
Cuerpo al límite
Subir y bajar montañas a toda velocidad, corriendo o esquiando. Eso es el skyrunning, disciplina en la que reina el catalán Kilian Jornet, que aquí cuenta su historia de sacrificio extremo. Correr o morir, para él esa es la cuestión
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Besa o mata. Besa la gloria o muere en el intento. Perder es morir, ganar es sentir. La lucha es lo que diferencia una victoria de un vencedor." Estas son las primeras líneas del Manifiesto del Skyrunning, un deporte extremo que consiste en escalar y descender montañas –corriendo y esquiando– a máxima velocidad. Hace algunos años, antes de cada entrenamiento, Kilian Jornet leía con devoción estas máximas clavadas sobre la puerta de su departamento. Hoy, el atleta catalán, cuatro veces campeón del mundo en esta disciplina, conserva el rito de invocar este texto, ahora de memoria. Correr y competir son para él una filosofía de vida antes que un deporte.
Kilian es una variante de Cillian que significa iglesia en lengua gaélica. Su templo no es su cuerpo, sino su mente. Gracias a este dominio y culto logró innumerables hazañas. Entre ellas, el haber escalado hasta el pico del Kilimanjaro y descendido hasta su pie en 7 horas y 15 minutos (una persona bien entrenada demora casi 7 días). Entre otros récords completó la compleja Travesía de Córcega, de 200 kilómetros, en menos de 33 horas; recorrió los 265 km del Tahoe Rim Trail, en los EE.UU., en 38 horas y 32 minutos (habiendo utilizado apenas dos horas para dormir), y los 700 km de la carrera Transpirenaica (desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo) en 8 días.
"Todos necesitamos correr. Somos animales. Está en nuestra naturaleza. Cuando lo hago encuentro felicidad, paz, adrenalina y una sensación interior que me llena de sentido. Es como estar delante de ti mismo", explica Kilian, de 26 años. Cuando era chico la maestra le preguntó que quería ser de grande: "Contador de lagos", respondió. Hijo de un guardia de montaña, el niño vivía con su familia a 2000 metros de altitud de la Cerdaña, en los Pirineos. "Jugaba en los bosques del Cap del Rec. Ese era mi patio, mi sitio de escondites. Correr y admirar bellos paisajes es parte de mi destino", reza.
Pronto empezó a competir en torneos locales de esquí hasta que cumplió 18 años. "Por entonces debí elegir. Y lo hice con la plena convicción de que estaba escogiendo una vida diferente a la de los demás." Se mudó junto con un amigo a un departamento de 18m² ("Era un hotel casi abandonado que se parecía al de la película El resplandor."). Allí vivían ellos y sus novias, como llamaban a las bicicletas de montaña y a los equipos de esquí. El espacio era escaso, pero aquí alojaban a menudo a más amigos atletas: "Todos mis ingresos, es decir, los premios que obtenía de las carreras, iban destinados a pagar el alquiler y a comprar equipos. Aunque intentaba ingerir la máxima cantidad de calorías, y a veces no había qué comer ni sitio donde dormir cómodo, lo importante era entrenarse y competir al máximo", recuerda. Y mientras tanto no descuidaba su educación por las noches. Se licenció con muy buenas calificaciones en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, que cursó para conocer su cuerpo con mayor detalle.
Hay dos palabras que repite Kilian a menudo: competencia y sacrificio. No lo dice en tono solemne, sino con el sabor de quien ha cosechado muchas victorias: "Siempre fui una persona muy tímida que buceó en su interior. Y en ese silencio busqué y busco imponerme objetivos y lograrlos. Eso me mantiene con vida entre en las carreras. Algunas duran muchos días. El cuerpo puede cansarse, pero la mente jamás. Me entreno para superar mis propias marcas, resistir el dolor, el frío, el hambre y el sueño".
No todo sabe a belleza ni a éxito en la vida de un deportista de skyrunning. Son el peligro y la muerte los rivales más feroces de estos hombres. "Estás indefenso en medio de la inmensidad de la naturaleza, muy lejos de la civilización. En esa soledad ronda el miedo de morir. El hombre moderno fue programado culturalmente para vivir en un mundo de protección, racional. Pero este deporte te devuelve a los orígenes de nuestra raza, a la lucha por la supervivencia", explica. Y entre esos orígenes también se encuentra un espíritu tribal. Kilian cuenta orgulloso que tiene muchos amigos atletas contra quienes compite a menudo y comparte sus obsesiones y pesadillas. En julio último, con su amigo Stéphane Brosse, tres veces campeón mundial, emprendieron una travesía por Mont Blanc. La cornisa por la que iba Brosse, a una distancia corta delante de Kilian, se desplomó y falleció en una caída inmediata en un abismo de 800 metros. "En ese instante me quedé paralizado. Intenté encontrarlo, ir hacia él. No hubo forma de salvarlo. Los helicópteros de rescate llegaron 40 minutos después."
