
El asadito del domingo
Por Alejandro Di Lazzaro
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Mi amigo Guillermo es un obsesivo de la estética. Cuando se dispone a hacer un asado despliega como un pavo real todos los elementos habidos y por haber: el atizador casi lustrado y la palita brillante, por acá; los fósforos y el carbón, por allá, y el vaso, claro. ¿Vermut o vino? Según el día.
Leo, otro de mis viejos amigos, es un práctico. Tanto que para azuzar el fuego no reniega de la tecnología aplicada y utiliza un viejo (no tan viejo, según la esposa) secador de pelo. Con eso le da aire hasta que las llamas parecen amenazar incluso su propia casa con un fuego que entusiasmaría al más enjundioso piromaníaco. Leo también hace del asado una ceremonia que acompaña, casi siempre, con una cervecita.
Con José Luis nos conocemos desde que nacimos. Su estilo decontracté con que encara la vida lo transmite a la parrilla. Tranquilo, de a poco, como distraído, se manda unos fuegos que producen envidia. Lo que no le envidio tanto es con qué riega la espera previa que suele ser la religión de los devotos del asado: su variante oscila entre la soda y las gaseosas.
Es que es en el fuego, dicen mis amigos, donde está el espíritu de un buen asado. Yo ya lo sé, pero no puedo terminar de redondear ese paso que me convierta en un especialista. Me siento más cómodo entre los vapores de las cacerolas, ésa es la verdad. Tan cómodo que, mientras pueda, prefiero que sean ellos los que despunten su vicio de asar.
De todos modos, debo reconocerlo, a fuerza de tesón me convertí en una pieza clave en esas ceremonias, más allá del celebrante. Es que alguien debe hacerse cargo de la catación, la picada previa, la carne, los vinos, los vermuts, las cervezas y, en menor medida, las sodas.
Y yo, en esa tarea, soy un titán.






