
De Tapiales al mundo
Hoy comienza el Abierto de Australia, torneo en el que Guillermo Cañas inicia un nuevo año dentro de la elite del tenis mundial
1 minuto de lectura'

En pleno barrio de Tapiales hay un pasacalle en honor a Guillermo Cañas, el jugador que arrancó el año último número 230 en el ranking mundial y llegó, durante la misma temporada, al puesto número 14. Para los vecinos de la zona, Guille, nacido allí, es ciudadano ilustre.
Para su familia ya es un ídolo. Por eso, a la entrada del sencillo PH donde viven desde hace 25 años hay dos vitrinas con las copas y medallas que Guillermo ha ido ganando a lo largo de los años. Y fotos. Y las raquetas que fueron quedando en desuso. Y hasta las pelotas de tenis que se emplearon en diferentes torneos. Le tienen fe: están atesorando hasta los más mínimos objetos representativos de su carrera con el fin de que algún día conformen el patrimonio de un Museo Cañas.
Guillermo tenía 5 años cuando Luis, su padre, que tenía un autoservicio, le puso en la mano una raqueta. Desde el comienzo, el chico supo que no se trataba de un juego. Su padre le arrancaba lágrimas cada vez que perdía un partido. Le decía que no había puesto la suficiente atención, que no había entrenado lo suficiente.
Uno de los primeros trofeos que ganó fue una copa grande, de vidrio. Mirta, su madre, que al principio se negaba a tomarse en serio las ambiciones de padre e hijo, le dijo: “Nene, qué bueno, trajiste una ensaladera”.
Hoy, Guillermo dice que no repetiría con un hijo suyo la historia de su infancia, pero por otro lado agradece el empuje inicial que lo llevó a estar entre los mejores tenistas del mundo.
Cañitas, como le dicen sus fans, llegó al mundo apurado. Nació el 25 de noviembre de 1977, dos meses antes de lo esperado. A los 5 años ya había comenzado su entrenamiento profesional. A los 8, ya sabía que lo suyo era el tenis y no el fútbol, un deporte en el que también demostró habilidades. A los 11, decidió cursar la escuela en horario nocturno, para entrenarse durante todo el día. Y a los 17 emprendió solo y a pulmón su primera gira internacional, que lo llevó a pisar Wimbledon y Roland Garros por primera vez. Tenía sólo 600 dólares en el bolsillo, que logró estirar para quedarse en Europa jugando diferentes torneos durante tres meses.
Enfundado en ropa sport Armani, cedida por la marca para quien tiene trato de número uno, este joven de 24 años y un metro ochenta se muestra ganador. Demora la entrevista unos instantes por haberse enfrascado a través de su celular en una conversación en un inglés fluido, y después se instala en el comedor de la casa de sus padres, en Tapiales, dispuesto a contar una historia de alegrías, aventuras, sudor y lágrimas, que comienza justamente en su primera gira.
Al participar de un torneo, la entidad que lo organiza corre con los gastos de hotel y comida siempre y cuando el jugador gane partidos como para seguir compitiendo. La Asociación Argentina de Tenis le paga los pasajes a los dos mejores de la Argentina. Si un jugador que está más abajo en el ranking quiere participar, el pasaje va por su cuenta.
Después de haber decidido participar en la gira europea junto con Martín García (su mejor amigo y jugador de dobles), comenzó la odisea. “Llegamos a Milán, a un hotel que nos habían recomendado, y nos dimos cuenta de que si pagábamos la habitación en pocos días nos quedaríamos sin plata. Cada partido que ganábamos en el torneo era crucial para poder quedarnos. Por suerte, nos fue bien. De ahí me tomé un tren a París, solo, sin hablar ni una palabra de inglés ni francés; no sé cómo hice. Llegué al hotel y éramos ocho jugadores en una habitación para cinco. Los que jugaban tenían prioridad para usar las camas. Después nos invitaron a un torneo en Bélgica y allá fuimos: perdí en la primera vuelta. Era muy importante ganar el dobles, porque si no... Otra vez a pagar todo. Ganamos y seguimos zafando.” Y llegó Wimbledon, donde para jugar el torneo aceptaron a los tres primeros de la lista que había mandado la asociación. Guillermo era el número cuatro. Sin embargo...
