y reúne testimonios de larga data, a prueba de todo.






