
El beso argentino
Parece instalada para siempre entre nosotros la costumbre de besarse al saludar. Se supone que es una expresión más de la proverbial calidez de los porteños, esa inclinación a hacerse amigo que tanto seduce a los extranjeros. Y si alguna persona llegara a mostrarse incómoda con el sistema oficial de los besos, va a ser mirada con cierto recelo y un poco de lástima, como si en ese gesto mostrara el germen inequívoco de la misantropía. Un par de años atrás, el filósofo Tomás Abraham publicó en un blog un artículo memorable llamado Bésame poco, donde concentraba su protesta en el género masculino: “He lanzado una campaña en Buenos Aires para terminar con el sistema obligatorio de besos entre varones”, comenzaba. Y proponía el método tanto más civilizado de darse la mano, que definió como “franco, viril, leal, distante pero respetuoso”.
En su momento, el artículo fue profusamente comentado; mucha gente se sintió aludida. De más está decir que la campaña fracasó, cosa que el propio Abraham reconoció en un artículo posterior. En resumen, los besos siguen en pleno vigor entre varones, mujeres y por qué no niños.
Los besos son, por cierto, contactos muy agradables con amigos y familiares, la gente a la que uno quiere. Pero cuando se trata de un perfecto desconocido el beso parece un gesto algo extremo desde el punto de vista estrictamente territorial. Es una forma de acercamiento que compromete asuntos tan privados como el aliento del otro, el olor de su ropa, la piel de sus labios, y muchas veces el pelo largo de algunas mujeres que tiende a caer indiscreto entre las dos mejillas. Un beso apurado, de esos que ocurren cuando el recién llegado debe besar a toda la concurrencia, puede accidentalmente golpear un pómulo y hasta romper el cristal de una gafa sin montura. Los niños son torturados con los besos que sus padres los obligan a dar a personas que no conocen y más aún con los que reciben sin que nadie los proteja de labios pintados y ajenos.
Darse la mano, en cambio, mantiene a la otra persona literalmente a un brazo de distancia, tal como nos enseñaron en la escuela. Y al contacto de su mano es mucho lo que se puede saber del otro. Hay manos tibias y protectoras que da gusto estrechar; otras, en cambio, son húmedas y heladas como peces. Esta información debería ser suficiente para cumplir con los fines de un saludo y nos ahorraría el intercambio tanto más íntimo de la gimnasia afectiva, que no siempre es sincera. En Estados Unidos, por ejemplo, no se derrochan los besos: la gente se saluda con una simple inclinación de cabeza; entre amigos y conocidos íntimos se dan la mano. Tiene que pasar algo especial para que se den un beso. Y a nadie se le pasaría por la cabeza besar a un niño: por algo así podría incluso ser denunciado a la policía.
Sin embargo, entre nosotros, especialmente en las ciudades, el beso parece inamovible. Perfectamente aceptado entre hombres, obligatorio entre mujeres, se ha convertido en el saludo oficial de propios y extraños, en un ritual urbano difícil de combatir. El que se muestra renuente, como se dijo más arriba, echa un sutil manto de hostilidad sobre sus relaciones y rápidamente se gana la antipatía de todos. A este personaje, entonces, le quedan dos caminos: se adapta a la ley y se besa con todos de buen grado, o practica una mirada contundente, capaz de disuadir al besador más empecinado. Ofrece su mano cuando le parece pertinente y se hace cargo de su mala fama.
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La autora es periodista