“Nos invitaron a jugar dobles, con Martín. Una tarde, los organizadores me dijeron: Mañana andá, firmá y fijate si alguien falta. Llegué a eso de las 11 al club y me dijeron: Cañas, son las 11.20. No viene éste (un jugador del equipo argentino), está enfermo. A las 12 tenés que jugar. Fijate si hay alguna cancha por ahí para entrar en calor.”
–¿No había nadie de la Argentina que coordinara?
–Nunca, eso nunca. En esa época, nada. Salí corriendo a pelotear un poco en el pasto, en el medio de dos canchas, con un entrenador ruso. No sé cómo me entendió lo que yo le decía, que tenía que jugar, si no me peloteaba un poco. Y así empecé.
Guillermo es el segundo mejor jugador latinoamericano en el ranking mundial, después del brasileño Gustavo Guga Kuerten. Fue el primer argentino en llegar a una final bajo techo, desde que Vilas lo consiguiera en 1983. Arribó a los octavos de final en dos torneos Grand Slam, Roland Garros y Wimbledon, logro que no se concretaba desde 1979, gracias a José Luis Clerc. En Wimbledon ganó en el court 2, conocido como Cementerio de elefantes, por ser el escenario de grandes caídas. Eliminó al campeón olímpico de Sydney 2000: el ruso Yevgeny Kafelnikov, entonces número 7 del mundo... Y siguen los triunfos.
Cañas no se deja apabullar por sus logros. “La primera vez que empezaron a hablar de record fue después de Wimbledon, porque llegué a los octavos de final. Pero, te digo la verdad, para sentir que sos bueno, que realmente hiciste algo, tenés que ganar Wimbledon.”
–¿Esa fue tu meta?
–Lo que me propuse en 2001 fue tratar de volver a jugar bien al tenis. Después, uno siempre quiere más. Primero quise estar 80 en el ranking, y después 60, 50, 30. Y cada vez los números se achicaban más.
–¿Qué significa ser el número 14 del mundo?
–Es bárbaro, pero es sólo el arranque para tratar de estar entre los primeros diez.
–¿Qué te falta para eso?
–Mucho. Me falta seguir mejorando, sobre todo las pequeñas cosas que hacen a los grandes cambios. Quizá lo que se viene este año sea la única oportunidad que tenga en toda mi carrera. La voy a tratar de aprovechar.
A los 20 años, en una época de pleno crecimiento como profesional, Guillermo empezó a trastabillar. En la jerga del tenis se dice que no cerraba los partidos. Le ocurrió en el Lipton (hoy Ericsson Open) 98, con el francés Fabrice Santoro; se imponía por 6-2 y 5-3, y luego perdió. Tres meses más tarde, en Wimbledon, se imponía al español Francisco Clavet por 7-6, 6-2, 4-1, y cayó en cinco sets. Le sucedió en Toronto, ante el inglés Tim Henman, tras contar con una ventaja de 6-2, 5-2 y su saque, y le pasó con su compatriota Martín Rodríguez, en la Copa Ericsson de Chile, tras contar con nueve match-points en su favor.
Pero el gran golpe fue en su debut en la Copa Davis. La Argentina vencía por 1 a 0 a Venezuela, en Caracas. El segundo punto de la serie transcurría con tranquilidad. Cañas vencía a Maurice Ruah por 6-3, 6-3 y 5-0. Contaba con su servicio. Se le acalambraron las manos y las piernas. Ruah selló su triunfo con un 3-6, 3-6, 7-6 y 6-3 y 6-3. Cañas estaba cerca de tocar fondo. Muy cerca.
Y tocó fondo en septiembre de 2000, cuando su mano izquierda –es diestro y pega el revés a dos manos– dijo basta. El diagnóstico de los médicos fue un un agujero en la vaina del tendón cubital posterior. Tenía que pasar sí o sí por el quirófano. Y volver a empezar. Su ranking era 230º.
