
El boom Da Vinci: Leonardo, un genio inagotable
Un controvertido best seller mundial –El código Da Vinci– revisitó la enigmática figura del pintor renacentista, presentándolo como maestre de una secta encargada de preservar el secreto del Santo Grial. ¿Verdadero o falso? Aquí, algunas claves sobre la vida y obra de un hombre lleno de misterios
1 minuto de lectura'
Era un hombre que sabía demasiado. Sabía cambiar el curso de los ríos, diseñar armas de guerra y arrancar bellas melodías de las liras que él mismo fabricaba. Sabía -antes de Galileo- que "el sol no se mueve". Pero sabía además que los más altos secretos deben mantenerse así, secretos, y tenía sus razones: en aquellos días en que el Medievo viraba hacia la Edad Moderna, el conocimiento y la verdad eran peligrosos y podían pagarse con la vida.
Acaso esa precaución le haya valido a Leonardo da Vinci -quizá, junto con Goethe, el genio más universal que haya dado Occidente- no sólo llegar a viejo, sino también las conjeturas que sobre él se han tejido. Porque los enigmas que rodearon su existencia y que habitan su pintura fueron siempre terreno fértil para biógrafos y exégetas, que ensayaron teorías a veces temerarias inspiradas en una figura inclasificable.
La última versión de este buscador incansable, que fue a un tiempo músico, astrónomo, geólogo, matemático, biólogo, ingeniero, físico y -sobre todo- pintor, llegó de la mano de El código Da Vinci (Umbriel), un best seller del hasta ahora ignoto Dan Brown, que después de vender cinco millones de ejemplares en Estados Unidos irrumpió el año último como un verdadero fenómeno editorial traducido a 30 idiomas.
La novela, un thriller en cuyo argumento conviven asesinatos que parecen cometidos por el Opus Dei, la tergiversación de la historia de Jesús por parte de la Iglesia y hasta la búsqueda del Santo Grial en medio de un sinfín de intrigas y acertijos, presenta a Leonardo como maestre del Priorato de Sión, una secta pagana que a lo largo de los siglos ha guardado evidencias secretas que la Iglesia busca destruir.
Esos supuestos secretos -presentados en el libro como hechos históricos- incluyen una silenciada descendencia de Jesús, la verdadera identidad de María Magdalena y la adoración de la diosa femenina en los primeros tiempos del cristianismo, que Roma habría ocultado para afianzar sus ideas patriarcales. Todo eso -y más- estaría cifrado en los cuadros más célebres del genio renacentista, como La Gioconda, La última cena y La Virgen de las rocas.
"Las claves esotéricas que Leonardo derramó en cuadros como La Mona Lisa existen, pero no son las que devela el autor del libro", dice al respecto el ensayista Luis Racionero, director de la Biblioteca Nacional de España y autor de La sonrisa de La Gioconda, una biografía novelada del italiano. ¿Cuáles son, entonces, esas claves? ¿Y cuáles, además, los enigmas aún sin resolver en la vida del artista?
Nacido bastardo en 1452 (su padre, Piero da Vinci, notario, sólo reconocerá a su hijo a los 5 años), Leonardo tuvo dos madres. Caterina, una campesina que lo crió en una casita de piedra en la ladera del monte Albano, y aquella otra que, según su biógrafo Marcel Brion, determinaría su "paganismo cósmico": la naturaleza, a la que el niño se abandona en sus vagabundeos por el campo toscano, entre olivares, viñas, flores y pájaros que lo deslumbran.
"En comunión con los elementos naturales, comprendió que más allá de lo finito sensible está lo infinito presentido -dice Brion, erudito que fue miembro de la Academia Francesa-. Adivinó que ese infinito sólo puede alcanzarse, quizás, en la posesión de todo lo finito; de ahí su vocación de sabio y artista."
Autodidacto, Leonardo exploró el mundo con tanta devoción que volcó sus observaciones en más de 13.000 hojas que llenó de caracteres apretados. Escribía en clave -al revés, de derecha a izquierda- para burlar la curiosidad del profano y no ser acusado de herejía. Sus diarios terminarán conformando una suerte de enciclopedia del saber humano donde caben desde apuntes sobre el vuelo de las moscas hasta las leyes de la óptica.
