
Córdoba: Las Misiones Jesuíticas
Un notable grupo de conventos, iglesias y estancias levantados por los jesuitas hacia el año 1700 espera, en los próximos meses, el veredicto de la Unesco para ser declarado Patrimonio de la Humanidad
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Declaradas Monumento Histórico Nacional a partir de 1939, las Estancias y la Manzana Jesuítica de Córdoba fueron postuladas en junio de 1999 para integrar la Lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad.
En 1997, Mimí de Soya, Mario Borio y Lucila Barnes comenzaron a reunir los antecedentes necesarios para la nominación.
Fue la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, el organismo a cargo de la presentación preliminar, integrado por un conjunto de carpetas con planos, fotos y textos. Una vez cumplida esta primera etapa, los edificios fueron visitados por el evaluador del Buró de la Unesco, Gustavo Aráoz.
La brasileña Susanna Sampaio, también directiva de la Unesco, estuvo a cargo de la clasificación del material y en el último mitin del secretariado del organismo, celebrado a fines de junio último en París, se recomendó la nominación que, es de esperar, se hará efectiva en el plenario de la Comisión de Patrimonio de la Unesco, que se realizará a principios de diciembre próximo.
Las estancias, edificadas en una geografía accesible, de gran belleza arquitectónica y sólida opulencia, similar a los más significativos monumentos urbanos, constituyeron una organización productiva cuya riqueza se destinó a mantener la excelencia educativa y el crecimiento de las universidades y colegios jesuíticos, y a servir, subsidiariamente, al titánico proyecto evangelizador de las misiones.
El 28 de junio de 1899, en la sede de la Unesco, en París, fue entregado en solemne ceremonia el dossier del proyecto El camino de las estancias, integrado por ocho tomos y un video. Un trabajo coordinado por Magdalena Faillace (ver recuadro) en el que colaboró un grupo de destacados investigadores y técnicos.
Córdoba, ciudad central. Emplazada en la mitad de la ruta que unía el Virreinato del Río de la Plata con el del Alto Perú, a igual distancia de los dos grandes océanos, en los confines de la pampa, allí donde la tierra se repliega en amenas serranías, la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía fue, desde los tiempos tempranos de la colonia, asiento de valientes conquistadores, frailes estudiosos y tenaces constructores.
En la primera mitad del siglo XVII, y una vez que amainaron las reyertas civiles y los combates contra los nativos, diaguitas, juríes y comechingones, comenzó un período de auge constructivo, durante el cual la capital mediterránea se cubrió de templos y monasterios.
Floreció así una arquitectura regional que, si bien es de llamativa sencillez en comparación con la de otros países americanos, fue la más significativa en relación con la extrema pobreza de la producción local. Franciscanos, dominicos y mercedarios levantaron gran parte de los primeros edificios, aunque es a los jesuitas a los que se debe la mejor y más vasta obra. Tanto en la ciudad como en la provincia dejaron su huella en templos, conventos y magníficas estancias. Estas últimas, y a diferencia de las misiones del Paraguay, cuya función era la evangelización, las fincas cordobesas estaban destinadas a mantener con sus productos las fundaciones jesuíticas de la ciudad. Para la mano de obra pesada contaban con cuadrillas de esclavos entrenados en las tareas rurales.
Alrededor de 13 años después de la fundación de la ciudad de Córdoba, en 1586, arribaron los primeros padres de la Compañía de Jesús, la orden que fundó el caballero vasco Ignacio de Loyola en 1540 y tuvo una destacada actuación en la renovación de la Iglesia Católica durante la Contrarreforma.
Eran educadores, estudiosos y misioneros, y aunque es sabido que tenían un solar asignado en la ciudad desde su fundación, sólo aceptaron establecerse en 1599, en el predio limitado por la Avda. Vélez Sarsfield, las calles Caseros, Duarte Quirós y la hoy peatonal Obispo Trejo; una zona que ha pasado a la historia como Manzana Jesuítica.
El terreno ya contaba con una pequeña ermita dedicada a los santos Tiburcio y Valeriano, protectores de Córdoba, luego de que una invasión de langostas azotara la economía local.
El camino de la fe. La afluencia cada vez mayor de alumnos al noviciado puso en grandes aprietos económicos a la Compañía, situación que se agravó cuando el obispo Fray Hernando de Trejo y Sanabria creó la Universidad.