–¿Analizaste por qué perdías partidos casi ganados?
–Me costó. Fueron varios los momentos ingratos. Me acuerdo de la Copa Davis contra Venezuela. Esas sensaciones no se van. Pero el tenis da revancha. La mía fue tres meses después, en el US Open, cuando le gané a Tim Henman, en ese entonces número 5 del mundo, en el estadio Louis Armstrong.
–¿Cómo superaste la barrera?
–Creo que el cambio se debió a un conjunto de cosas: la terapia psicológica, la lesión en la muñeca y el hecho de haber empezado a entrenarme con Pablo Martín. Quizá también era tiempo de madurar. Lo que más quería era mejorar esa parte mía que no me permitía cerrar partidos. Después, las cosas se fueron dando de a poco. Mi lesión, por más negativa que fue, me ayudó mucho a recapacitar.
–¿En qué sentido?
–Cuando uno está muy metido en algo, no se da cuenta de lo que está haciendo. Todo parece monótono: levantarse a la mañana, hacer las cosas, entrenarse. Cuando me sacaron de esa rutina, empecé a extrañar. Había estado toda mi vida entrenando para ser tenista profesional. Pensé que si tenía la mala suerte de no volver a jugar al tenis, no habría dado lo mejor de mí para concretarlo.
–¿Por qué?
–A veces me levantaba sin ganas de entrenarme, lo sentía cansador, como cualquier trabajo.
–Entonces, reelegiste el tenis.
–Tuve que cambiar muchas cosas. La lesión en la muñeca me terminó motivando más y eso fue clave para seguir enfrentando todo lo que vino después.
–Kuerten ha pasado por una mala racha, aun peor que la tuya. ¿Qué consejo le darías?
–Guga fue el número uno en 2000 y el año último venía para repetir. Pero el tenis es muy competitivo. Si uno no está al 100% puede perder contra cualquiera, y eso fue justamente lo que le pasó a Guga. De todas maneras, hay momentos en que uno tiene que saber perder y esto él lo tiene clarísimo. Me sorprendió la sencillez que tiene para tomar las derrotas y seguir entrenándose. El hecho de aprender a ser un buen perdedor es lo que te hace mejorar más rápido. Eso es lo que te hace grande.
–¿Qué pasa por tu cabeza cuando estás en la cancha, en un torneo importante?
–Siento los nervios normales que puede tener cualquier persona. Sólo me cambió cuando en 1999 jugué contra Agassi en la cancha central de Wimbledon. Para mí, él es uno de los mejores tenistas de la historia. Ese día estaba tranquilo hasta que Agassi se puso enfrente. En el peloteo pensé: Por favor, ganá, ganá un game; que no te gane 6-0, 6-0, 6-0 porque es un desastre. Al final el partido fue muy parejo.
–¿Cómo toma el circuito la irrupción de un personaje como vos, que en 2000 estaba número 230 y hoy compite contra los mejores?
–Creo que mi figura en el circuito siempre fue de tener cuidado. Los que compiten allí sabían que yo les podía ganar si estaba en un buen día y ellos en uno regular. Sabían también que me costaba cerrar el partido. Después hubo un cambio, cuando vieron que empezaba a definirlos. Ahora, cualquiera que entra en la cancha sabe quién soy, a qué se puede enfrentar, y qué tiene que hacer para ganarme. Los grandes jugadores preparan diferente un partido cuando respetan a su contrincante. Cuesta mucho ga-narse el respeto del circuito, y muy poco perderlo.
–Guillermo Coria acaba de ser sancionado por doping. Es el segundo caso –el otro fue el de Juan Ignacio Chela– en esta temporada.
–Me dolió mucho lo que le pasó a Coria porque es un colega. Además, siendo argentino lo siento más de cerca. Espero que tome esto lo mejor posible y salga adelante. Creo que esto es malo para nosotros, los argentinos. Nos van a tener a todos en la mira. Pero le deseo mucha suerte a Guille para cuando vuelva y espero que sea pronto.