Un diálogo íntimo

Para poder participar de casi 50 carreras por año, Kilian se entrena (escala, corre y esquía) todos los días. A las 8 comienza su rutina de 6 horas y luego de un descanso y el almuerzo retoma sus actividades otras 4 horas más. Kilian suele tomar unas breves vacaciones en noviembre y entrena todo el año con la misma rigurosidad. No se prepara especialmente para una carrera determinada. Su rendimiento físico está exigido al máximo siempre.
"Hay gente que sale a correr después de su agotadora jornada laboral, en medio de la lluvia. Los demás piensan que están locos. Yo lo comprendo. Jamás se puede abandonar un entrenamiento. Nunca lo he hecho. Eso significa la derrota", dice Kilian. La lógica para una competencia es distinta. Algunas veces, lamenta, ha debido retirarse de un torneo porque corría peligro de muerte o de sufrir lesiones graves.
Este ritmo y esta elección de vida repercuten también en sus vínculos sociales. "El 80% de mis entrenamientos los hago en la más absoluta soledad. Sin embargo, lo que más me gusta es poder compartir la belleza de las montañas con la gente que quiero. Mi familia y mi novia también eligieron una vida en contacto con la naturaleza. Para mí sería imposible separar mi pasión de mi vida personal."
En esa soledad son muchas las voces que arrullan a este deportista. Antes de cada competencia Kilian acude a su iPod, uno de sus grandes aliados, y escucha música (una selección personal que va desde Black Eyed Peas, pasando por Bruce Springsteen, hasta Bach). Estos temas son para él un estímulo que lo eleva y transporta a su mente al paisaje que está a punto de recorrer. Es su oído el sentido que más ha desarrollado gracias a este deporte extremo. "Cuando corro escucho mi propio pulso y dialogo conmigo mismo. Estoy en comunión con mi cuerpo que me habla todo el tiempo. Confío más en lo que escucho, en las piedras que ruedan y cómo lo hacen, que en lo que veo para comprender cómo es el terreno que piso."
Kilian se encuentra hoy en el cénit de su carrera, la propia, la que eligió para probarse a sí mismo en cada desafío. Dice que cuando deje de competir no abandonará la vida en la montaña ni el deporte. El diseño industrial y el marketing son otras dos actividades que lo seducen, y a las que quizá se dedique en el futuro. Aunque nada se compara, nada lo nutre tanto ni lo eleva como correr. Ni siquiera la literatura. Ávido lector, entre sus escritores preferidos Kafka ocupa un lugar en su podio. No es curioso que sienta fascinación por un autor que creó universos gobernados por el absurdo y personajes aturdidos por un eco infinito e irracional. Kilian escapa a esa condición kafkiana. El deporte es para él una religión que lo ampara y le da respuestas de su propia existencia. Correr es un acto de fe. Fe en sí mismo.
Para encontrarse a sí mismo
- Cada vez más gente entrena para correr largas distancias y se prepara para participar de maratones multitudinarias. "No se trata de una moda. Es una oportunidad. Vivimos de modo sedentario y, como animales que somos, necesitamos gastar energía", comienza a explicar Kilian. Pero su actividad es extrema. ¿Por qué corrés? ¿Por qué arriesgás tu vida? Kilian perdió la cuenta de la cantidad de veces que le hicieron estas preguntas y de las argumentaciones que ensayó para procurar dar una respuesta contundente. Ni con un par de oraciones ni con un manifiesto logró dar por terminada su explicación. Hace un año comenzó a garabatear una confesión a la que luego le dio forma de libro, al que llamó Correr o morir (Editorial Del Nuevo Extremo). Este relato íntimo no tiene otro fin más que dar su testimonio sobre un acto que considera revelador y que sana y da vida. Quien no corre, perece.
- "Ganar no significa terminar en primera posición. No significa batir a los demás. Ganar es vencerse a uno mismo. Vencer a nuestro propio cuerpo, nuestros límites y nuestros temores. Ganar significa superarse a uno mismo y convertir los sueños en realidad. En este camino lleno de obstáculos que es la vida sólo habremos conquistado un pico una vez que hayamos descendido de esa montaña. Nadie vive en la gloria", escribe Kilian, que no se siente diferente al resto de los humanos, a pesar de su alto rendimiento físico.
- En Correr o morir este deportista, varias veces recordman mundial, transmite una moraleja: "Perder significa no intentarlo, abandonar antes de comenzar. Darte por vencido. Y correr, cuanto más lejos mejor, es la única manera que tenemos los hombres para encontrarnos con nosotros mismos".





