
Dos tipos audaces
Uno tiene 80 años. El otro, 33. Representan dos generaciones de una saludable tradición: hacer reír a los argentinos de su realidad cotidiana y sus gobernantes, con apenas cuatro trazos y un par de frases mordaces
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¿Qué sería de los argentinos si no pudiéramos reinos de los avatares políticos del país? En esta nota, dos humoristas de diferentes generaciones -Landrú, de Clarín, y Nik, de LA NACION- dan cuenta de una larga y saludable tradición: el oficio de hacer reír desde las páginas de los diarios, con sólo esgrimir un puñado de dibujos y palabras punzantes
¿Quién les teme a los humoristas políticos? Ante todo, los gobiernos autoritarios. Se diría que resistir a cualquier forma de poder omnímodo con cuatro trazos y un par de frases mordaces impresos sobre papel es una rebeldía de cotillón. Sin embargo, la historia demuestra que cuanto menos democráticos son los gobernantes, más ahínco ponen en acallar a los parteros de la risa colectiva.
Es cierto: el humor no resuelve ninguna de las desgracias nacionales. Pero ayuda a sobrellevarlas. La broma punzante funciona como una defensa del cuerpo social frente a las trastadas de los oficialismos de turno. Hay quienes magnifican el poderío de los humoristas hasta el punto de sostener que un chiste puede tumbar a un gobierno.
Ya en el siglo XIX, Leandro Alem había dicho que "la revolución de 1890 la hicieron las armas y las caricaturas de Cao y Sojo". Desde entonces, los humoristas se desviven por poner las cosas en su lugar: el chiste no cambia la realidad, sólo la exhibe más o menos descarnada.
No sólo de tinta vive la sátira política. El teatro, la radio y la televisión también han demostrado ser tierra fértil para reírse de los poderosos. En la Argentina contemporánea es imposible encender el televisor y no toparse con alguna cuestión política tomada en solfa. Hoy por hoy, hasta los noticieros echan mano del chiste. Producto de la práctica menemista, en la TV los hombres públicos dejaron de ser objeto de humor -como sucedía, por ejemplo, en los monólogos de Tato Bores-, para pasar a ser parte de la comparsa. Sobre todo en épocas de campaña electoral. Y si no, que lo digan los chicos de Caiga quien caiga. Con tanta juerga mediática asumida, ¿cómo se explica que a los políticos los sigan desvelando cuatro trazos y un par de frases mordaces impresas sobre papel? ¿Qué tendrá el humor gráfico para que frente al chiste publicado en un diario los dirigentes sean capaces de reacciones como las que revelan Landrú y Nik en esta conversación infidente?
Landrú tiene 80 años. Nik, 33. Pero cuando se ponen a jugar con las palabras, el calendario se desorienta y son dos chicos planificando una maldad de entre casa.
Nik dice que Menem tuvo un gato en la cabeza. "Un gato en la cabeza y varios gatos más en otro lado", remata el creador de Tía Vicenta.
Landrú dice que el presidente Kirchner abrió varios frentes al mismo tiempo. "Empezando por su propia frente, el día de la asunción", remata el padre de Gaturro.
Más tarde, se los ve tan tranquilos dibujando que dan ganas de ponerlos como ejemplo de conducta para niños rebeldes. Pero sólo son inofensivos en apariencia. Les bastan un puñado de trazos, un comentario filoso y un espacio en La Nacion, a Nik, y otro en Clarín, a Landrú, para convertirse en potenciales pesadillas de los políticos de turno. Landrú lleva en esas lides la ventaja de la experiencia. Desde que publicó su primer dibujo político en Cascabel, allá por 1945, ejerció el humor político en tiempos de democracia y de dictadura. Nik tiene, en cambio, el beneficio de ser virgen de gobiernos de facto: comenzó a publicar a fines del gobierno de Raúl Alfonsín.
Sentado frente a su joven colega, Landrú se da el gusto de prologar la conversación con una ocurrencia de las suyas: "Este es un diálogo entre un humorista de la nueva generación y otro de la vieja degeneración", se divierte.
-¿Es el humor político un modo de venganza ciudadana frente a la acción de los malos gobernantes?
Landrú: -No, sólo es una crítica para que la gente se ría. En vez de estar furiosa por lo que pasa y poner una bomba, la gente se ríe con el chiste y se olvida. Es una válvula de escape.
Nik: - Hay una porción de pequeña venganza. El ciudadano dice: ellos me hi-cieron tantas cosas a mí que yo por lo menos canalizo la bronca a través de este cuadrito, riéndome y poniendo en ridículo a este señor que está en la cima del poder y que es capaz de arruinar mi vida con una medida.
