
El amor, esa locura necesaria
En vísperas del Día de San Valentín averiguamos qué ocurre cuando nos enamoramos y qué le depara el siglo XXI al vértigo de la pasión; el enamoramiento hace las delicias de literatos y románticos
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Los franceses acusan el golpe del coup de foudre; los ingleses se precipitan y caen en el amor (to fall in love); nosotros sucumbimos ante el impacto del flechazo. En cualquier latitud, tiempo o circunstancia, el enamoramiento siempre ha tenido algo de violento, súbito, arrasador. “Recibe un millón de besos, pero no me los devuelvas porque me queman la sangre”, le escribía Napoleón Bonaparte a Josefina de Beauharnais. Con retórica sin duda diferente, cada quien ha sentido las delicias y el tormento de un sentimiento destinado a ser excepcional: difícil vivir en permanente estado de vértigo, ensoñaciones y taquicardia. Difícil, asimismo, sostener ese estado próximo a la locura que les permite a dos perfectos desconocidos decidir, de repente y sin demasiadas mediaciones, que han nacido “el uno para el otro”.
“Es una dulce patología”, sugiere el psicoanálisis. “Una excusa de la evolución para perpetuar las especies y los genes”, propone la biología. Honrado por la literatura y las artes de todos los tiempos, el enamoramiento nos ha mostrado siempre nuestro costado más irracional. Pero también ha dado cuenta de nuestra más íntima vocación de encuentro con el otro, el preludio inevitable para que surja el amor. Un enroque de emociones que parece tener pronóstico reservado en el individualista y desconfiado siglo XXI.
La trama oculta
En la antigüedad se creía en espíritus animales que poseían a los enamorados. Nada muy diferente de los conocidos caprichos de Cupido, ese dios romano al que poco le importaba la suerte de quienes recibían sus flechas. Evidentemente, no es nueva la sensación de que el arrebato amoroso acontece más allá de
la voluntad o los intereses de los implicados. El enamoramiento no se planifica; simplemente ocurre. Arrasa. “Esta soberana fuerza, que atrae, exclusivamente, uno hacia otro, a dos individuos de sexo diferente, es la voluntad de vivir, manifiesta en toda la especie”, escribió, en el siglo XIX, Arthur Schopenhauer. Este filósofo alemán no pensaba en términos de espíritus naturales, sino de finalidades metafísicas. “La generación venidera, con su determinación absolutamente individual, empuja hacia la existencia –asegura en El amor, las mujeres y la muerte–. Esta energía, este ímpetu, es precisamente la pasión que los futuros padres experimentan el uno por el otro.” El filósofo encontraba en esta poderosa pulsión la explicación a los “amores prohibidos”, esos romances poco convenientes para las exigencias sociales, pero, a su criterio, necesarios para la renovación genética de la especie. Más de un siglo y mucho trabajo de laboratorio después, la ciencia postula explicaciones similares. “Hay elementos conscientes e inconscientes en la elección de pareja, aunque en definitiva todos se remiten a la posibilidad de que nos dé hijitos sanos”, dice, con su estilo desacartonado, Diego Golombek en el libro Sexo, drogas y biología (Siglo XXI). Los signos de belleza, entonces, no serían más que indicios de salud y fertilidad: mayor crecimiento de la mandíbula y vello facial en ellos; curvas, labios gruesos y rasgos armónicos en ellas. “La sensualidad clásica femenina que deja boquiabiertos (o vociferantes) a los obreros de la construcción está diciendo: mirame, mirame, mirame, soy muy fértil, con mis pechos y mis caderas, lista para la reproducción de la especie”, asegura Golombek. El olfato también tiene un papel fundamental: al olerse (y más allá de que conscientemente ni lo registren) los enamorados están percibiendo si son compatibles genéticamente.
Pero la explicación biológica no basta en estos tiempos de “sexualidad plástica”. El término lo creó el sociólogo británico Anthony Giddens para definir el surgimiento de “una sexualidad descentrada, liberada de las necesidades de la reproducción y del desmedido predominio de la experiencia sexual masculina”. Por otra parte, si el enamoramiento se rige por el secreto deseo de perpetuar la especie, ¿cómo explicar la intensidad del amor homosexual? “En definitiva, no sabemos qué origina la orientación sexual de una persona: los genes, los cambios prenatales, el ambiente familiar, las primeras relaciones –explica Golombek–. Muy posiblemente se trate de una coctelera de causas sociales, genéticas y ambientales, de la cual salimos todos nosotros.”