Un iniciado
Sin embargo, la dispersión y la multiplicidad convergen en la unidad. "Todo nace de todo y todo se vuelve todo", escribirá Da Vinci. Su filosofía de la naturaleza, dice Brion, no está lejos de la que resulta del taoísmo. Abrevó en los saberes de su época, que no eran precisamente científicos. En uno de sus cuadernos aparece apuntada la palabra "Hermes", lo que confirmaría su familiaridad con las doctrinas de Hermes Trimegisto, el sabio egipcio, cuyas ideas circulaban en la compleja y vigorosa Edad Media.
"Recordemos que las ciencias parten del esoterismo. De la alquimia sale la química; de la astrología, la astronomía -señala a la Revista el crítico de arte Rafael Squirru-. En el Renacimiento circula un gran conocimiento esotérico, y resulta imposible pensar que alguien como Leonardo no era un iniciado."
¿Cómo se manejaba este hombre con la Iglesia, cuyos encargos dieron pie a muchas de sus obras más famosas? Le prodigaba una "olímpica indiferencia", describe Racionero a la Revista en diálogo telefónico desde España. "Si bien sus conocimientos más profundos los ponía en sus cuadros, tampoco allí son evidentes -previene-. Si hubieran estado claros, esos cuadros ya habrían estado quemados."
La cofradía de San Francisco no quemó La Virgen de las rocas cuando el maestro entregó el encargo, pero los priores pusieron mala cara ante esa obra desconcertante, con personajes más terrenos que celestiales enmarcados por una gruta húmeda y oscura. Se negaron a aceptarla y después de un largo pleito finalmente pagaron 200 ducados, una suma muy inferior al precio convenido.
El choque entre los pedidos de sus protectores y los múltiples intereses de Leonardo € fue una constante fuente de tensión. El duque de Milán, Ludovico Sforza, le encargaba la organización de fastuosas fiestas cortesanas, y César Borgia lo empleó como ingeniero militar. Pero él prefería visitar la morgue y abrir cadáveres para estudiar la anatomía humana o seguir el vuelo de los pájaros que compraba y liberaba en el mercado de Florencia, obsesionado como estaba en diseñar alas que le permitieran volar.
Pero es en sus cuadros -insisten los entendidos- donde se condensa de manera más sublime la sabiduría que este curioso empedernido persiguió toda la vida.
"El mensaje esotérico de Leonardo está en la figura del andrógino, es decir la mezcla, psicológica antes que física, de la sensibilidad femenina y masculina -afirma Racionero, para el que lo que se dice de Da Vinci en la novela es fruto de la imaginación de Brown.
"Ese mensaje -continúa- tiene que ver con la fusión de los opuestos, incluso del bien y del mal. Esto sin duda puede verse en La Gioconda y en el San Juan, cuyo modelo podría ser Salai, su amado discípulo."
Se ha dicho de La Mona Lisa que en verdad es el retrato del pintor. Que mientras su modelo posaba los músicos tocaban para crear en el espíritu de la mujer la armonía que el artista quería plasmar. Brion, para quien ese rostro de levísima sonrisa contiene todos los sentimientos y al mismo tiempo la ausencia de todo sentimiento, dice que el artista depositó allí el alma del universo, concebida como un principio femenino. Da Vinci nunca pudo desprenderse de ese cuadro, en cuya ejecución empleó más tiempo que Rafael Sanzio en pintar el Vaticano.
Y Francesco Giocondo, el caballero que le había encargado -sencillamente- el retrato de su esposa, se quedó con las manos vacías.
Para Squirru, hay seres privilegiados que habitan otra dimensión del tiempo. Leonardo sería, claro, el mejor ejemplo. "Y aquí vale la palabra místico porque, ¿cómo definir sino ese no-tiempo, ese eterno presente que nos conduce a otra dimensión del ser?", se pregunta el crítico.
Este hombre de sexualidad incierta, que nunca se casó ni tuvo hijos, que se alimentaba básicamente de pan, huevos y frutas y que habría hecho un viaje al Oriente del que no hay más pruebas que su vívido relato, conoció períodos de desaliento atroz y siempre anduvo en aprietos económicos. Llegó a angustiarle la cantidad de proyectos inconclusos que dejó a lo largo de la vida.