-¿Puede esa suerte de justicia popular convertirse en linchamiento mediático?
Landrú: -Muchos creen que por un chiste puede caer un gobierno. Jamás. El humor no crea opinión. Cuando estaba la Unión Democrática contra Perón, todos los diarios se oponían a Perón y, sin embargo, Perón ganó. Eso significa que el periodismo no puede cambiar la opinión de la gente.
Nik: -Algunos dicen que los humoristas tenemos el poder de ponerle un mote a un presidente y que después ya no se lo puede sacar. Pero el mote queda sólo si está respaldado por la realidad. El humor puede fijar preconceptos, pero no crearlos. Un buen ejemplo de esto fue el intento de caricaturizar a Néstor Kirchner como marioneta de Duhalde. A las dos semanas de asumir el cargo, tomó quince medidas: ya no hacía gracia de-cirle marioneta. El mejor antídoto de un presidente contra el humor es hacer las cosas bien. Esa es la forma de taparles la boca a los humoristas.
-¿Marcó Menem un antes y un después en el humor político argentino?
Nik: -Menem creó una forma de hacer política que al principio parecía simpática y que terminó siendo macabra. Nunca hice humor a favor del menemismo, pero ahora pienso que al haber publicadotantos chistes del tipo Carlitos, qué piola que sos porque andás en la € Ferrari y salís con minas, terminábamos lavando su imagen y acercándolo a la gente. Sin querer, con esos chistes lo convertíamos en un personaje popular, gracioso, cómico.
Landrú: -No creo que Menem haya marcado un punto de inflexión. Sobre Alfonsín también se habían hecho montones de chistes. A Menem lo conocí en 1978. Yo había acompañado al secretario general de Clarín a hacerle un reportaje a Beba Bidart, en el boliche Taconeando, en San Telmo. Era junio y hacía mucho frío. De pronto entra un hombre vestido de blanco, zapatos blancos y enormes patillas. Era Menem. A mí no me gustó. Me disculpé, dije que estaba apurado y me fui.
-¿Por qué no le gustó?
Landrú: -No me gustó el aspecto de él y, además, no sentía simpatía por Menem. Tuve la sorpresa de que cuando lo eligieron presidente me mandó una invitación, de puño y letra, para el acto de asunción. Pasan los años y a José Claudio Escribano, actual subdirector de La Nacion, lo condecoran en la embajada de Francia. Yo asisto al acto. Estoy conversando con un amigo y de pronto entra Menem. Me ve y me pregunta: "Hola, ¿cómo te va?" Y yo le digo: "Pero, señor presidente -yo no lo tuteaba-, ¿usted cómo me conoce?" "¿Cómo no te voy a conocer con los dibujitos que me has hecho?" "Señor presidente, discúlpeme si lo he ofendido", digo yo. "Pero no me trates de usted, tratame de vos", reacciona Menem. "Bueno, desde hoy te voy a vostear", le dije. Se rió. En ese momento, veo que está entrando Alfonsín ."¿Lo llamo?", pregunto. "No, no, no", dice Menem. Cuando Alfonsín se acerca, digo: "¿Se conocen? Estoy concertando el pacto de Olivos II".
-¿Necesita el humorista mantener cierta distancia de los políticos?
Nik: -Trato de mantener la distancia porque sé que cuando llega el momento de criticarlos, soy implacable.
Landrú: -Yo he tenido muchos amigos políticos. Alfredo Palacios era mi amigo y yo hacía chistes sobre él. Cuando no aparecía en Tía Vicenta, me llamaba por teléfono. "¿Estoy perdiendo vigencia?", me preguntaba. Los políticos quieren que se hagan chistes sobre ellos porque es una manera de que la gente los conozca. No se pueden enojar. A pesar de los chistes que yo hacía sobre Alfonsín, él no se enojaba. Si me ve, se acerca, me saluda, come conmigo. Ahora mismo, Kirchner dice: "Yo soy el Pingüino". Pero es cierto que algunos son más desconfiados que otros.
-¿Quién es muy desconfiado?