–¿Qué relación tenés con Guillermo Vilas?
–Más allá de que mucha gente no tiene una buena relación con él, lo aprecio mucho. Un vez me ayudó y no tenía por qué hacerlo. Fue cuando yo no podía conseguir más raquetas de las que usaba siempre. Un día, cuando me estaba entrenando, me preguntó: “¿Cambiaste de raqueta?” Y le contesté “Sí, porque no puedo conseguir la que yo uso”. Al instante, desde su celular, llamó a Austria. Y a los tres días tenía seis raquetas. Para él no fue nada, pero yo no me voy a olvidar. En tenis fue un 10 y como persona, otro 10.
Sencillez es la palabra que muchos usan para definirlo. Tras el golpe en Caracas, volvieron a llamarlo para el match por el ascenso al Grupo Mundial de la Copa Davis, ante Bielorrusia, realizado en Córdoba, en septiembre de 2001. Franco Davin, el capitán entonces, se jugó una carta fuerte: armar la pareja de dobles con Cañas y Luis Lobo, que no representaba a nuestro país desde 1998, cuando se convirtió en el entrenador del chileno Marcelo Ríos. Cañas aguantó el peso de un partido que fue clave, porque fue el que le entregó a la Argentina el punto necesario para volver a la máxima categoría luego de diez años de ausencia. Un Grupo Mundial que tendrá como protagonista al mismo Cañas, entre el 8 y el 10 de febrero, en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, cuando nuestro país se enfrente con Australia, el equipo de Lleyton Hewitt, el Nº 1 del mundo.
Una de sus grandes virtudes dentro de la cancha es su capacidad para adaptarse a diferentes superficies. Después de llegar a octavos de final en Roland Garros sobre polvo de ladrillo, una superficie lenta, logró llegar a la misma instancia en las canchas rápidas de Wimbledon. Esta facilidad hizo que también lo llamen 4 x 4 o el todo terreno. El lo define así: “Mi feeling con la pelota no lo pierdo en ninguna cancha”.
El entrenador Pablo Martín tiene mucho que ver en la reciente historia de Guillermo.
“Es un entrenador muy exigente, que logró un gran cambio en mí. Es extremadamente prolijo, y yo no. Chocamos mucho, pero se ve que era lo que necesitaba. A veces es difícil, porque estás pagándole a una persona para que te marque los errores todos los días. Fue una decisión que tomé, y me la tengo que bancar porque a pesar de tener mis roces con él, es la persona que me ayudó a estar en este puesto del ranking.”
–¿Qué recuerdos tenés de Wimbledon, más allá del tenis?
–Una vez me enojé mucho con los organizadores: quince minutos antes de jugar me dijeron que las remeras de mi sponsor no se podían usar, porque tenían una raya finita negra en la espalda. En Wimbledon la espalda de la remera tiene que ser totalmente blanca.
–¿Te enojaste con los argentinos, que no te avisaron, o con los organizadores de Wimbledon?
–En ningún torneo hay un organizador de la Argentina. No existe. La Asociación Argentina de Tenis es igual a... no existe. No es que yo tenga algo en su contra. Es que no existe. Yo y todos los que vivimos del tenis no nos podemos apoyar en ella. Creo que el tenis es algo más personal.
–¿Alguna vez sentiste ganas de tirar la raqueta?
–Sí, ¡y la tiro! A veces siento más ganas que otra cosa, y no lo hago. No soy de romper raquetas, pero lo era. Llega un momento de impotencia y uno tira la raqueta, o insulta...
Viajar por el mundo ya es un modo de vida para él.
–¿Cómo es tu vida afuera?
–Paso mucho tiempo en mi habitación. Me quedo tranquilo, escuchando música, o conectado con mis amigos a través de la computadora. Eso me hace sentir como si estuviera en Buenos Aires. O veo televisón, casi siempre deportes o alguna película.