Ahora bien, cuando en la cima de la pasión –y sea cual sea su elección sexual– los amantes se maravillan ante su “buena química”, están siendo mucho más literales de lo que ellos mismos suponen. “Luego de tener relaciones, el cerebro libera la hormona oxitocina, que ayuda a querer quedarse con el compañero/a de turno; así que cuidado: uno puede pensar que es sólo sexo, pero el día menos pensado se levanta con ganas de envejecer junto a la pareja ocasional”, continúa Golombek. La amable oxitocina disminuye la actividad de zonas del cerebro vinculadas con el miedo y la desconfianza. El enamoramiento inhibe regiones cerebrales destinadas al pensamiento crítico y activa un neurotransmisor llamado dopamina, vinculado con la motivación y la recompensa. De allí al nirvana, poco queda. Salvo las ganas de repetir la experiencia.
Una dulce ceguera
“Que el amor sea una sorpresa no significa que toda persona sea sorprendente. Uno se enamora de cualquiera en cualquier lugar”, afirma, desafiando siglos de romanticismo, el neurólogo, psiquiatra y etólogo Boris Cyrul nik. Sin embargo, ese “cualquiera en cualquier lugar” no estaría regido por al azar, sino por algo mucho más preciso: la historia de cada individuo. En el libro Bajo el signo del vínculo plantea que, para entender los mecanismos que regulan las distintas maneras de enamorarse, hay que remontarse a la primera revelación amorosa. Aquella que siente el bebé recién nacido cuando, aterrado, con frío, en un medio repentinamente nuevo y hostil, escucha una voz conocida, percibe que una tranquilizadora suavidad lo envuelve, le da calor, lo alimenta y lo sumerge en su aroma protector. Acunado por su madre, ingresa en un paraíso sensorial. El mismo que intentamos evocar cuando nos dejamos llevar por las embriagadoras aguas del enamoramiento.
“Al individuo aislado le resulta muy difícil enfrentar la angustia que lo amenaza cada día –explica Hugo Litvinoff, miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina–. Entonces, tiende a construir la ilusión de encontrar un amor que sea un bálsamo para todas sus heridas, un vínculo en el que el bienestar permanente se encuentre al alcance de la mano.” Así comenzarían las relaciones amorosas: con un “ingenuo engaño” llamado enamoramiento por medio del cual “el individuo cree haber encontrado a un ser perfecto, hecho a su medida, predestinado para él. Y así como el otro es maravilloso, él también es esencial, importante y perfecto para la persona que lo ama –aclara Litvinoff–. Tarde o temprano, este espejismo cae, y con gran sufrimiento y desilusión el individuo se encuentra con la persona real, cargada como él mismo de fallas y limitaciones. Es entonces cuando aparece el gran desafío de pasar del enamoramiento al amor genuino”. Para Cyrulnik, el enamoramiento tiene una específica función biológica: crear las condiciones para el apego, ese vínculo que dos personas tejen día a día, no sin dificultades. El “flechazo” ocurre, además, en momentos muy precisos, cuando nuestro organismo, nuestras estructuras psíquicas y el entorno social nos vuelven especialmente vulnerables. “La oportunidad, o timing, del enamoramiento depende de la hora que marca un reloj biológico cerebral y de circunstancias sociales”, señala Alberto Orlandini, médico especializado en psiquiatría. Sólo bajo ese estado de extremada sensibilidad, tormenta hormonal y “dulce ceguera” es que nos tornamos aptos para recibir al otro. Cuando el torbellino pasa, apenas quedan la realidad y un limitado, frágil, incipiente vínculo. No obstante, “hay quienes pueden encontrar en las limitaciones del otro y las propias un incentivo para el amor, la ternura, el compañerismo y la sexualidad”, asegura Litvinoff. Cuestión nada sencilla en esta época. Según el sociólogo Zygmunt Bauman, la fluidez, fragilidad y transitoriedad que rigen la vida contemporánea tienen un efecto letal sobre el impulso amoroso. En un mundo que “parece conspirar contra la confianza”, y en el que hombres y mujeres tienden a sentirse descartables, nadie está dispuesto a invertir a largo (o mediano) plazo afectivo. Bastante antes que Bauman, el pensador alemán Erich Fromm ya había alertado sobre la crisis del sentimiento amoroso en la sociedad contemporánea. A fines de los años 50 escribió El arte de amar, y allí observaba que el predominio de la lógica de mercado, el consumismo y la feroz competencia individual conspiraban contra la capacidad afectiva de los seres humanos. Ante tan desalentador panorama, proponía trabajar en pos de una “fe racional en el amor”. Fromm no entendía este tipo de fe como una creencia, sino como “una convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva”. Una certeza profunda, conseguida a costa de trabajo y dolorosa honestidad con uno mismo. Algo que, en medio de la vorágine diaria, permita a las personas creer “en el propio amor, en su capacidad de producir amor en los demás, y en su confianza”. Quizás en algo similar pensaba Mark Twain cuando, en el encantador Diario de Adán y Eva, le hacía decir a uno de los personajes: “Si me preguntan por qué lo amo, descubro que no lo sé. Y realmente no me interesa saberlo”.
