El caso Villa y la deconstrucción del fútbol argentino

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1 de septiembre de 2020  • 16:46

Si acaso la polémica y arbitraria cultura de la cancelación, tan en auge en Occidente, tiene algún aspecto positivo, éste seguramente debe ser que obliga a personalidades públicas o con cargos de responsabilidad a tener la prudencia de pensárselo dos veces antes de decir una barbaridad. No siempre ocurre así, sin embargo, y el dislate verbal se esparce irrefrenable arruinando reputaciones y cosechando repudios.

Es lo que le ocurrió la semana última al presidente de Boca Juniors, Jorge Amor Ameal, quien debió pagar el costo social de su insensibilidad ante uno de los dramas que más angustian a la sociedad argentina desde que el #NiUnaMenos lo sacó del clóset: la violencia de género. La tormenta en el mundo Boca comenzó en abril pasado, cuando una de sus figuras, el delantero colombiano Sebastián Villa, de 23 años, fue denunciado por su pareja, Daniela Cortés, por maltratos físicos y psicológicos. Por medio de un video difundido en redes sociales, Cortés afirmó que su padecimiento se remontaba a dos años atrás y que a la violencia se le sumaban amenazas.

Con sus labios ensangrentados por los golpes que le atribuyó a Villa, sostuvo: "Hago esto por miedo, porque a este hombre lo ven en redes o prensa como si fuera un hombre sabio y habla con madurez, pero la realidad es otra. Es un maltratador tanto físico como psicológico". La denuncia pública fue acompañada por una denuncia penal ante la Justicia argentina. Mientras la actividad deportiva estuvo paralizada por la cuarentena, el tema pareció enfriarse mediáticamente, pero con el regreso de los entrenamientos volvió la pregunta: qué haría Boca con Villa.

La necesidad de una definición se aceleró luego de que la Justicia autorizara al jugador a viajar a Paraguay y Colombia para los compromisos que su club tiene en esos países. Sin embargo, Ameal no sintió ninguna urgencia por expedirse oficialmente sobre su delantero. "No nos tenemos que adelantar, tiene que decidirlo la Justicia. Él está trabajando con el plantel", eludió el dirigente al ser consultado por la prensa la semana última. Pero luego continuó: "Obviamente en un momento donde no hubo fútbol, hubo mucho centimetraje, mucho audio, de todo. Se generó una situación con el tema de la violencia, pero todavía la Justicia no determinó si es culpable o no. Y, pongamos que sea culpable, hay que curarlo. Esta es la historia, no se puede sobre la pena seguir penando".

E insistió: "Les digo con total honestidad, creo que a la gente hay que ayudarla (en referencia a Villa), no hay que seguir sancionándola, complicándole la vida". Como el propio Ameal debió esperar que ocurriría, las redes sociales se colmaron de inmediato de indignación. ¿Sancionar a un golpeador sería complicarle la vida? ¿A quien hay que ayudar es al victimario y no a la víctima? ¿Ninguna palabra de empatía hacia la denunciante? ¿En el fútbol argentino no existe la responsabilidad social? ¿A los dirigentes solo les importa la capacidad goleadora de sus jugadores?

La lluvia de críticas hacia el presidente de Boca se convirtió en escándalo y, finalmente, esta semana, obligó al club a cambiar oficialmente su postura y se anunció que Villa será separado del plantel hasta que la Justicia se expida. Mientras esto ocurría en la Argentina, en la "burbuja" donde concentran y juegan las estrellas de la NBA los jugadores decidían boicotear un par de fechas en solidaridad con el reclamo de justicia y de reforma policial que volvió a invadir a Estados Unidos en los últimos días ante un nuevo episodio de violencia institucional y racial. Ni los clubes, ni la organización, ni los sponsors, ni la televisión pudieron evitar el boicot, que llevó a reprogramar el torneo, tampoco expresar públicamente reparo alguno.

La responsabilidad social ante las causas que conmueven a la sociedad se impuso por sobre cualquier otro interés, deportivo o económico. Quizás el fútbol argentino debería tomar nota, ya que parece no haberlo hecho aún, sobre el rol que le cabe a una institución por la conducta de sus miembros. Ni sobre la sensibilidad que provoca un drama social que la cuarentena agravó: desde marzo pasado crecieron el 25% las denuncias por violencia de género en la Argentina y solo la línea 144 recibió, en promedio, desde entonces, 263 llamadas diarias.

La famosa deconstrucción debe alcanzar a los dirigentes del deporte argentino, aparentemente no conscientes todavía de que los tiempos han cambiado y que la empatía y la tolerancia cero ante la violencia machista es lo único que espera la sociedad. Es obvio que esa responsabilidad vale más que cualquier copa.

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