
El argentino que invadió Manhattan
Hoy, Alejandro Garzón tiene una lujosa oficina en el Empire State. Hace unos años, ni él lo hubiera creído. Pero tuvo una idea genial: importar los buses británicos de doble piso y dedicarse a pasear turistas por Nueva York. Funcionó mejor de lo que jamás hubiera oñado
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C uando Alejandro Garzón dejó la Argentina en 1976, nunca se imaginó que quince años después anclaría definitivamente en Nueva York y que tendría su propia oficina en el piso 45 del edificio más famoso del mundo, el Empire State. Su despacho tiene moquette azul, cortinas al tono, diplomas y certificados en las paredes, una mesa ratona con vidrio esmerilado en el centro y un ventanal con vista al East River y a las Twin Towers.
Hoy Garzón, que tiene un piso en Park Avenue y la calle 34, es un rico empresario, presidente de New York Double Decker Tours, una compañía que desde 1991 organiza visitas por todos los puntos de interés de la isla de los rascacielos y por las ciudades aledañas, con una flota de veinte buses doble piso, sin techo, importados de Inglaterra: una auténtica atracción.
Garzón se pellizcaba: ¿cómo podía ser que él, un chico de Banfield, les ganara a los yanquis?
Tras ser dado de baja en el servicio militar en 1976, Alejandro decidió irse por seis meses a la deriva por el mundo. Hijo de un radiólogo y de una enfermera de posición económica medio-baja, le pidió dinero prestado a un tío que vivía en Paraguay y emprendió la travesía con unos pocos dólares, sin rumbo fijo pero con la decisión de conocer la mayor cantidad de ciudades posible.
Viajar fue siempre su mayor pasión, aun más que su carrera de Derecho, que dejó por la mitad. Mientras sus amigos jugaban al fútbol o iban a fiestas, Garzón prefería irse solo a Ezeiza o al Aeroparque para ver cómo despegaban y aterrizaban los aviones. "Por suerte, tenía una novia que los sábados me acompañaba", confiesa.
Los seis meses previstos se extendieron, y los conocimientos de Garzón -sumados, admite, a un poco de caradurez - le permitieron ganar unos pesos trabajando como guía turístico en distintos puntos del planeta. Después trabajó en un kibutz en Israel y estudió inglés en Londres. En los años ochenta, optó definitivamente por el turismo. "En la Argentina, era el auge de la plata dulce. Empecé a salir con contingentes al exterior, hasta que en un viaje a China me dijeron que necesitaban gente en American Express de Londres. Fui para ver de qué se trataba."
-¿Cómo surgió la idea de llevar a Nueva York los buses ingleses?
-Después de haber viajado por más de setenta países, quería asentarme definitivamente en un lugar y tener mi propia empresita. Cuando iba por el mundo, en cada ciudad me preguntaba: ¿qué cosa le falta a este lugar? Cuando decidí poner mi compañía, me hice la misma pregunta: ¿por qué es famosa Manhattan? Por los rascacielos, me respondí.
-¿Y qué tiene que ver eso con los ómnibus?
-Yo había sido guía turístico y chofer de micros normales en Nueva York, y el problema que tenía cuando llevaba turistas era que la gente estaba así (mueve el cuello de un lado al otro) tratando de mirar por la ventana los edificios. El Empire State tiene 102 pisos, las Torres Gemelas, 110, y se me ocurrió pensar: ¿y si traigo un bus de doble piso y le saco el techo? La gente estará arriba del tránsito y tendrá toda la visibilidad del mundo...
-¿Pensó en volverse rico de la noche a la mañana?
-No, ni por asomo. Pero no podía creer que a un tipo simple como yo, criado en Banfield, se le hubiera ocurrido algo vendedor antes que a otros en la primera ciudad comercial del mundo. Me decía: o soy un genio o soy un idiota...
A lejandro paga el éxito con stress: trabaja doce horas por días, seis días por semana. Hacer la nota le resultó un alivio, porque acababan de avisarle que la policía le había llevado un ómnibus mal estacionado. Se relajó hablando de su familia, de sus amigos de la Argentina, de todo lo que extraña y de que el año que viene tendrá un hijo con su esposa uruguaya, Miriam. Lo piensan adoptar. En Rumania, "porque es un país con leyes de adopción flexibles".
Entre 1976 y 1991 acumuló más de seis mil horas de avión y jamás tuvo una casa estable. "Pero no me arrepiento. Si volviera a ser joven, haría exactamente lo mismo", asegura.
-¿No pensó que su idea ya podía estar patentada por otra persona?
-Sí. En Nueva York, la competencia es feroz. Pero yo averigüé a fondo y esto no tenía antecedentes en la ciudad. Nadie sabía nada, ni siquiera el Departamento de Transporte. Entonces me asesoré con un abogado importante y, como no había nada en contra de la ley, me dieron el permiso para importar los ómnibus ingleses.
-¿Tenía dinero suficiente para encarar semejante inversión?
-Por entonces, ganaba cerca de cinco mil dólares por mes. Tenía algo ahorrado, y pensaba pedir un préstamo. Pero me enteré de que American Airlines estaba comprando la ruta Nueva York-Londres de la aerolínea TWA, que se precipitaba a la quiebra. Entonces hablé con el vicepresidente de marketing de American Airlines, en Dallas, pensando que podía ser un buen sponsor para lo que yo tenía en mente. Le hablé por teléfono y le dije que yo tendría buses por todo Manhattan, que podían ser vistos con publicidad por millones de personas. Le gustó la idea y empezamos las negociaciones, que se dilataron por meses. Siempre por teléfono.
