
Diego Torres Un desesperado de la felicidad
Acaba de llenar el Luna Park siete veces en un mes y su tema Color esperanza se ha convertido en una suerte de himno, cantado en las escuelas primarias. El hijo menor de la legendaria Lolita Torres –que hoy ofrecerá una función adicional– afirma que construyó su fama peldaño tras peldaño
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Un nuevo himno parece haberse instalado entre los argentinos. Por ejemplo, en las escuelas, además de las canciones patrias y otras más o menos populares, últimamente padres, chicos y maestros cantan en los actos Color esperanza, el último hit de Diego Torres, que pertenece al álbum Un mundo diferente, y lleva vendidas 84.000 unidades. Este tema se ha convertido –también desde la radio, donde está número uno en el ranking– en una especie de amuleto sonoro para contrarrestar la era del poscorralito argentino.
Este joven que una vez fue un cotizado galancito de la televisión no se dejó absorber por el medio y recorrió, paso a paso, el camino como cantante solista. Se afianzó hasta el punto que llenó, a principios de agosto, el Luna Park durante cinco noches, convocando a 35.000 personas, sin contar las últimas dos funciones, el 30 y 31 del mes último, que sumaron 15.000 personas más.
Pero no se da por satisfecho y ya tiene grabado, con un moderno equipo instalado en su casa, uno de los temas centrales de su próximo disco, Llorarás. Se trata de una canción al más puro estilo flamenco y con algo de cante jondo, aquel característico lamento gitano. Pero el tema promete hacer bailar a los fans de Diego, esta vez, batiendo palmas y haciendo pasos que imitan al baile español. Porque a pesar del estilo y del nombre, hay una alegría innata en la canción. Esta es, precisamente, una de las características del cantante. Se esmera en transmitir que, a pesar de todo, la buena onda es fuente de vida, de la buena vida.
A los 31 años, defiende a ultranza aquellos aspectos que lo transforman en un bon vivant, y que lo identifican con la playa, las buenas compañías, la nieve... y los buenos vinos. De hecho, seguido por una intuición que hasta ahora no le falla, planea sacar en marzo un vino con etiqueta propia made in Mendoza.
Desde su casa, en el Gran Buenos Aires, Diego charla sobre su vida, su carrera y sus amores.
El showman, el novio
–¿Te considerás el abanderado de la esperanza?
–No, yo no soy el más optimista de todos. De hecho, la canción Color esperanza dice: Sé qué hay en tus ojos con sólo mirar, que estás cansado de andar y de andar, girando siempre en el mismo lugar... Es la sensación que todos tenemos. No es que esté todo bien...
Después, desde el estribillo se abre la puerta al optimismo: Saber que se puede, querer que se pueda, quitarse los miedos, sacarlos afuera, pintarse la cara, color esperanza...
En escena, Diego cuenta una anécdota en la que en un hotel al que concurrió con su pareja, Angie Cepeda, en México, él era llamado el señor Cepeda. Es, en realidad, lo contrario de lo que podría indicar un gurú del marketing, que seguramente recomendaría que se exacerbe el ánimo de las fervientes y compradoras de CD adolescentes.
–Yo nunca jugué con eso. Siempre planteé mi relación con el público desde otro lugar, mucho más auténtico, más directo. Yo antes la pasaba mal cuando tocaba en vivo. Cuando salía, era un griterío, y yo me la pasaba diciendo shhhhhh. Seguramente habrán pensado, ¿a este qué le pasa? Ahora me gusta el público que tengo. Ese es mi verdadero éxito. Y si tengo novia, tengo novia. No trabajo sobre la fantasía de la chica que piensa que quizá termine conmigo.
–¿Cuánto tiempo llevan juntos, y a la distancia?
–Vamos a llegar a los siete años. Ella está preocupada por la famosa comezón.
–¿Quién decoró la casa?
–Angie aportó mucho. Se extraña cuando no está, pero tratamos de vernos todos los meses.
–¿Estás pensando en familia..., hijos?
–Por ahora no, pero tampoco lo veo tan lejos. Es un poco una cuestión de los dos. Yo podría tener un hijo mañana, pero la que pone el cuerpo y la que engorda 20 kilos es ella. Yo voy a seguir flaquito, espléndido... Pero, bueno, ojalá que se nos dé. Los dos amamos los chicos...