Landrú: -De la Rúa era muy desconfiado. A pesar de nuestra amistad, una vez fue a la redacción de Clarín y con el rabillo del ojo vio que había un dibujo mío sobre un escritorio. Se lo metió en el bolsillo y se lo llevó. A las 11 de la noche me llamaron de la redacción para pedirme que hiciera el dibujo de nuevo. Dije que no. "A esta hora no, que no salga -contesté-. Y además, ¿por qué dejaron que se lo llevara?" Fue cuando De la Rúa acababa de ganarle la interna a Graciela Fernández Meijide. Dos o tres días más tarde, De la Rúa me llama por teléfono y me invita a conocer su nuevo despacho que quedaba en el lugar donde antes había estado el diario La Prensa. Fui, me hizo pasar, y en su oficina había un panel con varios dibujos de humoristas. Veo que en el medio está el mío. "Este es el dibujo que me regalaste", me dijo. "No, ése es el dibujo que no se publicó", le contesté. Nada más.
-¿Cuál era el chiste que tenía ese dibujo?
Landrú: -Era un chiste inocente y hasta más vale a favor de él. Coincidió que el día que él le ganó a Fernández Meijide había bajado la Bolsa y entonces yo la había dibujado a ella con las bolsas (de los ojos) más bajas. Ese era el chiste. Pero él se lo llevó porque temió que fuera un chiste que lo pudiera perjudicar.
-¿A usted no le molestó esa actitud de De la Rúa?
Landrú: -A mí me pareció ridículo, nada más.
-¿Los políticos les piden que modifiquen los chistes?
Landrú: -A Perette, el vicepresidente de Illia, por ejemplo, yo lo hacía muy bajito. Y eso que yo salía mucho con él. Cada tanto me llamaba por teléfono para ver si lo podía dibujar medio centímetro más alto. Le decía que sí, que cómo no, pero lo seguía dibujando chiquito. En una oportunidad declaró públicamente que era hincha de Boca. Entonces saqué un chiste que decía que se había confirmado que la mitad más uno y medio es hincha de Boca.
Nik: -Los políticos son coquetos y les gusta verse bien hasta en los chistes. Corach, por ejemplo, pidió que no lo dibujara con tanta papada. Les molesta mucho cuando encontrás una forma de caracterizarlos que se les pega como un baldazo de brea. De la Rúa detestaba la caricatura con la nariz de chupete y el gorro de pijama y el cepillo de dientes.
Landrú: -Lo que pasa es que si uno hace un chiste a favor del presidente, la gente no se ríe. El uruguayo Wimpi me enseñó que lo que más gracia le causa al lector es reírse de la gente importante, de los poderosos, de los que están arriba.
-¿Aunque el que esté arriba sea un presidente como Kirchner, que según las encuestas tiene el 90 por ciento de imagen positiva?
Landrú: -Sí, eso dicen las encuestas, pero hay que ver quiénes hacen las encuestas porque hasta ahora el Presidente ha abierto muchos frentes y no ha cerrado ninguno.
Nik: -Es un poco prematuro. Sólo lleva unos meses de mandato. Con De la Rúa, al principio había sucedido lo mismo: tenía una imagen muy alta y nadie se atrevía a criticarlo. Creo que el actual presidente cosecha popularidad porque toma decisiones desde la lógica de la gente y no desde la lógica de la política. Pero hay que ver si la dinámica de la política, que es diferente de la de la gente, le permite realizar las intenciones que tiene.
-¿Es Kirchner un personaje atractivo, desde el punto de vista del humor?
Landrú: -Claro. El día que asumió, lo que hizo con el bastón presidencial era una cosa muy graciosa. O cuando se escapó de la custodia..., pero el temor mío es que le pongan el mote de Yetatore por lo que sucedió con el helicóptero.
Nik: -Yo creo que Yetatore era más para Menem. La imagen que se está haciendo Kirchner es la del hombre difícil de controlar.
-En situaciones críticas como, por ejemplo, el corralito o la seguidilla de presidentes a fines de 2001, ¿qué prevalece en ustedes: el sentimiento de ciudadanos perjudicados por esa realidad o el de humoristas dispuestos a reírse de ella?
Landrú: -A uno le daba una tristeza espantosa, pero había que hacer un chiste sobre eso. Trabajamos en diarios, por lo tanto estamos obligados a hacer un chiste todos los días. Y a veces no hay más remedio que reírse de uno mismo.
Nik: -Somos como la orquesta del Titanic: aunque el barco se esté hundiendo, tenemos que seguir tocando.
Agradecimiento: Andrés Cascioli.
Landrú
Nombre: Juan Carlos Colombres.
Nació: el 19 enero de 1923.
Estado civil: casado
Publica en: Clarín y Nueva Provincia.
