Eduardo Costantini, el arte de hacer fortuna

El hombre detrás del Malba y Nordelta se define rebelde e individualista, fanático del deporte y enamorado de Nueva York. En esta nota, además, cuenta cómo hizo su primer millón en un "país inconsistente" y dice que no quiere parecer esnob
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22 de agosto de 2010  

Más allá del Malba, más allá de Consultatio, más allá de Nordelta, más allá de una familia con siete hijos de los que no quiere hablar, más allá de María Teresa Correa Avila, su primera mujer; de Gloria Fiorito y de Clarice Oliveira Tavares; más allá de su fortuna, más allá de todo lo que este señor de 63 años se puede jactar de haber construido, está su obra más perfecta, su personaje, como objeto de deseo y de consumo.

Eduardo Costantini es un hombre de una austeridad de movimientos y de palabras notable. Pone una distancia enorme con su interlocutor. Es algo inexpresivo. ¿Frialdad, quizá? Tal vez sólo timidez.

Nació en San Isidro, en una familia en la que ser universitario parecía algo fundamental, más que un pasaporte para licenciarse en la vida. Era el comienzo para "ser alguien". Y sin ninguna duda lo ha logrado con creces.

-¿Empezó vendiendo bufandas?

-Empecé estudiando y, con la necesidad de trabajar, vendía bufandas. Era una changa. Estudié y me recibí de economista en la Universidad Católica Argentina y, como me casé muy joven, obviamente tenía que trabajar mientras estudiaba. Para tener un ingreso plus, porque mi sueldo era muy bajo, correteaba cosas de lana. Eran los 70.

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-¿Qué hacía su padre?

-Era abogado y contador. Terminó teniendo trece hijos, más una sobrina adoptada. Eramos catorce. El era huérfano de padre. Su madre fue una mujer muy equilibrada y una persona que me enseñó mucho. Siempre escuché muchísimo a los mayores. [Sus celulares no paran de sonar. Tiene dos, que finalmente se los lleva su jefa de prensa]. Todos mis tíos eran profesionales, tanto por el lado de mi padre como por el de mi madre. Mi abuelo materno, de apellido Malbrán, era un gran abogado, penalista, que fue juez y luego camarista, en la buena época de Tribunales. Y tenía un tío abuelo que era un gran oculista. La clínica Malbrán era de él. Todos los Malbrán y todos los Costantini eran recibidos en la Universidad...

-¡Qué importancia tenía en su familia ser universitario! Es decir, había un mandato de recibirse, de tener un título.

-Sin duda. Había un mandato de hacer carrera en la vida, de ser alguien.

-Usted se convirtió en alguien con mucho dinero. No parecía ese el mandato.

-Siempre fui muy individualista, rebelde. Escuchaba mucho, sí, pero no imité a nadie.

-Parece un señor solitario y ensimismado, más allá de que esté con gente.

-Sí, estoy mucho conmigo mismo. Soy una persona elaborada en sí misma.

-Cuénteme sobre la compra del Frida Kahlo Autorretrato con chango y loro , su plataforma de lanzamiento.

-En realidad, yo quería concluir un proyecto de coleccionismo en mí [sic], quería tener una colección que fuese percibida como latinoamericana y de valor. Entonces, hice mi colección, y a mí mismo, mediáticos, a través de un contenido: el coleccionismo como actividad. En ese momento no sabía que este proceso iba a culminar en un museo. Lo que sabía era que esa colección que quería construir iba a ser donada. Es decir, que estaba construyendo en parte un proyecto público. No era el coleccionista que se iba a quedar con sus obras encerradas en su casa.

-Es un concepto de materialismo interesante para una sociedad consumista.

-Puede ser. Nuevamente digo que trato de elaborarme a mí mismo. De esa manera, hubo adquisiciones que fueron significativas y que hacía al descubierto, es decir, iba a remates públicos, generalmente en Nueva York. Ahí aparecieron las grandes piezas. Diría que la gran mayoría de las piezas más significativas de la Colección Costantini fueron adquiridas en Sotheby´s y Christie´s.

-¿Cuánto lo ayudó su primera mujer, Teresa, para construir esto y llegar a ser este señor que es hoy?

-Me cuesta sopesarlo. Creo que todas las personas que me han acompañado en mi vida me han ayudado.

-Cuénteme "el paso a paso" de la "receta" de su colección.

-Hubo una definición estratégica sobre qué tipo de colección iba a formar. Me identifiqué rápidamente con lo argentino, con lo rioplatense y con lo latinoamericano. Entonces, pensé que a una colección exclusivamente de arte argentino le iba a faltar visibilidad. La selección hace la fuerza. Dentro del arte latinoamericano, el arte mexicano tiene mayor reconocimiento, más peso, así como el brasileño y el cubano son muy fuertes. Por eso traté de comprar las mejores piezas de los mejores artistas latinoamericanos para tener un muy buen seleccionado. Y a través de ese seleccionado, jerarquizar el arte argentino. Esa fue la estrategia.

-¿Qué fue lo primero que compró?