En 1997, Diego otra vez le dijo que no al marketing y apostó a una película dura, que dejaba completamente de lado la figura del muchacho-lindo-bueno que canta y enamora chicas. Y no se equivocó. La furia (1997), dirigida por Juan Bautista Stagnaro, convocó al cine a 1.300.000 personas.
–Fue una película muy arriesgada. Tuvo éxito, pero yo no la hice pensando en los resultados. Me pareció un desafío y también una sorpresa para el público. Era lo que yo estaba buscando. No quería hacer comedia. Otra vez fui en contra de la corriente, porque gente alrededor mío me decía: ¿Te parece hacer esa película? Nadie la veía. Pero yo me manejo así.
De todas maneras, algo de marketing personal tiene presente. La prueba está en que para lucir el look inventado por él mismo, donde se ve un bigote bajo y una patilla cuadrada, tarda media hora en afeitarse.
Lolita
Es un tema recurrente en la nota. Cada tanto, aparece en los recuerdos de Diego “mi mamá”.
–¿Qué cosas te enseñó Lolita, que ahora estás aplicando en escena, en tu carrera, en tu vida?
–Yo crecí mirando la relación que mamá tenía con el público. La respetaban muchísimo. Por eso es que yo no concebía lo que me pasaba a mí. Ella, simplemente con un gesto, lograba que todos se calmaran. También heredé el gusto por la fusión de distintos estilos de música. Ella se ha conectado con los artistas más diversos, que es también lo que me está pasando a mí.
Según el artista, su vida transcurrió feliz y apaciblemente hasta los 26 años. Es el menor de cinco hermanos, el mimado. Y tuvo un infancia feliz, rodeado de cariño. Quizás el más fuerte de los golpes haya sido la muerte prematura de Fernando Olmedo, un amigo muy querido, que falleció en un accidente de auto junto al cantante Rodrigo. Su mayor preocupación, hoy, es la salud de su madre.
–Para mí y mi familia es un golpe difícil. Lo que pasa es que yo trato de irradiar una buena vibración. La gente me ve contento porque soy un guerrero y busco desesperadamente ser feliz. Una vez un amigo me dijo que hay tres cosas en la vida que son elementales: primero la pasión, después la aceptación (aclara que él está en esa etapa) y por último el entendimiento, que va de la mano de la sabiduría. Mi vieja tiene una gran sabiduría, quizá por su enfermedad en los huesos, pero también porque tuvo una vida muy difícil. Mi madre a los 15 años perdió a su madre, y su padre era muy estricto. Era él quien no la dejaba besarse frente a las cámaras. Pero ella quiso ser artista, y él se la tuvo que bancar. Después quedó viuda de su primer marido a los 28... Tuvo una vida densa, para bien y para mal.
–¿Te enseñó algún truco para cuando estás en escena?
–Siempre dice que cuando te olvidás la letra, hay que inventar otra. Y sí... quedarse callado, nunca... rendirse, jamás.
–¿Qué recuerdos tenés de aquella primera vez que te subiste al escenario a tocar el charango y con sólo 4 años?
–Mirá, yo veo ahora a los hijos de los que trabajan conmigo correteando por el estadio y me acuerdo de que cuando yo era chico y me la pasaba de gira con mi vieja, subía al escenario y tocaba todos los instrumentos. Pero como era el hijo de Lolita me tenían que soportar. Mamá me decía: Nene, nene, calmate un poquito, nene. Yo soy, en el buen sentido, un bicho de esto. Me crié en teatros, estadios, giras. Y lo disfruto muchísimo.
En 1995 fue el único artista latinoamericano en ser convocado para participar en un disco homenaje a Joan Manuel Serrat, Serrat... eres único. Su versión de Penélope ocupó durante varios meses el primer puesto en España y también en varios países de América latina. De esta manera, se le abrió la puerta en el exterior, lo que es hoy uno de sus mayores logros.
