
El amor en tiempos de las pirámides
Una exposición sin precedente en París reúne tesoros del arte egipcio que se conservan en diversas ciudades del mundo. Faraones y reinas exhiben humanidad y ternura a través de los siglos
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París.- Parece increíble, pero entre los frondosos plátanos y castaños que extienden su sombra en ese Champs Elysées siempre tan cosmopolita tuvimos la enorme suerte de participar en una maravillosa aventura, como es la exposición que se desarrolla en el Grand Palais. Nadie faltó a la cita. Los museos de Berlín, Londres, Turín, Viena, Boston, Nueva York, Berkeley, París y -en menor medida- El Cairo prestaron sus más preciados tesoros, y a lo largo de tres niveles sabiamente iluminados (fondo rojo para los objetos reales y verde azulado para los otros) el visitante, deslumbrado, no lamenta ya ni la larga espera ni la multitud que pacientemente se agrupa alrededor de los guías para no perder detalle.
Nos explican que el Antiguo Imperio (2700 a 2200 antes de Cristo) ha sido considerado por los egipcios como la edad de oro de su civilización; que las manifestaciones artísticas alcanzan allí niveles insuperables; allí también encontraremos los distintos caminos de su genialidad: la gran arquitectura de piedra, las estatuas monumentales destinadas a los templos y a las tumbas; pinturas y esculturas que aún conservan sus brillantes colores; hermosísimas joyas que nos fascinan. En fin, la originalidad del arte faraónico ya comienza a mostrarse en el Antiguo Imperio.
También los guías destacan que este período particularmente brillante puede llamarse el tiempo de las pirámides.
En efecto, hay cuatro dinastías del Antiguo Imperio cuyos reyes y sus nombres parecen parte de la leyenda. Gizeh, Kéops, Kefrén, Micerino... Fue para estos hombres que se construyeron las pirámides, los monumentos más impresionantes de la antigüedad. Y la Esfinge, por supuesto, que clava las zarpas en la arena desde tiempo inmemorial.
Y fue un francés, el arqueólogo Auguste Mariette, que a fines del siglo pasado, hizo conocer al mundo las primeras obras maestras de la escultura egipcia.
Nos llena de emoción observar a esos faraones abrazados con sus divinas esposas. Ellas, tiernamente, los rodean con sus brazos, salen de la rigidez habitual para posar una mano o apoyar el hombro muy junto al ser amado. Son increíblemente hermosas, con sus ojos pintados (a veces, de cristal), las pelucas ondeadas y esa tímida y dulce raíz que descubre su pelo verdadero, que adivinamos terso y brillante en la negrura de la adolescencia.
Nos explican, a lo largo de esa tarde apasionante, que, curiosamente, nunca se había organizado una exposición de proporciones sobre el arte del Antiguo Imperio.
En realidad, el acento se había puesto más bien sobre la arquitectura, quizá por falta de conocimiento de lo que han revelado los últimos años en cuanto a descubrimientos de estatuas, bajos relieves de las pirámides reales y adornos de colores tenues extraídos de las tumbas privadas. También, joyas y muebles funerarios.
Quizás una de las cosas más impactantes resulten las cabezas de reserva, de recambio si se prefiere, que fueron encontradas en algunos sepulcros de la IV dinastía en Gizeh. Son espléndidas, de tamaño natural, sin cabello y, generalmente, con las orejas mutiladas. El guía (un delicioso señor de traje azul, corbata a la manera de los universitarios ingleses y, en la
solapa, la discreta cinta roja de la Legión de Honor) contesta pacientemente que lo de las orejas tiene varias explicaciones: que junto a los cortes practicados en la nuca y en el rostro podrían significar un ritual para evitar los malos deseos desde el más allá; alguna protección para el difunto, al que se le aconseja no escuchar más nada de cuanto puedan susurrarle. Tampoco se descarta que las cabezas de recambio hayan sido un primer modelo del artista que luego esculpiría la estatua del difunto o quizá, simplemente, también ensayos para la máscara que acompañaría a la momia.
Sea como fuere, estas cabezas son sencillas y lindísimas. Parecen de inspiración fotográfica, y una de ellas sobrepasa los 30 centímetros. Tienen algo en común con las imágenes de la realeza, pero no se advierten en ellas rastros de colores. Eso sí ocurre con otras imágenes, como el famoso Escriba del Louvre o la princesa Nefertiabet (hija del rey homónimo y de una rara belleza), que muestra aún claramente la tonalidad de su peluca veteada, un vestido de piel de leopardo y un collar apenas visible.
La tumba de la divina princesa estaba muy cerca de la pirámide de Kéops, por lo cual se supone que era la hermana del gran faraón. Los utensilios que la acompañan son francamente rojo ocre y los jeroglíficos, ligeramente verdosos.
También se nos dice que la notable frescura de los colores se debe a la protección de albañilería que se les brindó seguramente desde siglos. Nefertiabet está muy bien conservada y su rostro, con un ligero relieve, es de una gran dulzura. También el cuerpo recubierto, en parte, por la piel de leopardo es increíblemente atractivo y, como diríamos hoy, sexy. El guía nos indica que esa femineidad resplandeciente es muy típica de la IV dinastía.
De la misma manera, las estatuas de Micerino y su bella esposa, descubiertas el 18 de enero de 1910 por el arqueólogo norteamericano George Reisner en el patio externo del templo inferior de la pirámide de Micerino, hablan a las claras del amor que unió a esta pareja.
No hay nada aquí de aquella famosa soledad de la divinidad. Muy por el contrario. La reina abraza a su hombre como para transmitirle poder y seguridad. Ambos se apoyan el uno en el otro y el hombre ostenta los atributos del poder tanto en el tocado como en la barba postiza y estriada y la túnica sostenida por un ancho cinturón. En el momento de su descubrimiento, el rostro del rey aún conservaba una tonalidad rojiza, también en el cuello y en las orejas. La cabellera de la reina muestra hoy un tono azabache y, como destaca el señor de la Legión de Honor, hay en todos estos grupos una sorpresa. Y es la felicidad que parece reflejarse en estos bajorrelieves.
Ni siquiera las provisiones para el más allá parecen tristes o aburridas. Son elementos de caza, de pesca, para fiestas. Los hombres lucen como atletas esforzados y las mujeres, como diosas irresistibles.
El gran interés de esta exposición, magistralmente organizada por madame Christiane Ziegler, conservadora del departamento de egiptología del Museo del Louvre, es el de hacernos conocer no sólo las esculturas sino los objetos, que son de un valor incalculable, pues provienen (sobreviven) de sepulcros violados, de los que falta prácticamente todo.
El caso de la tumba de Tutankamón, que sorprendió al universo con su impresionante tesoro intocado, no se ha repetido en el mundo desaparecido de las pirámides.
Nos sentimos también iniciados en esta ceremonia. Testigos de un universo que, por medio de sus símbolos y objetos, viene a tendernos la mano como una invitación para participar de ese largo sueño en el que las momias visten ropajes con siete mil perlas engarzadas en hilos de oro y sostenidas por hojas de preciosos esmaltes.
Sí, no los abandonamos en el Grand Palais. Vienen con nosotros bajo las tiernas sombras del verano francés. Kéops, Micerino... Sus divinas esposas-niñas... Nos internamos juntos, en este final de siglo, en la eterna búsqueda de amor y felicidad.
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