
DESDE LA CUMBRE DEL MONT BLANC
El montañista argentino José Luis Fonrouge cumplió otro de sus sueños: trepar hasta la cima del monte más alto de Europa
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Chamonix, Francia.- Estar parado en el techo de Europa es una experiencia que no se parece a ninguna. El Mont Blanc es una cumbre con historia. Hace cuarenta millones de años, Africa y Europa se disputaban un espacio en el globo terráqueo. Se empujaban y cedían, intentando ocupar un lugar estable en la gelatina del magma en que la Tierra desarrollaba sus primeros años de vida. Como producto de esta batalla nacieron los Alpes Occidentales.
Los escombros de esta lucha de cíclopes se elevaron hasta alturas muy similares a las actuales, recibiendo allí las bajas temperaturas, que comenzaban a morder las primeras edades glaciares en que se sumergía la Tierra.
El macizo del Mont Blanc, el más alto de Europa, comenzó a destacarse sobre el resto de los cascajos luego de las continuas sedimentaciones de los océanos. La permanente erosión fue esculpiendo sus perfiles majestuosos con que nos impresiona en la actualidad.
En el cuaternario, los Alpes estaban bajo una feroz etapa glaciar. Mil metros de hielo cubrían los valles de Chamonix y de Aosta, en el versante italiano. Finalmente, los glaciares se fueron retirando hacia las alturas dejando valles aislados donde el hombre se aventuraba a vivir. Durante siglos, pequeñas catástrofes cotidianas galvanizaron el espíritu de lucha de sus habitantes.
En 1690, el obispo de Ginebra, Jean d´Arenthon vino a Chamonix para exorcizar los glaciares. No obstante, éstos volvieron avanzar en 1854 y 1892.
En 1760, un hombre de corazón valiente llamado Horace Benedict de Saussure, de sólo 20 años, partió de Ginebra por ese impulso indescifrable que sienten los hombres que aman la montaña. El 24 de julio de ese año ascendió al Brevent (un contrafuerte del macizo) y vislumbró, sin sentido aparente, la necesidad de escalar el Mont Blanc. Estaba inventando, sin saber, la conquista de lo inútil, también llamada alpinismo.
Apenas de regreso a Ginebra publicó un aviso en todas las parroquias del valle, recompensando a quien lograra ascender a su cumbre. Guías y aventureros redoblaron sus esfuerzos para lograr la meta.
En esos años, se creía que quien pasara la noche en las alturas moriría. Todos los intentos se limitaban a las horas diurnas. Hasta que en una de tantas tentativas, Jacques Balmat, un grabador de cristales de Chamonix, se separó del grupo en busca de cristales de roca y se perdió. Balmat pasó la noche en las alturas y sobrevivió a la tormenta, sentado sobre su saco. Cuando bajó al valle sano y salvo había capitalizado una experiencia invalorable.
Como Jacques Balmat, dos meses atrás, en mayo último, escalamos con mi amigo francés Alex de Vogué el Mont Blanc. Dejamos Chamonix y sus 5000 habitantes a bordo de dos tramos de cablecarril que nos dejaron a 3842 metros de altura, sobre la Aiguille du Midi (Aguja del Mediodía). Con varios grados menos y en un ambiente de alta montaña descendimos 300 metros hasta el plateau del glaciar Mer de Glace (Mar de Hielo).
Está en la frontera orográfica entre Italia y Francia. Es el segundo glaciar de Europa, en extensión y tamaño. Ocho kilómetros de suave descenso constituyen uno de los itinerarios clásicos del esquí, que termina en la estación de ferrocarril de Montanver. Estas dimensiones, comparadas con los tamaños de los glaciares patagónicos, son ridículas; imaginen que sólo el hielo continental sur tiene 300 km... En este mismo lugar estuve en los años 50. Me sorprendió en aquel entonces la cantidad de gente y de cosas que se confundían en la montaña: cables, teleféricos... confiterías. Hoy no me asombra ni me preocupa, me consuela saber que siempre existirán los Andes para disfrutar de la sensación de soledad y júbilo que llega con el descubrimiento de nuevas cumbres y horizontes.
La caravana se toma su tiempo en los pasos más difíciles
Montamos la carpa cerca de un nuevo refugio, el Cosmic. Una de las costumbres en los Alpes es comenzar las ascensiones casi el día anterior, es decir, despiadadamente temprano, a media noche o a la 1 de la mañana a más tardar.
Las razones son múltiples. Primero la nieve está más sólida en horas tempranas, es menor el riesgo de avalanchas y se puede regresar al refugio con margen suficiente de luz.
Durante la noche y antes de cerrar la carpa, llama la atención la cantidad de luces alrededor. Las del refugio, que permanece iluminado como un faro orientando a los alpinistas que parten o que llegan de ascensiones tardías; las de Chamonix, que se reflejan en las nubes; las de Italia y sus refugios Torino y Elbrhoner. Sí, no hay duda, estamos en los Alpes.
Un día en la montaña es una síntesis de lo que ocurre en toda una vida. Los contrastes son extremos, los momentos de euforia, de agotamiento, de desilusión, de nervios, de miedos y de alegrías. A las 12, la cumbre del Mont Blanc viene a nosotros. Un extenso manto de nubes cubre los valles de varios países: Italia al Sur, Suiza al Este, Francia en lo que queda disponible.
El teleférico, Aiguille du Midi, a 3842 metros de altura, fue el punto de partida de la aventura de Fonrouge y su amigo francés
La cumbre del Tacul es como un palco sobre la historia del alpinismo europeo. Se pueden reconocer por su nombre cada una de la cumbres que nos rodean y las rutas que fueron abiertas por personajes históricos Las Jorasses, los Drus y el Matherhorn. Montañas que fueron escenarios de tragedias y de glorias, que vistas con la perspectiva que dan los años ennoblecen el mosaico de la actividad humana sobre la Tierra. Por un instante imagino que nada ha cambiado. Que Balmat o Saussure están presentes en cada uno de nosotros y de aquellos que encontraron en la montaña una fuente de inspiración para la conquista de lo inútil.
Las andanzas de José Luis
Fonrouge comenzó a desafiar a las montañas a los 13 años, cuando abrió nuevas vías en las torres del Catedral. En 1960, realizó la segunda ascensión de la torre norte del Paine, en Chile, y en 1965, la primera ascensión de la Súper Canaleta del Fitz Roy. De allí en adelante cumplió con sus metas, llegando a diversos picos en todo el mundo.
Hoy se dedica a su familia: su mujer, Mariele Tezanos Pinto, y sus hijos José, Carola y Agustín, y también realiza para la televisión documentales sobre diversos aspectos de la naturaleza.






