
Edgardo Cozarinsky: nuevos libros de un cineasta
Radicado en Europa y casi desconocido aquí, en su patria, filma y escribe empujado por la memoria de un disfraz de príncipe hindú que no pudo vestir en su infancia
1 minuto de lectura'
La tarde del sábado es puro hervor: incendio impiadoso o anticipo elocuente de lo que nos espera, pecadores, allá en el horno. Edgardo Cozarinsky intenta paliar esos rigores bebiendo incalculables cantidades de agua mineral, en la sombra templada de un bistró convertido en su informal oficina, porque queda a pocas cuadras del departamento que ocupa cuando viene a Buenos Aires. Cozarinsky vive desde 1974 en París, donde ha desarrollado una obra cinematográfica original y casi desconocida en la Argentina, hasta el punto que en el año último accedió, en este país exportador de profetas, al demorado reconocimiento de una retrospectiva.
Detrás de la incuestionable calidad de su obra como director de cine, brillan otros talentos: su pudorosa maestría en el arte de la conversación, una capacidad insólita para convertirse en anfitrión incluso estando de visita, la perspicacia crítica ejercida sin levantar la voz ni el dedo admonitorios. Y, más atrás aún, la lucidez de una escritura de la que dan cuenta sus ensayos y un volumen de relatos y breves postales narrativas, Vudú urbano, cuya excelente repercusión parece haberlo intimidado en lugar de invitarlo a reincidir.
Sin embargo, el hombre que bebe su agua en un bar de Barrio Norte ha venido ahora a esta ciudad ferviente para ultimar los detalles de la publicación de dos nuevos libros suyos: La novia de Odessa, un conjunto de relatos que acaba de publicar Emecé, y El pase del testigo, colección de ensayos, crónicas y artículos aparecidos en diversos medios extranjeros y argentinos (entre ellos La Nacion), publicado en estos días por Sudamericana. La escritura ensayística, aunque intermitente, no es una novedad en la agenda de Cozarinsky de los últimos años.
Pero la ficción, si bien se inmiscuye constantemente en sus films y titila, con el aire de una pregunta, en muchos de sus artículos, no era frecuentada por Cozarinsky desde aquella feliz y ya lejana experiencia de Vudú urbano. ¿Qué lo hizo volver al cuento después de tanto tiempo?
"Es más fácil preguntarlo que responderlo -dice el amable bebedor de agua, mientras mira al cronista con unos ojos azules de rara intensidad y esboza una sonrisa que adelgaza aún más sus labios delgados-. Siempre me consideré un escritor, pero un escritor postergado por mí mismo: nunca me faltaron excusas para no escribir lo que quería escribir, siempre había cosas más urgentes y necesarias, desde tareas alimentarias hasta problemas personales."
Según Cozarinsky, dos episodios dispararon la escritura de los cuentos de La novia de Odessa: "El más lejano fue, en 1997, la muerte inesperada de mi mejor amigo, Alberto Tabbia, a quien está dedicado el libro. Revisando sus libros y papeles, que él había dejado a mi cargo, encontré un sobre dirigido a mí que decía: Para abrir si muero antes del 2000. Me pregunté, mientras lo abría, qué sería lo que había querido decirme que pudiese perder validez después del 2000. Enseguida lo supe: Edgardo: escribí, escribí, escribí. Es lo único y es más tarde de lo que te imaginás. Por supuesto, me produjo un verdadero shock, pero no me puse a escribir al día siguiente. Dos años después, tuve una caída de salud muy fuerte, estuve en un hospital varias semanas; entonces recordé la advertencia de Alberto y me dije: Esto no es para dramatizar, no es algo mortal ni mucho menos, pero es una señal de fragilidad. No soy el pibe que era y, es cierto, es más tarde de lo que imaginaba, así que mejor me pongo ahora a hacer lo que siempre tuve ganas de hacer".
Dice Cozarinsky, con una mano sobre su cabeza pulcramente calva: "Fue como abrir el armario de ropa vieja; empecé a ver qué era lo que me podía poner sin que me quedara demasiado chico, qué era lo que se podía escribir que todavía tuviera algún interés". Dice también que, como suele ocurrirle al iniciar un trabajo, "empezaron a salir cosas y a encadenarse unas a otras: escribir un texto hacía surgir otro y así sucesivamente".
