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Alejandro Caravario / Ilustración Tony Ganem
Si bien hay quienes se esfuerzan, desde la racionalidad académica, por explicarla a través de razones históricas y geopolíticas, la dispar relación entre la Argentina y Uruguay “o, mejor dicho, entre argentinos y uruguayos” tiene más pinta de materia psicológica. O de folletín: la narración morosa, episódica, del amor no correspondido más persistente del que se tengan noticias.
Los argentinos suspiran por la serenidad del paisito, sus hábitos apacibles, sus comidas y cantautores de gola machaza, su calidez que fechan en tiempos imaginarios remotos y mejores. Postulan un paraíso donde la admiración melancólica y las apetencias turísticas se retroalimentan.
Se conmueven con las bordonas milongueras de Zitarrosa y la picaresca barrial y dulzona del Sabalero. Con Eduardo Mateo y Darnauchans. Con Galeano y Benedetti. Admiran la versión marítima y limpia del río compartido (además de educados, son pulcros), se prosternan ante la vocación democrática de los orientales (claro, no tuvieron peronismo), hablan de los chotos, la Pilsen y los helados Conaprole como de invenciones gastronómicas impares, aplauden la garra charrúa de sus futbolistas, veneran la pobreza franciscana del ex presidente Pepe Mujica (en especial, los porteños de clase media alta), recuperan la vena festiva con el carnaval montevideano y el rito de las llamadas.
La lista es infinita y abarca las costumbres, las artes, la política y la naturaleza. Una exageración. ¿Ven los argentinos, como fallidos ciudadanos de una república que derrapó, lo que pudieron haber sido de no mediar tanta modernidad vacua, tanta corruptela y egoísmo? Al parecer, en ese deslumbramiento por la sencillez oriental no hay envidia, sino mea culpa. El gesto del que, comparado con el otro, ha sido grande aunque no puro.
¿Y en la orilla de enfrente? Los uruguayos no devuelven siquiera un pálido reflejo de este sentimiento desaforado. Más bien son reticentes, cuando no adversos a sus vecinos de occidente próximo. Digamos que simpatizan más con cualquier otro país del globo, incluido Brasil, que los ha invadido y sojuzgado. Además de ganarles seguido al fútbol: ¿Será la tutela cultural ejercida por Buenos Aires, ese faro arrogante? ¿Será la omnipresencia de Tinelli y Susana, conquistadores de los hogares montevideanos? ¿Será que la burguesía argentina, además de apilar dólares en sus entidades bancarias de controles laxos, se adueñaron de su balneario más bonito y distinguido?
Como fuere, hay demasiado cariño y demasiada inquina (acaso sobreactuados en ambos casos) para dos pueblos que, más allá del vínculo histórico y la inmediata vecindad, no tienen un intercambio muy intenso. Los une el Mercosur (además del amor y el espanto), pero el comercio no es pingüe ni mucho menos. La balanza comercial favorece a la Argentina, una ecuación que se altera solo en el rubro turismo, en el cual el 60% de los ingresos orientales proviene de sus detestados viajeros limítrofes.
En cuanto a migraciones, los charrúas en la Argentina son apenas 116.000 (sexta comunidad de extranjeros) y con tendencia decreciente. Del otro lado, en el censo uruguayo de 2011, algo más de 26.000 personas declararon la Argentina como su patria natal. Poco trato, en general, para justificar pasiones tan agitadas y antagónicas.
Alguna vez la Banda Oriental formó parte, de buena gana, de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Luego de la independencia uruguaya, los roces, en especial con el espíritu centralista del puerto de Buenos Aires, se agudizaron. Eso dicen los especialistas que, de todos modos, no aciertan las causas profundas (la ontología política) de las múltiples desavenencias.
Ya a comienzos del siglo XX, a raíz de un gesto inamistoso del presidente Julio Roca, su par oriental José Batlle y Ordóñez (tío abuelo de quien describió a los argentinos como “una manga de ladrones, del primero hasta el último”) pidió, felizmente sin éxito, la intervención de la armada de los Estados Unidos en el Río de la Plata. Un chisporroteo similar ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial: la rígida neutralidad chocó con las abiertas simpatías de los vecinos por las fuerzas aliadas, especialmente por el gran país del norte, que pugnaba por instalar bases militares en el sur de América. Con Perón, las cosas solo empeoraron y el ítem de los límites fluviales enturbió aún más la agenda bilateral (la cuestión se saldó entrados los años 70, también con Perón en la presidencia luego de un largo exilio).
La última gran disputa (fuera de una cancha de fútbol) fue por la instalación de la pastera Botnia, que derivó en una obstrucción de fronteras. Hubo una oposición organizada y pertinaz –con algunos gestos extremos– de parte de vecinos de Gualeguaychú, ciertamente enojados con lo que consideraban una fuente de contaminación grave. En esta oportunidad, volvió a campear la hipótesis de un conflicto bélico. Es lo que se desprende de cierta documentación filtrada desde la embajada yanqui en Buenos Aires.
“Esta vieja (por Cristina Kirchner) es peor que el tuerto (por Néstor Kirchner)”, dijo el Pepe Mujica creyéndose a salvo de los micrófonos. El entonces presidente del Uruguay era, supuestamente, un amigo político de la Argentina. Este sinceramiento en bambalinas quizá represente el malentendido histórico. La hermandad ficticia.
Sin embargo, no son pocos los observadores avezados en cuestiones históricas que atribuyen a estas peleas un mero carácter gestual. Como una guerra de miradas. “Cualquier conflicto de la Argentina con el Uruguay es artificial, menor y solucionable”, escribió en un artículo periodístico el historiador Félix Luna. ¿Exageraba?
Lo cierto es que en algún momento los rescoldos del rencor se extinguieron, pero de manera asimétrica. Mientras los uruguayos mantienen la pica constante del contendiente siempre en guardia, siempre en estado de desconfianza, los argentinos han desplegado un amor que no se arredra ante la falta absoluta de reciprocidad. Ante el abismo que metafóricamente se extiende en el lecho del Río de la Plata. Y buscarle explicaciones a las tormentas del corazón acaso sea una tarea ociosa.










