
“Creo que nunca salí de la cabeza de Robledo Puch”
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Conocí a Robledo Puch la mañana del viernes 18 de julio de 2008", relata el marplatense Rodolfo Palacios en su primer encuentro con el hasta entonces infranqueable hombre que fue condenado a cadena perpetua y que lleva 46 años en prisión. Durante un año lo visitó en la cárcel de Sierra Chica; entre aquellas paredes entabló una relación que moldeó en la biografía El Ángel Negro, la feroz vida de Carlos Robledo Puch, el disparador para que Luis Ortega ideara a su propio Carlitos.
¿Cómo fue volver a meterse en la cabeza de Puch para escribir junto con Luis Ortega y Sergio Olguín el guion?
Creo que nunca salí de la cabeza de Puch. Creo que los encuentros que tuve con él durante un año me transformaron. Lo último que supe es que no me guarda cariño. "Mandale decir a ese que si algún día vuelvo a salir, lo primero que voy a hacer es meterle tres cuetazos en la nuca", le comentó a Julián Zalloechevarría, un ladrón de bancos con el que se encontró en el sector de sanidad de Sierra Chica. A esas palabras no las tomo en serio. Pero conservo aún las 40 cartas y dibujos que me mandó.
La película indaga en la mente de un chico, donde matar para él no es algo real. ¿Creés que para Puch era así?
Robledo robaba y gastaba el dinero en boliches de moda o en autos. Quizá había algo más poderoso que estaba impregnado en él, como si fuera un juego, su propio cuento de hadas. O una misión. Creo que el Carlitos creado por Luis es único. Y genera muchas interpretaciones. No es una copia del Robledo real. Es un personaje de ficción. La realidad es que los peritos que lo examinaron dictaminaron que no actuó con el motor de la voluntad parado y la conciencia en suspenso, como un avión planeado. Es decir, para ellos mató a conciencia.

¿Considerás que la sociedad cambió su mirada hacia la figura de Puch?
Cuando lo detuvieron, en 1972, fue como una atracción de un circo siniestro. La prensa lo demonizó y la gente iba a las reconstrucciones de los crímenes para lincharlo o verlo de cerca. Quizá ahora se lo ve de otra forma porque lleva 46 años preso y siempre se lo pone de ejemplo como el único que cumple la condena perpetua. Hasta Puccio salió libre, y eso que recibió la misma pena que Robledo.
Diversos especialistas en asesinos en serie aseguran que estos casos llaman la atención popular porque cumple con una función "social" permitiéndonos satisfacer nuestras fantasías más vengativas, como una especie de catarsis.
Netflix está llena de series con asesinos seriales, detectives y víctimas. Ya me resulta aburrida esa insistencia. Está claro que todo asesino surge de la misma sociedad en la que vivimos y hace las mismas cosas que nosotros hacemos: ir al cine, al mercado, a pasear. Creo que hay algo que no todos tenemos en cuenta: se nos parecen mucho y hasta podemos coincidir en alguna que otra opinión o emocionarnos con el mismo libro o la misma película.
¿Entonces por qué creés que existe esta fascinación?
Elisabeth Roudinesco (historiadora y psicoanalista francesa) dice que el mal fascina, por eso lo negamos. Y que es más fácil hablar de la perversión que practicarla. Quizá cada sociedad tiene el asesino que se merece. Lo interesante es tratar de entender cómo los asesinos llegaron a convertirse en eso que son.
¿Qué considerás que lleva a una persona a matar?
Los peritos que examinaron a Robledo dictaminaron que lo suyo era congénito, que venía desde lejos. No creo que nadie nazca asesino. Hablé con muchos asesinos y la mayoría –o los que quieren contar su crimen– no pueden recordarlo. O por momentos lo olvidan, como si la mente se les pusiera en blanco. No sé qué debe recordar Robledo Puch de lo que hizo hace 46 años. Recuerdo que Barreda me decía: "Hay días en que no recuerdo lo que pasó, pero cada tanto viene a mi mente y me derrumbo".
Enrique Symns, en uno de los textos que sirve de prólogo a tu libro, se pregunta: "¿Cuarenta y cinco años encerrado pueden anestesiar o erradicar de la conducta de un hombre el impulso de matar?".
Estoy de acuerdo con lo que dice Enrique. Opinaría de otro modo si fuera familiar de una de las víctimas. Pero tantos años de encierro le hicieron un daño irreparable, como el daño que él causó. Vivió motines, vejaciones, torturas. Todo lo peor que puede vivir un ser humano. Como decía Osvaldo Soriano: "Al matar se mató a sí mismo. Fue su peor verdugo". De Robledo, hasta los peritos contratados por su familia decían que era incapaz de derramar una lágrima, despiadado y perverso. Sin embargo, un día me habló de su infancia, recordó cuando su padre le enseñó a remontar un barrilete, y lloró como un niño. Para mí ese momento fue bastante revelador, porque era mostrarme una esencia desconocida. Yo había pensado que me encontraría con un monstruo enjaulado. Y no fue así.