En las antípodas de la grandilocuencia, este hombre robusto y risueño se apresura a aclarar: "Desde luego, en este libro, no hubo ningún buceo en mi mundo interior -subraya estas palabras paródicamente, con voz de locutor amateur, como diría alguno de esos escritores compatriotas nuestros a quienes gustan tanto las mayúsculas-. Y si lo hay, en mi caso se parece más bien al catálogo de la Casa Lamota. Hace muchos años, en la revista Billiken, para carnaval, salía una página en colores con un anuncio de esta famosa tienda, promocionando sus maravillosos disfraces. La gran frustración de mi infancia es que nunca me hayan comprado el disfraz de príncipe hindú. Si es cierta la teoría de que todo lo que uno hace en la vida es para suplir una falta, en mi caso, todo lo que hice escribiendo o tratando de hacer cine fue reemplazar ese disfraz de príncipe hindú que nunca tuve. No quiero hablar de inconsciente ni de mundo interior, prefiero hablar del catálogo de la Casa Lamota".
Melancólicos y sutiles, los cuentos de La novia de Odessa rescatan situaciones y personajes ubicados en la banquina de la historia, ajenos a la grandiosidad y lejos de los primeros planos. Un mundo de personajes secundarios más que de estrellas, un puñado de vidas hechas, como todas, del entrecruzamiento azaroso con otras vidas, como dice uno de los protagonistas del último cuento del libro. Cozarinsky, cuya propia ubicación en la cultura argentina es, si no deliberada, palmariamente excéntrica, nada con placentera agilidad en esas aguas: "Me interesa rastrear las huellas que la Historia con mayúsculas pudo haber dejado en vidas anónimas, laterales, poco heroicas. Allí es donde aparecen las cosas que a mí me importan, las más verdaderas y más profundas: no en las decisiones que pudieron firmar en Yalta Roosevelt, Stalin y Churchill, sino en las que toma un pobre tipo que, creyendo defender a su patria, decide enrolarse en un ejército que no era el suyo", afirma Cozarinsky citando el avatar de un personaje de su libro.
Esta resistencia de sus ficciones a encarnar los grandes asuntos de la historia no surge, según Cozarinsky, de una deliberación estética ,sino de la constatación de una posición personal ante la vida: "Desde que, en la adolescencia, empecé a tener conciencia de lo que eran las ideologías, descubrí que tenía muchas afinidades con gente que pensaba cosas muy diferentes de las que yo creía; y que la gente con la cual tenía coincidencias de tipo ideológico a menudo me resultaba tan insoportable que no tenía ganas de compartir con ella un café siquiera. En esa época, esta dualidad me hacía sentir culpable, me daba cuenta de que mi actitud era algo así como voto por vos pero, por favor, no me pidas que charlemos; te escribo el prólogo, pero no me hagas leer el libro. Algunos años después, comencé a comprender que esa encrucijada entre las inclinaciones personales y lo que uno se siente obligado a defender formaba parte de un espíritu de época, propio de un momento particular del siglo XX. Creo que esta perspectiva hoy se ha perdido, aquí y en todo el mundo: la gente sigue hablando de ideas, pero se guía por un oportunismo evidente".
Cozarinsky, luego de apurar otro vaso de agua y preocuparse por lo poco lineal de la conversación, afirma que la actitud con la cual se pone a escribir un cuento o un ensayo o a filmar una película es esencialmente la misma: "Como un detective un tanto escéptico, me empecino siempre en investigar el lado oculto de asuntos aparentemente menores. De pronto, me encuentro con los pedazos desordenados de algo que una vez debió estar unido y tener un sentido. Trabajo con los añicos de un espejo, pero, en lugar de rehacerlo y ver la imagen que refleja, me dedico a combinar esos fragmentos de distintas maneras.
"No se trata de técnica, algo que no estoy seguro de dominar, sino más bien de una actitud ante las cosas: de pronto, se configura claramente ante mí un espacio que puede ser, en mi caso, un relato, una película o mi vida; y, a partir de esto, empiezo a mover ciertos elementos para ver en qué combinación resultan más interesantes y más elocuentes."
Ese espacio casi siempre es, para Cozarinsky, el escenario de un enigma, el germen de un relato que a veces su imaginación convierte en un documental, en una película de ficción o en ambas cosas; y que, en otras ocasiones, da pie a la reflexión ensayística o incluso la crónica de los hechos dispersos que abonaron una experiencia cinematográfica.