Testimonios: Paloma Gil Estrada
Según pasan los años
Los hombres griegos se casaban para asegurar la descendencia. Pero, como consideraban a las mujeres seres inferiores, reservaban el amor para los jóvenes varones, de entre 15 y 20 años. La sociedad romana era bastante permisiva. El poeta Ovidio escribió El arte de amar, suerte de manual erótico destinado tanto a hombres como a mujeres. Por el contrario, la Edad Media se caracterizó por las severas restricciones a la actividad sexual. En esta época nació el “amor cortés”, basado en la adoración platónica de la mujer y origen de los modernos galanteos, cortesía y caballerosidad. Con la consolidación de las monarquías europeas llegaría el tiempo de las intrigas palaciegas y las aventuras galantes de la ociosa nobleza que animaba las cortes. En contraste con esta vida lujuriosa, la ascendente burguesía se dedicó a cultivar una moral puritana y discreta. Finalmente, el siglo XIX vio llegar al Romanticismo, movimiento que se oponía a la racionalidad de la Ilustración y defendía lo instintivo, irracional, la pasión amorosa, consagrada en las novelas de Stendhal y Goethe.
La seducción
“Erotizar es revelar nuestra manera de buscar la felicidad y de jugar a vivir –asegura Boris Cyrulnik–. Si ella no erotiza como a mí me gusta, es porque no soy el compañero adecuado”. Cuando la chispa del cortejo se enciende, una multitud de pequeños detalles adquieren sentido: un gesto, los tonos de voz, el segundo en que un pliegue del vestido se adhiere un poco más al cuerpo de la chica. Todo genera atracción porque cada elemento está cargado de significado. Cultura, psiquis y bioquímica organizan la danza; los enamorados marcan los pasos sin siquiera saber que lo están haciendo. Hablan, pero las palabras apenas importan. Los signos no verbales toman la delantera. La distancia física se reduce, las miradas se encuentran, las pupilas se dilatan. Los neurotransmisores se activan y el cerebro descifra la sutil información que envían sustancias químicas como las feromonas (cuyo nombre podría traducirse como “comunicador de excitación”). Los deseos y ritmos corporales se sincronizan. La aventura apenas está por comenzar.
Amores famosos
Los más bellos relatos de amor parecen condenados al final trágico. Así lo atestiguan la historia de Romeo y Julieta o la de Cathy y Hearthcliff en Cumbres borrascosas. De lo contrario, culminan con el célebre “y vivieron felices” que resume todo lo que viene después. Respecto de los amores históricos, entre los más conocidos se cuenta el de Eloísa y Abelardo, cruelmente castigados por desafiar la rígida sociedad medieval. Más cercanos en el tiempo están los fogosos Napoleón y Josefina o la tormentosa relación entre el músico Frédéric Chopin y la escritora George Sand. Sigmund Freud supo sentir en su piel los ardores del enamoramiento cuando conoció a quien sería su esposa, Martha Bernays, y Friedrich Nietzsche se desvelaría ante el embrujo de Lou Andreas Salomé. Pablo Neruda encontró en Albertina Rosa la inspiración para escribir sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Por su parte, ese emblema del desasogiego moderno que fue Franz Kafka vivió con Milena Jesenka el romance que daría lugar a las Cartas a Milena.