Días tranquilos
Además de La Gioconda, hay otros dos obras -la Santa Ana y el San Juan Bautista, con su enigmático dedo alzado hacia el cielo y no hacia la cruz-, que Da Vinci lleva consigo y cuyos retoques prolonga hasta su última morada, el castillo de Cloux, a orillas del Loira, en la corte de Amboise, donde por fin encuentra un buen pasar y hasta la admiración del propio rey de Francia, Francisco I. Allí muere a los 67 años, en 1519. Algunos sostienen que en brazos del mismo rey. Apenas un año antes había escrito en sus diarios una palabra que ahora, ante la muerte, cobraba todo su significado: "Continuaré".
No le faltó razón. Tanto su vida -llena de enigmáticos vacíos- como su obra -ambigua y salpicada de símbolos- siguen siendo, cinco siglos más tarde, un misterio inagotable.
Para saber más
www.epdlp.com/vinci.html
www.mos.org/leonardo
www.elcodigodavinci.com
Una novela polémica
Irrumpió en el mercado el año último y fue un boom de ventas comparable con Harry Potter. En la Argentina vendió más de 25 mil ejemplares, encabezando la lista de best sellers. Pero no sólo eso. El código Da Vinci, del norteamericano Dan Brown, levantó al mismo tiempo una polvareda de críticas, especialmente en ámbitos católicos.
En clave de thriller, la novela plantea la búsqueda del Santo Grial, que no es el cáliz de la Ultima Cena sino los restos de María Magdalena, con quien Jesús habría tenido una hija, Sarah. Tanto el Vaticano como el Opus Dei han expresado su malestar por aquello que, más allá de la ficción, el libro de Brown pretende hacer pasar por cierto abrevando principalmente en dos libros: El enigma de lo sagrado, de los ingleses Baigent, Leigh y Lincoln, y La revelación de los Templarios, de Lynn Picknett y Clive Prince. En cuanto a Leonardo, Racionero señala que lo que se narra sobre él en la novela es "pura invención". Era, sí, "un genio heterodoxo que a menudo se ríe de la ortodoxia católica, pero no pertenecía -o al menos no está comprobado- a ningún Priorato que custodiara el Santo Grial".
El codice
Por Alicia de Arteaga *
Cerrado bajo siete llaves, el secreto de la identidad del comprador del Códice, de Leonardo da Vinci, rematado en 1994 por 30,8 millones de dólares, tardó 24 horas en ser vox pópuli. El hombre que compraba por teléfono y que levantó las ofertas y la temperatura de la sala hasta límites impensados no era otro que Bill Gates.
El mandamás de Microsoft y creador de Windows, al comprar el manuscrito más caro del mundo abrió su propia ventana de promoción y conquistó la portada de todos los diarios.
De la naturaleza se titula el texto de 72 páginas en el que Leonardo escribe acerca de los océanos y los fósiles marinos. Fue escrito entre 1506 y 1510 utilizando un espejo para disimular su contenido, práctica que en ese entonces servía para garantizar la confidencialidad de un documento.
El misterioso, prolífico y genial Leonardo describe por qué el cielo es azul, por qué brilla la luna y por qué pueden encontrarse conchas marinas en las cimas de las montañas.
Allí anticipa una teoría acerca de la construcción de submarinos. El poder de anticipación del gran renacentista resultó un imán irresistible para Bill Gates, el abonado número uno de la lista de ricos de la revista Forbes.
Su riqueza, como la de Leonardo, tiene el mismo punto de partida: haber pensado antes lo que todos iban a necesitar después.
Su vida
1452: Leonardo nace en Vinci, Toscana, Italia
1466: entra en el taller de Verrocchio, en Florencia
1483: llega a la corte del duque de Milán
1502: César Borgia lo nombra su ingeniero militar
1507: inicia La Gioconda
1513: se instala en Roma, protegido por Julián de Médicis
1517: Francisco I lo aloja en el castillo de Cloux, cerca de Amboise
1519: muere a los 67 años
1
2Abandonado sobre basura, lo rescataron a tiempo para ir a la veterinaria pero el diagnóstico fue devastador: “Este perro está entregado”
3Efemérides del 26 de febrero: ¿qué pasó un día como hoy?
4Lufthansa asume por primera vez su papel activo en el nazismo y encarga un estudio sobre su responsabilidad