Carrera: en 1957, fundó Tía Vicenta, que vendía 50.000 ejemplares. Transformada en suplemento del diario El Mundo, pasó a vender 500.000, y fue cerrada por el ex presidente Onganía. En 1968 creó Tío Landrú. Fue autor del primer programa de humor político de la TV local, Los Caballeros de la Junta Redonda (1957).Premios: Ciudadano Ilustre de Buenos Aires (2003). La Universidad de Columbia le otorgó el premio periodístico Moors Cabot, en 1971. Es miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo.
Nik
Nombre: Christian Dzwonik.
Nació: el 18 de marzo de 1970.
Estado civil: casado.
Publica en: LA NACION
Carrera: diseñador gráfico (UBA). Estudió en la escuela de Garaycochea mientras cursaba el secundario en el Nacional de Buenos Aires. A los 17, trabajó en Muy Interesante y después en El Cronista Comercial. Desde 1992 está en LA NACION: con el chiste político en el cuerpo principal, la foto que habla y Gaturro. Premios: Ranan Lurie (Hispanic Owned Newspapers). Premios ADEPA, de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y Konex de Platino.
Nik, ante la pantalla
DONDE TRABAJA: "En 1992, entré en La Nacion. Durante los primeros seis años, trabajé en el diario. Tuve picos de agotamiento y entonces empecé a hacer todo desde mi casa. Allí tengo una habitación especial con mi computadora, mi radio, el televisor apagado. Vivo en Palermo, cerca de la plaza Las Heras, y trabajo con mi mujer".
CUANDO: "Trabajo desde la mañana hasta la noche. Comienzo leyendo los diarios. Recibo la edición impresa de La Nacion y los demás, los leo por Internet. Luego, intercambio ideas con mi mujer, y me pongo a trabajar. Vía mail, envío el material a la Redacción. Si no les gusta, tengo tiempo para cambiarlo hasta las 10 u 11 de la noche. Estoy casi todo el día adentro de mi casa. Cuando termino de trabajar, me cuesta desenchufarme".
COMO: "Por la mañana, me cargo de información. Después defino un tema y me pregunto: ¿qué quiero decir con este chiste? Sólo entonces veo cómo lo digo. Lo primero siempre es la idea; nunca hago un chiste a partir del dibujo a menos que la idea sea muy gráfica y que no haga falta el texto".
Landru, en su tablero
DONDE: "Vivo en Avda. Alvear y Parera. Allí armé un cuarto muy cómodo con una mesa de dibujo. Pero mi mujer ha ido invadiéndolo con ropa. Ella es cinco años menor que yo, y ya le incomodan los tacos. Su nuevo hobby es comprar zapatillas. Tiene como trescientos pares que acumula en la habitación donde trabajo, así que dibujo rodeado de zapatillas y ropa de mujer".
CUANDO: "Me despierto a las 8.30, desayuno, leo dos diarios -Clarín y La Nacion-, y empiezo a dibujar mientras escucho la radio. Con las noticias, se me van ocurriendo los chistes".
COMO: "Primero tengo la idea y después hago el dibujo. Mi política es clara: no hago chistes en favor ni en contra de lo que sucede, sino sobre lo que sucede. Trato de no agredir".
De politicos y animales
El presidente Néstor Kirchner lleva el mote de Pingüino sin mosquearse. La tradición de bautizar a los políticos con apodos zoológicos viene de lejos: Julio Argentino Roca supo ser el Zorro; Miguel Juárez Celman, el Burrito Cordobés; Luis Sáenz Peña, el Pavo; Leandro N. Alem, el Chivo; Hipólito Yrigoyen, el Peludo; Arturo Illia, la Tortuga; Juan Carlos Onganía, la Morsa; Alvaro Alsogaray, el Chancho.
En materia de motes aplicados a la fauna política, Landrú se hace cargo de la parte que le toca: "Soy el culpable de lo de la Tortuga -admite-. Lo de la Morsa, lo inventé yo. Y a Alsogaray le puse el Chanchito".
El 12 de octubre de 1963, Arturo Illia asumió como presidente. Tía Vicenta no tardó en caricaturizarlo como una tortuga y en llamar a su gobierno la era del quelonio. Los chistes sobre la lentitud del primer mandatario pasaron a ser un deporte nacional. El final de juego fue antidemocrático: el golpe de Juan Carlos Onganía, en 1966.
Los vínculos entre los apodos y los hitos políticos son innumerables. Pero tanto Nik como Landrú aseguran que sería al menos una exageración atribuirles a los humoristas políticos el poder de hacer caer gobiernos.






