Daniel Rabinovich

El luthier que escribe

Hace treinta y cinco años que forma parte de Les Luthiers, y ahora se lanza al terreno desconocido de la escritura con un libro de cuentos que, para que quede claro que no son graciosos, se llama Cuentos en serio
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8 de junio de 2003  

Daniel Rabinovich pulsa Enter en su notebook y el mail llegará, en un rato, a la selva peruana, a un campamento donde su hijo, un ingeniero de treinta y pico, está embarcado en una de esas experiencias donde se conjugan el entusiasmo y las alimañas.

–Están haciendo un gasoducto, está chocho.

Dice Daniel Rabinovich, que parece el hombre opuesto: está bien acá, en la casa de siempre, con una hija que acaba de hacerlo abuelo y una mujer con la que ensaya dulce matrimonio desde hace cuarenta años. Rabinovich es un hombre estable. No le gusta viajar, conduce su automóvil –que usa poco– lento y tranquilo, y desde hace treinta y cinco años forma parte de la maquinaria de humor más impactante que se haya conocido en la Argentina: Les Luthiers, señores que hicieron del humor la más exquisita de las músicas.

A los 59 años, este señor de bigotazos mexicanos acaba de hacer lo que nunca: escribir un libro. Cuentos en serio, publicado por Ediciones de la Flor. Y como si no quedara claro que el libro es un libro serio y no el divertimiento de un humorista, la tapa es un óleo de Edward Hopper –ese americano capaz de transmitir melancolía en un solo tono de verde– y en la solapa hay una foto de Rabinovich majestuosamente serio.

–Me dio temor que alguien se comprara el libro engañado. Yo quería que ese título dijera claramente, ojo que acá no hay humor.

En Cuentos en serio, además de un prólogo de Joan Manuel Serrat y un reportaje de Magdalena Ruiz Guiñazú, hay 27 relatos que se preguntan sobre la fe, la vejez, la pobreza, la corrupción política, cuyos protagonistas son señoras ricas, pescadores agnósticos y creyentes, mafiosos, aprendices de piloto, hijos que se van, maridos que matan, esposas, amantes y un largo etcétera. Todos son breves, de final sorpresivo.

–Me parece que un cuento corto tiene que ser así, sorprender al final. Yo nunca había escrito nada. En Les Luthiers soy cantante, payaso, actor, pero no escribo. Las ideas son de los demás. Un día me puse a escribir una idea, de un divorcio de una pareja, y me gustó mucho ese poder de hacerles hacer a los personajes lo que yo quería. Yo no creo en Dios, pero era un poco como ser Dios. Me empezaron a llegar ideas y empecé a escribirlas, y a sentir el poder que yo veía en mis compañeros. Pero no me siento escritor. Me siento actor, payaso, músico a veces, pero escritor todavía no. Me encanta escribir.

–En Les Luthiers ya tenés todo un nombre...

–Sí, ya somos como un monumento. Somos débiles, inseguros, pero somos un gol de media cancha como grupo humorístico y como espectáculo. Les Luthiers es una especie de camioneta 4 x 4, de buenos elásticos y con una buena cúpula y jaula antivuelcos, con buenas luces y que además frena. Es un envase brutal para estar adentro. Les Luthiers es un muy buen matrimonio de cinco señores que en vez de parir chicos paren espectáculos.

–Pero en esto de escribir sos nuevo. Estás empezando.

–Sí, pero como no me siento escritor, en ese terreno tengo piedra libre. Si me lo critican, me lo voy a bancar. Yo sé que hay cosas que no tienen gran valor en este libro.

–¿Qué te dicen tus compañeros?

–Carlitos Núñez está encantado. López Puccio tiene una opinión crítica, pero constructiva. El es un intelectual y un excelente amigo, me hizo una crítica muy constructiva de los cuentos. Marcos Mundstock no los conoce, cuando los lea ya me dirá, o no. Jorge Maronna me apoyó muchísimo, me llama y me dice: Hola, escritor.

–Para tus compañeros debe ser una sorpresa, porque sin haber escrito nunca nada para el grupo, salís con casi tres docenas de cuentos.

–Sí, es raro, por eso también pienso que la crítica de parte de ellos puede ser demoledora. Pero estoy dispuesto, por eso los publico. No me pasa la vida por ahí. La vida me pasa por otras partes. Por actuar bien, por estar con mis hijos, mi nieta, mi mujer.

–¿Y estás escribiendo nuevos cuentos?

–Sí. Sí. Y para escribirlos se me ocurrió una especie de indagatoria. Yo ponía puntos suspensivos y después las respuestas de un tipo. Por las respuestas inferís las preguntas y te vas dando cuenta de que es una declaración del tipo sobre un asesinato. Y me encantó. Y ahí empecé. El otro día me llamó mi hermana, y me dijo que había leído este libro, Cuentos en serio, en un vuelo a Chile de dos horas. Para mí no es un buen argumento. Yo lo que quiero es que cada persona lea un cuento y pare un rato. Yo cuando termino un cuento, paro, lo dejo entrar y dar vueltas. Si no, siento que me cachetean. En mi camarín hay dos únicos libros. Toda la vida, donde yo esté, están esos libros. Los cuentos completos de Cortázar, dos tomos. Me encanta leerlos y releerlos.

Rabinovich vive con su mujer en la enorme casona del conurbano que cada tanto recicla por completo. Los cinco meses por año que pasa de gira por el exterior más las giras por el interior hacen que el hombre agradezca regresar a casa, posar la cabeza sobre una almohada reconocible y, sobre todo, disfrutar de una habitación diseñada para mimo de todos sus gustos: Torpedo Room, anunciada en inglés con una chapa clavada sobre una puerta blanca. Tiernos escalones de madera se retuercen hasta desembocar en un lugar con techo a dos aguas, un altillo allí donde antes había una terraza.

–Me puse a trabajar meses con un carpintero, un plomero, un albañil.

Dice Rabinovich, que ostenta ese oficio difícil de encontrar: el de habilidoso. Allí, en la Torpedo Room, está su reino: los programas de casi todas las obras de teatro que vio en su vida, un sauna, una ducha, dibujos, fotos, un escritorio, libros de humor.

–Esta es mi mujer, el día que nos casamos. Mirá qué bombón.

Una mujer impactante, ramito de novia modoso entre las manos y un vestido que no disimula las curvas enervantes sobre las que ahora, Rabinovich, desliza un comentario admirativo levemente impublicable. El adora a su mujer, y dice que el secreto para estar cuarenta años juntos es tener vocación de pareja.

–Y no querer cambiar al otro.

Escribano de profesión, hijo de un abogado penalista y una maestra, Rabinovich no tenía un solo traje cuando empezó en Les Luthiers. Un año después se compraba un departamento sobre la Avenida del Libertador. Ahora habla con Quino o Serrat como se habla con un vecino. Entonces, por qué alguien así querría estrenar vocación nueva. Por qué querría alternar el aplauso de un teatro con la soledad aplastante de una pantalla muda de computadora.

–No sé. Yo no me pregunto para qué. Mirá Serrat. Yo lo conozco desde 1971, y ahora se está poniendo una bodega. Y por qué. No sé por qué. Es una pregunta que no me hago. Me salen cuentos. Ojalá me sigan saliendo.

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