
Edgar Allan Poe y Virginia Clemm
El torturado creador norteamericano vivió un intenso romance con su joven prima. El singular autor de Los Soria ofrece su peculiar versión de los hechos
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Todo escritor tiene un prócer personal. El mío se llama Edgar Allan Poe. Hay una tendencia maldita entre mucha gente buena, pero equivocada. Decir: “Me interesa la obra de su autor, no su vida”. A los alumnos de mis talleres siempre les enseño lo opuesto: la mejor manera de penetrar la obra de un artista es acercándose a su vida. El desinterés por la tragedia de un escritor es una actitud poco humana, y si somos poco humanos, ¿cómo vamos a comprender una obra?
Edgar Allan Poe fue un hijo torturado y exquisito de los Trece Estados Originales de lo que hoy conocemos como Estados Unidos, una comunidad de cuáqueros, puritanos responsables de una intolerancia que Nathaniel Hawthorne reflejó en su novela La letra escarlata . En fin, chicos y chicas terribles a quienes no se puede invitar a tomar el té. Vivir el sexo con felicidad –afirmaba esa gente– es oponerse a Dios; las mujeres inteligentes y completas son seres peligrosísimos que nos ponen en peligro a nosotros, los pobrecitos hombres.
Edgar Poe (1809-1849), a causa de su herencia cultural, se relacionó mal con el mundo femenino. Esto se ve en su obra. No hay una chica bien diseñada allí. Lady Madelein Usher, Morella, Berenice, son seres fantasmagóricos puestos en sus narraciones para consumar enterramientos prematuros y otras muertes predilectas. Mi sadismo, mi mal diseño narrativo –parece haberse dicho Poe– es para aquello que me enseñaron a temer.
Ligeia, por ejemplo, no es una chica: es un varón, y del cual sólo conocemos una minuciosa descripción de su rostro, principalmente de los ojos . Si bien no niego el erotismo de esa parte femenina, la sospechosa insistencia en ella, junto con el pelo (“negro como ala de cuervo”), me hace dudar. Aparentemente, Ligeia no tiene pechos ni caderas. Ella es puro y frío intelecto y, hacia el final del cuento, como todas las mujeres de ficción de Poe, es prácticamente transparente, “casi descarnada”. Es la vieja dicotomía del puritanismo: si tiene sexo, por favor que no tenga inteligencia porque me aterrorizo. Si tiene inteligencia, que no haya sexo, que el matrimonio sea blanco.
Entiéndaseme bien: nada más lejos de mi intención que juzgar a este artista a quien admiro y amo. Eso se parecería a la desaforada insolencia de los que se sienten sanos y aptos, y creen que eso los califica para opinar desde sus alturas de enanos ontológicos. Seamos honestos: el que no haya perdido buena parte de su juventud siguiendo tentaciones estúpidas, desechando oportunidades, doblando servilmente la rodilla ante su propia arrogancia (en pleno siglo XX e incluso XXI) que arroje la primera piedra.
La prima de Poe, Virginia Clemm, contaba con 13 años cuando se casó con Edgar. Era muy linda y nutricia , según nos cuentan los biógrafos indiscretos. Pero tenía un problema: padecía debilidad mental. Vivieron 13 años juntos. Ella murió a los 26, de tuberculosis, pero hasta el fin de su existencia tuvo la mentalidad de una nena de 7. Era la única mujer que Edgar podía amar. Cualquier otra lo hubiese puesto en peligro.
Podrían haber sido total y absolutamente felices (hasta la aparición de la enfermedad, por supuesto) de no ser por las constantes restricciones económicas. Poe trabajaba como un animal para sostener su casa y proteger a su amada Virginia. Por ella, dejó de beber. Y (esto lo digo por experiencia) a una mujer hay que amarla mucho para que uno, por ella, renuncie a sus borracherías. Fue su período más productivo: poemas, cuentos, artículos periodísticos. Cuando a Virginia se le declaró la tuberculosis (a los 8 años de casados), el poeta recibió su golpe de muerte.
Esa enfermedad, horrible y maldita, en el siglo XIX era fatal en cualquier caso. Pero si uno era riquísimo y no tenía compromisos en lugares húmedos podía postergar el fin casi indefinidamente. Poe, pobre de solemnidad, sólo pudo proteger a Virginia cubriéndola con su capote militar, que había conservado desde su fugaz paso por la academia militar de West Point.
Se ha dicho muchas veces que Virginia era... pueril. ¿Es tan imperdonable amar a una mujer pueril? A mí no me parece. Lo único que no tiene perdón en este mundo es no conseguir para uno (y para el otro) una porción de felicidad. Ella estaba locamente enamorada del primo Edgar (es probable que le siguiese diciendo primo Edgar aun siendo su esposa). Dos seres raros y maravillosos que se encontraron en el camino. En un mundo donde la orden es: “No serás feliz, trabajarás como un animal, pero sin que tus frutos te aprovechen”, ¿vamos a enojarnos porque dos humanas (perfectamente humanas) rarezas se unan para el mutuo bien?
Los malintencionados (y perspicaces chascos) aseguran que el de Poe y Virginia fue un matrimonio blanco . Vale decir: ella murió virgen. ¿Cuál es la base para esa asquerosa sospecha? ¿Qué ella nunca quedó embarazada? Esa es una “prueba circunstancial”, como diría un abogado. Virginia, a causa de su debilidad mental, no podía tener hijos. Hubiera sido terriblemente peligroso y Poe lo sabía. Es lógico que tomara precauciones al respecto. Por lo demás, ella era una chica muy linda (preciosa, en realidad, y si es que ustedes me lo permiten). Enamorada ella por completo y sin límites psicológicos (precisamente por su disminución, no la alcanzaba el puritanismo), carecemos de razones para pensar que la virilidad de Poe se habría visto restringida. Es cierto, buscaba mujeres frías e inteligentísimas, pero sólo en sus obras (Ligeia). Era sádico y cruel (Berenice), pero únicamente en lo narrativo. Con su esposa era cariñosísimo, como sólo puede serlo un hombre bueno y desesperado (“De mí, el desesperado, el frágil”: Usher).
Lo que intentamos decir es que él transformaba sus restricciones y peores tendencias en motivos de arte, y así quedaba libre para amar sin trabas a su adoradísima Virginia. El problema, para ellos, fue cuando se presentó la Muerte, con sus horribles galas. La tuberculosis, lo peor del romanticismo, impronta súbita, preludio antiestético. Porque la Señora es el fin de la poesía y el amor.
Pero el poeta, sabiendo que con Virginia perdía su único cable a tierra, compuso, para citar el título de una vieja película japonesa, sus tres rapsodias para arpa birmana: El cuervo, Ulalume y Annabel Lee . ¿Qué más puede hacer un hombre, un artista, cuando está todo perdido?
Poe, el Supremo, supo capitalizar todas sus desgracias. Puritanismo, miedo al sexo con inteligencia, sadismo, necrofilia, todo lo transformó en inolvidables poemas o cuentos. Parafraseando a Lao Tsé, diríamos que en el tao de la estética el mal deja de existir. En realidad no es que deje de existir, sino que ya no puede actuar por haberse transformado en belleza.
Regocijémonos, pero no únicamente por la obra legada, sino también por todos los años que el primo Edgar y Virginia, esos seres entrañables, vivieron para disfrutar su noble amor.