Yo confieso
Evelina Sánchez-Albornoz
48 años, guía turística
Su enamorado es cubano, y vive en la isla. Ella reside en España, así que la suya es una relación a distancia, en la que el intercambio cotidiano de e-mails se torna responsable de las alegrías, las frustraciones y, sobre todo, las ansiedades.
Tanta es su expectativa por leer los correos de Mario que ha llegado incluso a levantarse en mitad de la noche para ver si, efectivamente, había recibido alguno. Si ha habido suerte, admite que el corazón le da un vuelco de alegría.
En su compañía se siente serena, relajada, segura y confiada. “Llego a los lugares y enseguida miro el reloj, pero con él no me importan las horas: estoy tranquila.”
Escucha su voz y desaparecen el tiempo y el espacio. Lo que siente, dice, es un estado beatífico, de absoluta armonía y serenidad.
Ante la falta prolongada de noticias, siente miedo, y esto hace que se le “pare el corazón” y que sienta furia, rabia, como si “le ardiera el estómago”.
Asegura que ha llorado de emoción y que la excitación ha ruborizado sus mejillas. Su proyecto para este 2007: ¡casarse!
Luciano Porzio
23 años, editor de la revista Hacer Familia
Para Luciano, un claro síntoma de que está enamorado es que piensa constantemente en Trinidad, con quien sale hace más de tres años. “La hago presente mediante los recuerdos y con esa certeza de que nos queremos, de que quiero estar con ella.” Trinidad es cineasta y viaja mucho, pero ese deseo constante de estar juntos le alivia su ausencia, dice él.
En el plano físico, lo que siente es bienestar y tranquilidad. Cuando está con ella, está relajado.
A veces, al ir a recogerla para celebrar alguna fecha especial, vuelve a sentir los mismos nervios que en las primeras citas, cuando apenas la conocía. Pero, en general, la sensación que lo domina es la de paz y armonía.
El transcurrir del tiempo ha hecho que el enamoramiento dé paso a un amor más fuerte, y, aunque descubre cosas de ella que no le gustan, la elige cada día. Un síntoma, a su modo de ver, de que “la cosa es seria”.
La distancia física, lejos de enfriarlo, refuerza todavía más su vínculo, y para Luciano esto es otra manifestación de que Trinidad le ha “calado hondo”.
Bárbara Hellman
28 años, médica
Apenas lleva con Leandro dos meses. La chispa surgió una noche de diciembre. Fue un encuentro casual que, entre cervezas varias, cena y boliche, se prolongó hasta la mañana siguiente. En esas horas se encariñaron; tanto, que él dejó a su novia, y ella, “su dulce soltería”.
“Pasé a estar enamorada del hombre más inteligente, dulce y divertido del planeta”, reconoce. Su corazón late con más fuerza cuando está con él, la respiración se convierte en un profundo suspiro ante su recuerdo –sobre todo ahora que él está lejos, en Europa– y experimenta, cuando apenas faltan segundos para verlo, esas famosas mariposas que revolotean en su estómago. Confiesa que se siente con ganas de proferir las más bellas palabras en cualquier momento y lugar. Las horas, admite, pasan sin tiempo cuando están juntos, y en su ausencia extraña el contacto de su cuerpo.
“Mis sentimientos hacia él me invaden en cada instante. No me imagino estar sin él en esta hermosa vida.”
Pedro Leal
23 años, estudiante de comunicación
Pedro y Pía mantienen una relación amorosa desde hace dos años y, aunque ya han pasado esa fase de pasión y fogosidad de los primeros meses, él continúa sintiéndose “atontado y torpe” o, como él dice, “con muchas de mis capacidades mermadas.” Se siente inquieto, y cuando está apenas a unos centímetros de ella se pone ansioso, le invaden los nervios por ese deseo de acercarse más aún. No sólo eso: ha llegado incluso a experimentar cierta melancolía por alguna situación vivida tan sólo unos instantes antes.
Para Pedro, el enamoramiento supone una pérdida de racionalidad y, a diferencia del amor, es poco altruista, casi egoísta. “A veces estoy tan centrado en mí mismo, en mi propio estado, que no presto atención a lo que le pasa a ella”, dice.
Confiesa, casi con vergüenza, sentirse más sano, mejor consigo mismo, y esto lo atribuye a la alteración química del organismo, que hace que hasta le cambie el pelo, la piel y la voz.
Aunque le cuesta comprender qué le pasa estando enamorado, sabe que el amor es algo “espectacular, raro e inexplicable”.