–Te manejás bien con el idioma inglés.
–Tuve que aprender. Me acuerdo cuando me fui solo a Asia, en el 1996. Llamé llorando a casa. ¡Me quería volver! Estuve solo, a los 18 años, sin poder hablar con nadie... No aguantaba más.
–¿No recorrés las ciudades en las que tenés que jugar?
–A veces me gusta conocer, pero el tiempo libre lo uso sobre todo para descansar. Muy pocas veces salgo, porque eso implica caminar.
–Se supo que, después del atentado del 11 de septiembre, no te gusta demasiado el avión.
–Yo estaba en Moscú cuando Rusia se alió con Estados Unidos y, justo dos días antes de tomar el vuelo de regreso, había estallado un avión en Uzbekistán, volteado por un misil. Me dio miedo viajar. Ahora también, y no volvería a Estados Unidos.
–¿Y si tuvieras que jugar el US Open?
–No iría. En marzo empieza la gira y si no estoy cómodo, no voy. Un torneo no va a cambiar mi año. No me gustaría viajar presionado.
–¿A qué países volverías sólo por placer?
–En este momento no iría a ningún lado. Me quedaría en casa. Pero si tuviera que elegir alguna ciudad para vivir sería Barcelona. Es más, estamos pensando con mi entrenador en alquilar allá algo para tener una base en Europa durante nuestra gira, para poder estar como en casa.
Su vida familiar es bastante sencilla. Según dicen, está de novio con la tenista Maria Emilia Pitu Salerni, ex número 1 del mundo en junior. Sin embargo, Cañas asegura que es muy importante para él focalizarse en su carrera, que durará sólo cuatro o cinco años más porque, según él, “a los 30, 31 o 32 ya estás terminado”.
–¿Qué te dio y qué te quitó el tenis?
–Me dio la posibilidad de relacionarme día a día con gente de diferentes culturas. Es bueno saber adaptarse a eso. Es una posibilidad que no te dan muchos trabajos. Además, tengo una solvencia económica que otros jóvenes de mi edad no tienen.¿Qué me sacó? Yo no viví la vida como una persona normal. Hubo etapas que se quemaron rápidamente, y muchas directamente no las viví, como el hecho de estar con amigos o salir los fines de semana porque al otro día tenía un torneo. Pero si tuviera que empezar de nuevo, lo volvería a hacer.
–¿Te costó haber nacido en Tapiales para insertarte en el mundo del tenis?
–Yo nunca tuve problemas en ese sentido. Ni complejos. Para mí es lo mismo ser de acá que de Olivos. Me siento cómodo con mi familia y con mi barrio.
–¿Qué recuerdos tenés de la infancia?
–Me acuerdo del almacén de mi papá. Un día que me robé una caja de chocolates, que después devolvió mi mamá, para cubrirme. Me acuerdo de mi abuela, que esperaba que llegara del colegio en colectivo al pie de un ombú que está acá a la vuelta. ¡Ya era un grandulón de 16 años, y ella me seguía esperando ahí!
–De chico, jugando al tenis, ¿la pasabas bien o había mucha presión?
–De chiquito lloraba jugando al tenis. Eso seguro. Me acuerdo que aquél (señala a su padre) me retaba mucho cada vez que perdía.
–¿Y eso cómo repercute?
–Y... no le voy a poner a mi hijo una raqueta en las manos, ni loco. O no lo voy a retar, seguro.
–Hoy se lo recriminás.
–¡Lógico!
–Si él no hubiera actuado así, ¿hubieras llegado igual?
–Yo creo que sí, porque si después de todo eso seguí jugando al tenis era porque me gustaba. Mi hermana, por ejemplo, al ver todo lo que yo me comía, nunca quiso jugar al tenis. Ojo, que también fue mi decisión.
–¿En qué momento te enfrentaste a tu padre y pusiste punto final a esa situación?
–Cuando empecé a creer que el tenis era lo que yo verdaderamente quería.
