
EL CLUB DE LOS INNECESARIOS
Hasta el sabueso más implacable tiene su vena sensible. Lo difícil es localizarla
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Bajé del taxi y fui rápido a su encuentro.
-Ya nos íbamos -me dijo tamborileando con los dedos en el capot del auto-. Pero no quise ser descortés con la prensa. Además, un testigo siempre es útil. ¡Suba!
Nos dirigimos rápidamente hacia el Sur. Yo lo miraba de reojo sin poder creerlo. ¡Estaba ahí con Falucho, el duro de Impositiva! ¡El inspector incorruptible! ¡E íbamos a un operativo sorpresa!
-Estoy cansado de los que no pagan sus impuestos, voy a ser implacable con todos -me dijo en el viaje.
Pasando Lanús, nos topamos con un montón de gente animada. A una señal de Falucho el vehículo paró. Uno de sus sabuesos me anticipó que estábamos ahí por una denuncia.
-¡Así que éste es el famoso lugar! -dijo acomodándose la ropa. Nos encaminamos hacia una casita de material. Una vieja con mirada dulce se acercó a nosotros.
-¿Vienen al club? -preguntó.
-¿Cómo se llama... el club? ¿Desde cuándo existe? ¿Dónde están los libros de contabilidad? -bombardeó Falucho.
Inesperadamente... la vieja se echó a reír. Algunos que estaban cerca, la imitaron. Un viejo le ofreció un mate, un adolescente lo invitó a jugar al ajedrez.
-¡Pasen! ¡Pasen! ¡Que se diviertan! -dijo la vieja y se fue.
Uno de los sabuesos llevó la mano adonde ocultaba el arma, sintiendo algo anormal. Después de algunos cabildeos, primó la cordura: Falucho y yo iríamos solos a dar una vuelta por el lugar, para no llamar la atención. Los sabuesos se dispersaron con sus celulares.
La gente estaba dividida en grupos que hacían cosas diferentes. Uno podía acercarse, mirar, participar o irse. Algunos, frente al río, dibujaban. En otro lado, alrededor de un fuego donde se calentaba una pava con agua, hablaban de política o de filosofía o se leían poemas. Reconocí a un famoso profesor; explicaba las teorías sobre la existencia de Dios.
Yo acompañaba a Falucho, que iba pasando de un estado emocional a otro con rapidez. Cada tanto aparecía el inspector que llevaba adentro y hacía una pregunta subrepticia. Y recibía respuestas francas, irónicas, variadas. ¿Viene seguido por aquí? Cuando puedo. ¿De qué vive? De lo que pide mi alma. ¿Recibe alguna ganancia de esto? ¿Qué da ganancia hoy? Lo que da ganancia se la cobra por otro lado. Lo innecesario es lo único que necesito. Lo que no sirve me salva.
De pronto un grupo se sentó sobre la arena riéndose. Había muchachas jóvenes, un discapacitado, dos adolescentes. Falucho se sentó con ellos. Yo sentí que algo hacia crac en él. Y no era un hueso. O era un hueso de su alma.
-Bueno, ¿qué hacemos? -preguntó una muchacha.
-Contémonos los sueños -dijo Falucho con voz rara.
Lo dejé y me alejé con cuidado. Al atardecer, el río gris demostraba que no tenía que ser azul para ser bello. Como una hora después una mano me agarró con fuerza.
-¡Me acordé de mi adolescencia! ¡Cerca de aquí yo venía con una novia y hablábamos de amor! ¡Ella estudiaba letras y tomábamos clases de tango! Mientras me hablaba, me llevaba hacia la entrada. Los sabuesos rápidamente nos rodearon.
-¿Y, jefe? ¿Les pedimos a todos el CUIT? -dijo uno.
Sin responder, Falucho subió a su auto. Delicadamente me preguntó si no tenía inconveniente en acompañarlo al cementerio. Quería ver a su madre, algo que no hacía desde hace mucho tiempo. En el camino compró flores -¿Mamá, qué hice de mi vida? -dijo hincándose ante su tumba-. Me enseñaste a ser un hombre sensible, respetuoso de los demás. Y me dedico 12, 14 horas por día a perseguir gente, generalmente humildes comerciantes que la están pasando mal. ¡Ayudame!
Al salir, me preguntó si estaba muy quebrado. Le dije que no, que lo veía más fuerte que nunca, porque había ido hasta el fondo de sí mismo. Falucho no volvió a su trabajo. Por lo que sé, enseña en la Facultad, y volvió a sus clases de tango. ¡Ah!, en cuanto a la denuncia, había venido de alguien que quería sacar a los innecesarios para alquilar el terreno y poner una disco.
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