El bosque de caperucita

Cecilia Absatz
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15 de julio de 2012  

La cultura contemporánea, al menos de este lado del mundo, define todo el tiempo lo que se entiende por una conducta adecuada, decreta lo que está de moda y lo que ya pasó, establece paradigmas estéticos y flexibiliza las leyes morales. Esta misma cultura, sin embargo, es consecuente con algunos conceptos imperecederos. Por ejemplo, el miedo está mal visto.

El miedo, un sentimiento tan poderoso como para inspirar un género propio en la ficción, en la vida real es considerado muchas veces un gesto de bajeza o cobardía. Porque en la narración épica, que es la que nos proporciona los adjetivos de nuestras vidas, el héroe no tiene miedo. Entonces nosotros, los humildes mortales, si tenemos miedo trataremos de disimularlo. Puede ser un miedo legítimo e inapelable, ante un tsunami, una guerra o cosas por el estilo, pero aun así uno querría mantener siempre el aplomo y la hidalguía de los héroes.

El entrenamiento más severo para el manejo del miedo proviene de la infancia: lo proporcionan las leyendas folclóricas y los cuentos de hadas. Por mucho que se señalen algunas películas como inconvenientes para menores, no serán más terroríficas que las brujerías, el canibalismo, la voracidad, los crímenes y la maldad desenfadada que se cultiva en esos cuentos, gestados para entretener a los niños.

Pero también se puede ver el miedo desde otro ángulo: bien usado revela la función invalorable que cumple en nuestras vidas. Aun lejos de las catástrofes y las epidemias que por ráfagas aterran a la humanidad, la vida cotidiana en una ciudad puede llegar a ser tan peligrosa como el bosque de Caperucita. En las esquinas oscuras hay lobos que se comen a las niñas. En las casas de los ricos hay espejos que les hablan a las mentes perturbadas. Hay brujas y monstruos disfrazados de personas. Todos los días, por la calle, en todas partes, acecha el peligro. Un borracho al volante, un ladrón desesperado, la maceta de un balcón imprudente. Peligro.

El peligro es un hecho que trasciende la lectura política, incluso el pensamiento religioso. Es una constancia de la propia finitud, una inminencia, un latido, un choque con la realidad. El problema es que por lo general la sensación de peligro se vive como un agravio personal, una sanción del destino que ninguna persona decente se merece. Cuando en realidad carece de toda deliberación, es algo tan indominable e impersonal como la lluvia.

Cuando se lo aplica en dosis homeopáticas, día por día, el miedo se convierte en la herramienta mágica para proteger la vida ante el peligro: se vuelve prudencia y atención. Nadie que tenga una gota de miedo en la conciencia va a cruzar una avenida escribiendo un mensaje de texto. Ni olvidará el cinturón de seguridad cuando maneja. Las chicas sentirán el debido respeto por las calles oscuras. Las madres no perderán de vista a sus chicos en el supermercado ni un minuto. Los jóvenes intrépidos lo pensarán muy bien antes de encarar aventuras solitarias por países extraños. Sí, un poco de miedo. Tal vez no sea el gesto distintivo de los héroes, pero tampoco es ñoñez o cobardía.

Es un pacto nuevo con la realidad, sin resentimientos: consiste en estar atento a todo, al mundo que nos rodea. La vida no tiene, como las computadoras, la función deshacer. Aunque el semáforo me dé luz verde, igual voy a mirar cuidadosamente para todos lados.

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