Este hombre, que admite que sólo en Buenos Aires experimenta el placer de sentarse por la noche a la mesa de un bar y ver el transcurrir de la gente, dice que más allá de los soportes en que su imaginación se despliegue, ésta siempre se conduce con la presunción de que cuanto más ignore mejor trabajará: "Todo es hipótesis, de conductas y de significados. Escribir ficción o ensayo o hacer una película consiste, para mí, en poner en marcha diversas posibilidades y establecer conexiones entre ellas.
"Me interesa imaginar qué podría ocurrir en una situación determinada, sin dar certezas, sino hipótesis, para borronear luego las posibilidades de verificar esas hipótesis. La pregunta que me dispara el relato no es tanto: ¿qué podría pasar? como ¿y si fuera de otra manera?"
Cozarinsky, cuyos relatos saben que la verdad objetiva es inabordable, pero no por eso renuncian a ella, ubica esas ficciones entre las vísperas de la Segunda Guerra Mundial y mediados de la década del 50 ¿Volvió a esos años porque coinciden con su infancia y su adolescencia o porque tienen un atractivo particular? "Creo que las épocas más ligadas a mi infancia y mi adolescencia se dejan manejar mejor por la imaginación -responde Cozarinsky, con una sonrisa que deja entrever unos dientes pequeños y apenas desparejos-. No se trata de idealizar, sino de reelaborar hechos y personajes con la mayor libertad. Creo que si tuviera que escribir una novela sobre el presente, hay cosas que me resultarían muy difíciles de manejar; no sabría cómo tratar el tema de la corrupción, por ejemplo, porque me parece agotado por el tratamiento periodístico cotidiano de la televisión y los diarios, y no acierto a trabajarlo narrativamente, no lo podría tratar con realismo, pero tampoco logro esa distancia necesaria para tratarlo imaginativamente."
El hombre que en sus nuevos relatos ha evocado un mundo y un país levemente teñidos por la estela de su propia autobiografía, mira con atención cuando el cronista dispara la última pregunta. Más allá del aire de familia con sus relatos y sus ensayos, ¿qué tiene de específico su obra cinematográfica? Busca la mirada del cronista para ofrecer su última respuesta: "Intento que todo tenga doble fondo. El cine da la impresión de ser la evidencia misma, porque hay una imagen y un sonido que parecen incuestionables. Pero hay maneras de trabajar el sonido, la imagen y la relación entre ambos que los haga sugerir otra cosa, encontrarse de otra manera. Es una idea de montaje, no el montaje literal de una toma con otra, sino una suerte de montaje integral, una disposición de los elementos estableciendo un juego de relaciones.
"Ese modo de trabajar permite insinuar que eso que parece ser la evidencia misma porque lo veo y lo oigo a lo mejor no es cierto o no es toda la verdad, o es un aspecto de la verdad que me oculta otro más importante. No se trata de oponer mecánicamente verdad y mentira, sino de poner de manifiesto la equivocación en la que hemos vivido durante gran parte del siglo XX: ver la pequeña verdad que oculta otra verdad que no queremos o no sabemos ver, justamente porque está detrás de la pequeña verdad que nos protege."
Hechos de un escritor y cineasta
Edgardo Cozarinsky nació en Buenos Aires en 1939. Inicialmente dedicado a la crítica literaria y cinematográfica, se vinculó con algunas figuras del grupo Sur como José Bianco, que alentó sus primeros trabajos. En 1958, con su amigo, el crítico Alberto Tabbia, fundaron la revista de cine Flashback. Su primer libro es un ensayo en torno de la obra de Henry James: El laberinto de la apariencia , al que siguió Borges y el cine , un agudo análisis y una recopilación de las más importantes críticas cinematográficas del autor de Ficciones . En 1973, su trabajo Sobre algo indefinible obtuvo el Premio La Nacion en el género ensayo, distinción que compartió con José Bianco. A mediados de 1980, publicó Vudú urbano , volumen de relatos unánimemente celebrado por la crítica. Entre sus películas, pueden mencionarse La guerra de un solo hombre (1981), Autorretrato de un desconocido: Jean Cocteau (1983), Boulevards du crépuscule (1992), El violín de Rothschild (1996), Fantasmas de Tánger (1997), entre otras.
1
2“Me tiró un like”. La historia de amor del jugador de hockey argentino con el primer ministro de los Países Bajos
3El calendario lunar de marzo 2026 en la Argentina
4El dolor de la muerte la hizo acompañar, con yoga y alimentación, a mujeres en su fertilidad: “El camino de cada una no lo podemos saber”


