
Cuando el culipatín llegó a Nueva York
El sábado último, después de la gran nevada, me despertaron gritos extraños que venían de la calle. Era el alba y hacía demasiado frío para salir, pero cuando, en horas más civilizadas, fuimos a desayunar al café de la esquina, descubrimos que vivimos cerca de las pistas negras de culipatín de Manhattan.
Cada persona tiene su entrada preferida al Central Park, y hay mucha mitología respecto de sus nombres en homenaje a los habitantes de la ciudad (la entrada de los artistas, la de los poetas, la de los carpinteros). Si algo faltaba para terminar de enamorarme de la que me toca (la de los niños) era ver que el parque, a dicha altura, tiene una pendiente realmente violenta que continúa en una pradera llana. Si está todo cubierto de un manto blanco es un paraíso para deslizarse rapidísimo. Cientos de chicos y adultos estaban allí desde temprano tirándose sobre cartones, bolsas de nylon, patos inflables, chinchorros del yate del abuelo, tablas de surf , trineos de madera circa 1940.
El culipatín siempre me fascinó. Cuando era muy chica y mis padres me llevaban a esquiar a Bariloche, los días de viento y lluvia, mientras esperábamos en filas de más de una hora en los viejos medios de elevación, yo miraba con envidia a los jóvenes de viaje de egresados que practicaban esta particular forma de descenso. Trepaban la montaña sin tener que esperar la maldita telesilla y se reían mucho más que los esquiadores en el descenso. Encima tenían trajes naranja con doble protección amarilla en las zonas más afectadas (cola, codos, rodillas), lo cual les daba el look de osos gigantes de una raza que sabía pasarla bien.
Éste era mi momento de desquite. Pero el culipatín made in USA (o al menos NYC) es un deporte completamente distinto al de los viajes de egresados argentinos.
Para empezar, la competencia es brutal. Había que estar practicando en el parque helado desde temprano (léase, las 7), para luego deslumbrar al malón con la tirada por la pendiente cabeza para abajo, en pose de yoga, o como bólido (a pesar de que muchos llevaban casco, vi a la ambulancia un par de veces). Durante nuestro desayuno, cuando decíamos que todavía no habíamos ido a las pistas, nos miraban con cierto horror. "No les va a quedar nieve virgen", aclaraban.
Después estaba el tema de la ropa. Nadie se había puesto un jeans o un pantalón de nylon y una campera. Era un desfile de enteritos de alta performance , botas peludas y mucho pase colgando que decía Aspen, Gstaad o Courchevel.
"Es que el invierno último no nevó -me explicó una vecina extranjera, pero veterana en la ciudad-. Así que sacaron la artillería pesada porque no saben, con lo del cambio climático, cuándo van a poder usarla de vuelta."
De cualquier manera, el único que causó sensación fue un argentino. Se tiraba en forma convencional, pero se había puesto una suerte de traje de muchachote de viaje de egresado. Y aunque los americanos son competitivos, reconocen cuando alguien les gana. El joven tenía el traje más específico para la actividad a desarrollar (algo que admiran) y con el dejo de ironía de usar ropa vintage de turismo masivo sudamericano en un parque donde muchos le habían puesto un esfuerzo desmedido a lucir chic . La gran y nevada manzana quedó rendida a sus pies.