–Penélope es una canción difícil porque tiene un concepto de los años 70. En realidad me llamaron a mí porque nadie la había querido grabar. Comienza lenta, después sube increíblemente la velocidad y después frena abruptamente. Nosotros trabajamos en un concepto de armonía estable, pero para encontrarla sin que se transforme en un bolero, hubo que trabajar muchísimo. Lo que nunca pensé es que la versión iba a explotar en los charts.
–¿Quién es Penélope?
–¡Tampoco voy a deschavar al amigo Serrat! Habrá sido un hueso de él. (Se ríe.) En fin, hay cosas de las giras que no se cuentan.
–Al hacer tantas giras, tenés una mirada privilegiada sobre América latina.
–Es muy difícil recorrerla, con las situaciones que se dan ahora. Quizá tenés planeado un recital, pero resulta que explota el país. Tenés que andar controlando el noticiero para ver si podés ir a dar un recital o no. Pero por eso mismo el público te agradece que vayas, y es tremendo.
De perfil
1971- Diego Antonio Caccia Torres nació en Buenos Aires, el 9 de marzo. Es el hijo menor de Lolita Torres y Julio César Caccia, alias Lole.
1988- Formó una banda llamada La Marca.
1989- Incursionó en la televisión con la comedia Nosotros y los otros, con Rodolfo Bebán y Silvia Montanari.
1990- Integró el elenco de Pájaros in the nait, dirigido por Ricardo Darín.
1991- En televisión, protagonizó La banda del Golden Rocket, junto a Adrián Suar, Araceli González, Fabián Vena, Gloria Carrá, Marisa Mondino.
1992- Debutó como solista y sacó el disco Diego Torres, que vendió 200.000 unidades.
1994- Segundo álbum: Tratar de estar mejor, que vendió 700.000 unidades. También trabajó en la película Una sombra ya pronto serás.
1996- Su tercer álbum salió a la venta: Luna nueva.
1997- Se estrenó La furia, con la dirección de Juan Bautista Stagnaro.
1999- Filmó el thriller La venganza. Sacó su cuarto disco: Tal cual es.
2001- El 19 de noviembre salió a la venta Un mundo diferente, su quinto disco.
Recitales en el Luna
Sobre el final de uno de los recitales, Sol y Angela, las dos sobrinas de Diego, le entregaron al tío el disco doble platino.
Hace diez años, Lolita Torres también se encontraba sobre estos escenarios. En esa ocasión, festejó sus 50 años con el arte en un recital donde el público la ovacionó. Una década después, y a modo de continuación, Diego, su hijo menor, presenta Un mundo diferente, su quinto disco, también en el Luna Park.
En el show se mostró una fusión de estilos que ya es característica de la música de Diego. Se incluyen el funk, la rumba española, con la presencia en escena del guitarrista flamenco David Amaya, y también ritmos latinos, a los que aporta lo suyo el cubano Alex Batista.
A las fans de siempre se sumaron familias enteras, en las que estaban presentes desde los abuelos hasta los integrantes más jóvenes del clan. Se notaba un clima general de alegría.
El disco, que salió a la venta el 19 de noviembre último, cuenta con la producción de Cachorro López (ex bajista del grupo Los Abuelos de la Nada) y Kike Santander (que trabaja con Emilio Estefan).
Se grabó en Buenos Aires, Madrid y Miami, con un proceso final llamado mastering (donde se equilibran los sonidos), realizado en Milán.
Color esperanza
(La canción de Diego que cantan hoy los chicos)
Sé que hay en tus ojos con sólo mirar
que estás cansado de andar y de andar
y caminar girando siempre en el mismo lugar
Sé que las ventanas se pueden abrir
cambiar el aire depende de ti
te ayudará, vale la pena una vez más
Saber que se puede, querer que se pueda
quitarse los miedos, sacarlos afuera
pintarse la cara color esperanza
tentar al futuro con el corazón
Es mejor perderse que nunca embarcar
mejor tentarse a dejar de intentar
aunque ya ves que no es tan fácil empezar
Sé que lo imposible se puede lograr
que la tristeza algún día se irá
y así será, la vida cambia y cambiará
Sentirás que el alma vuela
por cantar una vez más
Vale más poder brillar que sólo buscar ver el sol
C.Sorokin, Cachorro López, Diego Torres
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