
El revival del formato disparó los precios, pero todavía hay lugares donde ir a buscar tesoros sin pagar fortunas
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El ritual del vinilo no solo tiene que ver con el aura romántica que rodea al formato. Hay algo más allá de desenfundar el disco y ponerlo a girar a 33 revoluciones por minuto mientras admiramos su portada XL. El acto ceremonial comienza antes que eso: conseguir discos es un safari que, aunque gratificante, en la Argentina suele ser incómodo, tedioso y carente de glamour.
Estamos lejísimos de eso que pasa en los locales de Urban Outfitters, la marca de ropa que en Estados Unidos les otorga en sus locales un lugar cada vez más destacado a las bateas de vinilos. En este paraíso hipster, por unos cien dólares conseguís una bandeja Crosley con diseño vintage y salida USB. Pero no nos engañemos: tanto confort es una excepción a la regla. Son muy pocas las disquerías monstruosas, como Amoeba (Los Ángeles y San Francisco), que sobreviven. Y las subastas de eBay o las ofertas diarias de PopMarket cotizan en practicidad, pero pierden en épica.
Coleccionar vinilos exige pequeños sacrificios y mucha constancia. Los vinilos son voluminosos. Además, los locales donde los conseguimos son estrechos, poco ventilados y bastante opresivos. La oferta es siempre fluctuante y el stock no es renovable, así que la dinámica implica circular con los ojos bien abiertos. Y, en lo posible, con efectivo en el bolsillo. Las tarjetas no suelen ser bienvenidas.
En Buenos Aires, la feria del Parque Centenario congrega, en especial la mañana del domingo, a buena parte de la comunidad melómana. Un desafío tedioso aunque entretenido es revisar los canastos con ofertas de diez o veinte pesos. Los discos no están ordenados y muchas veces el material es prescindible, pero ahí está la gracia: encontrar en ese fango un oscuro brillante puede ser el premio a la tenacidad.
La esquina de Corrientes y Uruguay funciona como eje de una serie de disquerías especializadas que tienen una buena curaduría. Tanto Cactus Discos (Uruguay 290) como El Gallo Cantor (en el local 23 de Corrientes 1372) o Bonus Track (en el local 39 de la Galería del Óptico, Corrientes 1246) son lugares ineludibles para rastrear joyas del rock (local y global) y un gran abanico de géneros.
En Palermo, tanto Miles (Honduras 4969) como Exiles Records (Honduras 5270) se ofrecen como opciones algo más cool, con locales no tan opresivos y una oferta con clásicos contemporáneos, como el debut de MGMT o Mac DeMarco, pero también con clásicos de Piazzolla o Spinetta.
Otros sitios, en cambio, pueden ser de lo más extraños. En Villa Crespo, El Gramófono (Camargo 455) ofrece una escenografía bizarra. Hay que atravesar una larga vidriera llena de duendes y lechuzas de porcelana fría para encontrarse con más de cinco mil vinilos. El local es oscuro y asfixiante. Rafael, anfitrión sesentón y cascarrabias, hace de guía y muestra algunas ofertas interesantes, como cien discos de tango o folclore a elección por $450. Es una buena alternativa para empezar una colección. Sean moderados: es fácil volverse adicto.
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