Expertos en el manejo de economías sustentables, los jesuitas advirtieron que la única forma de escapar a la extrema pobreza en la que se encontraban era intentar el sistema productivo de las estancias.
Así fue como, gracias a numerosas mercedes y donaciones, se fueron formando, hacia 1618, Caroya y Jesús María; en 1622, Santa Catalina; en 1644, Candonga, la quinta Santa Ana y el puesto de Calera; dos años más tarde, Alta Gracia, y, por último, La Candelaria. Cada una de las estancias jesuíticas generaba los fondos necesarios para sostener otro establecimiento de la ciudad.
De este modo, Caroya era un establecimiento rural que, además, estaba destinado a las vacaciones de los alumnos del Convictorio de Montserrat; Jesús María se distinguía por su producción de vino (honroso antecedente del prodigioso frambua de Colonia Caroya); Alta Gracia, por sus tejidos de lana y algodón; mientras en Santa Catalina funcionaban dos molinos de granos y un aserradero.
En La Candelaria como en Alta Gracia se criaban mulas, tan preciadas para el comercio virreinal.
Los jesuitas construyeron represas en los ríos con el fin de acumular agua que luego era conducida por canales y acequias. También erigieron molinos, a los que solían adosar un batán, que servía para golpear tajamares, percheles y graneros para estibar las cosechas.
Es de destacar que, en la actualidad, Alta Gracia conserva el sistema hidráulico que nace en un dique levantado con piedras asentadas con cal por los jesuitas.
El programa de necesidades al que respondía la organización de las estancias era sencillo e incluía la capilla, la sacristía, los claustros de aulas alrededor de un patio, las habitaciones para los padres también claustrales, el refectorio, la cocina, los talleres y la ranchería.
Si todo sale como está previsto, en pocos meses más esta reliquia de una época conservada con más entusiasmo, cariño y pasión que fondos, pasará a formar parte del Patrimonio de la Humanidad.
Para Córdoba, la distinción sumará un motivo más de orgullo a la ya ancestral alcurnia de La Docta. Destino obligado de miles de turistas de la Argentina y del mundo entero, la capital mediterránea se integra con los mejores argumentos a un recorrido que incluye parajes de altura en las Sierras Grandes, arroyos de aguas cristalinas y testimonios de noble arquitectura, que en cada piedra pueden narrar una larga, reconocible y querida historia.
Palabra de conocedora
Magdalena Faillace, presidenta de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, siente que está cada vez más cerca la declaración de la Manzana y las Estancias Jesuiticas de Córdoba como Patrimonio Cultural de la Humanidad. "La Manzana fue el corazón y el cerebro de la urbanización jesuitica. La iglesia de la Compañía de Jesús y su capilla doméstica son únicas.
-¿Cuáles fueron los puntos relevantes de la presentación?
-El barroco argentino es despojado, austero, y está íntimamente relacionado con el legado y el espíritu de la Compañía de Jesús. Este fue un argumento decisivo para la Unesco, puesto que el conjunto nominado conserva prácticamente intactos sus valores originales.
La casa de todos los Díaz
Desde tiempos inmemoriales la vida de Santa Calitana se asocia con la familia Díaz, propietarios de claustros, cuartos y patios del convento construido por los jesuitas en las sierras de Córdoba. En 1763, el padre Abreu estimó que "Santa Catalina contaba con 406 esclavos , 12.000 cabezas de ganado, 6000 ovejas y otras tantas mulas". Este año, en ese paisaje domesticado por el arte pasa sus veranos la descendencia de don Francisco Antonio Díaz, que compró la estancia en la subasta organizada por la Junta de Temporalidades una vez que los jesuitas se retiraron. Por cuenta propia, don Francisco amplió la casa que hoy es morada solariega, en el tórrido verano cordobés, de los Díaz Núñez, de la Torre, Villada Gavier, Díaz Funes, Bulygin, Díaz Frías, Hobbs y muchos más, parientes cercanos, políticos y lejanos del viejo tronco original. Los últimos en sumarse al vecindario han sido Elvirita Blygin y Luis Moreno Ocampo que eligieron levantar la casa junto al majestuoso espejo del tajamar.
A. de A.