-Una obra de Konstantin Vasiliev y otra de Leopoldo Presas, que compré por intuición. El coleccionismo es algo en lo que hay que elaborarse. Hay que autoeducarse, estudiar, te tienen que enseñar. El arte es una especialidad.

-¿Cómo hizo su primer millón?

-A través de inversiones bursátiles y de la adquisición de una propiedad en el microcentro para construir un edificio. Después, allí se hizo el Banco General de Negocios. Había hecho algunas operaciones inmobiliarias, invertido en la Bolsa y tenía un bonus de la oficina; con todo eso, había juntado doscientos mil dólares. Encontré un terreno en la calle Esmeralda que se vendía en doscientos cuarenta mil dólares y a mí me pareció que valía el doble, y lo quise adquirir. Me faltaban cuarenta mil dólares. Invité a mi hermano Rodolfo a que tomara el 20%. Compré el terreno en mayo, y en noviembre lo vendí en un millón de dólares. Esto hizo que terminara el año con ochocientos mil dólares.

-¿Pensó en irse de la Argentina?

-Me fui a Nueva York, seis meses, en 1986. Me atraía mucho la idea de hacer carrera en la capital del mundo, pero mi proyecto no era bueno, no tenía escala para radicarme allí. Me di cuenta de que era una utopía.

-¿El accidente tan grave que tuvo en 2003, practicando deportes náuticos, fue un punto de no retorno en su vida?

-No, porque en realidad no creo haber cambiado tanto a través de mi historia. Un accidente lo convierte a uno en una personalidad más frágil ante sí mismo. Queda cierta fragilidad psicológico-existencial por el padecimiento del accidente. Eso de estar en el hospital, con el respirador durante tantos días... De eso queda una marca.

-De eso hablo. De las marcas indelebles que le dejó el accidente.

-Estuve en coma. Me di cuenta de la seriedad del golpe cuando escuché la fractura de la columna. Entonces pensé que podía ser grave y tenía miedo de quedar inmóvil. Pero no tuve una conciencia clara de que me podía morir.

-¿Cómo es su rutina de gimnasia y comidas?

-Me cuido en las comidas, porque con la edad cambia el metabolismo. Reemplacé el tenis por el golf y trato de ir al gimnasio dos o tres veces por semana. Como soy fanático del mar, cuando estoy en Punta del Este, en verano, y apenas hay viento, salgo a hacer kite surf.

-Hablando de arte, su edificio de Figueroa Alcorta fue muy criticado, por afrancesado, poco creativo.

-Sí, y equivocadamente, porque uno también tiene que ver el contexto. Es cierto que en esa cuadra podría haber ido un edificio moderno. Lo que yo quise es completar una percepción de arquitectura: ahí tenés la parte de Grand Bourg, la casita de San Martín, el edificio que está enfrente, el edificio Mapfre de la esquina, o sea, una serie de edificios franceses vecinos. El que yo hice aggiorna el lugar, o sea, crea una armonía en un entorno.

-Era difícil pensar que la misma persona que hizo construir el Malba se volcara a lo francés del siglo pasado a sólo dos cuadras de distancia.

-Pero esa misma persona hizo Nordelta y lo hizo con los mismos arquitectos que hicieron el Malba y Grand Bourg. Yo soy ecléctico. No me dejo llevar por el dogma. Además, soy una persona que admira la avant-garde en el mundo. Toda mi colección es, no sé si de transgresores, pero sí de artistas que fueron adelantados y abrieron nuevos caminos. Amo el modernismo y todo el arte contemporáneo y poscontemporáneo, que es lo que colecciono. Lo entiendo muy bien y sé qué significaron Diego de Rivera y Frida Kahlo, Xul Solar, Pettoruti: son todos innovadores.

-¿Hay un lugar para comer al que le gusta volver?

-Sí. Me gusta mucho estar en Nueva York, en el MoMA. Amo ese lugar. Estar tomando un café e ir al restaurante. O el lobby del hotel George V en París. No quiero parecer frívolo o esnob, pero cuando vos estás en el lobby del George V es como si vivieras en el siglo XIX. La última vez, era Navidad y nevaba. Caminar por París me encanta, así como caminar cuando juego al golf. Y amo el mar.

-¿Cuál fue el mejor momento, el más placentero, para hacer negocios en la Argentina?

-La Argentina nunca tuvo un largo período de "agradabilidad". Creo que somos un país desencontrado. Sobre todo para proyectos de largo plazo, somos un país inconsistente.

-¿A qué cree que se debe?

-El argentino no está establecido dentro de su país. Hoy, el argentino tiene sus ahorros en el exterior; esa es la realidad. Hay más dinero afuera que adentro, porque nosotros no somos creíbles ante nosotros mismos.

Perfil

Hombre de finanzas y amante del arte, Eduardo Costantini nació en Buenos Aires en 1946.

Es licenciado en Economía (UCA), materia que perfeccionó en Inglaterra. En 1991, fundó Consultatio Asset Management, dedicada a la administración de fondos comunes de inversión, y en 1998, Nordelta, la ciudad-pueblo de Benavídez.

Coleccionista, al frente de la fundación que lleva su apellido inauguró, en 2001, el Museo de Arte Latinoamericano, Malba.

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