
Disney, Dalí y la película perdida
En 1946, Walt Disney y Salvador Dalí crearon el corto animado Destino. Por desinteligencias entre ambos el film quedó inconcluso, pero ahora un equipo de la Disney reconstruyó el legendario proyecto, que pudo verse en octubre último en el Festival de Cine de Nueva York
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En 1937, Dalí le escribió a su compañero surrealista André Breton contándole su viaje a California: "Llegué a Hollywood y entré en contacto con los tres grandes bastiones surrealistas estadounidenses: los hermanos Marx, Cecil B. De Mille y Walt Disney".
Y eso podría haber sido todo, de no haberse producido una fiesta en la casa del productor Jack Warner, en 1945. Allí, Disney y Dalí volvieron a encontrarse y, al año siguiente, se embarcaron en una de las más improbables colaboraciones artísticas del siglo XX: el creador del Ratón Mickey y el pintor de imágenes oníricas unieron fuerzas para crear el dibujo animado Destino.
Dalí declaró a la prensa que sería "una exposición mágica del problema de la vida en el laberinto del tiempo". Con nerviosismo, Disney tradujo, diciendo que era "sólo la simple historia de una chica en busca de su verdadero amor". Durante ocho meses trabajaron juntos, hasta que Disney, alegando problemas financieros debido a la posguerra, abandonó el proyecto.
En los 57 años transcurridos desde entonces, el inconcluso dibujo animado ha adquirido la reputación de una obra maestra perdida: Destino se ha convertido en un corto de animación rayano en lo legendario. Pero ya no está perdido: en octubre último, durante el Festival de Cine de Nueva York, esta leyenda de seis minutos y medio se estrenó finalmente en los Estados Unidos.
La reconstrucción
El corto animado ha sido reconstruido a partir de las pinturas y los dibujos de Dalí por una nueva generación de realizadores coordinados por el sobrino de Disney, Roy, vicepresidente de la Walt Disney Company, y por el que fuera asistente de Dalí en el proyecto original, John Hench, ahora de 95 años.
Nada podría estar más lejos de Blancanieves. Las incongruencias que son la marca registrada de Dalí dominan el film: hay hormigas lentísimas, estatuas colosales, paisajes sombríos y, por supuesto, relojes.
En 1945, Dalí estaba en Hollywood diseñando escenografías para Hitchcock, pintando retratos de Jack Warner y su esposa, y buscando la manera de inyectar el surrealismo en el mercado masivo norteamericano. Sostenía que en los Estados Unidos los realizadores de dibujos animados aplicaban desatinadamente los principios surrealistas a sus films.
Al mismo tiempo, Disney pasaba un mal momento. Debido a la guerra, sus carísimos films -Fantasía y Pinocho, en 1940, y Bambi, en 1942- no habían recaudado casi nada en Europa.
Grandes desinteligencias
Disney y Dalí vieron las posibilidades artísticas de un proyecto conjunto, y también eran conscientes de la resonancia publicitaria. Además, ambos eran adictos al trabajo.
Al principio, Disney se entregó al proyecto. Estaba dispuesto a asumir un gran riesgo artístico y financiero para ampliar las posibilidades de los films animados. Pero finalmente las diferencias entre los dos miembros de esta extraña pareja empezaron a superar las semejanzas. La película, según los animadores Frank Thomas y Ollie Johnston, no estaba saliendo como ninguno de los dos lo había esperado al principio. Y otros dijeron que, en realidad, "Dalí y Disney no se entendieron porque no hablaban el mismo idioma". Y si bien la razón oficial del abandono del proyecto -las preocupaciones económicas- era real, seguramente las cuestiones relativas al enorme ego de los socios jugaron un papel significativo. De Dalí y sus excentricidades ególatras se conocen muchas anécdotas, pero parece que Disney no se quedaba atrás.
Cuando Orson Welles les hizo sugerencias a sus animadores acerca de El Principito, Walt dijo al representante de Welles: "Aquí no hay lugar para dos genios".
Cuando Disney abandonó el proyecto, Hench, que es actualmente ejecutivo de Disney, intentó salvarlo, haciendo una muestra de 15 segundos para mostrarla.
Esa exhibición fue rescatada por Roy Disney para Fantasía 2000. Pero en una conversación con los abogados de la empresa, Roy Disney descubrió algo muy interesante: el contrato de Dalí estipulaba que las obras de arte originales -22 óleos y decenas de dibujos- sólo serían propiedad de Disney cuando se hiciera el film.
Así, la finalización de Destino no sólo estuvo motivada por el deseo de honrar la historia del estudio, sino también porque las obras antiguas de Dalí valen millones.
El dinero fue la razón que Disney alegó para abandonar Destino, y es ahora la razón por la que Roy Disney ha terminado el film. En cualquier caso, casi 60 años después de aquella fiesta en casa de Jack Warner, y 37 después de su muerte, Walt Disney sigue demostrando que fue un verdadero innovador.
Fotos: Bettmann/Corbis y John Springer Colletion/Corbis
The New York Times/LA NACION (Traducción: Mirta Rosenberg)






