
David Beckham El fútbol tiene un rey inglés
Acaba de ganar con su equipo,el Manchester United, las copas inglesa y europea. Su vida transcurre entre los estadios y la prensa sensacionalista: su novia es una de las Spice Girls, y de la pareja habla toda Inglaterra
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Cuando nace un niño, las posibilidades de que sus ojos se parezcan a los de su madre, o las orejas a las de su padre, o que su nariz tenga quizás un poco de los dos son cuestiones que papá y mamá encuentran fascinantes, y todos los demás, penosamente aburridas.
David Beckham, cuyo primer hijo nació en marzo, ha otorgado la mitad superior del cuerpo del niño, sin discusión, a la influencia genética de la madre. Por el contrario, considera que las piernas y los pies se parecen a los suyos. Pero hay una cosa de la que está seguro: "Tiene los mismos dedos de los pies que yo".
Por desgracia para Brooklyn Beckham, es muy probable que el genio contenido en los dedos de los pies de su padre -que, a los 24 años, se ha convertido en el futbolista mejor pagado del mundo después de Ronaldo- resulte adulterado por la conspicua falta de talento que aporta su madre a la mezcla.
Victoria Adams, del grupo Spice Girls, ha ganado todavía más dinero que el hombre con el que proyecta casarse en julio. Su éxito se debe a una brillante campaña de mercadotecnia: nadie la ha acusado jamás de tener una buena voz ni un sentido del baile superior a lo corriente en una discoteca. El éxito de Beckham se debe a una capacidad única de coordinar las señales de su cerebro con las acciones de su pierna derecha, su pie y sus dedos en el momento del impacto con un balón de fútbol.
Al día siguiente de que el Manchester United de Beckham ganara la final de la Copa de Europa contra el Bayern de Munich en Barcelona, el diario deportivo francés L´Equipe comparaba el dominio que tiene Beckham del balón, su extraordinaria precisión en el pase, con el supremo control que un campeón de golf ejerce sobre la bola blanca en el campo. Beckham está viviendo un auténtico sueño.
Juega en el equipo del que era fanático seguidor cuando niño, y acaba de ganar, además de la Copa de Europa, la Liga inglesa y la legendaria Copa de Inglaterra; un triple jamás logrado por ningún equipo de España, Italia, Alemania ni Inglaterra, las cuatro ligas europeas más importantes. Pero no sólo eso: figuras como Pelé, Beckenbauer y Keegan han designado a Beckham como el mejor jugador del equipo. Kevin Keegan, ganador en dos ocasiones del Balón de Oro europeo, dijo a propósito de Beckham -que podría ser el ganador de este año-: "Si alguna vez empiezan a clonar futbolistas, él será el primero al que enviarán al laboratorio".
Jugadores como Rivaldo, Guardiola y Raúl, en España, y Zidane, Batistuta y Ronaldo, en Italia, poseen cualidades de las que Beckham carece. La faceta en la que Beckham es uno de los mejores futbolistas actuales -muchos creen que el mejor- es su capacidad de hacer un pase cruzado del balón con su pie derecho y colocarlo, con una precisión y una velocidad exquisitas, en la cabeza o el pie de un delantero centro. A pesar de sus aciertos con esta técnica, sigue practicándola por su cuenta todos los días, mucho después de que los demás jugadores del equipo terminan el entrenamiento, y en ocasiones para fastidio de su entrenador, que está deseando que se vaya a casa a descansar.
El incidente que pudo precipitar el declive definitivo de Beckham en el fútbol, el drama decisivo para su vida deportiva, se produjo durante el partido que Inglaterra perdió ante la Argentina, en los cuartos de final de Francia 98. Hacia el final de la primera mitad, Beckham fue expulsado por dar una patada al capitán argentino, Diego Simeone, después de que éste le hiciera una entrada. En realidad no fue una patada, sino un golpe con el talón mientras yacía en el suelo después de que el argentino lo volteó. Casi no lo rozó, como el propio Simeone admitiría mucho después, en tono provocador, dos días antes de que el Manchester United se enfrentara a su club, el Inter de Milán, en los cuartos de final de la Copa de Europa.
"Evidentemente, fui muy astuto al dejarme caer..., y el árbitro cayó en la trampa al sacar la tarjeta roja -declaró Simeone al diario italiano Gazzetta dello Sport-. Puede decirse que mi caída convirtió una tarjeta amarilla en una roja."
Cualquiera mínimamente entendido en materia de fútbol podía haber visto en aquel momento que eso era exactamente lo que ocurrió. Beckham cometió una imprudencia con lo que hizo, sin duda, pero estaba claro como el cristal que Simeone había dado mucha más dimensión a su respuesta, y había aprovechado, encantado, la oportunidad de debilitar al equipo de los piratas ingleses. Lo que sucedió a continuación fue algo extraordinario. La reacción mezquina y vengativa de gran parte de la sociedad inglesa, alimentada por la incalificable vulgaridad de la prensa sensacionalista, dio pistas para entender por qué los hinchas ingleses de fútbol, en los peores casos, dan en el extranjero uno de los espectáculos más desagradables que puede ofrecer la humanidad.
