
El círculo de la vida
Cuando somos niños somos educados, vigilados y corregidos por nuestros mayores; cuando somos jóvenes, chocamos generalmente con nuestros padres y los consideramos anticuados; cuando formamos una familia y tenemos hijos, los educamos, vigilamos y corregimos, siguiendo en muchas ocasiones criterios diferentes a los de nuestros progenitores; al crecer, nuestros hijos nos considerarán anticuados, y al llegar a viejos seremos reeducados, vigilados y corregidos por nuestros amados vástagos, que muchas veces tomarán revancha de las severidades y durezas que hayamos tenido con ellos y nos harán pasar momentos algo amargos. Es algo así como el círculo de la vida, no tan gozoso e ideal como el del musical El Rey León , pero muy frecuente en nuestras civilizaciones.
En algunos grupos humanos se respeta un poco más a los ancianos, en otros se privilegia más al joven y en casi ninguno el equilibrio y la justicia son prioridades necesarias.
Uno debe acostumbrarse a ser reprendido por esos ex enanos que han crecido y ahora nos vigilan, nos previenen de posibles accidentes domésticos y de comidas que nos pueden caer pesadas así como nosotros corríamos despavoridos tras ellos cuando gateaban hacia los enchufes y nos oponíamos rotundamente a la ingesta indiscriminada de golosinas y comida chatarra. Es muy difícil separar el rigor que se ejerce desde el amor y el que se aplica como abuso de autoridad. Tanto el abuso infantil como el que se produce contra ancianos han llenado y desgraciadamente siguen llenando los archivos negros de la crónica cotidiana, y muchas veces ingresan en el territorio de las noticias policiales.
Ejercer la fuerza contra el más débil es una muestra de la más baja calidad humana. Esos odios que un día fueron amor (en el caso del maltrato a los viejos) y esos amores que matan (en el caso de los niños abusados) son producto de neurosis no tratadas y muchas veces ni siquiera asumidas. A muchos les parecen "naturales" esas conductas, evidentemente negativas.
Si nuestros padres han sido demasiado severos, rígidos y castigadores, lo mejor es poner los puntos sobre las íes cuando uno llega a la edad adulta, aclarar las cosas con la firmeza requerida y replantear la relación desde límites estrictos de respeto y con todo el agradecimiento por habernos dado la vida, aclararles que "dar la vida" no es ejercer el "derecho de propiedad" sobre los hijos, que son seres humanos con todos los fueros correspondientes, y si no entran en razón lo mejor es seguir cada cual su camino, sin olvidar el vínculo, pero sin dejarse basurear.
Es muy diferente el caso de los viejos, porque el joven que se independiza aun en malos términos tiene la vida por delante para reconstruirse, mientras que el anciano entra en un período de decadencia biológica con un camino lleno de obstáculos, enfermedades, debilitamientos e imposibilidades. Excepto casos aberrantes de abusos sexuales o palizas salvajes con lesiones que quedan para toda la vida, los errores de los padres deberían ser, no olvidados, pero sí perdonados. En algún punto la guerra debe terminar y quizás ayuden a esa especie de armisticio algunos buenos recuerdos, algún cumpleaños, alguna caricia, algún gesto de amor y cariño que por más severos que hayan sido deben de haber tenido para aquel bebe que un día fuimos.
Lo mejor es no sembrar vientos para no cosechar tempestades. Muchas veces debemos parte de nuestra felicidad a cosas que en su momento nos parecieron excesivas y represoras pero que nos marcaron límites indispensables para un mejor comportamiento social, y muchas veces también comprendemos al envejecer que la vida es un "toma y daca" y que podemos ser reeducados por los mejores maestros, esos que han sido nuestros alumnos y que además nos devuelven en cuidados y desvelos todo el amor y el compromiso que hemos tomado con ellos. Es, ni más ni menos, que el círculo de la vida.
El autor es actor y escritor