-Manejaban negociaciones por cifras abultadas sin haberse visto la cara...
-Tal cual. Pero la historia más simpática es que tras dos meses de conversaciones, con idas y venidas, yo quería acelerar los trámites para traer los primeros buses de Inglaterra. El vicepresidente de marketing quedó en llamarme un día y yo tenía pensado pedirle tímidamente diez mil dólares como parte de la compra de un bus. Llamó dos días después para decirme que tenía buenas y malas noticias. "Las buenas son que vamos a firmar un contrato, y las malas que no vamos a pagarle lo que usted piensa." Yo creí que iban a dar alrededor de cinco mil dólares. Entonces, me dijo:"Le vamos a dar medio millón de dólares. Lo toma o lo deja, pero no hay más". Yo me quedé unos segundos sin habla, como te imaginarás. Esa plata me la fueron pagando a lo largo de un contrato por tres años.
-Y, a partir de ahí, manos a la obra...
-Una vez que conseguí el sponsor, todo empezó a simplificarse. Los primeros cuatro buses los compró American Airlines, a 30.000 dólares cada uno, más el pago del barco que los trae de Londres, impuestos y una autorización del Departamento de Transporte. En total, por cada uno se pagaron entre 38.000 y 40.000 dólares.
-¿El éxito llegó de entrada?
-Al principio fue muy duro. Durante unos cuantos meses sólo contábamos con dos buses, de los cuales uno lo manejaba yo y, al mismo tiempo, tenía que hacer de guía y atender el teléfono instalado en el mismo micro. Una locura total. Pero yo siempre fui un tipo luchador, aunque reconozco que me acompañó la suerte. Lo que me pasó a mí parece una película sobre el american dream , el sueño americano.
-¿Cómo fue, al principio, la actitud de los turistas?
-El enganche de la gente con los buses tardó ocho meses. La verdad es que si no hubiera sido por el dinero de American Airlines, me hubiera fundido. Muchos creían que era un bus que iba al aeropuerto y se subían con las valijas. Lo que menos se imaginaban era que se trataba de un ómnibus turístico. Claro, se guiaban por los carteles de publicidad que tenían a los costados y deducían que íbamos hasta el aeropuerto.
-¿En algún momento pensó en dar marcha atrás?
-Francamente, me sentí desmoralizado. Ocho meses de incertidumbre fueron demasiados, y hubo momentos financieros muy complicados. Hay que tener en cuenta que American Airlines me pagaba en cuotas, no con todo el cash junto. Cómo sería la escasez que la oficina estaba en el mismo bus.
L a charla se interrumpe porque llega la secretaria para decir que el ómnibus remolcado por la grúa estará demorado todo el fin de semana en la dependencia policial pertinente. En la cara de Garzón se reflejan los dólares que quedarán en el camino, pero pide dos cafés y se recupera. Vuelve a Banfield. "Me fui de la Argentina -recuerda- a los 22 años, cuando me dieron de baja en la colimba. La hice en el batallón de Monte Chingolo, y estuve el día del ataque al cuartel, a las 6 de la tarde, el 23 de diciembre de 1975. Hubo muchos muertos. Yo estaba de guardia y participé en varios enfrentamientos con el ERP y con Montoneros. La verdad, sobreviví milagrosamente."
-¿Sigue el contrato con American Airlines?
-El 31 de diciembre termina mi segundo contrato por tres años. Ambos fueron por 500.000 dólares, pero ahora estoy negociando para aumentarlo. Creo que lo voy a conseguir, porque los buses aparecen en todos lados: televisión, diarios y cine. Con Woody Allen estamos a punto de firmar un contrato por el alquiler de un bus para una película que está haciendo. En 1996, hicimos dentro de uno de estos buses la conferencia de prensa del grupo Yes, que se volvía a juntar después de muchos años.
-¿Cuánto factura anualmente su empresa?
-Estamos superando los tres millones de dólares, sin tener en cuenta la publicidad. Seguimos comprando buses. Casualmente, en estos momentos hay dos en el puerto, esperando para ser retirados, lo cual significa que tenemos muchos gastos. Todos los repuestos de los veinte buses con que contamos los traemos de Inglaterra y son muy caros. Además, tenemos un plantel de setenta personas y una oficina en un lugar muy caro, que debemos mantener.
-¿Tiene hecho algún cálculo de cuántas personas viajan en sus buses diariamente?
-Sí: un promedio estimado de 700 personas por día, de lunes a viernes, y mil durante los fines de semana.
-Es decir que puede contarme cuánto recauda por día cada bus...
-Depende de los tipos de tours que se realicen. Pero aproximadamente se recaudan 12.000 dólares por bus, los días hábiles, y 17.000 los fines de semana. Y si querés saber el total por día, sacá la cuenta vos: multiplicá por veinte.
-Pero ahora le aparecieron competidores...
-Sí, apareció la compañía Greyline, copiando la idea, y tiempo después se acopló Apple Tours. Ya lo temía: estoy en la ciudad de los negocios, y en turismo no hay nada patentable. Mantener el monopolio es imposible.
-El plagio, por llamarlo de alguna manera, ¿le generó bronca, impotencia?
-Cuando comenzaron a aparecer estos copiones, por supuesto que me dio mucha bronca. Sobre todo, porque antes la torta era para mí solo y ahora tengo que dividirla entre tres. Y los competidores son mucho más poderosos que yo, ya que cuentan con treinta buses o más. Pero, bueno, viéndolo desde un punto de vista más filosófico, me dije en aquel momento: "Si hubiera descubierto una estupidez, nadie se hubiera fijado ni me hubiera copiado".
Texto: Javier Firpo