El seleccionador inglés, Glen Hoddle, muy estrecho de mente, encendió la chispa al responsabilizar de la derrota de Inglaterra no a la mala suerte, o al destino, o a Dios -las únicas fuerzas a las que se suele culpar cuando un partido se resuelve por penales-, sino a Beckham. Los directores de los diarios sensacionalistas británicos (que entre todos venden la escalofriante cifra de 10 millones de periódicos diarios) tenían que tomar una decisión esa misma noche. Podían haberse decidido por títulos como: "¡Vamos, Hoddle, deja a Beck en paz!" Podían haberse vuelto contra Hoddle por ser tan infantil, ignorante y cruelmente desleal como para sugerir en la televisión, justo después del partido contra la Argentina y en directo, que Inglaterra podía haber ganado el campeonato si Beckham se hubiera contenido ante Simeone.
En cambio, el diario The Sun, que vende más de 4 millones de ejemplares todos los días, aprovechó el exabrupto de Hoddle y llenó su portada de la mañana siguiente con estas palabras: "Diez valerosos leones y un chico estúpido".
The Sun, más incluso que otros diarios rivales como The Mirror, tiene una facilidad extraordinaria para identificar e inflamar las más bajas pasiones del público inglés. Al día siguiente, la efigie de Beckham colgaba ante un pub de Londres, y durante semanas sucesivas, además de que Beckham tuvo que aguantar torrentes de insultos en los medios de comunicación y en la calle, su padre (instalador de cocinas) y su madre (peluquera) se vieron expuestos a una serie de llamadas telefónicas amenazadoras. Beckham pidió formalmente perdón a la nación , pero no sirvió de nada.
En el primer partido del Manchester fuera de casa esta temporada, en West Ham, los hinchas locales lo recibieron con 10.000 tarjetas rojas. En todos los partidos que su equipo ha jugado fuera esta temporada, los oídos de Beckham han ardido con las obscenas provocaciones recibidas, cuyo tono se correspondía con el odio chabacano en el que se especializan las publicaciones sensacionalistas. Los insultos lo rozaban cuando, como suele hacer siempre, se preparaba para lanzar un tiro de esquina, y muchas veces incluían referencias obscenas a su mujer y a las actividades de la pareja en el dormitorio.
En las semanas posteriores al Mundial del año último se especuló con que Beckham iba a irse de Inglaterra para jugar en el extranjero. Algunos pensaron que la presión iba a ser tan enorme que acabaría por abandonar el deporte. Visto desde ahora, por el contrario, da la impresión de que Simeone le hizo un favor. Durante todo el año, en medio de provocaciones como no ha recibido jamás ningún otro futbolista, él ha reaccionado con lo que sólo puede considerarse un ejemplo supremo de la proverbial flema británica. No sólo ha parecido ignorar, con una habilidad sobrenatural, los repugnantes insultos personales lanzados desde las gradas, sino que otros candidatos a Simeone en la Liga inglesa han quedado frustrados por su compostura.
Ha jugado casi 60 partidos desde agosto y sólo ha recibido seis tarjetas amarillas; ninguna roja. Y lejos de sentirse asfixiado por su experiencia, como parece haberle sucedido a Ronaldo, se ha transformado en un jugador mucho más completo, que a su talento natural ha añadido la incansable capacidad defensiva.
En 90 minutos corre más que cualquier otro jugador del United, un equipo que cuenta, entre sus mejores características, con la energía colectiva. En el primer partido de los cuartos de final europeos contra el Inter de Milán, que el Manchester ganó 2-0 -ambos goles gracias a unos pases cruzados de Beckham-, recorrió 14 kilómetros, según su asombrado entrenador. Como escribía hace poco The Independent: "Ha adoptado la vía filosófica y elevada... En el transcurso de la temporada ha reaccionado convirtiéndose en lo contrario a su imagen, que es la de un playboy mimado y petulante".
Esta afirmación es cierta en lo que respecta a su imagen en el terreno del juego. Fuera de él no vive en un mundo que pueda definirse como elevado ni filosófico. Desde que Diana hizo a los diarios sensacionalistas británicos el flaco favor de morir en un accidente de coche, Beck y Posh, como llaman a su mujer, han sustituido a Lady Di y el príncipe Carlos en el papel de la pareja de culebrón preferida de los ingleses. Hasta el punto de que hace poco Beckham, como si fuera Carlos y hablara del príncipe Guillermo, ha declarado que le preocupa mucho cómo va a vivir su hijo Brooklyn, cuando crezca, toda la atención de los medios de comunicación y los paparazzi que acompañan constantemente a papá.
Si se lo ve hablando con otra mujer en un lugar público, si Victoria y él salen de un restaurante con aspecto de haberse peleado, si Brooklyn vomita sobre el vestido de su madre, si él se compra un traje o un coche nuevo, el acontecimiento queda registrado por los fotógrafos y redactado en una prosa morbosa y chabacana. Todo eso ayuda a entender, en parte, que el Sunday Times de Londres, bajo cuya sobria apariencia late un corazón sensacionalista, haya definido recientemente a Posh, Beck y Brooklyn como la familia más famosa del mundo.