Según la Asociación de Tenis Profesional (ATP), Cañas lleva ganados como tenista 1.204.353 dólares, sin contar ganancias comerciales. El éxito le trajo más interesados en utilizar su imagen como paradigma de marca. Ya mismo tiene canilla libre en Armani para vestirse allí.
“Para una empresa hay un abismo entre el Guillermo Cañas que era 230 y el que ahora está 14 en el mundo y sale por televisión más veces, es nombrado, entrevistado y miles de cosas más. Creo entonces que es normal que la cosa cambie. Comercialmente, mi persona no es la misma que el año último. Sigo con el mismo sponsor, pero día a día van saliendo cosas nuevas. Espero que sigan saliendo cosas, que siempre son gratificantes.”
–¿Qué hacés con la plata?
–Trato de darme los primeros gustos. Trato de guardar el resto y de hacer la vida normal que hacen mis amigos.
–¿Cómo sos en los negocios?
–No hago negocios. Mi trabajo es el tenis. Mi negocio es el tenis. El único negocio que en este momento me tiene que interesar es entrar en una cancha y dar mi máximo para obtener resultados.
–¿Hay alguien que te ayude en el resto de las cosas?
–Sí, tengo personas al lado, acá en la Argentina, como mi papá, mi familia, mis amigos. Después estoy con SFX, una empresa internacional que maneja comercialmente a muchos jugadores.
La familia Cañas sigue su vida cotidiana, sin grandes cambios. Guillermo, con planes de irse a vivir solo, sigue por ahora muy cómodo en su cuarto, que está en el altillo de la casa de sus padres.
Su madre tiene todavía un bazar de barrio, que no es muy grande, pero que vende de todo: artículos de limpieza, perfumería, lencería. Acostumbrada a comprar y vender objetos, casi se desmaya en Estados Unidos cuando preguntó el precio de un pañuelo de Versace. Y salió del negocio pensando que, al fin, ella vende unos muy parecidos por menos de 5 pesos. Su padre le cedió su negocio a un hermano. Su hermana sigue con su vida normal.
Cuando no está entrenándose, Guille pasa un rato por el negocio de su mamá, o por el de su tío. No tiene en la zona muchos amigos, porque los que tiene pertenecen al mundo del tenis, igual que él.
“Me costó mucho este año convencer a mi papá para que disfrutara más las cosas. Después de tanto tiempo lo estoy logrando y ahora me alegra el hecho de que mis viejos me puedan acompañar a algunos torneos. Disfruto estar con ellos. Mi familia es muy importante para mí. Me encanta compartir momentos con ellos. Por ejemplo, ver una película todos juntos, el domingo a la tarde. O almorzar en familia. Esos momentos, que tal vez para la mayoría sean los más normales y comunes, son los que a mí me hacen falta cuando estoy afuera.”
Agradeecemos la colaboración al Club de Bomberos de La Matanza y a Giorgio Armani
El todo terreno de Tapiales
Su serie de resultados nunca se detuvo: en abril, ganó en Casablanca su primer título como profesional; además, llegó a otras tres finales en diferentes superficies: polvo de ladrillo (Stuttgart), césped (s’Hertogenbosch) y cemento bajo techo (Viena). También logró los octavos de final en Roland Garros y Wimbledon; encima, fue integrante del equipo que logró el ascenso al Grupo Mundial de la Copa Davis.
El éxito de Cañas, además de sus méritos, confirma el ascenso de una camada de muchos jóvenes jugadores que en el mundo del tenis son conocidos como la Legión Argentina. La temporada 2000 marcó el suceso de Franco Squillari (de 14 años) y Mariano Puerta (de 21).
2001 fue el año de Guille, el todo terreno de Tapiales, que el 14 de enero (el 13 para los argentinos, por la diferencia horaria) intentará continuar su marcha exitosa en los Grand Slams en Melbourne, donde se realizará el Abierto de Australia. Luego de su participación allí, Cañas volverá a la Argentina para disputar la Copa Davis, ante Australia, en el Buenos Aires Lawn Tennis Club (8 al 10 de febrero).