Esto no significa que Beckham merezca demasiada simpatía por tener que sufrir esas penalidades. Como ocurría en el caso de Diana, tanto a él como a su futura esposa parecen encantarles las intrusiones de la prensa, en la misma medida en que les desagradan. Ninguno de los dos parece tener mucha prisa en huir de la burbuja de la celebridad.
Según se dice, la revista OK! -una versión británica y más populachera de ¡Hola!- ha pagado 2 millones de dólares por la exclusividad de su boda, que va a celebrarse en un castillo irlandés. La pareja sacó a subasta el Porsche azul en el que intercambiaron su primer beso. Y no hay que olvidar la entrevista conjunta que concedieron a la revista Vogue, escogida debido al interés de ambos por la moda, en la que, por un lado, lamentaban su falta de intimidad, pero, por otro, se quejaban de que no los habían reconocido una noche que fueron a un restaurante londinense de moda.
Ellos le ponen las cosas en bandeja a ese sector de los medios de comunicación cuyo éxito parece depender de mantener el equilibrio entre el ridículo y la admiración. El elemento de ridículo es necesario para aplacar la envidia de los lectores ante la riqueza y el triunfo de esta pareja de clase obrera.
Adams informaba hace poco, en la entrevista de Vogue, que desde los primeros tiempos de su relación no ha tenido nunca ningún inconveniente en orinar delante de él. Beckham, que posee una Ferrari, un Porsche y un Jaguar, lo pone muy fácil con declaraciones tan tontas como: "Nunca, al ver un coche, he pensado que costaba demasiado dinero" o "Si de verdad me gusta un pantalón, no hay límite al precio que estoy dispuesto a pagar". Beckham, como persona, no es más que un joven de procedencia obrera y escasa educación académica que de repente se ha hecho rico y famoso, y que, por consiguiente, de vez en cuando dice y hace niñerías.
La verdad es que Beckham es un joven agradable y humilde, muy apegado a la familia, bastante tímido y que se siente incómodo en las entrevistas para la prensa, al que le cuesta construir una frase gramaticalmente correcta y cuya idea de una velada perfecta es, según contó a la revista Esquire, verdaderamente sencilla: "Comprar comida para llevar y ver la televisión en casa con Victoria. No se puede pedir más". También le gusta comer por la calle fish and chips (pescado y papas fritas) y -una ruptura con la tradición inglesa- prefiere beber agua mineral y a veces vino, antes que cerveza.
Beckham no ha permitido, y eso lo honra inmensamente, que su fama fuera del campo interfiera con su forma de jugar. En un deporte en el que cada vez surgen más divos, él sigue siendo un hombre de equipo, al que no se le ocurre poner en duda una decisión de su entrenador, Alex Ferguson, ni criticar a un compañero en público, como tampoco se le ocurriría marcar deliberadamente un gol en el propio arco.
Ferguson es, seguramente, el responsable de haberlo bajado de las nubes. Como dijo Beckham la noche extraordinaria en la que el Manchester marcó dos goles gracias a dos tiros de esquina que hizo él en menos de dos minutos del tiempo de descuento, y que le permitieron ganar la Copa de Europa: "Va por Ferguson. Se merece todo lo que consiga. El me ha educado y ha hecho de mi carrera lo que es".
Da la impresión de que está en el buen camino. Al finalizar el partido contra el Inter de Milán -un encuentro cuyas tensiones contaba con aumentar Simeone al hacer su confesión-, Beckham sorprendió al argentino cuando se le acercó, le dio la mano y le propuso intercambiar camisetas.
Al terminar la final de la Copa de Inglaterra en Wembley, el 22 de mayo, Beckham ofreció otro momento conciliatorio igualmente conmovedor. Exhausto, pero feliz, se dirigió solo hacia la esquina del estadio donde los hinchas decepcionados del Newcastle United, muchos de los cuales lo habían abucheado cada vez que tocaba la pelota, pensaban con tristeza en lo que podía haber sido. Los miró a los ojos, levantó las manos por encima de su cabeza y se puso a aplaudirlos. Los derrotados, en ese momento, reconocieron la generosidad del hombre y la grandeza del jugador, y le devolvieron el homenaje.
Beckham v. Ronaldo
Beckham da la impresión de estar todavía en pleno proceso de maduración y aprendizaje. De que lo mejor está por llegar. De que no es inconcebible que de aquí a tres o cuatro años se lo pueda considerar el mejor jugador del mundo. Zidane, la brillante estrella del Campeonato del Mundo del año último, parece estar en declive. Está por verse si Ronaldo, la colosal decepción de ese campeonato, se recobra del golpe psicológico que recibió en Francia. Beckham también padeció en el Mundial. Pero, a diferencia de Ronaldo, no sufrió ningún daño físico. (Una de las cualidades que aporta Beckham a cualquier equipo en el que juega es que parece que nunca se lesiona.) No obstante, si Beckham, tras el Campeonato del Mundo, hubiera descendido a una ebriedad bufonesca como la de su compatriota Paul Gascoigne -en otro tiempo lleno de talento-, posiblemente hubiera sido más merecedor de compasión que de desprecio.





